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¿Bad Bunny y la disputa por el significado de América?…

Rizando el rizo / Boris Berenzon Gorn

Boris Berenzon Gorn Por Boris Berenzon Gorn
10 de febrero de 2026
En Opinión, Rizando el Rizo
¿Bad Bunny y la disputa por el significado de América?…

Bad Bunny. AMEXI/Foto: RR SS

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Hay escenas que parecen entretenimiento y terminan siendo teoría política en movimiento. La presencia de Bad Bunny en el altar mediático del Super Bowl fue una de ellas. No porque un cantante “se metiera” en política -esa es la lectura superficial- sino porque evidenció algo más estructural: la política ya estaba ahí, sólo que, operando en otro registro, uno más eficaz que el discurso institucional: el de la emoción compartida, el símbolo condensado y la experiencia estética masiva.

El error es pensar que la política ocurre únicamente donde hay micrófonos oficiales, leyes y votaciones. En realidad, la política es la administración del sentido común, la producción de imaginarios, la definición de quién pertenece y quién no. Eso también se decide en un estadio iluminado, ante millones de pantallas. Lo que cambia es la forma: no hay argumentos, hay atmósferas; no hay ideologías explícitas, hay identificaciones afectivas.

La lección es tan incómoda como evidente: el poder simbólico se desplazó. No abandonó las instituciones, pero ya no vive sólo en ellas. Hoy se legitima en la capacidad de producir experiencia colectiva. Y en ese terreno, la NFL actúa con una inteligencia cultural que muchos partidos políticos envidiarían. El halftime show es su laboratorio de cohesión social, su ritual de pertenencia. No es un paréntesis del juego: es el momento donde la liga narra quiénes somos o quiénes cree que seremos.

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Ese espacio funciona como una catedral laica. Ahí se oficia una misa de identidades donde se mezclan nación, mercado, emoción y espectáculo. Cada elección estética -artista, idioma, vestuario, símbolos- es una hipótesis sobre el futuro social. Invitar a Bad Bunny fue decir, sin decirlo: la América que viene no es monolingüe, no es homogénea, no es culturalmente disciplinada. Es un reconocimiento de realidad demográfica envuelto en ritmo.


Y entonces irrumpe el cuerpo


Un cuerpo que no encarna la respetabilidad clásica del entretenimiento estadounidense, sino la estética del barrio, del Caribe, de la hibridez migrante. Un cuerpo que baila desde códigos populares, que no disimula el deseo ni la sensualidad, que no se somete a la gramática cultural del “buen gusto” tradicional. Ese cuerpo, en ese escenario, es un acontecimiento político, aunque nadie pronuncie un manifiesto.

Porque el cuerpo también legisla simbólicamente. Define qué formas de existir son visibles y cuáles permanecen en la sombra. Durante décadas, lo latino fue tolerado como sazón, pero no como centro narrativo. Esa noche, el centro adoptó el ritmo de la periferia. Y ese desplazamiento altera la geografía del poder cultural.

La frase “Yo hago lo que me da la gana”, escuchada en ese contexto, adquiere densidad política. No es un lema partidista ni una propuesta programática, pero expresa una subjetividad contemporánea que desborda la autoridad cultural tradicional. Es la afirmación de agencia frente a un sistema que históricamente pidió asimilación, discreción, gratitud. Es la declaración de que ya no se mendiga representación: se ejerce presencia.

Ahí está la dimensión profunda: el espectáculo revela una mutación del vínculo entre individuo y comunidad. La política moderna prometía ciudadanía a través de derechos y deberes; la cultura contemporánea produce pertenencia a través de identificación simbólica. Cuando millones cantan una frase así, no están votando, pero están compartiendo una sensibilidad colectiva. Y esa sensibilidad, tarde o temprano, impacta la vida pública.

Por eso la escena incomoda. Porque muestra que la autoridad simbólica ya no se concentra sólo en quien redacta leyes, sino también en quien define el ritmo de la experiencia común. La política institucional habla; el espectáculo hace sentir. Y en una época de saturación informativa, lo que se siente suele pesar más que lo que se argumenta.

Así, lo que parecía un número musical se vuelve síntoma civilizatorio. No es que la cultura haya “invadido” la política: es que la política siempre fue cultural, sólo que ahora se volvió imposible disimularlo. El estadio iluminado deja ver lo que los parlamentos no alcanzan a nombrar: que la disputa central de nuestro tiempo no es sólo por el poder formal, sino por el control de la imaginación colectiva.

