
“Toda civilización termina creyendo que su violencia es pedagógica.”
— aforismo apócrifo, pero verosímil—
H
ay épocas en que la historia avanza con libros; otras, con tratados; y algunas —las más incómodas— con garrotes envueltos en papel de regalo.
La nuestra pertenece, sin demasiadas dudas, a esta última categoría. No porque hayamos renunciado a los valores, sino porque los hemos reducido a accesorios. Democracia, libertad, derechos humanos y seguridad han dejado de operar como principios orientadores para convertirse en utilería discursiva: conceptos de diseño, ligeros y portátiles, capaces de adaptarse a cualquier escenario sin perder brillo. Sirven lo mismo para un discurso solemne que para justificar una sanción, un bloqueo, un ultimátum o, llegado el caso, una intervención “quirúrgica”, adjetivo que promete limpieza y precisión allí donde suele esconderse una perversión profunda.
La cultura política contemporánea ha perfeccionado este arte del envoltorio con una destreza casi estética. La fuerza ya no se presenta desnuda, como en otros tiempos, sino cuidadosamente narrada. Se la acompaña de informes técnicos, gráficos pulcros, expertos con credenciales impecables y un vocabulario higienizado que tranquiliza conciencias. Se la rodea de advertencias morales y de una pedagogía condescendiente.
Golpear deja de ser una decisión extrema para convertirse en una responsabilidad incómoda que alguien —siempre otro— debe asumir por el bien común. El mundo, se nos repite con tono doctoral, es demasiado peligroso para dejarlo en manos de su propia complejidad.
Volvimos al garrote, pero esta vez con posgrado en relaciones internacionales y un discurso de valores debajo del brazo. No es el garrote rústico de antaño, torpe y sin excusas, sino uno barnizado con conceptos nobles, que golpea mientras explica —con paciencia pedagógica— que lo hace por tu bien. Si duele, es porque no leíste bien la diapositiva tres; si resistes, es porque aún no comprendes la magnitud del problema; si protestas, es porque careces de visión global. El golpe nunca se equivoca: lo que falla, se nos dice, es siempre la comprensión del golpeado. En este tránsito, la diplomacia se vulgariza: pierde densidad, abandona el diálogo y se refugia en el eufemismo.
A esta degradación contribuye decisivamente el estilo Trump, que no inaugura el garrote, pero sí su espectacularización. La política exterior deja de ser un espacio de negociación compleja y se transforma en un escenario de escándalo permanente, en una pedagogía primaria del poder donde gritar sustituye a argumentar y humillar reemplaza a convencer.
La diplomacia se hace inmediata, impulsiva, diseñada para el aplauso del momento y la viralización del gesto. Ya no importa construir acuerdos duraderos, sino dominar el ciclo informativo; ya no se busca resolver conflictos, sino ganar la escena. El mundo se gobierna como reality show: eliminación semanal, amenazas en horario estelar y un público global invitado a confundir fuerza con carácter.
Este garrote ilustrado —ahora amplificado por la lógica del circo— no se avergüenza de sí mismo. Al contrario: se exhibe. Aparece en conferencias de prensa, en tuits, en comunicados oficiales convertidos en piezas de propaganda emocional, diseñadas tanto para consumo interno como para intimidación externa. La amenaza se vuelve razonable; la coerción, preventiva; la violencia, una forma de gestión.
La diplomacia, mientras tanto, queda relegada al papel de trámite previo, de gesto decorativo antes de que hablen los hechos. Cuando hablar ya no sirve para entender, sino solo para advertir, el lenguaje deja de ser político y se convierte en arma.
Lo inquietante no es solo el retorno del garrote, sino su normalización vulgar. Golpear ya no escandaliza; lo que escandaliza es dudar. Negociar parece sospechoso; matizar, una traición.
En esta lógica, la diplomacia no muere: se caricaturiza. Sobrevive como escenografía mínima, como pretexto técnico que legitima decisiones ya tomadas. El circo no elimina la violencia: la hace entretenida. Y cuando el poder se vuelve espectáculo, la política exterior deja de pensar el mundo para limitarse a dominarlo a gritos.
Hannah Arendt escribió que la violencia aparece cuando el poder ha fracasado, cuando la capacidad de persuadir, construir consenso y generar legitimidad se agota. Occidente, fiel a su talento para la reinvención simbólica, ha decidido presentar ese fracaso como liderazgo. Donde hay impotencia para comprender un mundo plural y complejo, se exhibe decisión. Donde hay incapacidad para negociar límites, se celebra la firmeza. El golpe ya no es señal de debilidad política, sino de carácter.
Esta es la paradoja que define nuestro tiempo: una civilización que se piensa a sí misma como cumbre moral del planeta recurre cada vez más a la fuerza para sostener su relato. No porque ignore sus contradicciones, sino porque ha aprendido a administrarlas retóricamente. El garrote no contradice los valores: los acompaña. Y en esa convivencia aparentemente armoniosa entre principios nobles y prácticas brutales se juega una de las tensiones más profundas —y más peligrosas— del presente.
