La espera, en tiempos de inmediatez digital, suele ser una forma de erosión. Pero en el universo de Babasónicos, el tiempo no erosiona: seduce. Han pasado casi tres años desde su último material de larga duración, y aunque el silencio de la banda argentina parecía hermético, en realidad era una acumulación de tensión estática.
27 de noviembre, a las 17:00 horas, esa tensión se licuó.
Babasónicos, la banda que ha sobrevivido a todas las muertes del rock para convertirse en la única entidad verdaderamente «chingona» —permítaseme el coloquialismo técnico— y contemporánea del hemisferio, liberó su nuevo artefacto sonoro: Cuerpos volumen 1. Y la ciudad, que a esa hora suele ser un muro chocado contra el sol y el viento, pareció detener su maquinaria para escuchar.
Con 34 años de historia a cuestas, la banda se erige como, quizás, el último ruido espiritual intacto en una industria llena de ecos prefabricados. Su capacidad para narrar la decadencia con glamour, para hacer de los pedazos rotos una pista de baile, es inigualable. Al dar las cinco de la tarde de hoy, la entraña de la imagen llegó mucho antes que la lógica. El álbum cayó en las plataformas. No hubo fuegos artificiales, solo la certeza de que una criatura solar había aterrizado de nuevo.

El contexto: De la Trinchera al ataque
Si Trinchera (2022) fue la defensa, este nuevo álbum prometía ser el contraataque fluido. Los Babasónicos siempre han entendido que para ser modernos no hay que perseguir la moda, sino pararse en la esquina exacta donde la moda va a chocar.
La señal de alerta llegó hace apenas un mes con el video de «Advertencia». Allí, entre imágenes de extintores que parecían profetizar el incendio sensorial que viviríamos hoy, Dárgelos nos lanzó un hechizo inmediato. No era una petición de auxilio, sino una sentencia elegante. Con un groove oscuro y magnético, nos escupió verdades incómodas:«Te comprometiste con la fauna», sentenció, para luego recordarnos que vivimos en «un sofisticado modo de mentir». Fue el aviso perfecto de que siguen operando bajo esa grieta dulce del absurdo, donde lo incorrecto es lo único estético posible.

Previo al orgasmo: el jadeo de la espera
Faltan cinco minutos. Me siento frente a la pantalla, un vórtice luminoso en la penumbra. Llevo mis pies a un anclaje precario bajo la silla y noto cómo me tiembla una de las piernas; un tic nervioso, un metrónomo involuntario que intenta adelantarse al tiempo. Es una fiebre que me oprime, una ansiedad que no es solo mía.
Me pongo los audífonos. Es un acto físico de aislamiento, pero al hacerlo, sé que entro a un entorno colectivo invisible. No los veo, pero siento a las miles de almas que me acompañan en esta travesía, conectadas al mismo cable imaginario, esperando la belleza. Somos una logia de desconocidos unidos por la frecuencia. Todo lo demás se calla. Y en ese silencio hermético, solamente puedo escuchar el eco de mi corazón palpitando, golpeando contra el pecho ante la espera, marcando los segundos que faltan para poder escuchar el álbum.

Lee: Babasonicos marca un nuevo capítulo en su historia con “Advertencia”
La consumación del deseo
La notificación parpadea. El álbum está aquí.
Doy play. Pero no explota de inmediato. Todo comienza con una cadencia tan dulce que te impide hablar, anulando cualquier pregunta sobre si esto es real. Se abre un charco de silencio, una pausa dramática antes de la tormenta, y entonces, entra el sonido.
La primera descarga llega con Revelaciones Aparte y el cuerpo reacciona antes que el cerebro. Es un sonido que recupera esa sensualidad peligrosa de Bye Bye, pero más densa, con unos bajos que se arrastran y te vibran en el pecho. Me provoca una excitación inmediata, un calor que sube mientras Dárgelos canta con esa arrogancia típica de los Babasónicos, la quien sabe que nos tiene dominados: «qué difícil esconder lo que hay que decir». Es una complicidad sudorosa, donde la música actúa como un bisturí que corta la noche, permitiéndonos mentir con la conciencia de decir la verdad. Al escuchar que «el futuro viene» y la invitación a «presenciar en primera fila», siento un sudor fluyendo, una sed para el sediento que es puramente física.
Esa tensión se transforma en elegancia sigilosa con Miau. Literalmente escucho los maullidos, esos «miau, miau» que me transportan de inmediato a aquel personaje del gato negro en Aduana de palabras. Pero aquí el gato es más erótico, camina sobre nosotros con tintas invisibles. La canción susurra: «puede que dejemos la puerta abierta», jugando con la idea de que «quizás en poco tiempo seamos los únicos seres con la contraseña del habla». Es un juego de seducción bajo manchas de sombra, donde la voz de Adrián nos envuelve con un ronroneo coqueto que excita y promete una mordida juguetona.