Bad Bunny. AMEXI/Foto: RR SS
  1. Lo que esto le dice a la política institucional

Le dice algo que no quiere oír: ha perdido el monopolio del relato. Durante buena parte del siglo XX, la política organizaba la imaginación social: prometía futuros, definía identidades nacionales, ofrecía marcos morales. Hoy, buena parte de ese trabajo lo hacen músicos, series, influencers y espectáculos globales. No porque sean “más importantes”, sino porque operan en el registro del afecto, y la política contemporánea es, sobre todo, gestión de emociones.

Mientras los partidos discuten cifras, la cultura produce pertenencia. Mientras los discursos oficiales hablan de unidad abstracta, el espectáculo produce comunidad sensible -aunque sea efímera- a través del ritmo compartido.

La aparición de Bad Bunny en ese espacio es un recordatorio de que las mayorías jóvenes no están esperando a la política para sentirse representadas. Se reconocen antes en una canción que en un discurso legislativo. Y eso es una señal de alarma democrática.

  1. Lengua, cuerpo y territorio: el retorno de lo que se quiso domesticar

Para la política tradicional, la diversidad cultural suele ser un capítulo decorativo del programa. Para el espectáculo, es combustible central. Que el evento deportivo más importante de Estados Unidos resuene en español significa que la realidad demográfica se adelantó al discurso oficial. La política habla de integración; la cultura ya vive la hibridez.

El cuerpo que baila reguetón en horario “familiar” también es político. Durante siglos, el poder quiso cuerpos disciplinados, discretos, funcionales. El perreo en el centro del ritual nacional altera esa pedagogía: muestra un cuerpo que goza, se exhibe, se mueve fuera de la norma. Eso activa pánicos morales, pero también señala algo: la autoridad cultural ya no decide sola qué es decente.

  1. La metáfora colonial que incomoda

La alusión a Hawái como advertencia histórica introduce un elemento que la política estadounidense prefiere mantener en los márgenes: la continuidad colonial. Traer esa memoria al corazón del espectáculo es un gesto que desordena la narrativa heroica. No se grita “independencia” en el escenario, pero se sugiere que la historia no terminó y que los territorios no son sólo paisajes turísticos.

Eso explica por qué figuras como Donald Trump reaccionan con irritación: no es sólo desacuerdo estético, es defensa de un imaginario nacional homogéneo que se siente erosionado. El show se convierte así en campo de batalla de la guerra cultural.

  1. ¿Populismo cultural?

Aquí aparece una noción interesante: el espectáculo como forma de populismo simbólico. No en el sentido partidista, sino como construcción directa de un “pueblo” emocional. Cuando miles cantan “Nunca me quito”, no están votando, pero están compartiendo una narrativa de resistencia y orgullo. La política observa desde afuera cómo se forma comunidad sin pasar por sus instituciones.

Eso no es necesariamente emancipador. También es territorio fértil para la manipulación comercial. La industria cultural convierte identidades en mercado con la misma eficacia con que los partidos convierten miedos en votos. La diferencia es que el espectáculo se vive como libertad, aunque esté cuidadosamente producido.

  1. ¿Crisis de valores o transformación del lazo social?

Lo que algunos llaman decadencia puede leerse como reconfiguración. Las generaciones jóvenes no están rechazando toda norma; están desconfiando de normas que no los nombran. Cuando alguien dice “no me representa”, expresa una fractura del lazo simbólico. Cuando otro responde “por fin me veo ahí”, anuncia la construcción de otro lazo.

La política debería escuchar esto como síntoma: la representación formal ya no garantiza representación afectiva. Y sin afecto compartido, la democracia se vuelve trámite sin alma.

  1. El riesgo y la posibilidad

El riesgo es que todo quede en superficie: que la cultura sea sólo escape y no elaboración. Que la presencia latina se reduzca a ritmo exportable mientras las desigualdades estructurales siguen intactas. Que el sistema absorba la diferencia y la venda de vuelta como estilo.

La posibilidad es otra: que estos momentos abran discusiones sobre memoria, colonialidad, género, lengua, poder cultural. Que la visibilidad se traduzca en educación, crítica, instituciones más plurales.

Porque al final, lo que ocurrió en ese escenario no fue una simple provocación pop. Fue una escena donde se vio con nitidez el desplazamiento del centro de gravedad de la política: del discurso al símbolo, de la ley al afecto, del parlamento al espectáculo.

La política que no entienda esto seguirá hablando sola, mientras el mundo baila otras preguntas.

Y tal vez la frase más política de todas no esté en ningún programa de gobierno, sino en esa consigna pop que resuena como declaración de época: “Yo hago lo que me da la gana.”

No como individualismo banal, sino como señal de que los sujetos culturales ya no esperan permiso para existir.

Lee: Bad Bunny hace historia en el Super Bowl LX tras su triunfo en los Grammy

Etiquetas: Bad Bunnycultura políticairritaciónmúsicapopulismo culturalPortada 1Super Bowl
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