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Crónicas de jazz y muerte II / Historias para escuchar con la luz prendida y la música a todo volumen

Un guijarro en mi bota (Sucesos, eventos, hechos, casos, cosas) / Por Iris Bringas

Iris Bringas Por Iris Bringas
15 de febrero de 2026
En Opinión, Un guijarro en mi bota
Crónicas de jazz y muerte II / Sam Cooke. /Imagen diseñada por Iris Bringas, generada mediante I.A.

Imagen diseñada por Iris Bringas, generada mediante I.A.

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 E 

l Jazz está cargado de historias de dolor, muerte, mafia, lucha social. En las bellas melodías de soul, a veces se apaga un llanto que proviene de lo más profundo, melodías que nacen desde los pliegues del alma. La oscuridad, la pobreza, el vicio han marcado lamentablemente a muchos personajes prominentes del género.

¿Por qué nos atrae tanto la belleza creativa de un alma que se desgarra?, quizá porque tiene parte del propio dolor que por empatía profunda se clava dentro y habla de nosotros mismos, las letras de algunas canciones de jazz, soul o blues parecieran adivinar nuestros dolorosos pensamientos.

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Esta quincena toca guijarro noir, queridos lectores, y comenzaré con esta pieza originalmente compuesta como el aria principal de la ópera Porgy and Bess de 1935, escrita por George Gershwin, interpretada por Sam Cooke.  “Summertime”.

https://www.youtube.com/watch?v=vWFJLUBwpSY&list=RDvWFJLUBwpSY&start_radio=1

Una de estas mañanas te levantarás cantando, extenderás tus alas y tomarás el cielo. Pero hasta esa mañana, no hay nada que pueda hacerte daño con tu papá y tu mamá esperando. Están esperando, lo sé, no llores. Verano, verano, verano. Y vivir es, vivir es fácil, los peces están saltando y el algodón está tan alto…


Una muerte demasiado conveniente o cuando el éxito no compra dignidad

Un motel de paso, la lluvia. Una madrugada confusa, fusa vocal agonizante en treintaidosavos, la redonda de estertores deja entrever a una mujer armada detrás de un mostrador y un cuerpo tendido en el suelo…

La versión oficial llegó rápido. Demasiado rápido para una noche que no encajaba del todo. En el informe, todo parecía ordenarse con eficiencia: Defensa propia, cierre del caso, normalidad restablecida. Afuera, la ciudad siguió su ritmo. Adentro, algo se rompió para siempre. A veces la violencia irrumpe con estruendo. Otras tantas, entra por la puerta de servicio, firma un papel y se va.

El protagonista de esta historia es un cantante de jazz; Samuel Cooke, nacido en Los Ángeles, California, un 22 de enero de 1931. Durante años, Sam Cooke fue presentado como la encarnación de la armonía; una voz limpia, elegante, casi transparente. Su talento parecía hecho para tranquilizar conciencias, para sacudir a los árboles sin tirar las hojas, apacible y hermoso. Su timbre aterciopelado era capaz de calmar bestias y enamorar bellezas. Fue coronado como “El Rey del Soul”. Pero esa imagen —pulida por la industria— ocultaba un aprendizaje peligroso. Cooke fue uno de los pocos cantantes que tocaban la fama y el éxito con una riesgosa lección, él había entendido el valor de su trabajo y el peso de su nombre.

El cantante de jazz que había aprendido a contar.

Para comenzar esta sección musicalizaré con una canción del compositor estadounidense Jimmy Cox, escrita en 1923, cantada por Sam Cook. Esta canción narra la pérdida de riqueza y amigos durante la ley seca en Estados Unidos.

https://www.youtube.com/watch?v=cOyyqacQn2E&list=RDcOyyqacQn2E&start_radio=1

En cuanto me quedé sin dinero, no pude encontrar amigos y no tenía adónde ir.  / Si vuelvo a tener un dólar en mis manos, lo guardaré hasta que esa águila sonría.  / Porque descubrí que nadie te quiere.  / Nadie te quiere cuando descubren que estás en la ruina.


Durante mucho tiempo, la industria celebró a Sam Cooke mientras creyó que su talento podía circular sin consecuencias. Una voz extraordinaria es aceptable cuando no pregunta demasiado. Cuando no revisa los contratos, no exige cuentas, no recuerda que la música también es negocio. Pero Cooke empezó a mirar más allá del micrófono. Como los gatos que juegan con el estambre, Sam alzó la vista y miró la mano que mueve la madeja de hilos, comprendiendo entonces el negocio que representaba. No fue inmediato ni heroico. Fue un aprendizaje lento, profundamente práctico, con indagaciones curiosas, sencillas y casi inofensivas. Preguntar cuánto valía una canción, quién decidía sobre su difusión, qué otros administraban lo que él había creado. En ese gesto —aparentemente administrativo— comenzó una transformación silenciosa: Sam Cooke dedujo que la libertad no siempre se canta; a veces se negocia.

