Hay un acto muy contemporáneo que define nuestra época mejor que cualquier tratado: alguien graba con el teléfono una protesta, encuadra bien la pancarta —que se lea el lema, pero también su perfil “comprometido”—, añade un comentario indignado, lo sube a redes, recibe aprobación inmediata… y, al día siguiente, todo sigue igual.
No porque no importe lo que ocurrió, sino porque el gesto ya cumplió su función principal: producir sentido de participación. Hemos perfeccionado una forma de presencia que no estorba demasiado.
La crítica viaja a velocidad de fibra óptica, pero con embalaje especial: resistente, ligera, fácil de almacenar en la conciencia sin ocupar demasiado espacio. No es apatía; es eficiencia emocional.
El sistema aprendió que dejar circular la indignación es más barato que reprimirla. Así, la protesta se vuelve también contenido, y el contenido —como sabemos— necesita ritmo, novedad y renovación constante. La causa dura; la tendencia caduca.
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El sistema no necesita silenciar toda crítica
El filósofo Slavoj Žižek ha insistido en una idea incómoda: muchas formas actuales de inconformidad no rompen el tablero; lo hacen más soportable, como cojines ideológicos colocados estratégicamente sobre las aristas del mundo.
El sistema no necesita silenciar toda crítica; ha aprendido a integrarla, a ofrecerle silla, micrófono y patrocinador. La disidencia se convierte en lenguaje, estética, marca. Hay rebeldías con manual de estilo, indignaciones con paleta de colores, revoluciones que caben en una línea de merchandising.
Esto no vuelve falsa la indignación —la rabia puede ser muy real—, pero sí la vuelve funcional: lubrica la maquinaria que parecía cuestionar. El malestar no desaparece; se administra. Y administrar malestar es una forma muy sofisticada de gobierno.
Desde la tradición que enlaza a Karl Marx, Georg Wilhelm Friedrich Hegel y Jacques Lacan, Žižek recuerda algo perturbador: creemos elegir, pero nuestros deseos ya vienen con subtítulos.
Incluso la rebeldía puede llegar con guion previo, lista de reproducción y hashtag sugerido. Hoy la crítica es parte de la atmósfera cultural, como el clima: se respira, se comenta, se pronostica.
Humor político convertido en formato permanente…
Series que denuncian al poder, producidas por los mismos gigantes que negocian con ese poder. Marcas que venden inclusión, diversidad y conciencia ecológica como identidad de consumo —“compra aquí tu cuota de virtud”.
Humor político convertido en formato permanente, donde el chiste es tan constante que la indignación termina sonando como música de fondo.
Nos reímos del sistema dentro del sistema, como quien protesta en un parque temático de la protesta: todo está calculado para que la experiencia sea intensa, compartible… y segura. La crítica no desapareció; se volvió parte del decorado. Y el decorado, ya se sabe, también se factura.
La inconformidad no desaparece: se estiliza. Se vuelve compartible, rentable, visible. Y la visibilidad, en la economía digital, es valor.
Las redes transforman la estructura de la critica
Las redes no sólo amplifican voces; transforman la estructura de la crítica. Lo que circula más no siempre es lo más complejo, sino lo más emocionalmente cargado, lo más compartible. El escándalo se vuelve ritmo. La denuncia, contenido. La polémica, combustible algorítmico.
Esto ha ocurrido en México y en el mundo: Movimientos legítimos que abren conversaciones urgentes. Debates que se reducen a consignas. Causas profundas traducidas en tendencias pasajeras.
La crítica se acelera, pero también se fragmenta. Y en esa velocidad, el sistema encuentra una ventaja: la indignación constante puede desgastar sin reorganizar.
En México lo vemos con claridad. Las luchas contra la violencia, por los derechos de las mujeres, por la justicia social, por la memoria histórica, han transformado el espacio público. Han abierto palabras que antes no estaban.
Pero al mismo tiempo: El discurso crítico se convierte en estética. La denuncia entra en campañas, slogans, marketing cultural. ¿La rebeldía se vuelve estilo generacional?
La política también aprende este lenguaje. El poder habla como crítica del poder. Se presenta como ruptura mientras administra continuidades. La inconformidad deja de ser exclusivamente exterior: circula dentro. No es traición. Es un síntoma de época.
La violencia que no siempre vemos. Žižek advierte que la violencia más profunda no siempre es espectacular. Está en lo que se normaliza: precariedad, exclusión, desigualdad estructural. Cuando la crítica se queda en superficie simbólica, puede aliviar tensiones sin tocar esas bases.
¿Qué paradoja surge…?
Aquí surge la paradoja más dura: hacer algo puede impedir que algo cambie. El gesto visible puede funcionar como descarga emocional que estabiliza lo que parecía tambalearse.
En lo íntimo, la crítica también se vuelve forma de identidad: Consumimos con causa. Compartimos posturas. Construimos un “yo” político en línea.
Todo esto amplía expresión, sí. Pero también puede encajar sin fricción en la lógica general. El mercado no teme a sujetos críticos si pueden ser segmentados, perfilados, monetizados. La rebeldía deja de ser ruptura total y se vuelve uno de los estilos disponibles.
¿Qué queda..?
Entonces, ¿qué queda? No se trata de renunciar a la crítica. Se trata de complejizarla. De aceptar que disentir hoy no ocurre fuera del sistema, sino dentro de él. La pregunta ya no es si criticamos, sino qué tipo de incomodidad producimos.
La crítica que vende es rápida, visible, emocionalmente intensa y fácilmente compartible. La que transforma suele ser más lenta, menos espectacular, más difícil de capitalizar.
Tal vez el desafío cultural de nuestro tiempo no sea gritar más fuerte, sino sostener espacios donde la crítica no sea sólo imagen, sino práctica; no sólo gesto, sino reorganización de vínculos, tiempos, prioridades.
Porque el poder contemporáneo no siempre reprime la disidencia. A veces la celebra, la difunde… y la integra.
Y allí, justo allí, comienza la tarea más difícil: criticar sin convertirse de inmediato en producto.






