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Los Topos y la arqueología de la solidaridad (Opinión)

Allí, entre quienes buscan sobrevivientes, han aparecido unos personajes que los mexicanos conocemos demasiado bien: los Topos

Boris Berenzon Gorn Por Boris Berenzon Gorn
18 de agosto de 2026
En Opinión, Rizando el Rizo
Los Topos y la arqueología de la solidaridad (Opinión)

Los Topos y la arqueología de la solidaridad (Opinión). AMEXI/FOTO/ RRSS

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Boris Berenzon Gorn, colabordor de AMEXI. Columna Rizando el Rizo.
Boris Berenzon Gorn, colabordor de AMEXI. Columna Rizando el Rizo.

Cuando la tierra borra las diferencias de arriba, descubrimos cuánto pesan las desigualdades de abajo. Hay momentos en que una sociedad queda desnuda. No metafóricamente. Literalmente.

Desaparecen las fachadas, se abren los edificios, las habitaciones quedan suspendidas sobre la calle, los objetos privados se vuelven públicos y aquello que durante años permaneció oculto detrás de paredes, estadísticas y discursos aparece brutalmente ante los ojos. Un terremoto hace eso con las ciudades. Pero también lo hace con las sociedades: revela de qué están hechas.

El terremoto de magnitud 7.4 que golpeó el occidente de Colombia el 10 de agosto de 2026 ha vuelto a colocar a América Latina frente a una de sus imágenes más antiguas: seres humanos excavando entre los restos de la ciudad para encontrar a otros seres humanos.

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Mientras escribo estas líneas, las cifras continúan modificándose y la búsqueda atraviesa esas horas terribles en las que la esperanza empieza a disputar cada minuto a la muerte.

…Y aparecen los Topos

Las informaciones disponibles hablan ya de cientos de fallecidos, miles de heridos, centenares de desaparecidos y decenas de miles de viviendas afectadas. Cali, Pereira, Manizales, Quibdó y otras localidades han descubierto, una vez más, la vulnerabilidad que escondía su aparente normalidad.

Y allí, entre quienes buscan sobrevivientes, han aparecido unos personajes que los mexicanos conocemos demasiado bien: los Topos. Llegaron a Cali integrantes de Topos Azteca, una brigada de voluntarios latinoamericanos dedicada al rescate.

Drones, sensores, radares, herramientas especializadas y experiencia acompañan ahora aquello que sigue siendo el instrumento fundamental del rescatista: su propio cuerpo. Entrar donde otros salen. Avanzar donde una estructura amenaza con desplomarse. Escuchar cuando todos deben callar.

Buscar debajo de toneladas de concreto la respiración mínima que todavía diga: aquí hay alguien.  La escena resulta extraordinariamente poderosa porque los Topos no nacieron de una institución. Nacieron de una catástrofe.

Buscar debajo de toneladas de concreto la respiración mínima que todavía diga: aquí hay alguien
Buscar debajo de toneladas de concreto la respiración mínima que todavía diga: aquí hay alguien. AMEXI/FOTO/ Especial

Genealogía de los Topos

Su genealogía conduce inevitablemente al 19 de septiembre de 1985. A las 7:19 de aquella mañana, la Ciudad de México dejó de ser durante unos minutos la ciudad que creía conocer. Edificios derrumbados, hospitales destruidos, hoteles convertidos en montañas de concreto, viviendas abiertas como casas de muñecas.

Tlatelolco volvió a convertirse en escenario de una tragedia mexicana. Pero entre los escombros apareció algo inesperado. La gente. No esperó instrucciones. Salió. Vecinos, estudiantes, médicos, albañiles, amas de casa, enfermeras, taxistas, ingenieros, comerciantes, jóvenes que jamás habían participado en una organización política comenzaron a retirar cascajo, improvisar camillas, transportar medicamentos, preparar alimentos, organizar centros de acopio, dirigir el tránsito, buscar desaparecidos.

Algunos se introdujeron directamente entre las ruinas. Eran delgados porque convenía serlo. Se arrastraban por espacios imposibles. Cavaban túneles. Se metían bajo las estructuras. Alguien comenzó a llamarlos Topos. El nombre permaneció.

