Una vez, alguien a quien respeto profundamente me dio un consejo que se quedó anclado en mi memoria: siempre hay que seguir caminando. Me dijo que en ese andar, paso a paso, uno termina descubriendo cosas increíbles, y que es el trabajo constante de todos los días, por más pequeño que parezca, el que nos lleva a estar parados exactamente frente a lo que nos propusimos.
Al sentarme en la sala durante la edición 29 del Festival Internacional de Cine de Guanajuato (GIFF), esa idea cobró vida en la pantalla desde el primer minuto de Mex-i-can. Dirigido por Emma González y con la inmersiva dirección de fotografía de David Malpica Sosa —ambos académicos de la Licenciatura en Cine y Producción Audiovisual de la UPAEP—, este documental de una hora y 20 minutos es la encarnación absoluta de ese consejo. Más que una historia deportiva, es un homenaje a la terquedad, a la alegría y a la convicción de que el mexicano no se raja ante nada.
La cinta nos adentra en la travesía de Raúl Antonio Figueroa, originario de la Ciudad de México, y Chris Gómez Mateos, de Puebla. Todo este monumental esfuerzo se sostiene sobre un pilar inquebrantable: una amistad profunda y hermosa que los ha llevado a ser cómplices en la locura de abrazar la incertidumbre. Ambos han construido su vida en Austria y, aunque ya no residen en México, siguen amando a nuestro país con una intensidad feroz y deciden llevarlo en la piel hasta los rincones más fríos del planeta.

Un hallazgo fortuito en los Alpes
Lejos de las formalidades del alto rendimiento, su historia arranca con la espontaneidad absoluta de una tarde en los Alpes. Rodeados por el folclore de una feria en el Tirol austriaco, entraron a un modesto puesto de tiro al blanco donde, al tomar los rifles para dispararle a unos muñequitos de plomo, descubrieron una puntería innata que dejó atónito al encargado. Al verlos derribar todos los objetivos sin fallar una sola vez, el hombre les lanzó una frase que lo cambiaría todo: «Oigan, deberían dedicarse al biatlón«.
Esa misma noche, impulsados por la curiosidad, buscaron en internet de qué trataba ese deporte —una extenuante combinación de esquí de fondo y precisión de tiro con rifle—, y notaron de inmediato la ausencia total de representantes nacionales. La chispa se encendió, por lo que contactaron a Carlos Pruneda, de la Federación de Deportes de Invierno, y con una audacia envidiable fundaron desde cero la Federación Mexicana de Biatlón.
La cruda realidad del hielo
A partir de ese momento, la cámara nos arrastra a una realidad implacable. Su primera toma de contacto con la nieve fue bajo la estricta tutela de Stevie, un joven instructor austriaco que les enseñó las bases del esquí y el manejo del arma. Fiel a su franqueza europea, Stevie los aterrizó de inmediato al advertirles que su objetivo debía ser mejorar, porque definitivamente no iban a ganar. Lejos de desanimarse, los mexicanos abrazaron esta dura advertencia con una reflexión bellísima: entrar a una competencia sabiendo que quedarás en último lugar no es una visión derrotista, sino un ejercicio de realismo puro donde la verdadera victoria consiste en ganarse a uno mismo.
Visualmente, la fotografía de Malpica Sosa nos regala postales imponentes llenas de majestuosas montañas cubiertas de nieve, vastos lagos congelados y solitarias cabañas de madera que transmiten un aislamiento absoluto. Asimismo, el diseño sonoro hace un trabajo impecable al capturar el rugido constante del viento que golpea el micrófono; un detalle que te envuelve por completo, te hace sentir el frío cortante en las mejillas y dimensiona el ecosistema tan duro en el que decidieron competir.