I. Diplomacia: ese arte innecesariamente lento
Occidente atraviesa una mutación curiosa: presume civilización mientras practica la impaciencia; invoca reglas mientras celebra la excepción; predica derechos mientras reduce la política exterior a una coreografía de amenazas cuidadosamente comunicadas. La diplomacia —ese arte lento, aburrido y poco televisable de negociar límites— ha sido desplazada por la contundencia performativa.
Hoy importa menos convencer que demostrar. Menos acordar que imponer. Menos comprender que ganar el ciclo de noticias.
Max Weber distinguía entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. La política exterior contemporánea parece haber extraviado ambas: no cree en principios estables ni asume consecuencias duraderas. Vive en el instante, en la reacción, en el gesto. La fuerza ya no es un último recurso: es una identidad.
II. Churchill: el mito con puro y retrospectiva amable
En el panteón occidental, Winston Churchill ocupa el lugar del estadista indomable, defensor de la civilización frente a la barbarie. La iconografía es impecable: puro, verbo inflamado, frases inolvidables.
Menos recordado es que la civilización que defendía incluía imperios, hambrunas coloniales y una fe inquebrantable en que algunos pueblos estaban destinados a ser gobernados “por su propio bien”.
Churchill creía en la fuerza, sí, pero también en la retórica como anestesia moral. La diferencia con el presente no es ética, sino estética. Churchill sabía que el garrote debía ir acompañado de una gran frase. El garrote contemporáneo, más práctico, prefiere el tuit. Donde antes había discursos para la posteridad, hoy hay comunicados de prensa. El resultado es el mismo; la elegancia, no.

III. Kissinger: la frialdad como virtud académica
Henry Kissinger representa otra tradición: la del cinismo con doctorado. Su Realpolitik convirtió al mundo en tablero de ajedrez y a los países en piezas sacrificables. Golpes de Estado, guerras indirectas, dictaduras amigas: todo cabía en la ecuación, siempre que mantuviera el “equilibrio”.
La sátira aquí es casi innecesaria. Kissinger logró algo notable: transformar la indiferencia moral en signo de sofisticación intelectual. Donde otros veían tragedias, él veía correlaciones de fuerza. Donde había muertos, había estabilidad. Su legado persiste no tanto en las ideas, sino en el tono: esa convicción de que la política exterior debe estar libre de sentimentalismos… especialmente cuando los costos los pagan otros.
Comparado con la brutalidad contemporánea, Kissinger parece casi un humanista. Al menos fingía pensar en el largo plazo. Hoy ni siquiera se simula profundidad: basta con la amenaza correcta en el momento adecuado.

IV. Marco Rubio: el garrote sin partitura
Si Churchill fue el mito con frase memorable y Kissinger el estratega con ecuaciones, Marco Rubio representa otra cosa: la política exterior como reflejo automático, el garrote sin diplomacia, sin retórica y sin paciencia. En su estilo no hay negociación, apenas advertencia; no hay proceso, solo presión; no hay ambigüedad estratégica, sino consignas morales simplificadas hasta volverse inofensivas para quien las enuncia y devastadoras para quien las recibe.
Rubio encarna una versión contemporánea del intervencionismo sin complejos, pero también sin profundidad. Su discurso reduce la política internacional a un enfrentamiento binario entre “democracias” y “enemigos”, donde toda mediación es sospechosa y toda prudencia se confunde con debilidad. La diplomacia, en este marco, no es un instrumento: es un estorbo. Hablar con el adversario equivale a legitimar su existencia. Escuchar es ceder. Esperar es perder.
A diferencia de Kissinger, Rubio no parece interesado en el largo plazo; a diferencia de Churchill, no necesita construir épica. Su garrote no se justifica con historia ni con teoría: se legitima a sí mismo mediante la urgencia. Todo ocurre “ahora”, todo es “inaceptable”, todo requiere una respuesta inmediata. La política exterior se convierte así en una sucesión de ultimátum morales que no buscan resolver conflictos, sino administrar la sensación de firmeza ante el electorado doméstico.
Hay, además, un rasgo distintivo: la ausencia casi total de ironía histórica. Rubio habla como si el mundo comenzara cada mañana, como si Estados Unidos no cargara con un siglo de intervenciones fallidas, golpes de Estado patrocinados y democracias selectivas. El pasado no es una advertencia, sino una molestia. La memoria estorba cuando se gobierna a golpe de consigna.

En este sentido, Rubio no es un estratega, sino un síntoma. Representa una política exterior que ha renunciado tanto a la ética de la convicción como a la de la responsabilidad weberiana, para instalarse en una tercera vía más pobre: la ética de la reacción. No se actúa para transformar el mundo ni para estabilizarlo, sino para no parecer débil en la siguiente conferencia de prensa.
