
Washington amaneció con ese aire burocrático que huele a café recalentado y a decisiones equivocadas. En algún edificio con alfombra gris diseñada, sin duda, para absorber tanto el ruido como la conciencia, Frank Zappa se acomodaba el saco como quien se disfraza de ciudadano respetable para infiltrarse en una fiesta de hipócritas.
Señor Zappa, le dijo un asistente con sonrisa de catálogo, gracias por venir.
Zappa lo miró como se mira a alguien que cree que decir “gracias” es suficiente para justificar cualquier cosa.
No vine por ustedes, respondió. Vine porque alguien tenía que decirles que están confundiendo la caspa con la cabeza.
El asistente no entendió. Eso, en Washington, era una forma de supervivencia.
Adentro, las sillas estaban ocupadas por senadores, esposas de senadores y una que otra mirada escandalizada que ya había decidido indignarse antes de escuchar nada. Era el tipo de audiencia donde la moral se mide en decibeles y el sentido común en votos.
El evento: PMRC Senate Hearings 1985.
El tema: proteger a los jóvenes de la música peligrosa.
El subtexto: controlar lo que no entienden.
Zappa tomó asiento. Cruzó las piernas. Observó el lugar como si fuera un zoológico donde los animales usan corbata.
Pensó: “Si estos tipos hubieran escuchado a Stravinsky en 1913, habrían pedido cárcel para la orquesta”.
Señor Zappa, dijo un senador con voz de sermón dominical, ¿considera usted que ciertas letras pueden ser dañinas para la juventud?
Zappa se inclinó hacia el micrófono con ese gesto de quien está a punto de arruinar una cena familiar.
Creo, dijo, que intentar resolver un problema social complejo con etiquetas en discos es como tratar la caspa decapitando a la gente.
Hubo un silencio. No incómodo, sino incomprendido.
Alguien tosió. Alguien anotó algo que no iba a leer después.
En la segunda fila, una señora apretó su bolso como si dentro llevara la inocencia de América. Zappa la miró con la curiosidad de un ave encaramada sobre su presa.
Pensó: “Esta gente cree que el peligro está en una canción… no en la estupidez organizada”.
Está usted diciendo, insistió otro, ¿que no hay responsabilidad en los artistas?
Estoy diciendo, respondió Zappa, que ustedes quieren resolver un tema sin saber leer partituras. La industria musical roba dinero de los artistas, y ustedes los políticos son un montón de gente que roban el alma de esos mismos artistas. Oyen cuando la verdadera necesidad es escuchar. Un asistente dejó caer un lápiz. Fue el momento más honesto de la mañana.
Mientras hablaban de moral, Zappa recordó su estudio, sus cintas, sus músicos tratando de descifrar compases imposibles. Recordó que allá afuera la música era caos organizado, belleza difícil, libertad. Y aquí dentro… aquí dentro era exactamente lo contrario.
La información no es conocimiento, dijo en algún punto, como quien lanza una botella al mar. Y el conocimiento tampoco es sabiduría.
Un senador asintió, satisfecho, como si acabara de entender.
No había entendido nada.
Cuando terminó no hubo aplausos. En Washington, las ideas no se aplauden: se archivan.
Zappa salió del edificio. El aire seguía oliendo a café recalentado y a decisiones equivocadas. Encendió un cigarro con la calma de quien sabe que no ganó… pero tampoco perdió.
Un periodista se acercó corriendo.
Señor Zappa, ¿cree que logró algo hoy?
Zappa exhaló humo. Miró el cielo como si buscara una nota musical que no estuviera desafinada.
Claro, dijo. Ahora sé exactamente cuánta gente puede hablar de libertad sin entenderla.
El periodista anotó la frase. La usaría fuera de contexto.
Zappa caminó unos metros. Se detuvo. Sonrió apenas.
Pensó: “La política es el entretenimiento de los que no tienen oído”.
Y siguió caminando con sus largas y flacas piernas, dejando atrás el edificio, los senadores y esa extraña costumbre americana de querer arreglar el mundo sin escucharlo primero.






