Signos y sentidos
El traje nuevo de la presidenta
Por Renán Martínez Casas
E l pasado 13 de junio la presidenta Claudia Sheinbaum vistió un traje sastre rojinegro, muy al estilo de los diseños que acostumbra, notoriamente elaborado por la misma diseñadora o diseñador. La prenda estaba elaborada con una tela artesanal que sólo la fabrican seis personas en el mundo. Una tela elaborada arduamente en telar de pedal con lana teñida con grana cochinilla y huizache. Sus usuarias habituales la llaman rebozo, aunque se usa como refajo o falda de la vestimenta tradicional de las mujeres o en pequeñas aplicaciones modernas en guayaberas, playeras y otras prendas. Aunque es muy semejante a otras de su entorno de producción, es el patrón de su diseño lo que la distingue: figuras que representan agua y cacao. Aquel viernes, el traje nuevo de la presidenta estaba confeccionado, inequívocamente, con rebozo de San Pablo Villa de Mitla.
Su estilo reivindicativo, el tejido de un discurso
Sabemos que su estilo personal de vestir no es casualidad. Con intención política evidente, ha hecho de la indumentaria un instrumento de proyección simbólica. Prendas sobrias, sin joyas ostentosas, con bordados tradicionales que evocan feminismo, diversidad, raíces, pueblo. Un discurso tejido con hilo fino, diseñado para la empatía.
Ahí está, para muestra, el vestido marfil con bordados florales que usó en su toma de protesta el 1 de octubre de 2024. Diseñado por la artesana zapoteca Claudia Vásquez Aquino, el vestido incorporaba más de cien flores bordadas a mano, representando con vigor la riqueza cultural del Istmo de Tehuantepec. Nos dijeron que fue un homenaje. Nos dijeron que era un acto de reconocimiento.
Ha repetido esta fórmula muchas veces. En debates presidenciales, en cierres de campaña, en giras por los estados. Trajes con aplicaciones de Hueyapan, con tenangos hidalguenses, con bordados mixtecos o huicholes. Lo ha hecho una y otra vez: usar el cuerpo como vitrina de símbolos, como escaparate de tejidos y colores con significados profundos. Su vestimenta se volvió un lenguaje no dicho, una herramienta para narrar cercanía con los pueblos originarios, con sus mujeres, con sus luchas.
Y, sin embargo, ¿cuánto de todo esto es real y cuánto es pura escenografía?
Un telar de simulación
Bajo el discurso de apoyo a las mujeres indígenas artesanas, Sheinbaum ha promovido programas e iniciativas con apariencia loable. El Apoyo Financiero a Mujeres Indígenas y Afromexicanas Artesanas (MIAA) lo anunció en 2025 con bombo y platillo: 500 millones de pesos para apoyos directos, capacitación y comercialización. Se relanzó también el evento Original: Encuentro de Arte Textil Mexicano. Campañas para promover el sello “Manos Indígenas. Calidad Mexicana”.
Todo eso suena bien. Pero me pregunto —como quizá se pregunten ustedes también—: ¿es esto compromiso verdadero o sólo un nuevo ropaje para el viejo oportunismo político?
Los hechos, si se miran de cerca, apuntan a una peligrosa tendencia de simulación. Los programas existen, sí, pero su implementación es opaca. Se anuncian recursos, pero no sabemos quién los recibe; se exhiben textiles, pero no se reconoce a sus creadoras; se prohíben plagios, pero no se transparentan las compras del propio gobierno. ¿Dónde están los nombres de todas las artesanas proveedoras?; ¿dónde están los contratos?; ¿dónde, el precio justo?
El discurso oficial se viste de reivindicación, pero el tejido es de propaganda.
Se teje mejor de noche, en la opacidad
En Mitla, los tejedores prefieren trabajar de noche por el calor, porque evita distracciones y aumenta el rendimiento. La elaboración del ropaje presidencial se realiza en lo oscurito.
Hay cosas que sólo pueden hacerse en la penumbra. Porque no hay un solo documento oficial que acredite cuánto se pagó por esa tela que lució Sheinbaum. No hay registro público que revele quién la vendió. No hay factura, ni contrato, ni desglose.
Y lo que sí hay —y es brutal— es el silencio de quienes fabrican esa tela única. Seis personas en el mundo, todas ellas en San Pablo Villa de Mitla. Ninguna de ellas fue contactada. Ninguna de ellas la reconoció como suya. Todas se preguntan quién la vendió, quién negoció su arte ancestral sin decirles nada. Y eso duele.