El choque cultural en la nieve
En medio de esa crudeza, el choque cultural fue inminente. Al registrarse en las primeras competencias europeas, los organizadores los miraban incrédulos, casi convencidos de que su inscripción era una broma. Sin embargo, Raúl y Chris respondieron con una actitud sumamente alivianada. Para dejar clara su identidad, instauraron la costumbre de portar siempre en su ropa los colores de la bandera nacional, a los que sumaron algún distintivo de su tierra, ya fuera un mandil con calaveritas de Día de Muertos o un poncho tradicional. Así, lograron contrastar el calor de nuestro folclore con la inmensidad blanca de la nieve.
Resiliencia forjada desde el dolor
La narrativa adquiere una dimensión mucho más íntima al descubrir de dónde proviene esa resistencia inquebrantable, pues entendemos que su capacidad para soportar el dolor físico en la pista nace de heridas profundas. La cámara nos acerca a la infancia de Chris, marcada por la tragedia cuando era niño. Primero, su madre fue desaparecida y, tras meses de pura angustia, fue encontrada sin vida; un golpe brutal que dejó a su familia en la ruina, pero que le enseñó desde muy pequeño que la única forma de sobrevivir es reconstruirse y mirar siempre hacia adelante.
Esa misma fuerza lo sostuvo en el deporte. En pleno desarrollo competitivo, Chris sufrió una negligencia médica cuando al retirarle un catéter le rompieron una vena, lo que le provocó una severa trombosis en el brazo que le impidió competir. Tras enfrentar otra lesión posterior, asimiló la situación con un optimismo a prueba de balas. Se reinventó para asumir el rol de entrenador oficial del equipo e impulsó el sueño desde otra trinchera para no abandonar el proyecto.
La historia de Raúl es igualmente conmovedora. A los 21 años, cuando se encontraba en plena cumbre de su capacidad atlética universitaria, sufrió el estallido de los discos de su columna vertebral. La pantalla relata su paso por el quirófano —donde arrastraba una pierna y perdía la sensibilidad motriz— para luego enfrentarse a meses de reaprender a caminar. Por ello, verlo hoy deslizarse sobre el hielo, mientras reta a su propio cuerpo con un rifle en la espalda, resulta un triunfo rotundo de la voluntad.

El verdadero legado detrás de los esquís
Al carecer de cualquier tipo de apoyo gubernamental, ambos se costean absolutamente todo, desde los uniformes hasta los viáticos. Esta falta de recursos da pie a una de las dualidades más humanas del documental, ya que, a la par de su compromiso como padres de familia, deben cumplir con extenuantes jornadas laborales de ocho horas para sostener sus hogares y seguir financiando su pasión.
Esta rutina los obliga a entrenar por separado: mientras uno devora la nieve esquiando bajo la luz de la mañana, el otro se desliza en la pista envuelto en la oscuridad de la noche, iluminado solo por reflectores, y convergen únicamente en el mismo espacio para la práctica de tiro. En este arduo camino, la cinta hace un justo reconocimiento a Peter Cohen, su entrenador de gimnasio y la primera persona que creyó genuinamente en ellos, al darles las bases de resistencia física para sobrevivir al invierno.
El verdadero legado detrás de los esquís
En su recta final, el documental revela el verdadero propósito de esta hazaña. Raúl y Chris dejan claro que no han abandonado su sueño olímpico y seguirán aferrados a los esquís en su intento por llegar a Beijing. Sin embargo, su motivación ha trascendido el anhelo personal para centrarse en dejar un legado: abrir una brecha en la nieve para que, el día de mañana, cualquier otro mexicano o futura generación que quiera adentrarse en los deportes de invierno encuentre un camino ya trazado.
Ver la bandera de México ondeando en esos circuitos europeos tan exclusivos, puesta ahí gracias a su propio esfuerzo y sacrificio, provoca un nudo en la garganta. Apenas este domingo 8 de agosto concluyeron los Juegos Centroamericanos y del Caribe 2026, lo que dejó a nuestra delegación en la cima con 407 medallas totales. Y aunque celebramos con justa razón ese orgullo deportivo, Mex-i-can es un recordatorio urgente de que debemos voltear a ver, agradecer y exigir apoyo para estos otros guerreros que, sin reflectores y financiando sus propias batallas, ponen el nombre del país en alto. Raúl Antonio Figueroa y Chris Gómez Mateos son un auténtico orgullo nacional; la prueba viva de que, si seguimos caminando todos los días, México siempre encontrará la forma de hacer historia.
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