U n dispositivo marcó 65%. ¿De qué? No lo sé. Dos hombres que se identificaron como policías de investigación llegaron a mi domicilio buscando a un menor desaparecido. Nadie pudo explicarnos qué significaba aquella cifra ni por qué nuestro vehículo había sido relacionado con esa búsqueda. Una coincidencia que parecía sacada de un sorteo terminó convirtiéndose en una experiencia que todavía no nos deja dormir.
Estimados lectores, sirva este guijarro no sólo como una prueba en carne propia de que como dice el refrán, “de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno”, y que colaborar para apoyar genuinamente a despejar cualquier confusión, duda o a que efectivamente puedan encontrar al menor, nos llevó a una cadena de situaciones que, por empatía y desconocimiento, nos colocaron en una vulnerabilidad terrible. Sirva pues este escrito también para hacer pública la situación por la que estamos atravesando en calidad de víctimas Jehová Villa y yo, que este guijarro llegue a todas las autoridades competentes y responsables para poder tener un cerco de seguridad, que siento perdido en este momento.
Desde hace muchos años soy y he permanecido como una persona pública. Esto me ha proporcionado situaciones hermosas, como ser reconocida en algunos espacios públicos, o no tan hermosas, como cuando un tele taxista me llamaba en horarios nocturnos para saludarme, o un fan médico muy locochón de FB que me seguía, y que hizo que se me helara el cuero cuando un día me dijo por teléfono como estaba vestida y que “¿qué tal estaban mis tamales?” que acababa de comprar al salir a pasear a mi perro.
Mi actividad en el ámbito cultural y periodístico me ha dado trabajo a lo largo del tiempo, fue así como llegué a AMEXI, por conducto de otro artista y periodista, Roberto Ponce. En AMEXI me permiten comunicar quincena a quincena con libertad de expresión todas mis inquietudes, a ellos les agradezco que me permitan que este guijarro también se convierta en una denuncia ciudadana.
En este momento al menos hasta el día de muertos, tras una serie de sucesos personales y familiares que implicaron salud y emociones fuertes, parecía que por fin podía retomar mi normalidad y armonía en compañía de mi adorado esposo, Jehová Villa, y que podríamos recuperar los proyectos en pausa, nuestra vida social, y todo lo que nos da contar con un espacio seguro llamado hogar.
Bueno, pues imaginen, sin sentir que se les eriza la piel, que ese lugar seguro que no tiene fácil acceso, que durante muchos años ha sido una fortaleza, no sólo porque es difícil de llegar, acceder y recordar; sino que nadie que no sea invitado puede pasar, ahora se ha convertido en un espacio en el que tengo miedo de estar y también tengo miedo de salir.
No duermo desde el 4 de noviembre. Salir al trabajo en estos días ha implicado estar con ansiedad y miedo. Y esto; este temor, simplemente tocó la puerta de mi casa hace cuatro días, con actitud amable, y se introdujo hasta la médula, de manera aparentemente importante, pero inquisidora, intimidatoria, armada. Y con un pretexto extraño, una sospecha que no comprendimos, una intriga extraña que tomó nuestros números celulares, datos personales y las placas de mi camioneta, sin dejarme oficio o algo que me explicara para qué todo esto.
Reclinen su asiento; antes de comenzar el relato, quiero sanar con música. Como no puedo evitar referencias, colocaré por aquí, de Manu Chao con Mano Negra, Señor Matanza, que en mis tiempos de juventud cantaba y me preguntaba: ¿qué sucede cuando estás en un lugar y horario equivocado?
Manu Chao con Mano Negra, Señor Matanza
“El de la rebaja, baja del taxi, los tiros, la tira, el basuco, la mentira, esta ciudad es la propiedad del Señor Matanza. / Esa olla, esa mina, y esa finca y ese mar; ese paramilitar, son propiedad del Señor Matanza. / Ese federal, ese chivato y ese sapo, el sindicato y el obispo, el general son propiedad del Señor Matanza. / Buenas jineteras y alcohol están bajo control. / La escuela y el monte de piedad son propiedad del Señor, del Señor Matanza. / Él decide lo que va, dice lo que no será, decide quién la paga, dice quién vivirá. / Esa y esa tierra y ese bar son propiedad, son propiedad del Señor Matanza…”
Hay una diferencia enorme entre vivir en un país donde uno teme a los delincuentes y vivir en uno donde también comienza a temer equivocarse al colaborar con las autoridades que se supone deberían protegernos y actuar conducentemente. El 4 de noviembre de 2026, esa diferencia cruzó la puerta de mi casa e instaló la peor vulnerabilidad que he vivido en mi vida.
