Presentada como parte de la 29ª edición del Festival Internacional de Cine de Guanajuato (GIFF), Motel paraíso, un fascinante híbrido entre documental y ficción dirigido por José Castilla, te atrapa desde el primer minuto. Al verla, resulta inevitable evocar la icónica frase de la creadora de contenido María Bottle: «Hay gente que no entiende la puta vibra y jamás la entenderá». Y es que, en un mundo lleno de gente amargada, conocer a su protagonista, Daniel Ponce San Román, es un auténtico respiro.
Él es la encarnación perfecta de esa «buena vibra». Con un humor agrio, ácido y maravillosamente grosero, este hombre mayor domina la pantalla sin el menor esfuerzo. Es de esos señores de la vieja escuela que adoran echarse unos buenos tacos, tocar la guitarra para pasar el rato y que no dudan en usar paliacates para complementar su estilo. Además, le encanta pasar el tiempo en YouTube viendo videos de Andrés Manuel López Obrador o riendo con clips de arbustos que espantan gente.
A su lado se encuentra su esposa, una mujer guapísima, sumamente sensible y de gran corazón, con quien comparte 53 años de matrimonio. Hoy en día, por las vueltas de la vida y el desgaste natural de la convivencia, habitan la misma casa, pero en plantas separadas: ella se relaja arriba viendo TikTok y él se queda en la parte de abajo. Sin embargo, mantienen intacta una complicidad y un cariño que traspasan la pantalla.

Las entrañas del paraíso
Para adentrarnos en su mundo, la cinta nos toma de la mano y nos lleva directo al núcleo de su negocio, el Motel Paraíso, ubicado en el caluroso puerto de Coatzacoalcos, Veracruz. Daniel nos da un recorrido guiado por todas las instalaciones mientras platica de lo lindo con el director del proyecto y con el verdadero pilar fundamental del lugar: las trabajadoras Michel Sánchez, Yazmín Morales, Ruth Hernández y Martha Seba Quino.
Es precisamente de estas pláticas informales de pasillo de donde brota el oro puro que nutre toda la historia. Entre risas y confesiones, recuerdan anécdotas surrealistas de la clientela, como la de aquel hombre «súper goloso» que llegó de lo más campante acompañado de tres mujeres al mismo tiempo. También salen a relucir los recurrentes alaridos de la famosa «gritona», a quien se le escucha tan seguido por los pasillos que parece la mismísima Llorona, dejando claro que en este lugar las pasiones se desbordan a todo pulmón. Y como para nadie es un secreto que a los moteles acude mucha gente infiel, Daniel nos regala una joya de filosofía de vida muy a su estilo: «Los infieles se reproducen como hongos, nada más les echas agua y crecen, sobre todo si traen dinero en los bolsillos».

Un homenaje de géneros
A lo largo de la película, las vivencias del motel se transforman en divertidos homenajes a diferentes géneros cinematográficos. Primero, nos adentramos en el cine de detectives con el caso del cuarto 15, el cual gira en torno a un cliente que va una vez al mes única y exclusivamente para hacer del baño fuera de la taza. Vestido de investigador, Daniel busca al culpable con una lógica aplastante: «Una vez es accidente, dos veces es coincidencia y tres veces ya son ganas de estar chingando».
Luego, la atmósfera cambia al terror en la habitación 120. Fueron las propias recamareras quienes relataron el tremendo susto que se llevaron cuando el teléfono de recepción sonó desde ese cuarto completamente vacío. A partir del evento, arman un relato sobre una escalofriante fantasma que se arranca los cabellos en el más allá.
Después, la narrativa incursiona en el cine de acción recreando un asalto. En esta escena, unos ladrones exigen el dinero de la caja, por lo que las empleadas aprietan el botón de pánico bajo la mesa. Al sonar la alarma, Daniel emerge con rifle en mano para defender lo suyo a plomo, soltando una frase digna de Hollywood: «Un mal día para visitar el paraíso». Finalmente, la antología cierra con un épico homenaje al western, donde el protagonista rescata, machete en mano, a una pareja del salvaje ataque de un perro rabioso mientras una amiga grita desesperada.

Del humor al drama
El giro maestro de la cinta llega tras el sketch de cine mudo titulado «No se puede chiflar y comer pinole al mismo tiempo». En este punto, la comedia cede el paso al drama para abordar una realidad mucho más cruda: la diabetes de Daniel.
Una simple cortada en la pierna derivó en una infección gravísima que puso su vida en riesgo. En un momento profundamente vulnerable, vemos a su esposa quebrarse en llanto al recordar el enorme peso emocional que significó cuidarlo durante esa etapa oscura. Así, con una profunda nostalgia, la película rememora la juventud de ambos y el inmenso esfuerzo que hicieron, lado a lado, para levantar el motel desde los cimientos.

Un álbum familiar surrealista
En el apartado visual, la cinta logra un balance bellísimo. La narrativa juega constantemente a contrastar esa textura casera, íntima y llena de nostalgia —capturada por la cámara de su director— con el impecable trabajo fotográfico que César Salgado Alemán consigue en las escenas de ficción. Esta mezcla visual no solo le otorga un ritmo sumamente dinámico a la película, sino que te hace sentir inmerso en un álbum de recuerdos que cobra vida.
Para capturar esta intimidad, el director recurrió a una cámara similar a la que su abuelo usaba para grabarlos durante su infancia. Además, incluyó dentro de la película esos mismos videos familiares para mostrárselos en pantalla a Daniel y a su abuela. Al reencontrarse con aquellos recuerdos, el rostro de Daniel se ilumina de pura felicidad, regalándonos una reflexión profundamente emotiva: la memoria guardada en la mente jamás será tan poderosa como darle play a una cinta y volver a sentir viva a la familia.
José Castilla, formado en el Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC) y cofundador del colectivo Persignados, fluye de manera natural en este proyecto, consolidando el talento que ya había demostrado con sus cortometrajes Aguacuario (2023) y Levantamuertos: Cumbia for the Dead (2025), estrenados en los festivales de Berlín y Róterdam, respectivamente.

Una lección de buena vibra
Hacia el desenlace, la película nos obsequia una de sus secuencias más íntimas y conmovedoras. En medio de su habitual dinámica, la pareja se sienta a platicar de forma sincera sobre el lugar en el que les gustaría descansar después de muertos. Lejos de volverse un instante sombrío, la conversación fluye con una naturalidad entrañable y culmina de manera perfecta con Daniel tocando la guitarra mientras canta.
Al final del día, Motel paraíso es mucho más que una simple recopilación de anécdotas excéntricas. Es un recordatorio contundente de que la vida, con todo y sus complicaciones, se transita de mejor manera si se le inyecta una gran dosis de humor irreverente. La obra se despide dejándote una enorme sonrisa en el rostro, confirmando que cruzarse en el camino con personas como él es, sin lugar a dudas, el antídoto perfecto contra cualquier rastro de amargura.
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