Fundó su propio sello “SAR Records” (nombre elegido por las iníciales de los nombres de pila de sus socios: Sam Cooke, Alexander Cooke, hermano del cantante, y Roy Crain, amigo de la infancia de Sam y figura musical también vinculada al soul). Posicionándose, así, como el primer cantante afroamericano en fundar su propia empresa. Negoció la propiedad de su catálogo. Exigió regalías justas. Observó con atención cómo el dinero circulaba lejos de quienes ponían el cuerpo, la voz y el riesgo. Y decidió no seguir siendo un invitado elegante en una casa disquera que no le pertenecía.

Ese movimiento fue más disruptivo que cualquier discurso. Porque cuando un artista reclama control sobre su obra, lo que está reclamando no es solo dinero, está reclamando autonomía. Está diciendo «yo decido». Y eso, resulta intolerable. Aún en la actualidad es un divorcio difícil separarse de una disquera: el año pasado, 2025, Taylor Swift por fin ganó una demanda de derechos de autor y recuperó la propiedad total de sus primeros seis álbumes al comprar sus grabaciones originales (masters) a Shamrock Capital, por aproximadamente 360 millones de dólares, cerrando una batalla de seis años. Esto le otorgó el control absoluto sobre su música, vídeos y material inédito. Previamente, impulsó la regrabación de sus discos bajo el sello «Taylor’s Version» para tomar control comercial y creativo.

Cuando el éxito no compra dignidad

Ni ser un empresario ni su identidad racial pudieron evitar la violencia, y ésta no siempre necesita golpes para ser efectiva. A veces basta con una puerta cerrada, una burocracia marcada por el racismo y la corrupción, que no permite preguntas. Basta una llamada a la policía para recordar quién puede ocupar ciertos espacios y quién debe mantenerse a la intemperie. Sam Cooke lo aprendió en una escena aparentemente menor. Un intento de hospedaje para su grupo y su esposa, pese a haber hecho reservación en el hotel Shreverport en Louisiana, en 1963, le fue negado. No hubo persecución ni titulares estridentes. Hubo algo más eficiente: tan sólo una detención breve, un encierro sin dramatismo, una lección administrada con frialdad. El mensaje era claro y no necesitaba explicaciones; el talento no garantizaba recibir respeto y el éxito no compraba inmunidad.

De esa experiencia nació la canción “A Change Is Gonna Come”. No como proclama optimista, sino como registro de una espera larga y cansada. La canción no promete una victoria inmediata; nombra el desgaste de existir siempre bajo condiciones precarias, de discriminación, de violencia y sometimiento.

https://www.youtube.com/watch?v=EXQwM8rlAXs&list=RDEXQwM8rlAXs&start_radio=1

Nací junto al río en una pequeña tienda de campaña.  /Oh, y al igual que el río, he estado corriendo desde entonces.  / Ha sido un largo, largo tiempo, pero sé que vendrá un cambio, oh sí, vendrá.  / Ha sido muy duro vivir, pero tengo miedo de morir, porque no sé qué hay ahí arriba, más allá del cielo.  /Ha sido un largo, largo tiempo, pero sé que un cambio vendrá, oh sí, vendrá.  /Voy al cine y voy al centro, alguien me sigue diciendo que no me quede por aquí.

 /Ha pasado mucho, mucho tiempo, pero sé que llegará un cambio, oh sí, llegará.    /Entonces voy a ver a mi hermano y le digo: Hermano, ayúdame por favor.  /Pero él termina tirándome de rodillas.  /Hubo momentos en que pensé que no podría durar mucho tiempo, pero ahora creo que puedo continuar.  /Ha sido un largo, largo tiempo, pero sé que llegará un cambio, oh sí, llegará.


Su canto había dejado de ser ornamento, la voz que antes tranquilizaba empezó a incomodar por lo que evidenciaba. Ya no cantaba solo para entretener, cantaba porque necesitaba decir lo que el lenguaje institucional y social solía borrar.

Gracias a la historia de este cantante comprendí que quien identifica el límite, deja de ser funcional, y quien deja de ser funcional, incomoda. Pero callar una voz como la de Cooke era imposible: alzó la voz y logró posicionarse como un líder del activismo del “Movimiento por los derechos civiles”.

 


La noche del Motel

El 11 de diciembre de 1964, Sam Cooke, murió tras recibir varios disparos a manos de Bertha Franklin, propietaria de un motel en Los Ángeles. De acuerdo con la versión oficial, el cantante —quien se encontraba semidesnudo— habría intentado agredir a Franklin, lo que derivó en un forcejeo que culminó con el uso de un arma de fuego. Posteriormente, la propietaria declaró que Cooke había intentado abusar de una joven que lo acompañaba esa noche, Lisa Boyer, quien presuntamente escapó por una ventana.

No obstante, desde entonces han circulado versiones alternativas que ponen en duda ese relato. Algunas fuentes sostienen que Cooke no intentó atacar a nadie, sino que buscaba aclarar un malentendido relacionado con la joven, y que fue abatido sin haber representado una amenaza real para la dueña del establecimiento.

