
Dr. En Política de Procesos Socioeducativos por la UPN Ajusco
Columna Asalto al Cielo
El trabajo de Seth Harp en The Fort Bragg Cartel. Drug Trafficking and Murder in the Special Forces (2025, editorial Viking) es una radiografía de las falaces guerras contra el terrorismo y el narcotráfico que se expone a partir de la investigación de decenas de muertes sospechosas y crímenes en la base militar más grande de Estados Unidos: Fort Bragg, ubicado en Carolina del Norte.
El autor es un veterano del ejército norteamericano, así como periodista de investigación y corresponsal de guerra, que ha cuestionado agudamente las versiones oficiales sobre temas relativos al narcotráfico y a la guerra contra el terrorismo.
Una de las tesis centrales de Harp en este libro es que las intervenciones militares estadounidenses post 9-11 han profundizado una cultura de la impunidad dentro de la élite del ejército estadounidense, en específico Delta Force y el Comando Conjunto de Operaciones Especiales (JSOC, por sus siglas en inglés).
¿De qué casos habla el autor?
Los casos que catalizan el trabajo del autor son los del Sargento Mayor Billy Lavigne (miembro de Delta Force), Mark Leshikar (un Boina Verde, asesinado por Lavigne, quien era su amigo y compañero de consumo de drogas) y el suboficial mayor intendente adscrito a Fuerzas Especiales (expulsado del ejército), Timothy Dumas.
Los tres involucrados en una compleja red de tráfico de armas y drogas, así como en ejecuciones.
Aunque la investigación no se limita a esos tres personajes: en total Harp habla de 109 muertes misteriosas en Fort Bragg entre 2020 y 2021.
En dicha base militar, dice el autor desde el título del libro, existe un “Cártel” integrado por elementos de Fuerzas Especiales en activo, el cual se ha mantenido en secreto en buena medida gracias al código de silencio que caracteriza la cultura de Delta Force y a la justicia militar que, en una nación tan devota de lo castrense como lo es la del imperialismo yanki, hace todo para proteger a sus elementos de élite, incluso cuando cometen crímenes tan atroces como violaciones o asesinatos hasta en su propio suelo.
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El dedo en la llaga
De esa forma Harp ha puesto el dedo en la llaga: en los nichos de acumulación de capital que se han configurado en torno a la producción, trasiego y venta de ciertas drogas, gracias al régimen de prohibición internacional que data de principios del siglo pasado, la frontera entre crimen común y prácticas inherentes a la seguridad nacional y a las labores de inteligencia tanto civiles como militares, no quedan del todo claras.
Una de las virtudes del documento que elaboró Seth es que señala que no solo la CIA ha estado y está involucrada en el tráfico de drogas y armas, sino también la mucho menos conocida Defense Intelligence Agency (DIA), agencia de inteligencia militar a la que la legislación regulatoria en la materia ni siquiera aplica “a pesar de que las fuerzas armadas cuentan con sólidas capacidades de espionaje propias, por no hablar de su considerable presupuesto y personal”… gracias a ello, por ejemplo, el JSOC ha contado “con agentes plenamente capaces de llevar a cabo las mismas intrigas que los espías civiles, pero sin la carga adicional de la injerencia del Congreso” (p. 37), y, obviamente, con los privilegios que ello conlleva a la hora de llevar a cabo negocios criminales.
El poder, la secrecía y la impunidad con la que opera el JSOC es tal que Harp define su creación, a finales de 1980, como “el acontecimiento más significativo en la historia militar de Estados Unidos desde la creación de un ejército permanente tras la Segunda Guerra Mundial”.
No obstante, “en aquel momento pasó completamente desapercibido para el público. No hubo ceremonia para conmemorar la formación oficial del JSOC ni comunicado de prensa para anunciar el nombramiento de su primer comandante” (p. 35).
Delta Force
Por su parte, Delta Force ─creada en 1977- conformó, desde su inicio, el núcleo del JSOC, cuya existencia, hay que mencionar, fue altamente secreta hasta hace algunos años. Aún para septiembre de 2011, por ejemplo, pocas personas sabían de este comando (https://cutt.ly/rtAVy822).
El propio autor relata que, durante su despliegue en Irak, el batallón de ingenieros de combate al que pertenecía desconocía que estos cuerpos de élite ─descritos como “pequeños ejércitos de asesinos de operaciones encubiertas” (p. 59)- existían y, de hecho, pernoctaban en los mismos campos militares que ellos desde donde salían a levantar, desaparecer de manera forzada, violar, torturar y asesinar a hombres, mujeres y niños iraquíes, participaran o no en alguna forma de resistencia a la ocupación, ya fuera esta pacífica o armada. Nada importaba.
Ello se llevó a cabo acompañado de operaciones de guerra psicológica en las cuales las víctimas eran señaladas, deliberadamente, como integrantes de la ficticia organización de Al Qaeda en Irak, o AQI, designación que también era aplicada a cualquier forma de insurgencia contra los invasores, la cual era motivada por “agravios terrenales” y no por “ideología islámica” (p. 61).
