En el Centro Histórico de la Ciudad de México hay un rinconcito dedicado a la reparación y vestimenta de los Niños Dios: está en la calle de Talavera, entre República de Uruguay y República de El Salvador, donde se puede encontrar una gran variedad de ropones, pero también a artesanos que restauran las figuras santas con arte y alegría.
La Plaza del Niño Dios, que se inauguró el 2 de febrero de 2011, tiene locales donde se venden ajuares completos desde los 100 pesos, depende del tamaño de Niño Jesús.
Parte de la familia
También hay varios artesanos que se dedican a reparar y restaurar las figuras, porque cuando un Niño Dios llega a casa ya es parte de la familia, y si se cae o se rompe, lo ideal es arreglarlos, jamás tirarlos o abandonarlos.

Una tradición familiar
Omar Ortega, dedicado a esta tarea desde hace 26 años, platica que tener un Niño Dios en sus manos y repararlo es un orgullo y una satisfacción.

“Me han llegado Niños de todos los materiales: resina, madera y porcelana, aunque los que más llega son de yeso; cualquiera que sea la necesidad, le buscamos solución, desde arreglar una manita o un dedito, hasta repararlos completos”, comentó.
Por ejemplo, éste -dice mostrando un Niño al que le falta gran parte de su cabeza- le tenemos que restaurar toda la parte de arriba; ahí me puedo llevar bastantes horas, pero sé que quedará bien y que su dueña, cuando lo recoja, se irá muy contenta”, señaló con el pincel en una mano y en la otra, la figura.
Se dijo honrado y orgulloso de ser parte de esta tradición, ya que todavía ve a mucha gente llevando a sus Niños Dios a la iglesia el 2 de febrero.
“Se siente bonito saber que esta tradición va pasando de generación en generación, los abuelos les regalan sus niños a sus hijos y éstos a los nietos y así sigue la cadenita.
Sin embargo, me preocupan los que han nacido de hace 10 años para acá, porque siento que andan un poco perdidos, pero tengo la esperanza de que cuando se casen alguien de su familia les herede un Niño para que continúen esta bonita creencia”, expresó.
Omar narró uno de sus mayores retos como artesano: “un día me llegó un niño despedazado que tuve que armar pieza por pieza y pese a que fue un reto, al final, cuando lo entregué, me sentí contento, con una gran satisfacción”.
La historia en sus manos
Aseguró que ha tenido en sus manos Niños Dios con más de un siglo de historia. “una vez vino una señora que me trajo un Niño de madera que tenía más de 100 años.

Nos costó mucho trabajo repararlo, porque son hechos a mano, no hay moldes como tal; más bien son tallados; me lo encargó mucho, recuerdo que me dijo que había pertenecido a su familia durante cinco generaciones y fue un compromiso que saqué adelante”.
Mucha gente busca un atuendo cada año, como doña Alicia, quien relató que llegó a gastar hasta mil pesos en vestir a su Niño Dios.

“Una vez me gustó tanto un ropón del Niño del Eterno Milagro. Teníamos en casa un pendiente de salud con un familiar, recuerdo que llevaba canutillo y estaba muy bordado y bonito e hicimos la coperacha en casa para agradecer el milagro de salud que nos concedió”, contó.
Variedad de temporada
Al recorrer las calles donde se ubica la plaza, los puestos muestran infinidad de vestimentas para santos y vírgenes, pero también hay sillas, nichos, bases y todo lo necesario para vestir al santo en cuestión o al Niño Dios en estos días previos a la Candelaria, cuando se llevan a bendecir a la iglesia.

La tradición dice que después de arrullar al Niño Dios en Navidad, se debe elegir una madrina o padrino para presentarlo el 2 de febrero, fecha que pone fin a la temporada navideña.
Ese lapso representa la cuarentena de María después de dar a luz a Jesús, y la costumbre era que hasta ese día se recogía del pesebre al Niño Dios.
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