Duele porque no es la primera vez. Porque ya es costumbre que la belleza indígena sea explotada sin crédito ni beneficio para quienes la crean. El INPI lo reconocía en su último informe: 56% de las artesanas siente que su trabajo no es justamente valorado, y 33% pide, a gritos, más puntos de venta para sobrevivir dignamente. ¿De qué sirve un decreto o un programa si no se les escucha? ¿Si se lucen sus textiles en tribunas de poder, pero se les mantiene en el olvido?
La transparencia es nula. Y donde no hay claridad, lo que queda es sospecha.
Un teje que hemos visto antes
El caso del vestuario de reivindicación indígena y nacionalista de la presidenta es otro caso más y más grave que otros casos bien conocidos por polémicos.
No es la primera vez que se levanta la voz contra el uso indebido de textiles indígenas. En 2019, Carolina Herrera presentó su colección Resort 2020 con bordados tomados de comunidades de Hidalgo, Oaxaca y Coahuila. Sin crédito, sin permiso, sin pago. La Secretaría de Cultura protestó. La prensa lo cubrió. Las redes estallaron.
Dos años después, fue el turno de Zara, Anthropologie y Patowl. Vestidos, camisetas y pantalones con diseños extraídos de pueblos mixtecos, zapotecos y mixes. Plagio cultural, lo llamaron. Explotación simbólica. Moda extractivista.
Pero lo que hace la presidenta es peor. Porque no es una marca extranjera; porque no hay excusa de ignorancia; porque no se trata de una campaña comercial, sino de una política de Estado; porque usa estos símbolos no para vender productos, sino para legitimarse, para proyectar una imagen de cercanía que no se sostiene con hechos.
En los casos anteriores, al menos hubo indignación oficial. Aquí, el plagio es promovido desde el poder.
Un traje que desnuda a la presidenta
Ese día y en los siguientes, sólo un puñado de personas pudo identificar la tela del traje nuevo de la presidenta. Sus seis fabricantes, mirándose unos a otros, se preguntaban quién pudo haber vendido su arte para el lucimiento de la más alta dignataria del país. Ninguno de sus fabricantes, sin embargo, pudo reconocerla como propia. De haberlo sabido, cualquiera de ellos, orgulloso, lo habría presumido a todo pulmón. Y con razón. Suponen todos que sucedió lo de siempre: alguna diseñadora de modas o un propio, conocedores de telas tradicionales, fue enviado a comprarla al son de “cuánto es lo menos”, sobre una oferta de unos mil pesos el metro, aproximadamente.
No es la primera vez, desde luego. Apenas en mayo usó una tela muy semejante, también de la región de los Valles Centrales de Oaxaca, pero usa muchas telas y bordados de todas las comunidades del país.
La tela, con su rojo encendido, representa a los pueblos que la crearon, la tierra que la tiñó, las manos que la tejieron. El rojo del esfuerzo, del arte, de la resistencia. Pero también está el negro. El negro del traje que la presidenta escogió para combinar. El negro del silencio, de la opacidad, del régimen que simula lo que no practica.
El rojo y el negro en el traje de Sheinbaum no fueron sólo colores: fueron el símbolo de una contradicción. De un régimen que se arropa en lo indígena para cubrir su desinterés real. De una presidenta que celebra los textiles, pero calla ante el despojo. Que presume las artesanías, pero no garantiza condiciones dignas para quienes las hacen.
No existe un compromiso real con mejorar las condiciones económicas de las artesanas. La diseñadora Claudia Vásquez Aquino, que en otro momento fue exaltada como símbolo del México profundo, fue desalojada recientemente de su puesto en el Centro Histórico de la Ciudad de Oaxaca. Lo mismo ocurrió con decenas de artesanos más. Fueron sustituidos por negocios más rentables, más cómodos para el turismo.
Aquí hay, no solamente una constante apropiación indebida del patrimonio cultural textil de las comunidades, sino todo un aparato de instrumentalización de lo indígena para favorecer la propaganda de un régimen autocrático. Uno que se cubre con el rebozo del pueblo mientras despoja al pueblo de su espacio, de su palabra, de su crédito.
Y eso, mis queridas y queridos lectores, no se puede permitir.
El traje nuevo de la presidenta la desnuda de cuerpo entero.
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