De aquellos voluntarios surgiría la Brigada de Rescate Topos Tlatelolco, constituida legalmente en febrero de 1986. Cuatro décadas después, el topo mexicano dejó de ser solamente el sobrenombre de unos improvisados rescatistas para convertirse en una figura reconocible de la solidaridad frente al desastre. Pero reducir su historia a una organización de rescate sería perder lo esencial.

El Topo símbolo de cultura

El Topo es también un símbolo cultural. Trabaja debajo. Mientras el poder suele contemplar las catástrofes desde arriba —helicópteros, mapas, estadísticas, conferencias de prensa—el Topo entra por abajo.

Su territorio es el fragmento, la grieta, el hueco, aquello que aparentemente ya no tiene salida. Hay algo profundamente latinoamericano en esa figura. Nuestros países llevan siglos sobreviviendo por las grietas.

La historia latinoamericana podría escribirse también como una historia de comunidades que aprendieron a sostenerse unas a otras cuando las instituciones resultaban insuficientes: terremotos, huracanes, inundaciones, erupciones volcánicas, epidemias, desplazamientos, incendios, guerras.

No se trata de romantizar la precariedad. Al contrario. Porque existe una frase repetida después de cada tragedia que deberíamos comenzar a discutir: “el desastre nos hizo iguales”. No es verdad. El desastre demuestra precisamente que no somos iguales. La tierra puede moverse para todos, pero no todos vivimos sobre la misma tierra social.

Los Topos rescatistas mexicanos
Brigada de Rescate Topos Tlatelolco. AMEXI/Foto: Topos Tlatelolco (Archivo)

Los desastres poseen geografía y clase social

Un terremoto no pregunta cuánto gana una persona antes de sacudir su casa. Pero el ingreso sí determina muchas veces dónde está construida esa casa, con qué materiales, bajo qué reglamentos, con qué acceso a hospitales, seguros, ahorro, transporte y redes institucionales.

Por eso los desastres poseen geografía, pero también clase social. Una vivienda construida informalmente sobre un terreno inestable no expresa simplemente una decisión individual. Puede condensar décadas de exclusión urbana, especulación inmobiliaria, pobreza, corrupción, falta de regulación y ausencia de políticas de vivienda.

El terremoto dura segundos. La vulnerabilidad que convierte esos segundos en tragedia puede haber tardado generaciones en construirse.

Las investigaciones recientes del PNUD y la Oficina de Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres lo formulan como un círculo particularmente perverso: desigualdad, desastre, desigualdad.

Las condiciones sociales previas determinan quién sufre más; después, las pérdidas producidas por el desastre profundizan las desigualdades existentes. Entre 2000 y 2025, América Latina y el Caribe registraron mil 741 desastres y pérdidas superiores a 300 mil millones de dólares.

Lee: Artistas colombianos movilizan ayudas para damnificados del terremoto

América Latina y el Caribe segunda región más propensa a desastres

La cifra adquiere todavía mayor gravedad cuando ampliamos la mirada. UNDRR considera a América Latina y el Caribe la segunda región del mundo más propensa a desastres: entre 2000 y 2022, unos 190 millones de personas resultaron afectadas por mil 534 eventos.

Pero el organismo insiste en algo fundamental: junto a la exposición física operan pobreza, desigualdad, urbanización acelerada, inestabilidad política, migración y violencia.  Por eso convendría modificar nuestro vocabulario.

Los fenómenos naturales existen. Los desastres son también sociales. Un sismo de determinada magnitud puede causar consecuencias radicalmente diferentes dependiendo de la calidad de las construcciones, el cumplimiento de las normas, la preparación institucional y las condiciones socioeconómicas.

La comparación internacional demuestra hasta qué punto los códigos de construcción, la planeación urbana y la prevención pueden disminuir la mortalidad. La solidaridad comienza entonces mucho antes de levantar una piedra.

¿Qué es la solidaridad?

También es solidaridad exigir edificios seguros. Es solidaridad combatir la corrupción inmobiliaria. Es solidaridad invertir en hospitales capaces de resistir terremotos. Es solidaridad enseñar protección civil en las escuelas. Es solidaridad construir ciudades donde la pobreza no obligue a vivir en territorios de riesgo.

Esta es quizá la gran lección que deberíamos extraer de los Topos: no convertir el heroísmo en sustituto de la política pública.

Necesitamos Topos. Pero necesitamos todavía más sociedades capaces de hacer que los Topos sean cada vez menos necesarios. México conoce bien esta paradoja. El terremoto de 1985 no sólo destruyó edificios. Modificó el lenguaje político del país.

