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La política lejos del equilibrio

Ilya Prigogine y la peligrosa ilusión de gobernar como Newton

Boris Berenzon Gorn Por Boris Berenzon Gorn
1 de septiembre de 2026
En Opinión, Rizando el Rizo
La política lejos del equilibrio

Ilya Prigogine. AMEXI/Foto: Centro Mundial de Esudios Humanistas

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Boris Berenzon Gorn

Hay gobiernos que se imaginan newtonianos. Creen que basta conocer la posición de los cuerpos, medir las fuerzas, calcular las resistencias y aplicar correctamente el impulso para saber dónde terminará todo. Una reforma producirá determinado efecto; una mayoría garantizará estabilidad; una elección resolverá una crisis; una encuesta anticipará el comportamiento ciudadano. Causa, efecto, control. La política convertida en mecanismo de relojería. El problema es que las sociedades se parecen bastante poco a los relojes. Tal vez por eso Ilya Prigogine, que no fue politólogo sino físico-químico, pueda ayudarnos a pensar uno de los mayores errores de la política contemporánea: confundir gobernar con controlar.

Prigogine nació en Moscú en 1917, pocos meses antes de la Revolución rusa. Su familia abandonó Rusia y terminó estableciéndose en Bélgica. Él mismo contó que desde joven estuvo profundamente interesado en la historia, la arqueología, la música y la filosofía. Henri Bergson dejó en él una huella decisiva: la idea de un tiempo asociado con la invención, la creación de formas y la aparición de lo nuevo. En 1977 recibió el Premio Nobel de Química por sus investigaciones sobre la termodinámica de los procesos alejados del equilibrio y, particularmente, por su teoría de las estructuras disipativas.  Conviene hacer una precisión porque las metáforas científicas se vuelven peligrosas cuando sacrifican la ciencia para ganar espectacularidad. Prigogine no “derrotó” a Newton ni demostró simplemente que el teorema de Liouville fuera falso. Su problema fue mucho más interesante. Se preguntó cómo reconciliar unas leyes fundamentales de la dinámica que son reversibles con nuestra experiencia de procesos irreversibles. En su conferencia Nobel planteó explícitamente las dificultades que la ecuación de Liouville presentaba para incorporar la irreversibilidad y buscó nuevas representaciones capaces de conceder a la flecha del tiempo un estatuto físico fundamental. Lo verdaderamente revolucionario estaba en otra parte: el desorden no era necesariamente el enemigo del orden.

Prigogine mostró que, en sistemas abiertos alejados del equilibrio, sometidos a intercambios de materia y energía con su entorno, pueden surgir espontáneamente nuevas estructuras organizadas. Las llamó estructuras disipativas. La Academia Sueca resumió la paradoja al concederle el Nobel: lejos del equilibrio pueden aparecer y mantenerse formas de orden que no existirían sin esos intercambios con el exterior.  La idea posee una potencia política extraordinaria, siempre que recordemos que estamos construyendo una analogía y no pretendiendo convertir la termodinámica en ciencia política. La política tradicional tiene una obsesión con el equilibrio. Llama gobernabilidad a la ausencia de sobresaltos; estabilidad, a la conservación de los acuerdos; institucionalidad, a la capacidad del sistema para absorber conflictos. Todo poder sueña secretamente con alcanzar un punto en el cual las fuerzas estén suficientemente controladas para que nada verdaderamente inesperado ocurra. Pero una democracia viva está, por definición, lejos del equilibrio. Tiene protestas, demandas contradictorias, generaciones que irrumpen con nuevos lenguajes, movimientos que cuestionan consensos, minorías que exigen reconocimiento, crisis económicas, transformaciones tecnológicas, migraciones, nuevas sensibilidades morales. El conflicto no constituye una enfermedad accidental de la democracia. Es uno de sus metabolismos.

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El error comienza cuando el poder interpreta cualquier desequilibrio como amenaza. Una sociedad sin conflicto no necesariamente sería una sociedad reconciliada. Podría ser una sociedad amordazada. La gran lección política que podemos extraer de Prigogine consiste entonces en invertir una vieja intuición: hay momentos en que conservar el orden existente puede resultar más peligroso que permitir su transformación. Pensemos en el agua calentada desde abajo, uno de los ejemplos clásicos asociados con las estructuras disipativas. Durante un tiempo el calor se transmite sin modificar radicalmente la organización visible del líquido. Pero, superado cierto umbral, aparecen patrones de convección. El sistema encuentra una nueva manera de organizar el flujo de energía. La inestabilidad no produce únicamente caos; puede producir estructura. Algo semejante, metafóricamente, ocurre con las sociedades.

