Paquita la del Barrio, a un año de su partida
Paquita la del Barrio
Mientras otras niñas jugaban a la comidita, ella ya tejía su manual práctico para domesticar inútiles y seguramente ya estaba ensayando cómo decir: “¿Me estás oyendo, inútil?”
Dicen que desde joven tuvo mala suerte con los hombres. Yo creo que más bien tuvo buena puntería: eligió exactamente a los que merecían convertirse en repertorio. Hay artistas que necesitan viajar por el mundo para inspirarse; Paquita la del Barrio necesitó apenas una cantina mal ventilada y un sujeto con bigote tembloroso.
Su gran innovación consistió en decir en voz alta lo que millones de mujeres murmuraban mientras lavaban trastes. La diferencia es que ella lo dijo con micrófono, trompetas y una mirada capaz de evaporar el tequila en el vaso del acusado.
Cuentan que cierto caballero prometió fidelidad eterna y cumplió… pero repartida en varias direcciones geográficas. Paquita descubrió la traición como se descubren las cosas importantes: por accidente.
En lugar de hacer lo que dicta la tradición —llorar, rezar y culparse— decidió hacer algo mucho más práctico: convertirlo en material discográfico. Es el único caso que conozco donde la infidelidad masculina se transformó en patrimonio cultural.
El susodicho pasó de esposo a estribillo. Y no cualquier estribillo: uno coreado por miles de mujeres que no lo conocían, pero lo odiaban con una solidaridad conmovedora.
En su restaurante de la colonia Guerrero, ese que llevaba su nombre, cuentan que en cierta ocasión el lugar estaba lleno de señoras organizadas, de esas que ya no lloran: facturan. Y hombres con mirada de examen sorpresa. El tequila circulaba doble, por si había que enfrentar el pasado con anestesia.
Entre el público, en una mesa al fondo —oscura, estratégica— estaba Carlos Salinas de Gortari, quien aún no era presidente y a quien le habían hablado de ella. Decidió ir a verla sin guaruras, solo con un bigote postizo y un sombrero que le quedaba grande. De incógnito, intentó saludarla con esa sonrisa que se usaba para inaugurar drenajes.
Paquita lo miró como quien examina un insecto nuevo y le dedicó media canción improvisada:
“Esta canción se la dedico a esos que vienen de incógnito… creyendo que el sombrero cambia la historia.”
El público rió. El político dejó de aplaudir, ajustándose el bigote que ya empezaba a despegarse por el sudor e iniciaba su caída libre.
El público, que suele ser indulgente con los funcionarios cuando regalan despensas, descubrió de pronto que era mucho más satisfactorio reírse de ellos. El hombre abandonó el lugar con la dignidad doblada en cuatro partes. Desde entonces, cada vez que escucho un discurso oficial, espero que alguien entre con mariachi y lo ponga en su sitio.
Años después, en 2006, durante un concierto en el Auditorio Nacional, Paquita dedicó “Rata de dos patas” al ya entonces presidente Carlos Salinas de Gortari.
No fue metáfora sutil. Lo dijo públicamente desde el escenario.
El gesto provocó aplausos masivos y también controversia mediática. Años después, ella aclaró en entrevistas que la canción no fue escrita específicamente para él, pero que “le quedaba bien”.
Pocas artistas han usado un éxito popular como proyectil político con esa puntería.
Dicen que el compositor Manuel Eduardo Toscano, autor de “Rata de dos patas”, mantuvo un conflicto público con ella por regalías y derechos de interpretación. Hubo declaraciones cruzadas en medios: Toscano reclamaba reconocimiento y pagos; Paquita defendía su versión del éxito.
El asunto llegó a tribunales. En México no solo los hombres salen raspados de esa canción; también los contratos.
Paquita llegó a decir, matizando su postura, que no odiaba a los hombres, sino a los “malos hombres”. “Yo canto lo que muchas sienten”.
Porque si algo nos enseñó Paquita la del Barrio es que el insulto, bien afinado, puede ser una forma superior de justicia poética.
Y en México, donde los hombres prometen el cielo y apenas alcanzan el techo de lámina, siempre habrá una Paquita dispuesta a recordárselos… con trompetas.
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