Todo comenzó cuando la administradora de la privada donde vivo acudió a nuestro departamento para informarnos que unas personas, identificadas como agentes de la Policía de Investigación, querían hablar con mi esposo y conmigo. El motivo, según nos explicaron inicialmente, tenía que ver con la búsqueda de un niño robado o desaparecido.
¿Un niño robado? ¿Por qué querían hablar con nosotros?
Cualquier persona con un mínimo de conciencia social comprenderá nuestra reacción cuando se menciona a un menor desaparecido: lo primero que se desea es que aparezca sano y salvo. Si uno puede colaborar para encontrarlo, lo natural es hacerlo. Y eso hicimos.
Desde el principio solicitamos no salir de nuestra vivienda y recibirlos en nuestro balcón a pie de nuestra puerta de entrada; ante el temor e insistencia de la administradora, pedimos su presencia, y ella se acompañó del tesorero y un elemento de vigilancia. Sin embargo, ante la cantidad de personas reunidas, invité a pasar a la administradora y a quienes la acompañaban. En ese movimiento también ingresaron los policías. Al advertir que portaban armas no me sentí en condiciones de detenerlos ni de precisar que mi invitación no estaba dirigida expresamente a ellos. Así fue como la entrevista terminó desarrollándose dentro de nuestra casa.
Hoy reconozco que permitirles entrar pudo ser una decisión imprudente. No lo digo desde la culpa, sino desde el aprendizaje. En ese momento creímos que actuar con transparencia, rodeados de testigos, era la mejor manera de despejar cualquier confusión. No imaginábamos que terminaríamos preguntándonos quién necesitaba realmente protección.
El extraño caso del 65 por ciento
Los visitantes explicaron que buscaban un número telefónico relacionado con la desaparición de un menor. Sin embargo, fue después de una serie de preguntas y de recabar nuestros datos cuando nos precisaron que, según ellos, el niño había sido sustraído por su propio padre.
¿Y yo qué pitos toco en eso? ¿Y nosotros qué?
Pero cuando tienes frente a ti a dos hombres armados que se presentan como representantes de la ley y relacionan tu automóvil con la búsqueda de un menor, la situación adquiere una gravedad que difícilmente puedes dimensionar en ese momento. Aunque no nos formularon una acusación directa, nos sentimos colocados bajo una sospecha que no comprendíamos.
Para localizarlo, afirmaron utilizar un dispositivo tecnológico capaz de identificar señales de telefonía. Desconozco qué dispositivo utilizaron e incluso si existe una tecnología con las características que describieron. Según su relato, cuando mi esposo y yo salimos de nuestro domicilio en automóvil a comer, el aparato registró una lectura del 65%, como si el teléfono buscado estuviera muy cerca. Después, la señal desapareció cuando nos fuimos, según ellos.
Cabe comentar que, al momento en que salimos, había en la calle cruzando un peatón que se paró frente a mi camioneta, pasaron autos y había más gente. ¿Cómo pudieron asegurar tal cosa? Pero esas preguntas no se te vienen a la mente cuando te están intimidando amablemente dos tipos dentro de tu casa. Esa circunstancia, dijeron, motivó que quisieran entrevistarnos.
Aquí comienza una serie de preguntas que todavía no tienen respuesta.
¿Qué significa exactamente ese 65%? ¿Es una medición de intensidad, proximidad, coincidencia o alguna otra variable? ¿Qué equipo lo produce? ¿Con qué margen de error funciona? ¿Puede una lectura semejante relacionar de manera confiable un automóvil con determinado dispositivo telefónico?
No tengo respuestas, y sería irresponsable inventarlas. Lo que sí sé es que una cifra, cuya naturaleza desconocíamos, bastó para convertirnos en personas de interés para quienes afirmaban realizar una investigación. ¡Que así me tocara la lotería, caray!
