Miles de mujeres avanzaron desde las glorietas del Ángel de la Independencia y de las Mujeres que Luchan, así como del Monumento a la Revolución, hacia el Zócalo de la Ciudad de México para gritar una vez más, por ellas, por sus amigas, por sus madres, por sus hijas violentadas, por las que nunca volvieron a casa y porque ninguna mujer viva presa del miedo.
Niñas, niños, adolescentes y hasta adultas mayores pintaron de violeta las calles a su paso para expresar su enojo, su impotencia, sus denuncias, pero también su esperanza de que no haya más mujeres violentadas, agredidas, abusadas ni desaparecidas.
Ellas, muchas de ellas como cada año, marchan para seguir dando voz a quienes ya no están, a quienes no han sido localizadas, a quienes no se les ha hecho justicia, por quienes alguna vez fueron objeto de agresión de algún tipo y tuvieron que guardar silencio.
Estudiantes, maestras, trabajadoras de instituciones públicas, pero también de organizaciones civiles, sociales y sindicales avanzaron hombro a hombro, con el puño –o los dos- a lo alto, para recordarle a la autoridad que su presencia pesa tanto como la ausencia de aquéllas a quienes parece que no ven ni oyen.
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