Durante años pueden acumular desigualdad, humillación, desconfianza, precariedad, corrupción o desencanto sin que aparentemente suceda nada. Las instituciones continúan funcionando. Los ministros pronuncian discursos. Los parlamentos legislan. Las encuestas registran pequeñas variaciones. Y un día ocurre algo. Puede ser una muerte, una elección, un aumento de precios, una revelación periodística, una fotografía, una estudiante golpeada, una injusticia que en circunstancias normales habría quedado reducida a una noticia menor. La sociedad atraviesa un umbral. Entonces quienes gobiernan suelen cometer un error típicamente mecánico: buscan la causa inmediata. ¿Quién convocó? ¿Quién financió? ¿Quién manipuló? ¿Quién inició? Buscan una fuerza proporcional al efecto porque siguen pensando como si la sociedad fuera una mesa de billar. Pero la causa inmediata puede ser apenas la fluctuación que vuelve visible una inestabilidad acumulada durante años.

Ésta es una diferencia fundamental entre causa y condición. La política mediocre persigue causas. La política inteligente estudia condiciones. Prigogine prestó enorme atención a las fluctuaciones. Cerca de determinados puntos críticos, una variación que normalmente habría desaparecido puede amplificarse y conducir al sistema hacia otra organización. Allí aparece uno de sus conceptos intelectualmente más seductores: la bifurcación. Una bifurcación significa que el futuro deja de ser una prolongación perfectamente calculable del pasado. Aparecen alternativas. La historia política está llena de bifurcaciones.

Hay fechas en las que el mundo parece abandonar una trayectoria y entrar en otra. Sólo retrospectivamente construimos la ilusión de que todo tenía que suceder así. Antes del acontecimiento había posibilidades. Éste es quizá uno de los grandes vicios de nuestra relación con la historia: convertimos en inevitable aquello que sólo conocemos porque ocurrió. Después de una revolución todos descubren sus causas. Después de una derrota electoral todos encuentran las señales. Después de una crisis financiera aparecen cientos de explicaciones sobre por qué era previsible. Pero antes de la bifurcación había incertidumbre. Y aquí Prigogine resulta profundamente político. Si el futuro estuviera contenido por completo en el presente, gobernar sería administrar fatalidades. La política podría ser reemplazada, tarde o temprano, por una computadora suficientemente poderosa. Introduciríamos crecimiento económico, demografía, preferencias electorales, redes sociales, inflación y comportamiento histórico, y obtendríamos el futuro. Ése es el sueño tecnocrático llevado a su extremo. También es el sueño contemporáneo del algoritmo.

La fascinación política actual por los datos contiene una versión renovada del demonio de Laplace: si pudiéramos conocer suficientes variables, quizá podríamos anticipar el comportamiento social. Encuestas. Big data. Microsegmentación. Inteligencia artificial. Predicción electoral. Análisis sentimental. Millones de ciudadanos transformados en puntos dentro de gigantescos modelos de comportamiento. Pero predecir tendencias no equivale a poseer el futuro.

Siempre habrá una dimensión política irreductible al cálculo porque las personas reaccionan a las predicciones hechas sobre ellas, modifican sus preferencias, aprenden, recuerdan, olvidan, se organizan, inventan lenguajes y producen acontecimientos. Una piedra no lee la ecuación que describe su caída. Un ciudadano puede leer la encuesta que predice su voto y cambiar de opinión. Ahí termina Newton y comienza la política.

Hay todavía otra lección. Las estructuras estudiadas por Prigogine existen mediante intercambios permanentes con su entorno. No permanecen vivas porque hayan eliminado la disipación, sino porque funcionan a través de ella. El Nobel destacó precisamente que esas estructuras sólo existen en relación con su ambiente.

La democracia podría pensarse de manera semejante. Una institución cerrada termina degradándose. Un partido que sólo escucha a sus dirigentes pierde información. Un gobierno que confunde crítica con hostilidad se aísla. Una universidad que deja de discutir se burocratiza. Un movimiento político que únicamente conversa consigo mismo convierte sus convicciones en dogmas. Los sistemas políticos necesitan intercambiar energía con aquello que los contradice. Necesitan oposición. Periodismo. Universidades. Minorías. Movimientos sociales. Ciudadanos incómodos. Necesitan incluso aquello que al poder le parece ruido. Porque algunas veces el ruido contiene la información que el centro todavía no puede escuchar. Por eso la disidencia cumple una función que excede el derecho individual a disentir. Es también un mecanismo mediante el cual una sociedad detecta sus propias tensiones. Suprimirla puede producir silencio. No necesariamente estabilidad.

Un puente puede parecer perfectamente estable hasta segundos antes de colapsar. Una sociedad también. El autoritarismo posee, en este sentido, una concepción termodinámicamente ingenua del poder: imagina que eliminar las fluctuaciones aumenta indefinidamente la estabilidad. Persigue la protesta, uniforma la información, disciplina las instituciones y concentra las decisiones porque supone que menos diversidad equivale a mayor control. Pero puede conseguir exactamente lo contrario. Al impedir pequeñas correcciones, acumula grandes tensiones. Al eliminar canales institucionales de protesta, convierte el malestar en clandestinidad. Al castigar la crítica, destruye sus propios sensores. El gobernante termina viviendo dentro de un sistema que le informa permanentemente que todo funciona. Hasta que deja de funcionar.

