“Las identidades extremas no anuncian extravagancia, sino el agotamiento de los mundos que las hicieron necesarias”.
Hay palabras que no nacen para aclarar, sino para incomodar. Therian es una de ellas. No porque nombre algo monstruoso o extraordinario, sino porque señala una fisura: el punto en el que lo humano deja de bastar como morada. Cuando una época comienza a producir identidades que buscan salir del perímetro de la especie, no estamos ante una rareza juvenil, sino ante un síntoma cultural profundo, una frase pronunciada por la historia con un tono que preferiríamos no escuchar.
El término proviene del griego thēríon, animal salvaje, bestia. Durante siglos, esa palabra funcionó como frontera: lo animal era aquello que debía ser dominado, civilizado, superado. Que hoy reaparezca resignificada, no como insulto, sino como autoidentificación, no es un accidente lingüístico. Es un desplazamiento simbólico. El therian no reivindica la bestialidad; reivindica la posibilidad de existir fuera de una humanidad vivida como asfixiante.
El fenómeno, tal como lo conocemos hoy, no nace en rituales antiguos ni en tradiciones comunitarias, sino en los márgenes de la modernidad tardía: foros digitales de los años 90, comunidades dispersas que buscaban palabras para experiencias difíciles de nombrar. Con el tiempo, ese lenguaje íntimo se volvió comunidad; la comunidad, visibilidad; y la visibilidad, espectáculo. No porque el fenómeno se haya multiplicado súbitamente, sino porque el ecosistema digital convirtió lo marginal en escena pública.
Reducirlo a una moda de internet es una forma de ceguera. Las redes no crean el malestar; lo nombran, lo aceleran, lo exponen. Lo que emerge es una experiencia previa: la sensación de no encajar en los guiones disponibles de lo humano, de no reconocerse en las promesas heredadas de identidad, éxito y futuro. El therian aparece, así como respuesta simbólica a un vacío, no como capricho.
Las reacciones sociales son previsibles: risa, escándalo, alarma médica, pánico moral. Son reacciones defensivas. La sociedad se protege de lo que no entiende reduciéndolo a caricatura. Pero el pensamiento -si todavía merece ese nombre- comienza donde termina la burla. Pensar a los therians no exige adhesión ni rechazo, sino disposición a leer.
El animal como promesa de descanso
El animal ha sido siempre una figura ambigua: fascinante y perturbadora. En él se depositó aquello que la cultura quiso expulsar de sí: el cuerpo sin cálculo, el instinto sin justificación, el tiempo sin agenda. La humanidad moderna se construyó afirmándose contra lo animal. Hoy, sin embargo, esa frontera cruje.
Lo humano contemporáneo se ha vuelto una tarea extenuante. Hay que explicarse, mostrarse, optimizarse, narrarse sin descanso. La identidad ya no se hereda: se produce bajo la mirada constante de otros. En ese contexto, el animal no aparece como ideal, sino como fantasía de alivio. No habla, no se exhibe, no se evalúa. Vive. Y en esa vida sin currículum ni justificación, muchos reconocen algo que han perdido.
No se trata de querer ser animal. Se trata de querer dejar de ser humano bajo ciertas condiciones.
Identidad, intemperie y redes
La expansión del fenómeno coincide con una época en la que la identidad se volvió intemperie. Todo es provisional, todo es revisable, nada garantiza pertenencia duradera. Las instituciones tradicionales se erosionaron; la red prometió comunidad a cambio de exposición. Allí, el therian encuentra lenguaje y refugio, pero también juicio, burla y violencia simbólica.
La paradoja es cruel: el mismo espacio que permite nombrarse convierte esa nominación en blanco. El algoritmo no tolera la ambigüedad. Exige gesto, claridad, exageración. Así, una búsqueda existencial termina convertida en espectáculo.
México: animal, máscara y abandono
En México, el fenómeno adquiere una densidad particular. No sólo por su reciente visibilidad, sino porque toca una tradición profunda donde lo animal fue mediador entre mundos: nahuales, máscaras, figuras híbridas. Sin embargo, el therian contemporáneo no surge del rito compartido, sino del vaciamiento del cuidado social.
La violencia cotidiana, la precariedad económica, la fragilidad educativa y la falta de espacios de escucha han producido generaciones que crecen sin suelo simbólico firme. Aquí, el animal ya no es comunidad: es refugio individual. Y la reacción social -burla, chiste, linchamiento digital- revela una herida mayor: nuestra dificultad para tratar la fragilidad sin crueldad.
Síntoma, no monstruo
Hay experiencias que requieren atención clínica, y negarlo sería irresponsable. Pero patologizar toda diferencia es otra forma de expulsión. Desde una lectura crítica, el therian puede pensarse como síntoma, no como monstruo: una forma de decir algo que no encuentra lenguaje en los repertorios habituales.
El síntoma no es sólo falla; es respuesta. A veces precaria, a veces costosa, pero rara vez arbitraria. Escucharlo no implica celebrarlo, sino reconocer qué lo vuelve necesario.
Epílogo: lo que incomoda
El fenómeno therian no anuncia el fin de la humanidad. Anuncia el agotamiento de una forma histórica de lo humano: productivista, exhibicionista, solitaria. Incomoda porque señala algo que preferimos no mirar: que hemos construido un mundo donde, para algunos, ser humano ya no basta para sentirse vivo.
Pensar esto -sin burla, sin pánico y sin romanticismo- es una tarea urgente de la crítica cultural. No para defender identidades, sino para interrogar la sociedad que las produce.
No es fácil para las generaciones anteriores comprender este fenómeno. No sólo por distancia cultural, sino porque los therians devuelven un espejo incómodo: reflejan dudas, fisuras y fracasos de los relatos adultos sobre progreso, estabilidad y sentido. Obligan a preguntarse si el mundo heredado fue realmente habitable para quienes crecieron en él.
La pandemia hizo visible lo que ya estaba ahí. No inventó el malestar juvenil, pero lo dejó sin máscaras. La depresión, la ansiedad, las oscilaciones extremas del ánimo, la bipolaridad, las conductas autolesivas y las crisis identitarias se volvieron parte del paisaje cotidiano. No como modas diagnósticas, sino como lenguajes del sufrimiento. En ese contexto, los therians aparecen como una de las formas -no la única- en que ese malestar intenta decirse.
Nos incomodan porque no pueden ser resueltos ni con burla ni con moral, ni con manuales clínicos. Nos incomodan porque cuestionan la normalidad que damos por sentada. Porque obligan a cambiar la pregunta: no qué les pasa a ellos, sino qué nos pasó a nosotros para que la vida humana, tal como la organizamos, resulte insuficiente para tantos.
Y quizá por eso la imagen final que dejan no es la de una amenaza, sino la de una huida silenciosa. Como si, en medio de una ciudad ruidosa, alguien se apartara del camino, se internará en el bosque simbólico y eligiera escuchar otra respiración. No para abandonar el mundo, sino porque el mundo -tal como está- ya no sabe cómo alojar su fragilidad.
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