Ominosa operación ideológica
Esta ominosa operación ideológica que homologaba a las personas bajo estas siglas, equiparándolas a terroristas, no fue un error. Asesinaban a cientos de miles de personas mientras mentían de manera consciente: se trató de una racionalidad formulada por personajes como Stanley McChrystal, ex portavoz del Pentágono, y la figura más importante en la “revolución de los asuntos militares”, orientada en poner cada vez más énfasis en la guerra psicológica de Operaciones Especiales.
En ese sentido, Harp señala que la innovación bélica más importante desarrollada por McChrystal “no fue táctica ni estratégica, sino ideológica y mediática” (p. 60); para el caso de Irak, la vil invención de la fantasía de AQI. Para casos futuros, serán otras siglas, dependiendo la coyuntura y el lugar.
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Deducciones respecto a México
Piénsese, para sacar deducciones al respecto sobre México, en las siglas de los llamados “cárteles” y la utilidad que tendrán para homologar a la población civil inocente en posibles escenarios de ataques militares yankis.
La cuestión se pone aún más oscura cuando el autor menciona la relación que McCrystal tuvo con un militar llamado Ali Mohamed, el cual fue un sargento de las Fuerzas Especiales en Fort Bragg que, mientras vestía el uniforme estadounidense y daba clases en la United States Army John F. Kennedy Special Warfare Center and School, redactaba el manual de entrenamiento de Al-Qaeda y organizaba la logística de seguridad para el propio Osama Bin Laden.
Harp utiliza este antecedente para demostrar que la porosidad entre el ejército de élite y el terrorismo (o el narcotráfico) no es una falla del sistema, sino un rasgo intrínseco de su operatividad.
La figura de Mohamed operaba en lo que podemos llamar una zona crepuscular del estado imperialista norteamericano ─como peón en el sistema “Deep State”, en palabras de Peter Dale Scott- donde la CIA, DIA y el Pentágono permitieron que un instructor de alto nivel formara a la estructura que luego ejecutaría el 11-S.
Esta conexión nos lleva a cuestionar la narrativa oficial tanto de los atentados en cuestión como de la “Guerra contra el Terror”.
Al explorar la cercanía de Bin Laden con la CIA y el aparato de inteligencia pakistaní, el análisis de Harp se alinea con una visión donde estos “enemigos” son, a menudo, elementos instrumentalizados cuya utilidad cambia según la agenda geopolítica.
Aunque, hay que decirlo, esa instrumentalización, así como los “acontecimientos profundos” (deep events, también en palabras de Dale Scott) donde son utilizados, se generan en una lógica inmediatista, sin un cálculo a largo plazo por parte de la cúpula castrense ligada a sectores burgueses petroleros y al complejo industrial militar yanki con los que se hibrida. Dicho cálculo limitado ha afectado profundamente al imperialismo yanki en sus disputas económico-militares con China.
Tema de las drogas
De vuelta al tema de las drogas: además del conocido auge de la producción de opio y heroína en Afganistán al amparo del ejército estadounidense, Harp retoma el testimonio de militares yankis que mencionan haber sabido del uso de aviones de la fuerza aérea para el tráfico de drogas en 2019 (p. 197), y también cita casos concretos de elementos castrenses en activo que han traficado drogas y han incurrido en delitos violentos graves en 2013, 2015, 2016 y 2017 (pp. 151-152).
En la abrumadora mayoría de los casos, las instituciones de impartición, administración y procuración de justicia del estado burgués norteamericano despliegan auténticos protocolos para garantizar impunidad a los militares de élite que se involucran en estas actividades (p. 139), lo cual es complementado con operaciones psicológicas que diseñan equipos especiales del ejército que, en conjunto con medios de comunicación, esparcen desinformación en torno a este tipo de casos criminales (p. 304).
¿Qué es The Fort Bragg Cartel?
The Fort Bragg Cartel no es solo una crónica del tráfico de drogas ilegales y armas en una base militar estadounidense.
Es una exposición cruda de la gravedad de las aberraciones que la élite militar del imperialismo yanki comete ─Lavigne presumía incluso películas snuff que grababa de víctimas durante sus despliegues militares (p. 118) y la impunidad de la que goza por ser los verdugos del imperialismo, uno de sus principales brazos armados para la acumulación primitiva de capital.
Se trata de una descripción minuciosa de una realidad donde la figura del soldado de élite y el traficante son indistinguibles.
Un aporte sumamente valioso para dimensionar el nivel de la hipocresía estadounidense y su llamada “guerra contra el narcotráfico”, así como para darnos una idea de qué es lo que las Fuerzas Armadas del Imperialismo Estadounidense harán en un hipotético escenario de intervención en México.
Lee: https://amexi.com.mx/opinion/requiem-del-imperio-estadounidense-opinion/






