
Un par de sonidos breves y secos rompen el silencio de la noche. Me alertan, me hacen ponerme de pie. “Señor Renán, la policía no me deja pasar”, me dice un hombre valiente del lado de la libertad, del otro lado de las rejas del calabozo en que estoy ilegalmente preso.
“Esto no es cosa política -dice enojado, señalando con dedo flamígero a la mujer policía que ha dejado atrás y ya sólo lo mira resignada, es cosa de humanidad-.
”Señor, Renán, me dice cambiando el tono al de la ternura tan propio de nuestro pueblo mientras me extiende una bolsa de plástico, le traje su tortillita (tlayuda) con chorizo, como a usted le gusta”.
“Renán es una mierda envuelta en papel periódico, pero lo que le hicieron son chingaderas”, leo en la publicación del más virulento y frontal –y en ese sentido, leal- de mis detractores. Es la noche de mi liberación.
Un matrimonio de las personas mayores sube los tres escalones de acceso a mi casa, él con la respiración agitada, apoyado en su bastón, ella tratando de ayudarlo.
Conforme a la costumbre en una vista, me han traído un cariño (regalo u ofrenda en nuestra antigua lengua) de fruta, pan, flores y un cúmulo de consejos edificantes, de ánimo y fortaleza, de consideraciones acerca de la situación actual del gobierno local con la sabiduría que da una vida entera de honestidad y compromiso personal, familiar y liderazgo social, comunitario. Han pasado sólo dos días desde que el juez ordenó mi libertad inmediata argumentando no menos de siete ilegalidades.
Viejo amigo pasa…
Un viejo amigo pasa “de carrerita”, en medio de su arduo trajín diario, a dejarme comida.
Se ha tomado una pausa para expresarme el apoyo de su familia, su preocupación por la educación de los jóvenes de nuestro pueblo, de la invitación de sus hijos, ella en de prepa y él en de primaria, para darles un taller de lectura porque quieren entender cómo le hago para escribir tanto o hacerlo tan claro. Tres días apenas, después de otros tres, preso.
Son mi gente buena gente
Un mototaxi da la vuelta en U en la carretera. Se detiene justo a mi lado. Desciende un muchachote enorme:
“Cómo no me avisó, Don Renán. Nos enteramos ya bien noche. Hubiera venido a hacerle el paro. Anote mi teléfono, para lo que se le ofrezca. Con confianza”. Es la primera vez que salgo de casa después de algunos días de temor a ser increpado en la calle.
”Tú nomás me dices cuando, manito y le armamos un escándalo, lo tumbamos. Yo me encargo de mover a la gente, al cabo que ya está encabronada”, me ofrece una operadora política. Aún no cumplo una semana nuevamente en libertad.
Las personas me detienen, se cruzan la calle, salen al veme para saludarme, me hacen señas de aliento desde la acera de enfrente. Encuentran todas las formas posibles de expresarme su solidaridad.
Son las personas que me escuchan en la radio desde hace más de una década, a las que cuidé con tanto cariño con mi cobertura sobre la pandemia, a las que he alentado con entusiasmo a recuperar su propia lengua, a las que les he procurado información para decidir sus votos cuando ha habido elecciones.
Son a quienes me refiero cuando digo que mi público son la gente que se soba el lomo todos los días con honradez y honestidad para el bienestar de ellos mismos y de sus familias. Son mi gente buena gente.
No ha dejado de suceder desde entonces. La última vez fue ayer miércoles. Dos veces. Con un ex funcionario público y con una vecina. No han dejado de preguntar:
“¿Cómo va tu asunto”. No han dejado se sorprenderse con mi respuesta. Ni de indignarse.
Razones por las que les interesa mi actividad como periodista
Muchos de ellos me han dicho algo que nunca antes, en diez años, me habían explicado con detalle: las razones por las que les interesa mi actividad como periodista y comunicador comunitario.
Me han dicho de qué les ha servido, cómo lo interpretan, las razones por las que lo consideran necesario. Ha sido de lo más impactante y extraordinario para mí ver que hablen de cosas de verdad acerca de mí que yo mismo no sabía.
Siempre he tenido clara y presente mi responsabilidad social como profesional de la comunicación, pero nadie me había permitido ver tan afondo, tan en sus mentes y emociones.
Es la manera más clara, palpable de su derecho, como personas, a estar informados y conocer todo tipo de opiniones.
Eso también estuvo preso conmigo aquellos días. No solamente mi cuerpo entre barrotes, mi nombre arrastrado de un lado a otro. No. También encerraron una forma de conversación entre la gente y su derecho a entender lo que ocurre en su propia comunidad.
¿Cómo es el trabajo para informar?