Uno de los visitantes formuló una pregunta que todavía resuena en mi cabeza: “¿Cómo usted me podría demostrar que realmente no porta ese número?”. La pregunta parece sencilla, pero encierra un problema inquietante:
¿Cómo demuestra una persona que no posee algo que nunca ha tenido? ¿En qué momento la necesidad de esclarecer una sospecha termina colocando sobre el ciudadano la carga de disiparla? Mostramos nuestros teléfonos, proporcionamos nuestros números y permitimos que realizaran llamadas para comprobarlos, pero la entrevista no terminó ahí.
También registraron datos de nuestras identificaciones, domicilio, ocupación, tiempo de residencia y características del vehículo, incluida su matrícula. Presenciamos que fotografiaron nuestras identificaciones y las placas de la camioneta. Hasta el momento desconocemos dónde quedaron almacenadas esas imágenes, quién puede acceder a ellas y qué uso se les dará. Los visitantes finalmente reconocieron que no coincidíamos con las características de la persona que buscaban y afirmaron habernos “descartado”.
Sin embargo, manifestaron que informarían a sus superiores acerca de la entrevista y los datos obtenidos. Incluso hicieron referencia al envío de información, aunque hasta hoy desconocemos quién la recibió, qué documentos o imágenes fueron compartidos y dónde permanecen almacenados.
Si ya no éramos parte de una búsqueda, ¿qué ocurriría con toda nuestra información?
Cuando la colaboración deja incertidumbre y miedo
Quiero ser absolutamente clara: no puedo afirmar que aquellas personas fueran impostoras, que estuvieran utilizando un dispositivo ilegal o que hayan cometido un delito. Tampoco deseo obstaculizar una investigación destinada a localizar a un menor. Todo lo contrario. Si existe un niño en riesgo, espero sinceramente que las instituciones consigan protegerlo.
Hago una pequeña pausa para colocar por aquí una canción de Jehová Villa que se llama “Los niños”, la cual hicimos para un día de “Los niños víctimas inocentes de la violencia”, como campaña para la búsqueda de niños desaparecidos, lo cual nos llevó a conocer a la Asociación Mexicana de Niños Robados y Desaparecidos que preside doña Elenita Solís, quien entrega su tiempo y su vida en una labor tremenda y dolorosa, pero de gran ayuda para las madres buscadoras.
Jehová Villa, Los niños
“El niño es duende perdido, en los territorios de un ogro, duerme entre las almas podridas, de los que crecieron sin vida. El niño es imagen del agua, que se están bebiendo los muertos, beben su mirada inocente, muerden y consumen sus huesos. Los niños viven con las manos vacías, viven con la ropa prestada, viven como santos de iglesia, viven con la luz apagada.”
Pero ninguna causa, por legítima y urgente que sea, debería impedir que los ciudadanos conozcan sus derechos y soliciten explicaciones sobre una intervención que afecta su vida privada. En nuestro caso, no recibimos un documento donde constara la diligencia, un número de carpeta de investigación ni una constancia escrita de que, como ellos mismos afirmaron durante la conversación, habíamos quedado “descartados” de la búsqueda relacionada con aquel número telefónico. Nunca comprendimos por qué nuestro vehículo había sido relacionado con esa investigación. Tampoco se nos exhibió un oficio de comisión que implicara que podían molestarnos en nuestra casa.
Ésa es nuestra experiencia, y precisamente por ello corresponde verificar lo ocurrido antes de formular conclusiones.
Después de la visita me comuniqué telefónicamente con mi amigo “El Abopunk”, quien me apoyó redactando mi denuncia. Me recomendó denunciar y me explicó las consecuencias que podía tener lo ocurrido. También me hizo reflexionar sobre las fallas en los controles de acceso en nuestro conjunto habitacional cuando se suscitan este tipo de casos. ¿Cómo pudieron llegar hasta nuestro departamento personas que se identificaron como agentes de investigación sin que se verificara formalmente su identidad, adscripción y motivo de la visita antes de permitir su ingreso? Pregunta que ahora también he planteado a quienes tienen a su cargo la seguridad de nuestro residencial. Llamé entonces a la Fiscalía de la Ciudad de México. Me recomendaron presentar una denuncia. También llamé a la Unidad de Asuntos Internos, donde recibí la misma orientación, quienes me comentaron que era una práctica poco ortodoxa y que debía solicitar protegerme.