El incidente fue tratado con rapidez y discreción, y no dio lugar a una investigación exhaustiva. Las autoridades concluyeron el caso con un veredicto de homicidio justificado, en un contexto social marcado por una profunda desigualdad racial que influyó en la forma en que se administró la justicia. El boxeador Muhammad Ali, amigo cercano de Cooke, señaló entonces que, de haber ocurrido lo mismo con figuras como Frank Sinatra, The Beatles o Ricky Nelson, la intervención de instancias federales habría sido inmediata.

Sam Cooke tenía 33 años al momento de su muerte. Hasta hoy, el caso continúa generando dudas.

La cantante Etta James, quien tuvo la oportunidad de ver el cuerpo antes del funeral, cuestionó públicamente la versión oficial. En sus memorias relató que las lesiones que observó eran considerablemente más graves de lo que se había informado: Golpes severos, fracturas visibles en las manos y un nivel de violencia que, a su juicio, no coincidía con la explicación de un enfrentamiento breve con una sola persona.

Con el paso del tiempo también se ha especulado sobre la posible implicación del mánager de Cooke, Allen Klein, quien estaba vinculado a la empresa Tracey Ltd., propietaria de los derechos de las grabaciones del cantante. Sin embargo, hasta la fecha no existen pruebas concluyentes que permitan sostener una acusación formal o confirmar la existencia de una conspiración criminal.

Lo que ocurrió en el Hacienda Motel, a partir de ahí, es difícil de hilar sin decir en plural o multiplicar; versiones, declaraciones, informes. Ninguna coincide del todo; todas encajan demasiado bien para ser reales.

El procedimiento es impecable en su forma: Entrevistas, dictamen, cierre del caso. No hay investigación prolongada, no hay reconstrucción exhaustiva, tampoco espacio para la duda. La narrativa policial se instaló con rapidez, como un muro liso, sin grietas visibles. Las contradicciones menores que nunca se revisaron, los tiempos no cuadran, los testimonios aceptados no fueron contrastados. La prisa por concluir y una acomodada explicación que a nadie incomodó, al menos a nadie con el poder suficiente para esclarecer el suceso. Así murió “el Rey del Soul”.

La canción que quedó

“A Change Is Gonna Come” no fue publicada como sencillo en vida de Sam Cooke. Salió después. Como si la historia necesitara distancia para atreverse a mostrarla. La canción no describe un motel ni un disparo. Describe algo más profundo: La fatiga de existir en un mundo donde el talento no basta; donde la dignidad se negocia; donde la espera se hereda y hiere.

La incomodidad que rodea la muerte de Sam Cooke no nace de una teoría conspirativa puntual, sino de una suma de hechos verificables que, vistos en conjunto, alteraron el equilibrio del poder cultural y económico de su tiempo. Cooke no era solo una voz extraordinaria, era un hombre que había aprendido a leer el sistema que lo celebraba y a intervenir en él. En una industria que prefería intérpretes obedientes, decidió convertirse en propietario. Fundó su propio sello, controló su catálogo, administró regalías y entendió que la música, además de emoción, era trabajo y derecho. Ese aprendizaje —silencioso, práctico— lo volvió menos decorativo y más peligroso.

No se quedó ahí. Compartió ese conocimiento con otros músicos, habló de contratos, de explotación, de propiedad intelectual. Figuras como Aretha Franklin encontraron en él no solo un referente artístico, sino la enseñanza de que era posible negociar desde otro lugar. Cuando la conciencia deja de ser individual y empieza a circular comunitariamente, deja de ser tolerable para la industria.

Al mismo tiempo, su cercanía con el movimiento por los derechos civiles fue creciendo. Sin adoptar una militancia frontal, Cooke financió causas, asistió a encuentros estratégicos y se vinculó con líderes como Malcolm X. Su potencia no estaba en el discurso, sino en el cruce; un ídolo popular, transversal, capaz de llevar un mensaje de desigualdad, al centro de la cultura masiva sin pedir permiso. La canción “A Change Is Gonna Come“ no era una consigna ni un himno de celebración, sino un registro de la espera, del desgaste, de la certeza de que algo debía transformarse para que la vida fuera habitable.

Cuando una figura acumula autonomía económica, influencia política, visibilidad cultural, y muere en circunstancias ambiguas que el sistema se apresura a normalizar, la sospecha no es un exceso. Es una pregunta legítima. Y a veces es lo único que queda frente a una verdad que nunca terminó de decirse.

Y hasta aquí mi guijarro, queridos lectores, me voy con una canción que no es jazz y tampoco fue cantada por Sam Kooke, hablo de “Blowin In The Wind” (“La respuesta está en el viento”), de Bob Dylan. La canción que inspiró a Cooke para hacer “Change is gonna come” escrita en 1962.

https://www.youtube.com/watch?v=IaI4O-RY7j4&list=RDIaI4O-RY7j4&start_radio=1

Etiquetas: A Change Is Gonna ComeBob Dylanindustria musicalJazzMovimiento por los derechos civilesmuerte de Sam CookePortada 1racismo en Estados UnidosSam CookeSAR Recordssoul
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