El filo doloroso del placer
Pero el placer en Babasónicos siempre tiene un filo doloroso. Con Labios Apilados, la temperatura baja para quemar de otra forma. Tiene la crudeza de la madera de aquel Unplugged, pero electrificada y espectral. La frase «algo de nosotros está roto» retumba y duele físicamente. Es una canción pesada que nos confronta: «si buscas un poquito de empatía entre la sintonía fina», ahí es donde nos encontramos. En esa confesión, me siento como un ahogado que a la orilla del aire sabe que respira por primera vez, mordiendo el oxígeno a cuchillos, reconociendo mi propia aridez en su voz.

La ironía como supervivencia
El cinismo explota y alcanza su nivel más intelectual en Mercado Blue. Aquí me detengo porque entiendo todo: es la secuela oscura y madura de Putita. Si hace veinte años Dárgelos nos decía que «la fama no significa nada si no hay una misión, cuál es hacerte muy putita» —usando la seducción como arma—, hoy la banda se mira al espejo con miedo y fascinación, autodenominándose la «puta del mercado». Adrián canta que «cotizan en el mercado mi falta de vergüenza», aceptando que ellos son el producto en esta bolsa de valores ilegal de afectos. Pero hay un giro genial: en este Mercado Blue donde todo es volátil, ellos reclaman su precio. Cuando grita que «mi puta autonomía no tiene precio fijo», está diciendo que aunque se vendan, nadie puede comprarlos del todo. Es despojarse del pecado mortal de la falsa modestia; una declaración de que su «más baja nobleza» y su «ironía» son lo único que los salva de ser consumidos. Es brillante: la «putita» ya no busca fama, busca libertad.
El viaje cierra con un manifiesto de supervivencia: Mi Propia Música. Es la declaración definitiva. En medio del caos contemporáneo, Babasónicos se mantienen fieles a su inercia. «No quiero perder mi propia música en el laberinto de la soledad», confiesan. Es un momento iluminado, donde entiendes que para ellos «nada está bien o está mal para mí», solo existe el sonido. Es encontrar justo el mundo que se toca y se mira, un universo propio que los mantiene vigentes, blindados, habitando su propia estructura mientras afuera todo se derrumba.

Epílogo: El puente invisible
Babasónicos lo ha hecho de nuevo. Poseen ese extraño don de la alquimia temporal, un poder que disuelve los calendarios y logra que fans que rozan los cincuenta años y jóvenes de veinticuatro compartan el mismo delirio, vibrando juntos en una frecuencia que ignora la edad. No es nostalgia, es vigencia. Han construido un puente invisible donde convergen distintas generaciones, unidas no por la fecha de nacimiento, sino por una misma comunión psicodélica.
Su música funciona como un alucinógeno de diseño, una sustancia sonora que nos conecta en un viaje donde la realidad se derrite. Al terminar el disco, la sensación es la de haber consumido un licor letárgico que altera la percepción. Es un trance donde tu memoria me habita y me sumerge, y donde el movimiento despierta y nos devora como si estuviéramos bajo los efectos de un prisma que fragmenta la luz. Nos invocamos mutuamente en esta fe distorsionada para salvarnos, borrando las fronteras de lo real.
No queda más que rendirse ante la evidencia. Vayan a las plataformas, pónganse los audífonos y déjense arrastrar por la química. Y como reza aquella vieja liturgia de la banda que hoy cobra nuevo sentido: «Canción, llévame lejos». Donde nadie nos recuerde lo que somos, sino lo que soñamos ser.
Lee: No te pierdas la nueva exposición del MUNAL: «Bajo el signo de saturno, adivinación en el arte»