He comenzado las actuaciones correspondientes, con asesoría jurídica, incluyendo una solicitud de medidas de protección. Conservo la grabación original en audio de la conversación y una fotografía de la identificación que uno de los visitantes exhibió, posteriormente surgieron dudas sobre su vigencia, por lo que solicité a las autoridades que verificaran su autenticidad, sin afirmar que se trate de un documento falso.
No busco convertir una inquietud en una sentencia pública. Busco respuestas verificables. El mismo 4 de noviembre acudí al Ministerio Público, donde se recibió mi denuncia. Al día siguiente me presenté ante la Fiscalía para la Investigación de los Delitos Cometidos por Servidores Públicos, a fin de aportar la documentación correspondiente y solicitar que se esclarecieran los hechos. En ambas instancias recibieron mis planteamientos, aunque el procedimiento también estuvo acompañado de incertidumbre. Solicité formalmente medidas de protección para mi esposo y para mí. Hasta el momento de escribir estas líneas, necesito conocer con precisión qué medidas han sido autorizadas, quién será responsable de ejecutarlas y cuáles serán sus alcances.
Mientras tanto, seguimos experimentando miedo, tensión y dificultades para dormir. Mi esposo se encuentra en recuperación de una cirugía abdominal compleja, y esta situación ha incrementado su estrés. A mí me cuesta salir de casa, conducir mi vehículo y desenvolverme con la tranquilidad que tenía antes. También me duele que la confianza depositada durante años en la seguridad de nuestro hogar y de nuestra comunidad se haya visto profundamente afectada.
Dejo por aquí esta canción que también me lleva a pensar en otras cosas, el abuso de poder y como ataca tan rudo a la clase trabajadora. De John Lennon, Working class hero
Mi amiga Mary Sainz, activista en defensa de los derechos humanos y contra la fabricación de culpables, me recomendó acudir también a la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México y solicitar su intervención para que se evalúen y supervisen las medidas de protección que he requerido.
Asimismo, un amigo me sugirió buscar orientación en ARTICLE 19, organización dedicada a la defensa de la libertad de expresión, ante la posibilidad de que mi trabajo periodístico requiera alguna valoración adicional de seguridad.
Escuchemos a Lennon.
John Lennon, Working class hero
En el país la presunción de inocencia es un problema
El problema de la presunción de inocencia y las deficiencias en la impartición de justicia no es menor en México. De acuerdo con los resultados del Censo Nacional de Sistemas Penitenciarios de 2026, elaborado por el INEGI, al cierre de 2025 había 97 mil 722 personas privadas de la libertad sin sentencia, equivalentes al 42.2% de la población penitenciaria. Esto no significa que todas esas personas sean inocentes ni que sus casos hayan sido fabricados, pero sí revela la magnitud de la población que permanece encarcelada sin una resolución definitiva.
La desconfianza no es reciente. Una encuesta del Gabinete de Comunicación Estratégica, realizada en 2016 y citada posteriormente por el medio de comunicación digital Sopitas, encontró que 82% de las personas encuestadas creía que había inocentes en las cárceles mexicanas. Esa percepción social obliga a preguntarnos qué tan accesibles son las garantías del debido proceso para un ciudadano que desconoce los procedimientos de investigación y los alcances de la actuación policial.
Los casos documentados de violaciones al debido proceso, detenciones arbitrarias y actuaciones institucionales irregulares han alimentado una desconfianza que trasciende a las personas directamente afectadas. Basta recordar las controversias judiciales y mediáticas que rodearon el caso de Israel Vallarta para comprender por qué la transparencia en las investigaciones y el respeto a la presunción de inocencia son indispensables.
Una puerta abierta no es una renuncia a los derechos
El artículo 16 de nuestra Constitución protege, entre otras cosas, la inviolabilidad del domicilio, la privacidad y los datos personales.
La ley reconoce circunstancias en las que las autoridades pueden ingresar a un domicilio sin una orden judicial. Entre ellas ciertos supuestos de urgencia o el consentimiento legalmente válido de quien puede otorgarlo. Pero ese consentimiento debe examinarse conforme a las condiciones en que fue concedido y a los límites de la intervención.