Carlos Monsiváis entendió que entre los cascajos estaba apareciendo una realidad política nueva. Aquella multitud que organizaba albergues, distribuía alimentos, rescataba personas y sustituía temporalmente las funciones que el Estado no conseguía cumplir comenzó a reconocerse bajo un nombre que adquiriría enorme importancia en las décadas siguientes: sociedad civil.

Elena Poniatowska convirtió aquella experiencia en una extraordinaria polifonía en Nada, nadie. Las voces del temblor. Su gran intuición narrativa consistió en comprender que semejante acontecimiento no podía ser contado por una sola voz. Una ciudad rota necesitaba una narración coral.

Lee: Homenaje en la FILCO a Elena Poniatowska y Rigoberta Menchú

Testimonios de sobrevivientes, familiares, brigadistas y ciudadanos construyeron la memoria colectiva de un acontecimiento en el que convivieron miedo, rabia, impotencia, muerte y solidaridad.

Temblor de 2017 en México

Treinta y dos años después, el 19 de septiembre de 2017, México volvió a temblar. Y volvió a salir a la calle. Había una generación que no había vivido 1985 pero había heredado su memoria.

Jóvenes de veinte años sabían, casi intuitivamente, qué significaba formar una cadena humana. Las motocicletas transportaban herramientas. Las bicicletas llevaban medicamentos. Las redes sociales localizaban necesidades. Miles de teléfonos construían mapas improvisados de urgencias.

La tecnología había cambiado. El gesto seguía siendo el mismo. Una mano entregaba algo a otra mano. Los estudios sobre el 19S de 2017 muestran, además, que la solidaridad no terminó en la remoción de escombros.

Universidades y organizaciones civiles crearon redes para documentar daños, defender derechos y acompañar a los damnificados. El rescate comenzó siendo físico y terminó convirtiéndose también en vigilancia ciudadana. Esa es otra lección fundamental.

La solidaridad que sólo dura mientras funcionan las cámaras termina convirtiéndose en espectáculo. La verdadera solidaridad comienza cuando las cámaras se marchan. Porque después del rescatista llega el damnificado.

Después de encontrar al sobreviviente hay que encontrarle casa. Después del centro de acopio viene la reconstrucción. Después de la emoción aparece la burocracia. Después del abrazo comienza la política. Tras el terremoto mexicano de 1985, los damnificados pasaron de la ayuda espontánea a la organización.

La tragedia se convierte en demanda pública

La Coordinadora Única de Damnificados convirtió la tragedia privada en demanda pública: vivienda, reconstrucción, derechos, participación. La solidaridad adquirió entonces una segunda vida: dejó de ser únicamente compasión y se convirtió en ciudadanía.

Ese tránsito importa hoy para Colombia. Porque la conmoción internacional pasará. Las fotografías desaparecerán de las primeras planas. Los algoritmos encontrarán otra tragedia. Y entonces comenzará la etapa verdaderamente difícil: saber quién reconstruye, dónde, para quién, con qué dinero, bajo qué reglas y con qué memoria.

América Latina posee una extraordinaria capacidad solidaria, pero debería preguntarse por qué necesita ejercerla tantas veces. Hay algo admirable en nuestra capacidad de improvisar. Y algo terrible en nuestra necesidad permanente de improvisar.

Nos enorgullece decir que ante la tragedia “el pueblo siempre responde”. Es cierto. Pero esa afirmación puede convertirse inadvertidamente en una coartada. La sociedad no debe ser condenada eternamente a compensar mediante heroísmo las deficiencias estructurales de los Estados. La solidaridad no exonera al poder. Lo obliga.

¿Qué representan los Topos?

Los Topos representan exactamente esa tensión. Son admirables porque entran donde nosotros no entraríamos. Porque arriesgan su vida por alguien cuyo nombre desconocen. Porque practican una ética radicalmente opuesta al narcisismo contemporáneo: para ellos el desconocido importa.

En tiempos en que buena parte de nuestra cultura digital nos enseña a exhibirnos, competir y diferenciarnos, el rescatista realiza una operación cultural inversa: desaparece. No pregunta quién está debajo.

Pregunta dónde. No pregunta qué piensa. Pregunta si respira. No pregunta a qué partido pertenece. Pregunta cuánto oxígeno queda. No pregunta si el atrapado podría algún día devolverle el favor. Entra. Ésa podría ser una de las definiciones más radicales de fraternidad.

