Yo no conocía santos de verdad. En mi pueblo había uno de yeso con un brazo roto y una virgen que lloraba cuando había humedad, pero milagros, lo que se dice milagros, ninguno. En cambio, de El Santo Enmascarado de Plata yo sí había oído cosas serias: que derrotaba al mal a puñetazo limpio, que nunca se rajaba y que siempre ganaba, aunque el réferi estuviera vendido.
El Santo nació varias veces, como los dictadores latinoamericanos y los santos de calendario dudoso. La versión oficial dice que nació en Tulancingo; la versión oficiosa sostiene que simplemente apareció un día ya adulto, con máscara y todo, como aparecen los impuestos nuevos o las deudas morales. Nadie vio su infancia porque, de haberla tenido, habría sido irrelevante frente a lo verdaderamente importante: el hombre que no tenía cara. El Santo peleaba contra rivales humanos, vampiros, momias, científicos locos y, en ocasiones, contra argumentos mal escritos. En el cine nacional combatió criaturas que claramente estaban hechas con hule espuma y buena voluntad. Él jamás pareció notarlo. Peleaba con la misma seriedad contra un luchador rudo que contra una momia con artritis. Esa era su ética profesional: si el enemigo existía en el guion, merecía ser derrotado con solemnidad.
Con eso me bastó para tenerle fe. Una de sus grandes virtudes era la sobriedad. Mientras otros héroes bebían, fumaban o caían en tentaciones carnales, El Santo se mantenía casto como estatua pública. Esto no lo hacía más virtuoso, sino más sospechoso. En un país donde todos tenemos al menos un vicio, la perfección genera desconfianza. Nadie es tan limpio sin esconder algo debajo de la máscara, aunque en su caso ya estaba ocupada.
Así que decidí viajar a la ciudad el día que me di cuenta de que mis pecados ya eran demasiados para cargarlos en burro. Pecados modestos, eso sí: mentirle a mi madre, desear a la mujer del vecino, tomar pulque adulterado y robarme clavos del corral “nomás porque sí”. Nada espectacular, pero constantes. Yo sentía que iba perdiendo la lucha libre contra mí mismo, y como no tenía entrenador espiritual, pensé que lo mejor era ver pelear al que sí sabía.
El viaje fue largo, incómodo y caro. Llegué a la Arena con hambre, con sueño y con una fe improvisada que parecía boleto falsificado. El lugar estaba lleno de gente como yo: hombres sudados, niños con máscaras chuecas, mujeres que gritaban cosas que en la iglesia no se dicen. Todos esperábamos lo mismo: que saliera El Santo y pusiera orden en el universo.

Cuando apareció, no hubo trompetas ni palomas, pero sí un grito colectivo que me movió algo por dentro, como cuando uno se da cuenta de que todavía puede sentir vergüenza. El Santo entró caminando despacio, con esa máscara que no pide permiso y un cuerpo que parecía hecho para aguantar golpes ajenos. En ese momento entendí que Dios, si existía, seguramente era luchador técnico.
El rudo contra el que peleaba era enorme, sucio y tramposo. Se parecía bastante a mis pecados: siempre atacaban por la espalda y nunca jugaban limpio. El rudo le metió el pie, le jaló la máscara, le dio codazos ilegales. Yo pensé: “ya valió, hasta los santos caen”. Pero El Santo se levantó. Siempre se levantaba. No decía nada, no se quejaba, no hacía discursos morales. Simplemente regresaba al centro del ring y seguía.
Ahí fue cuando me dio la epifanía, aunque yo no sabía que así se llamaba. Me di cuenta de que El Santo no ganaba porque fuera perfecto, sino porque insistía. Cada vez que lo tiraban, volvía a pararse. Cada trampa era respondida con una llave bien hecha. Cada caída, con paciencia. Yo, que me rendía al primer error, empecé a sentir una vergüenza útil, de esa que no aplasta, sino endereza.
Cuando El Santo aplicó la llave final y el rudo se rindió, algo dentro de mí también dijo “ya basta”. No fue una conversión fulminante ni una limpieza espiritual completa. No dejé de ser pecador esa noche, pero entendí el método: enfrentar al monstruo, aguantar los golpes y no quitarse la máscara, aunque nadie esté viendo.
Salí de la Arena distinto, pero no tanto como para que se notara desde lejos. Seguía siendo pobre, seguía debiendo dinero y seguía deseando cosas indebidas. Pero ahora tenía una referencia moral clara: Si El Santo podía con vampiros, momias y científicos locos, yo podía dejar de robar clavos y empezar por decir la verdad los domingos.
Regresé a mi pueblo sin reliquias ni autógrafos, pero con una fe práctica. No recé más, pero cada vez que la tentación me tiraba a la lona, pensaba en la máscara plateada levantándose otra vez. Y así, a golpes pequeños pero constantes, fui venciendo a mis rudos interiores.
Nunca volví a ver a El Santo en persona, pero no hizo falta. Los verdaderos milagros lo aprendí esa noche no consisten en caminar sobre el agua, sino en levantarse después de cada caída sin hacer demasiado escándalo. Y en eso, El Santo Enmascarado de Plata sigue siendo el único santo al que le creo.
Cuando murió, no murió del todo. Se murió lo necesario para cumplir con el trámite. El Santo sigue vivo en las vitrinas, en los posters mal impresos, en los niños que se ponen una máscara plateada para sentirse invencibles durante cinco minutos. Su mayor hazaña no fue derrotar al Hombre Lobo ni a las Momias de Guanajuato, sino lograr algo más difícil: que nadie, absolutamente nadie, pudiera decir “yo conocí al verdadero Santo”.
Y eso, en un país tan dado a la indiscreción, es un milagro.
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