Abrir la puerta no debería significar dejar nuestros derechos afuera. Quizás uno de los problemas más profundos que enfrentamos como sociedad sea la enorme distancia entre el ciudadano común y el conocimiento jurídico necesario para protegerse. Esa situación sí debería venir en los libros de texto de educación básica, como educación cívica.
Se nos pide denunciar, colaborar, confiar en las autoridades y participar en la construcción de seguridad. Pero ¿se nos enseña qué debemos preguntar cuando un agente toca nuestra puerta? ¿Cómo verificar su identidad? ¿Qué información estamos obligados a proporcionar? ¿Cómo distinguir una entrevista voluntaria de una diligencia formal? ¿Qué hacer cuando el argumento de la urgencia nos coloca bajo presión?
Y, sobre todo, ¿quién responde cuando el ciudadano cumple con todo lo que se le solicita, pero termina sintiéndose inseguro dentro de su propia casa y sin un documento que ampare el actuar de las autoridades?
No todas las actuaciones policiales son arbitrarias. No todos los agentes actúan indebidamente. Sería profundamente injusto desconocer el trabajo de quienes verdaderamente arriesgan su vida para proteger a otros. Precisamente por respeto a ese trabajo, necesitamos instituciones capaces de distinguir y esclarecer cualquier posible irregularidad. La confianza pública no se construye exigiendo obediencia, se construye ofreciendo certeza y protección.
Entrevista surrealista
El miedo puede convertir cualquier experiencia cotidiana en una escena surrealista. Y en México, donde Buñuel encontró un territorio fecundo para su imaginación cinematográfica, a veces la realidad parece empeñada en competir con la ficción. Corresponderá a las autoridades determinar si los hechos constituyen abuso de autoridad, alguna otra conducta ilícita o una intervención legalmente justificada. Lo que sí puedo afirmar es que la conversación transcurrió de manera aparentemente civilizada y amable. Sin embargo, esa cordialidad no eliminó el carácter intimidatorio que tuvo para nosotros la presencia de hombres armados dentro de nuestra casa, solicitando información privada en circunstancias que aún no conseguimos esclarecer, a quienes, tras interrogarnos nuestra ocupación, también terminamos cantando una de nuestras canciones… Nada de lo ocurrido despeja las dudas sobre la posible vulneración de nuestros derechos constitucionales y la protección de nuestros datos personales.
Una petición a las autoridades
Dirijo públicamente estas preguntas a Bertha María Alcalde Luján, fiscal general de Justicia de la Ciudad de México, cuya institución es la directamente involucrada en la verificación de estos hechos.
A Clara Brugada, a Omar García Harfuch, a la CNDH y CDHCM;
A quienes corresponda la impartición de justicia de nuestro país y ciudad, así como verificar que nuestros derechos humanos no sean vulnerados.
Solicito que se esclarezca la identidad y actuación de los visitantes, la existencia de la diligencia que dijeron realizar, el fundamento de los procedimientos utilizados y el tratamiento otorgado a nuestros datos personales, así como que se identifique a todas las personas que tuvieron acceso a nuestros datos personales, se determine su fundamento legal y se establezcan mecanismos de resguardo, trazabilidad y prevención de usos indebidos. Asimismo, solicito que cualquier utilización no autorizada que llegue a detectarse sea investigada y, en su caso, sancionada conforme a derecho. También solicito que se verifique en qué registros institucionales se encuentran nuestros datos personales, se determine si su obtención y conservación tienen fundamento legal y se garantice que no sean utilizados para finalidades distintas de las autorizadas. Pido también que se evalúe su rectificación, cancelación o supresión cuando legalmente corresponda, sin afectar la preservación de los elementos necesarios para investigar los hechos denunciados.
Solicito a los diarios en circulación y medios públicos y alternativos que se haga público este guijarro, así como pido a los lectores que nos apoyen a publicarlo mucho para poder tener también la protección del ojo público ante esta situación que no nos permite dormir tranquilos, vivir tranquilos e incluso realizar nuestras actividades sin temor.
Asimismo, hago un llamado respetuoso a Ernestina Godoy Ramos, fiscal general de la República, para que esta experiencia contribuya a una reflexión más amplia sobre los mecanismos de control institucional, las tecnologías de investigación y las garantías de protección ciudadana, dentro del ámbito de competencia de cada institución.
