Hoy, 21 de febrero, el calendario oficial marca el Día Internacional de la Lengua Materna, una fecha en la que las instituciones de gobierno se llenan la boca de celebraciones, montan exposiciones fotográficas en los museos y aplauden los discursos de políticos disfrazados con textiles que solo sacan del clóset una vez al año.
La Organización de las Naciones Unidas (ONU) conmemora los 26 años de esta efeméride advirtiendo sobre una hemorragia silenciosa que a los gobiernos les conviene ignorar: cada dos semanas muere una lengua en el mundo. Sin embargo, la realidad mexicana opera bajo sus propias reglas; en este país las lenguas no mueren de viejas, sino que las asesina el clasismo y las tritura un sistema donde defender un idioma no se logra con un evento de tres horas ni con una lona en la plaza central, sino resistiendo a diario en la banqueta, en el transporte público y en la línea de ensamblaje.

La maquila y el silencio forzado de la lengua materna
“A mí me daba terror abrir la boca en el recreo, pues sabía que si me escuchaban hablar como mi mamá me iban a destrozar”, confiesa Nayla, una mujer de 32 años con las manos resecas por la fricción y los químicos industriales, quien espera su turno sentada en un bloque de concreto afuera de una maquiladora en la periferia norte de la ciudad.
Lleva el cabello recogido bajo una red y una bata azul percudida; habla un español perfecto, barrial, dictado por la crudeza de la calle y la necesidad de sobrevivir, sin un solo rastro del acento zapoteco de su infancia.
A los ojos del modelo económico, ella es apenas un engranaje funcional, una obrera que produce sin quejarse para engordar las cifras de manufactura, aunque por dentro su memoria sea la escena de un crimen cultural que los números del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) respaldan con absoluta frialdad. En su censo de 2020, la dependencia documentó que en México resisten 7 millones 364 mil 645 hablantes de lenguas indígenas, soltando a la vez el dato lapidario de que 88 de cada 100 han tenido que aprender español, asumiéndolo no como un enriquecimiento intelectual, sino como un peaje obligatorio para no morir de hambre en un territorio diseñado para excluir.

El exilio y la pérdida del territorio
Cuando su padre murió, el luto tuvo que cederle paso de inmediato a la urgencia de comer, obligando a Nayla y a su madre a dejar la sierra de Oaxaca —un estado que funciona como la principal trinchera de resistencia con más de un millón de hablantes de lenguas indígenas— para ir a estrellarse de frente contra el pavimento voraz de la capital.
Llegaron arrimadas a la periferia trayendo consigo lo poco que cabía en unas bolsas de plástico y su lengua materna: el zapoteco, una lengua viva que comparten casi medio millón de personas en el país pero que en la Ciudad de México carece de valor comercial, confirmando muy pronto que la urbe no abraza a los migrantes, simplemente los devora.

Caminar la urbe en huaraches
Como su madre se negó a abandonar su raíz, asumiendo con dignidad que soltar su lengua materna era el equivalente a arrancarse la piel y borrar su historia, se dedicó a vender blusas bordadas en las calles del centro histórico para poder mantenerlas; una decisión que la convirtió de inmediato en el blanco perfecto del racismo cotidiano que supura en cada esquina.
“Yo veía cómo la miraban los dueños de las tiendas comerciales, cómo los policías la quitaban a empujones y la gente le hablaba golpeado, lento y con fastidio, como si fuera tonta solo por no pronunciar bien el español; me hervía la sangre de rabia, claro, pero siendo una niña me ganaba más la vergüenza de caminar a su lado”, recuerda Nayla, tirando un vaso de unicel vacío al suelo mientras aprieta la mandíbula con frustración.
Esta vivencia es el reflejo exacto y sangriento de la Encuesta Nacional sobre Discriminación (Enadis) de 2017, la cual revela que el 31.4 % de la población indígena sufre agresiones en la calle o en el transporte público; agresiones cuya causa directa, según el 40.3 % de los encuestados, es sin matices su condición indígena. A la madre de Nayla nadie le tuvo que explicar la frialdad de esta estadística desde un escritorio gubernamental, ya que ella la sentía directamente en las suelas de sus huaraches cada vez que le regateaban el trabajo bajo el solazo del mediodía.