Hay una frase que debería colocarse en los despachos del poder: el equilibrio absoluto también puede parecerse a la muerte. La democracia no consiste en regresar permanentemente a un estado anterior de reposo. Consiste en desarrollar instituciones capaces de transformar conflicto en organización, incertidumbre en decisión y pluralidad en convivencia. No eliminar el desequilibrio. Aprender a vivir creativamente dentro de él.

Prigogine insistió en el carácter constructivo de los procesos irreversibles. En lugar de considerar la irreversibilidad únicamente como pérdida o degradación, buscó comprender su capacidad para producir organización. Él mismo relacionó su interés por el tiempo con la complejidad, la biología y las ciencias humanas. Ahí aparece la dimensión más sugerente de su pensamiento para la política. Las sociedades también son irreversibles. No podemos regresar verdaderamente al pasado. Podemos restaurar edificios, recuperar símbolos, repetir consignas, reconstruir instituciones e incluso reinstalar viejos regímenes, pero jamás volvemos al mismo punto porque quienes regresan ya han vivido aquello que ocurrió entre tanto. Toda nostalgia política contiene por eso una pequeña mentira física. “Volver” nunca es volver. Ni las revoluciones pueden comenzar de cero ni las restauraciones pueden borrar lo sucedido. El tiempo político tiene flecha. Una injusticia deja memoria. Una guerra deja muertos. Una dictadura deja miedo. Una democracia deja derechos aprendidos. Una revolución deja expectativas. Una tecnología modifica para siempre nuestra percepción de lo posible.

Gobernar significa actuar sobre una materia que recuerda. Por eso la política no puede ser únicamente ingeniería. Necesita imaginación histórica. Y quizá aquí encontremos la mayor diferencia entre el político mediocre y el estadista. El primero pregunta cómo recuperar el equilibrio. El segundo pregunta qué nuevo orden puede nacer del desequilibrio. No se trata de celebrar el caos. Las crisis destruyen vidas, instituciones y comunidades. Sería irresponsable romantizarlas. Tampoco la física de Prigogine sostiene que cualquier desorden produzca espontáneamente algo mejor.

La bifurcación no promete progreso. Abre posibilidades. Y precisamente ahí reaparece la responsabilidad humana. En los momentos críticos pueden surgir democracias o tiranías, solidaridad o violencia, reformas o regresiones. Nada garantiza que la estructura posterior sea moralmente superior a la anterior. La incertidumbre no es esperanza. Pero sin incertidumbre tampoco habría esperanza. Si todo estuviera determinado, la política sería una ceremonia inútil. No habría decisión auténtica, sólo cumplimiento. Prigogine nos permite imaginar otra cosa: un universo donde el tiempo importa, donde la irreversibilidad forma parte de la realidad y donde, lejos del equilibrio, puede emerger lo nuevo. No convirtió esa física en una teoría de la democracia. Hacerlo sería traicionarlo. Pero nos dejó una metáfora formidable para pensarla.

La democracia no es un reloj. Es un sistema abierto. Respira mediante diferencias, intercambios, conflictos y fluctuaciones. Su fortaleza no consiste en impedir las bifurcaciones, sino en conseguir que podamos atravesarlas sin destruirnos. Tal vez gobernar sea precisamente eso: saber que no poseemos el futuro y, aun así, hacernos responsables de él. Newton nos enseñó a admirar un universo gobernado por leyes. Prigogine nos obligó a mirar con otros ojos aquello que sucede cuando aparecen irreversibilidad, inestabilidad y tiempo. La política debería aprender una lección semejante. El orden no siempre es estabilidad. El conflicto no siempre es destrucción. La incertidumbre no siempre es ignorancia. Y el desequilibrio puede ser el lugar donde una sociedad, frente a varias posibilidades, comienza a inventar aquello que todavía no existe. La pregunta decisiva del poder no es cómo impedir que el mundo cambie, sino qué hacer cuando el tiempo abre una bifurcación y ya no existe camino de regreso. La precisión científica es importante: evité afirmar que Prigogine simplemente “invalidó” a Newton o al teorema de Liouville. Su propia conferencia Nobel plantea una relación bastante más compleja entre dinámica reversible, irreversibilidad y nuevas representaciones de los sistemas alejados del equilibrio.

Lee: La ceguera del símbolo


El contenido de este artículo refleja exclusivamente la opinión y responsabilidad de su autor. Las ideas, afirmaciones y conclusiones aquí expresadas no representan la postura oficial ni la línea editorial de la agencia AMEXI, que mantiene independencia y neutralidad en sus publicaciones.


 

Etiquetas: equilibriosestabilidadestructuras disipativasIlya PrigoginepolíticaPortada 1Premio Nobelprocesos
Boris Berenzon Gorn

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