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La princesa Patti

Manjarock en Amexi/ Por Manjarrez

Manjarrez Por Manjarrez
2 de mayo de 2026
En Cultura, Manjarock en Amexi
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Patty Smith. AMEXI Imagen Manjarrez
La princesa Patty Smith. AMEXI/Imagen: Manjarrez

Cuando Patti Smith recibió el Premio Princesa de Asturias de las Artes en 2026, lo que ocurrió fue mucho más sobrio y humano que cualquier mito alrededor de su figura.

La ceremonia se celebró en el Teatro Campoamor, en Oviedo. Patti apareció con su estilo habitual: sencilla, casi austera, lejos de cualquier glamour de estrella de rock. Cabello suelto, saco oscuro, presencia más de poeta que de celebridad.

 

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Su discurso no fue largo ni grandilocuente. Fue íntimo.

Agradeció el reconocimiento con humildad y habló de España con afecto, recordando su conexión con la literatura y el arte europeo. Mencionó su admiración por poetas y escritores, y dejó claro que, para ella, la música y la poesía nunca han sido cosas separadas.

Uno de los momentos más recordados no fue exactamente el discurso, sino lo que vino después: en lugar de limitarse a hablar, Patti hizo lo que mejor sabe hacer…interpretar.

Cantó “A Hard Rain’s A-Gonna Fall”, de Bob Dylan.

Y ahí ocurrió algo profundamente humano: se equivocó en la letra.

Se detuvo. Visiblemente nerviosa. Dijo algo como “I’m sorry” (lo siento), sonrió con timidez, y volvió a empezar. El público guardó silencio absoluto, no incómodo, sino respetuoso. En ese inter recordó como si una ala de cuervo revoloteara en su memoria….una madrugada caminaba rumbo al  Père Lachaise como si siguiera una melodía invisible, un riff que alguien había dejado flotando en el aire desde 1971.

Entró al cementerio como si entrara a un bar clandestino.

 

Jim susurró, vine otra vez.

La tumba estaba cubierta de besos pintados, grafitis, plegarias que nadie contestaría. Patti se sentó en el suelo, cruzó las piernas y sacó una libreta. Siempre llevaba una. Como si escribir fuera la única manera de no desaparecer.

¿Sabes?  dijo, encendiendo un cigarro, Bob dice que la poesía es una enfermedad. Pero él la tiene más avanzada que todos nosotros.

El viento movió las hojas secas. O quizá fue Morrison riéndose desde abajo.

Patti recordó aquella vez en Nueva York, en los setenta, cuando Bob Dylan la miró con esa mezcla de profeta y vagabundo iluminado.

Kid le dijo, no escribas para agradar. Escribe para sobrevivir.

 

Ella no entendió del todo entonces. Pensaba que sobrevivir era pagar la renta, comer algo caliente, no morir de frío en un cuarto sin calefacción. Luego entendió: sobrevivir era no traicionarse.

En la tumba, Patti deja una pluma. Siempre deja una pluma. Como si los muertos necesitaran escribir.

Jim, tú querías ser Rimbaud, pero terminaste siendo una puerta. Todos entramos por ti.

El cuervo la sigue. Siempre hay un cuervo. Patti cree que es el mismo desde hace años, como si la hubiera adoptado. Se posa en una lápida cercana, la observa con paciencia antigua.

No me mires así, le dice. Tú también has robado versos.

El cuervo no responde. Los cuervos nunca responden, pero entienden todo.

Recuerda otra noche, en el Chelsea Hotel. El ascensor olía a historia y a fracaso elegante. Sam Shepard estaba ahí, escribiendo algo en una servilleta.

 

Es sobre caballos, le dijo. O sobre hombres que creen que son caballos.

Es lo mismo, respondió Patti.

Rieron. Siempre reía con los que sabían que el mundo era absurdo.

¿Y tú?  preguntó Sam. ¿Sobre qué escribes?

Sobre no desaparecer, contestó ella.

Volvió al cementerio. La madrugada ya estaba cediendo. París comenzaba a fingir normalidad.

Jim, una vez soñé que todos estábamos en un escenario, dice Patti. Tú, Bob, Allen, Janis… y nadie cantaba. Solo nos mirábamos. Como si la música hubiera sido un pretexto para encontrarnos.

El cuervo grazna. Esta vez sí. Como si marcara un punto.

Sí, ya sé, dice ella. Nos seguimos buscando.

 

Se levanta. Sacude el polvo de su abrigo. Mira una última vez la tumba.

No te pongas cómodo, le dice. Todavía te leen.

Camina hacia la salida. El cuervo la sigue, saltando de árbol en árbol, como una sombra con plumas.

Antes de irse, Patti se detiene. Abre la libreta. Escribe:

“Los muertos no están debajo de la tierra. Están en las canciones que no terminamos de cantar.”

Cierra la libreta.

Y por un segundo, mientras la luz toca las lápidas, parece que alguien, quizá Morrison, quizás el eco, aplaude en silencio.

 

Patti regresa en un aleteo más al Teatro Campoamor, retomando la canción, la emoción era más fuerte. Ya no era solo una interpretación: era vulnerabilidad en estado puro.

Ese momento definió toda la noche.

Más que un discurso perfecto, lo que dejó Patti fue una escena real: una artista que, incluso en uno de los escenarios más formales de Europa, no dejó de ser ella misma… frágil, intensa, honesta.

No hubo frases grandilocuentes para la historia, pero sí una idea clara que atravesó todo: el arte no es perfección, es verdad cruda.

Y esa noche, en Oviedo, Patti Smith no dio un discurso memorable por lo que dijo… sino por cómo estuvo ahí. Sin máscaras. Como si todavía estuviera leyendo poemas a los pies de la tumba de un poeta perdido, solo que ahora el camposanto era un teatro entero atrapado en el ojo de un cuervo.

Lee: Betsy Blues

Etiquetas: Patti SmithPortada 1Premio Princesa de Asturias de las Artes en 2026rock
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