El tribunal de blanqueamiento de la lengua materna
La escuela, que en los lustrosos manuales de la Unesco aparece romantizada como ese lugar idílico donde el pensamiento crítico florece si el aprendizaje inicia en la lengua materna, opera en las colonias marginadas de México como un auténtico tribunal de blanqueamiento. Las aulas son en realidad el primer filtro de la maquinaria capitalista para enseñarle a los de abajo cuál es su lugar exacto en la pirámide social, una violencia institucional que la misma Enadis documenta al señalar que el 23.2 % de las personas indígenas son discriminadas en sus salones de clase.
Fue justo en ese entorno hostil, acorralada por el aislamiento y las burlas constantes de sus compañeros mestizos, donde Nayla tomó la decisión consciente de mutilarse para sobrevivir: “Le inventaba excusas para que no fuera por mí a la secundaria, o le rogaba que me esperara escondida a tres cuadras para que mis compañeras no le vieran la ropa; yo la escondí”, confiesa con una voz que casi se quiebra bajo el ruido atronador de los camiones de carga que pasan frente a la fábrica. El racismo estructural había logrado así su victoria más perversa al conseguir que una hija sintiera vergüenza del origen de su propia madre, dándole un rostro de carne y hueso a esa cifra brutal del Inegi que indica que el 75.6 % de la población indígena sabe y percibe que el resto del país simplemente no los valora.

La línea de ensamblaje y el fin de la infancia
Nayla nunca pisó la universidad, pues esa repetida promesa de que la educación pública te saca de la pobreza es un cuento de hadas meritocrático que rara vez aplica para las mujeres indígenas desplazadas por la marginación.
A los 15 años, cuando el hambre y las cuentas apretaron más que cualquier aspiración académica, tuvo que dejar definitivamente los libros para meterse de lleno a la línea de ensamblaje y ayudar a pagar la renta, asumiendo su rol como mano de obra barata para las grandes corporaciones. Su madre falleció hace apenas tres años en el pasillo helado de urgencias de un hospital público, esperando una cama que nunca se desocupó, llevándose a la tumba un universo invaluable de rezos, conocimientos de botánica tradicional y pláticas de sobremesa en zapoteco que a la ciudad jamás le importaron.

Un cementerio en el paladar
El golpe definitivo, aquel arrepentimiento asfixiante que no prescribe con el tiempo, alcanzó a Nayla en pleno velorio mientras intentaba procesar la viudez de su propia identidad. En medio del llanto, su hija de seis años le jaló la falda con insistencia para pedirle, con la inocencia de quien no entiende la muerte, que le cantara esa misma canción de cuna que la abuela solía cantarle en zapoteco para arrullarla.
Al abrir la boca con la intención de consolar a la niña y mantener vivo el último hilo que las unía con la montaña de Oaxaca, Nayla descubrió con horror que su paladar estaba completamente en blanco. Fue incapaz de articular un solo sonido, una sola sílaba de su propia infancia; el idioma había sido borrado por completo de su memoria.
El sistema que exige la asimilación forzada para otorgarte el derecho básico a existir en la ciudad, le había cobrado finalmente la factura completa, despojándola hasta de su propia voz. Hoy, 21 de febrero, sobrarán los aplausos y las rimbombantes exposiciones sobre la diversidad cultural en los pasillos de gobierno, pero allá afuera, en la boca de Nayla y en la de miles de obreras que sostienen a este país, no hay nada que conmemorar; solo queda el eco de una canción de cuna que nunca volverá a sonar y un cementerio de palabras que el asfalto les obligó a tragar.
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