El artista José Víctor Crowley (Distrito Federal, 1935-Ciudad de México, 2025) falleció la noche del 14 de diciembre dejando una obra sólida, coherente y profundamente emotiva dentro de la historia del arte abstracto en México.
Pintor del informalismo, ingeniero químico de formación y explorador incansable del color, su vida fue una apuesta radical por la pintura entendida como experiencia interior, como vibración y como pensamiento.
Desde niño parecía haber nacido sabiendo dibujar. No aprendió: dibujaba. Su infancia transcurrió en un entorno singular: su padre era propietario de una fábrica de pigmentos y aquel universo de polvos, colores y mezclas fue para el joven Víctor un territorio de juego, intuición y revelación. Mientras otros niños jugaban con objetos, él creaba mundos, mezclando colores, observando reacciones, imaginando espacios. Ahí nació su enamoramiento definitivo por el color, por lo que puede lograrse con la forma y, aún sin ella, por la potencia expresiva de la materia pictórica en estado puro.
Tal temprana relación con los pigmentos lo llevó a estudiar Ingeniería química, con especialidad precisamente en pigmentos. Esta formación marcó para siempre su comprensión técnica y sensible de la pintura. Para Crowley, el color no era un accidente: era conocimiento, estructura, emoción y energía.
El París soñado y la Escuela de París

Desde muy joven soñó con vivir en París, el epicentro artístico y filosófico del siglo XX. Ese sueño se concretó en 1958, cuando decidió instalarse ahí. Para poder vivir plenamente ese París anhelado, tomó una decisión radical: vendió una fábrica que había heredado, apostándolo todo a la pintura y a la vida artística. No fue un gesto romántico, sino una convicción profunda: el arte debía vivirse sin concesiones.
En la capital francesa de finales de los años 50 entró en contacto con los pintores abstractos informalistas. Compartió con ellos talleres, cafés y discusiones sobre pintura, filosofía y existencia. Fue el París de los informalistas, el de los cafés donde se reunían artistas e intelectuales en torno a figuras como Jean-Paul Sartre, padre del existencialismo, y Albert Camus, a quien conoció en el Café de Flore.
En ese contexto, recibió consejos decisivos que marcaron su camino: No olvides la emotividad. Pinta desde la sensación. Sigue con tus colores. Pinta de manera emotiva y serás uno de los nuestros. Así, Crowley se integró plenamente a la corriente informalista de la Escuela de París, entendiendo la pintura no como representación, sino como acto emocional, como huella interior.
El color como pensamiento
La crítica de arte Lelia Driben definió su obra como una verdadera cosmogonía de luz y color. Para ella, Crowley habitaba el cuadro dejando latidos, huellas invisibles, una red secreta de líneas y tensiones donde el color se convierte en experiencia total. Su pintura no representa nada reconocible, pero todo se siente: cielos, noches, amaneceres, tempestades, silencios.
Por su parte, la historiadora y crítica Bertha Taracena subrayó el rigor y la disciplina del artista, su capacidad para construir una arquitectura del espacio pictórico donde los llenos y vacíos dialogan con intensidad, y donde el color mantiene una autonomía expresiva poco común en la pintura mexicana del siglo XX. Para Taracena, Crowley fue un colorista nato, ajeno a modas, fiel a una investigación personal sostenida durante décadas.
Trayectoria y presencia internacional
A lo largo de su vida, Crowley participó en más de 200 exposiciones, individuales y colectivas, en México y en el extranjero. Su obra forma parte de importantes acervos e instituciones, entre ellas la embajada de México en Tokio, el Théâtre Royal de Marrakech, la Secretaría de Relaciones Exteriores, el Cinvestav, así como colecciones públicas y privadas en Ecuador, Europa y Estados Unidos.

Desde niño pintaba espacios del firmamento, intuición temprana que se consolidaría en series posteriores, especialmente en Espacios, donde el color y la materia sugieren universos, atmósferas y dimensiones interiores.
Fue también vecino de David Alfaro Siqueiros, a quien conoció en su juventud y a quien en ocasiones llevaba pigmentos que llegaban a la fábrica de su padre. Ese contacto temprano con uno de los grandes muralistas mexicanos marcó su conciencia histórica, aunque Crowley eligió un camino estético radicalmente distinto.
El cruce de universos: ciencia y arte
Compartió su vida con Luz Alicia Fucugauchi de Crowley, científica de trayectoria internacional, investigadora en física con trabajos vinculados al estudio de partículas subatómicas como el positrón. Ella falleció el 11 de septiembre de 2013, pero su relación estuvo marcada no sólo por el romanticismo, sino por la admiración intelectual y el diálogo entre universos: ella desde el rigor del método científico; él desde la intuición del color y la materia. Dos formas distintas y complementarias de explorar lo invisible. En el marco de un encargo internacional, Víctor la acompañó a Japón, experiencia que profundizó ese cruce entre ciencia, cultura y sensibilidad.

Encuentros, colaboraciones y memoria compartida
Conocí a Víctor Crowley en el Salón de la Plástica Mexicana, espacio donde nuestros universos parisinos -vividos en épocas distintas- encontraron afinidad. Desde ahí nos unió una relación profesional basada en el diálogo de ideas, en el intercambio de propuestas pictóricas y en la convicción de difundir su obra con rigor y sensibilidad. De esa cercanía surgieron exposiciones, artículos y charlas, entre ellas la memorable exposición y programa realizado en Televisión Educativa de la SEP, que permitió acercar su pensamiento y su pintura a nuevos públicos.

Epílogo
José Víctor Crowley se fue en paz. Le sobreviven su hija Areisha Crowley y su esposo Ramón Ricoy; sus nietos José Ramón e Íker; su hijo Víctor Crowley y Carla Vittoria Sabato, su esposa, y sus hijas Ivanna y Nicole, figuras fundamentales en su vida, que le brindaron acompañamiento, calidez y presencia constante.
Crowley fue, ante todo, un hombre fiel a su vocación. Vendió certezas para vivir la pintura. Creyó en el color como destino. Y construyó, a lo largo de toda su vida, un universo de universos que hoy permanece abierto para quien sepa mirar con sensibilidad.
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(*) Originaria de Parras, Coahuila, es promotora cultural, curadora, periodista y presidenta de la fundación Nancy Cárdenas y de la Feria Internacional del Libro de Coyoacán.






