
Aquella noche la Ciudad de México parecía una viuda vestida de neblina.
Las calles brillaban bajo los faroles húmedos y Ramón López Velarde avanzaba con su traje negro, el cuello levantado, pero sin abrigo, el alma ocupada en sus asuntos de siempre: Dios, Fuensanta, siempre aparecía Fuensanta en sus pensamientos. Su nombre verdadero Josefa de los Ríos, el gran amor de su vida, a quien inmortalizó bajo el nombre de Fuensanta. De reojo vio pasar unas muchachas que reían como insinuándose, Ramón miró sus largas piernas, de esas con las que nunca pudo ponerse de acuerdo.
En esa época, la Ciudad de México tenía la pésima costumbre de matar gente con cortesía.
A veces lo hacía a balazos, otras a cuchilladas. Pero eso era demasiado vulgar para una capital que aspiraba a parecerse a París. La mayor de las veces prefería hacerlo con corrientes de aire, pulmonías, tazas de café frío y rentas atrasadas.
Esa noche Ramón salía de una función de teatro convencido de que todavía tenía tiempo.
Los hombres de treinta y tres años siempre creen eso.
Caminó algunas calles. El viento de junio bajó por las avenidas como un cobrador de deudas. Ramón sintió el frío en el cuello, pero no le dio importancia. Los poetas rara vez prestan atención a las cosas prácticas. Si hubieran sido personas sensatas, habrían sido contadores.
Mientras avanzaba, pensó en un verso que no terminaba de acomodarse.
El frío descendía desde los tejados como un ángel exterminador, Ramón caminó sin prisa.
Quizá pensaba en Jerez, donde las campanas sonaban como frutas maduras cayendo en el aire.
Otra vez más aparecia Fuensanta, aquella muchacha imposible que había convertido en virgen, novia, recuerdo y condena. Los muslos de Fuensanta atravesaban su memoria con más frecuencia que los sermones del catecismo.
La culpa.
El deseo.
La religión.
La ansiedad.
El miedo.
La sensación permanente de que Dios y el diablo habían decidido compartir departamento dentro de su pecho.
Por la mañana quería ser santo.
Por la tarde quería enamorarse.
Por la noche escribía poemas culpándose por ambas cosas.
Pero esa medianoche, al llegar a casa comenzó la fiebre.
Y en el lecho desfilaron sus patrias: la del incienso, la del deseo y la de México.
Vio las plazas de provincia, los rebozos, las campanas, los huertos, los perfumes de la infancia. Vio también sus libros: La sangre devota, escrita para rescatar lo perdido; Zozobra, para confesar que el alma es una pelea de gallos; y La suave patria, donde descubrió que México cabía mejor en una panadería que en un cuartel.
La muerte se sentó junto a la cama como una visita discreta.
Ramón sonrió.
Toda la vida había querido reconciliar a Dios con las muchachas.
No lo consiguió.
Pero escribió algunos de los versos más hermosos de la lengua española en el intento.
Y eso, pensó mientras la madrugada apagaba las últimas luces, era una derrota bastante elegante.
Después cerró los ojos.
Afuera siguieron sonando las campanas.
O tal vez era sólo la tos.
Ramón López Velarde nació el 15 de junio de 1888 en Jerez de García Salinas y murió apenas cuatro días después de cumplir 33 años, el 19 de junio de 1921, en Ciudad de México, acababa de publicar La suave patria. Fue uno de esos casos extraños en los que un escritor murió justo antes de convertirse en leyenda. En tan poco tiempo escribió algunos de los versos más importantes de la literatura mexicana y terminó convertido, casi a la fuerza, en el «poeta nacional«.
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