El trabajo de informar a un pueblo no es sólo contar hechos, poner datos sobre la mesa, decir quién hizo qué, cuándo y dónde.
En un pueblo, informar también significa acompañar el modo en que una comunidad se piensa a sí misma, se reconoce, se contradice, se alerta, se defiende, se duele, se organiza y hasta se consuela.
Informar, cuando se hace con honestidad, termina volviéndose una especie de fogón: un lugar al que la gente se arrima no solo para saber, sino para comparar, recordar, discutir, desconfiar, entender un poco mejor por dónde va el aire y por dónde viene el humo.
Tal vez por eso les duele e indigna lo que me hacen, la falta de justicia. Porque muchas personas entendieron, antes incluso que yo mismo, que aquello no va únicamente contra mí, el individuo con nombre y apellido, con filias, defectos, manías, fobias, deudas, entusiasmos y mala letra.
Va también contra la posibilidad de que siga existiendo, en medio del aplauso falso, una voz que no pida permiso para decir lo que ve, una voz que no se acomode con facilidad a la versión oficial, una voz que no agrade y no se vende.
Poner las piezas para formar criterio
Yo nunca he querido, ni podría, hablar por nadie. Bastante tiene cada quien con hacerse cargo de su propia conciencia.
Pero sí he procurado, durante años, poner al alcance de quien quiera escucharme algunas piezas para armar eso que solemos llamar criterio: un dato, una memoria, una advertencia, una entrevista, una denuncia, una transmisión, una pregunta, una idea dicha a contrapelo.
Y acaso ahí esté la razón de fondo de la solidaridad que tanta gente me ha brindado, desde entonces, tan profundamente conmovedora y tan desconcertante.
Porque no se trata solamente de afecto, aunque el afecto haya estado ahí en forma de tlayuda, de fruta, de pan, de flores, de llamadas, de mototaxis que frenan en seco y de manos extendidas en mitad de la calle. Hubo algo más. Algo mucho más serio. Una comprensión silenciosa y firme, de que cuando se agrede a quien informa, no se castiga sólo a una persona: se manda un recado a todos. Se intenta sembrar miedo. Se quiere volver sospechosa la palabra libre para que, después, nadie la eche de menos.
Y, sin embargo, ha ocurrido lo contrario. Mi comunidad me respondió no como persona pública, sino como alguien que ha estado ahí. Eso no se fabrica. No se compra. No se improvisa.
En este año he descubierto algo que no sabía o que acaso no me había permitido entender del todo: que mi trabajo no solo ha sido escuchado, sino incorporado a la vida cotidiana de muchas personas como una herramienta íntima, doméstica, necesaria.
Como quien guarda una veladora en caso de apagón o un remedio confiable para los días malos. Algo que sirve. Algo que acompaña. Algo que ayuda a no caminar completamente a oscuras.
No puedo mirar de la misma manera el oficio de comunicar
Ya no puedo mirar de la misma manera el oficio de comunicar. Ya no puedo reducirlo a costumbre ni afición ni gusto ni activismo personal.
Entiendo, más bien, que en ciertos lugares y en ciertos tiempos decir en voz alta lo que pasa sigue siendo una forma modesta, imperfecta, pero profundamente humana de cuidar a los otros.
¿Qué pregunta un niño?
Un niño de preescolar juega con un carrito y un avioncito, recargando cómodamente sus brazos en mi pierna derecha. Ha estado así y en silencio, atento, muy atento a mi conversación con sus padres.
Vine a su casa a cenar molotes invitado por ellos que son nietos de un querido y difunto amigo mío. Son mis amigos, lo mismo que sus tíos y sus primos. Una amistad con cuatro generaciones rueda en mi perna de su mano.
Cuando entiende que la plática ha llegado a un punto final, levanta su mirada de sus juguetes. Me mira desde su mundo hasta el nuestro. Entrecerrando los ojitos de por sí rasgados, negando con la cabecita y levantando sus palmas al cielo en un gesto universal de negación de lo absurdo, me dice con su sonrisa de dientitos de leche: “¿son tontos o qué?, ¿pues qué no están viendo el video, pues?”
Como desde el primer día, un año después de aquella noche, la gente en mi comunidad sigue preguntando a las autoridades lo mismo que me preguntó el más pequeño de todos mis amigos.
Es el año uno de lo que será una larga batalla jurídica por la justicia y la verdad, por mi derecho a saber quién ordeno mi detención y por qué, por la restitución plena de mis derechos y los de mi comunidad.
A veces uno trae la experiencia revuelta: la rabia, la humillación, la gratitud, la incredulidad, el cariño de la gente, el miedo, la dignidad. Pero siempre existirá la sonrisa de un niño.