Emmanuel Levinas construyó buena parte de su filosofía alrededor de la responsabilidad frente al otro. El rostro ajeno nos interpela antes incluso de cualquier contrato. En los escombros esa idea deja de ser filosofía abstracta.

El rescatista muchas veces ni siquiera puede ver el rostro del otro. Escucha apenas un golpe, una respiración, una señal térmica. Y eso basta. Existe alguien allí. Por tanto, existe una obligación.

Tal vez eso sea la solidaridad en su forma más elemental: reconocer que la existencia del otro constituye una razón suficiente para actuar. No caridad. No lástima. Responsabilidad. Por eso el Topo posee una dimensión ética que supera al rescate. Excava para encontrar personas, pero simbólicamente excava también debajo de nuestras indiferencias.

¿Cómo se mide una sociedad?

Nos recuerda que una sociedad no se mide solamente por aquello que construye, sino por lo que hace cuando sus construcciones se derrumban. Colombia vive hoy esas horas. Entre los equipos que llegaron a Cali se encuentran rescatistas mexicanos.

Su presencia posee una historia que comenzó hace cuarenta años debajo de los edificios destruidos de la Ciudad de México y que hoy reaparece a miles de kilómetros.  Es una hermosa paradoja latinoamericana.

Exportamos solidaridad desde una región que todavía produce demasiada vulnerabilidad. Tenemos héroes extraordinarios porque conservamos desigualdades extraordinarias. Sabemos rescatar admirablemente después del desastre; necesitamos aprender a proteger mejor antes de él.

El desafío del futuro latinoamericano consiste precisamente en unir ambas cosas: la ética de los Topos con la política de la prevención. Convertir la solidaridad espontánea en instituciones permanentes. Crear redes latinoamericanas de rescate, capacitación y prevención interoperables.

Profesionalizar sin burocratizar. Certificar sin excluir el extraordinario capital humano del voluntariado. Compartir tecnología, perros entrenados, radares, drones, cartografía y sistemas de comunicación.

Construir fondos regionales de emergencia. Fortalecer códigos sísmicos y vigilar efectivamente su cumplimiento. Crear comités vecinales de protección civil. Enseñar desde la infancia que el riesgo no empieza cuando tiembla.

Y, sobre todo, comprender que la pobreza también constituye infraestructura del desastre. No basta reconstruir paredes. Hay que reconstruir condiciones de ciudadanía.

Acciones de rescate en sismos
El desafío del futuro latinoamericano consiste precisamente en unir ambas cosas: la ética de los Topos con la política de la prevención. AMEXI/FOTO/ Especial

Los Topos tradición nacida en México

Quizá dentro de muchos años alguien recuerde las imágenes de Colombia de agosto de 2026. Recordará edificios abiertos, polvo, lluvia, sirenas, familiares esperando noticias. Tal vez recuerde también a unos hombres y mujeres cubiertos de tierra entrando por una abertura demasiado estrecha. Los llamaban Topos.

Venían de una tradición nacida en México. Pero en realidad pertenecían a una patria mucho más antigua. La patria momentánea que aparece cada vez que un ser humano decide que la vida de otro ser humano, aunque sea un desconocido, merece que alguien arriesgue la propia.

La tierra seguirá temblando. No existe legislación capaz de impedirlo. La pregunta decisiva es otra: qué clase de sociedad permanecerá en pie cuando deje de temblar.

Los Topos llevan cuarenta años respondiéndola desde abajo. Mientras unos observan las ruinas y ven el final de un edificio, ellos ven una posibilidad. Escarban. Escuchan. Avanzan. Porque debajo de toneladas de concreto puede quedar todavía una respiración.

Y mientras exista esa respiración, por mínima que sea, la solidaridad consiste en una idea extraordinariamente sencilla: nadie debe quedarse solo debajo de los escombros.

  • El contenido de este artículo refleja exclusivamente la opinión y responsabilidad de su autor. Las ideas, afirmaciones y conclusiones aquí expresadas no representan la postura oficial ni la línea editorial de la agencia AMEXI, que mantiene independencia y neutralidad en sus publicaciones.
Etiquetas: ColombiaLos ToposMEXICOPortada 1Sismosolidaridadtemblor
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