Y a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, como responsable de encabezar la política de seguridad del Gobierno de México, le planteo una preocupación que trasciende mi caso: la necesidad de que la modernización tecnológica de nuestras instituciones camine acompañada de información, transparencia, supervisión y respeto efectivo a los derechos humanos.
No estoy pidiendo privilegios ni anticipando culpabilidades, estoy pidiendo que la ciudadanía pueda colaborar con las autoridades sin que esa colaboración se transforme en miedo o daños físicos o materiales.
Antes de abrir la puerta
A quienes me leen, quisiera dejarles una recomendación nacida de esta experiencia.
Si alguien se presenta en su domicilio identificándose como autoridad, no permitan que la sorpresa decida por ustedes.
- Conserven la calma.
- Soliciten identificación, nombre, adscripción y motivo de la visita.
- Verifiquen la información mediante los canales oficiales.
- Pregunten si existe una orden judicial, una diligencia formal o una solicitud de colaboración voluntaria, y cuáles son sus derechos en esa situación.
No existe obligación de permitir el ingreso simplemente porque una persona diga ser policía y venga armado o con placa. Las circunstancias legales importan y, ante una situación urgente o una diligencia legítima, deben atenderse las disposiciones aplicables. No se trata de enfrentarse ni de impedir una investigación, sino de saber qué está ocurriendo antes de tomar decisiones.
Si es posible hacerlo de manera segura, documenten los hechos y busquen asesoría jurídica. Protejan sus identificaciones, números telefónicos y datos financieros. No los entreguen automáticamente por temor a parecer poco cooperativos. Y si algo les genera dudas, acudan a las autoridades competentes y soliciten que su inquietud quede registrada formalmente. No esperen a comprender todas las implicaciones legales para comenzar a documentar lo sucedido.
Antes de continuar, comento que lo que nos sucedió no sucede sólo en México, es algo que viene incluso desde antes de la inquisición. Y todo lo que puede suceder nos deja completamente fritos en un lugar que antes era seguro y ahora no nos permite descansar. La monserga de la interrogante por saber por qué nos quieren y quién nos vigila, incluso pensar que eso no tiene nada de bueno o inocuo es realmente sobrecogedor. Estamos fritos en el mundo. Les dejo esta canción de papá Bowie, quien se encuentra en este momento sentado a su propia derecha. I’m Afraid of Americans. Yo también hablando del continente.
David Bowie, I’m Afraid of Americans
El guijarro
Después de aquella conversación, mi casa seguía siendo la misma. Los instrumentos musicales estaban en su sitio, las paredes seguían donde siempre y la vida parecía dispuesta a continuar, pero había algo distinto: La tranquilidad de saber que nuestro hogar era el lugar donde podíamos cerrar la puerta al mundo, se ha ido.
Ninguna persona debería necesitar conocimientos especializados en derecho penal para sentirse segura cuando quienes dicen protegerla llaman a su puerta. La tecnología puede encontrar teléfonos, registrar señales y procesar cantidades extraordinarias de información. Lo que todavía no parece capaz de medir es el costo humano de una sospecha mal explicada.
Aquel dispositivo, según nos dijeron, marcó 65%. Yo sigo esperando que alguna institución pueda ofrecernos algo mucho más importante que una cifra: es la certeza. Porque una sociedad verdaderamente segura no es aquella donde la autoridad puede localizarlo todo. Es aquella donde cada ciudadano sabe que sus derechos también están a salvo.
Y ése es hoy el guijarro que llevo en mi bota: haber querido ayudar a encontrar a un niño y terminar preguntándome quién nos ayudará a recuperar la tranquilidad de nuestro hogar.
Me despido queridos lectores experimentando un terror que sólo había conocido en la literatura de Víctor Hugo con Los Miserables o Franz Kafka con El Proceso.
Los dejo con esta canción. Les pido que no pierdan de vista este caso, que su seguimiento sea público, responsable y respetuoso de la investigación. Gracias AMEXI, amigos, familia y lectores por el apoyo.
Del disco Clics Modernos de Charly García Los dinosaurios.
Charly García, Los dinosaurios
Nos leemos en mi próxima entrega.
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