El resultado es paradójico: nunca se habló tanto de democracia con tan poca disposición a practicarla en el ámbito internacional. Nunca se invocaron tanto los valores mientras se despreciaban los mecanismos que los hacen posibles: diálogo, negociación, reconocimiento del otro como interlocutor legítimo. El garrote, sin diplomacia, no es fuerza: es pereza intelectual con consecuencias globales.
Si Churchill necesitaba una frase y Kissinger un memo confidencial, Marco Rubio solo necesita un micrófono. El problema no es su estilo personal, sino lo que revela: una época que ya no cree que la política exterior deba pensar, solo imponer. Y cuando la fuerza se ejerce sin pensamiento, deja de ser poder y se convierte en ruido.
V. El garrote como identidad cultural
No es que la fuerza haya desaparecido antes —nunca lo hizo—; es que ahora se exhibe sin pudor, como virtud moral. El garrote dejó de ser instrumento para convertirse en identidad. Y cuando la identidad se arma, la política se empobrece. El músculo sustituye al argumento; la amenaza reemplaza al análisis; la prisa suplanta a la estrategia.
Carl Schmitt estaría satisfecho: el soberano decide la excepción. Solo que hoy la excepción es rutina, y la rutina, doctrina. El derecho internacional permanece en escena como escenografía respetable, mientras las decisiones reales se toman por fuera, con sonrisa diplomática y puño cerrado.
Estados Unidos discute el mundo como mapa táctico; América Latina reaparece como aula correctiva; México como alumno permanente, siempre examinable. La amenaza ya no se escribe en memorandos secretos: se anuncia en micrófonos abiertos. La soberanía ajena se trata como cláusula negociable; la legalidad internacional, como recomendación flexible. El lenguaje se endurece porque el pensamiento se adelgaza.
VI. Valores fatigados, moral portátil
Nunca habíamos tenido tantos valores proclamados con tanta facilidad y tan pocos practicados con coherencia.
La democracia es celebrada cuando produce gobiernos previsibles y castigada cuando genera sorpresas. La libertad se defiende mientras no interfiera con intereses estratégicos. Los derechos humanos son bandera cuando sirven para señalar al adversario y pie de página cuando incomodan al aliado. La indignación se volvió un recurso diplomático: se administra, se dosifica, se activa según convenga.
Michel Foucault habría reconocido aquí una tecnología de poder refinada: no solo castigar, sino producir el relato que vuelve el castigo aceptable, incluso necesario. El garrote no solo golpea: educa. O eso pretende.
VII. Civilización con puño cerrado
Occidente se encuentra atrapado en una paradoja que ya no logra disimular. Dice defender el orden internacional mientras lo erosiona a fuerza de excepciones; invoca valores universales mientras los administra con cláusula de conveniencia; se presenta como civilización mientras actúa con la torpeza de quien confunde fuerza con inteligencia. El discurso se mantiene impecable; la práctica, cada vez más tosca. No hay contradicción accidental: hay una lógica. La violencia ya no es el reverso vergonzante del orden, sino uno de sus lenguajes autorizados.
El garrote ilustrado no es señal de fortaleza, sino de cansancio cultural. Aparece cuando se pierde la capacidad de persuadir, cuando el diálogo se percibe como pérdida de tiempo, cuando la diplomacia —ese ejercicio paciente de reconocer límites— resulta insoportable. Golpear es más rápido que pensar; amenazar, más sencillo que negociar; imponer, más rentable que comprender. La fuerza se convierte así en una economía cognitiva: ahorra complejidad, reduce incertidumbre, elimina matices. Y en ese ahorro se pierde, precisamente, la inteligencia política.
América Latina conoce bien esta escena. Ha sido durante más de un siglo el espacio donde Occidente ensaya su versión pedagógica del poder: intervenciones que se llaman estabilización, presiones que se presentan como acompañamiento, sanciones que se venden como lecciones morales. La región ha sido tratada menos como interlocutora que como caso de estudio; menos como sujeto político que como problema recurrente. Aquí, el garrote no siempre cae con estruendo: a veces basta con mostrarlo, recordando que la soberanía es respetable solo mientras no incomode.
México ocupa en esta cartografía un lugar particularmente ambiguo. No es enemigo, pero tampoco par; no es colonia, pero tampoco igual. Es vecino, una categoría que autoriza la familiaridad condescendiente y la amenaza implícita. A México se le exige corresponsabilidad sin simetría, cooperación sin reciprocidad, apertura sin garantías. Se le habla de valores compartidos mientras se le recuerda, con frecuencia innecesaria, quién tiene el poder de definir los términos. El garrote, en este caso, no siempre se usa: su presencia basta para ordenar la conversación.
América Latina y México no son solo territorios donde se ejerce la fuerza: son también archivos de memoria. Y la memoria es incómoda. Recuerda que cada intervención dejó instituciones más frágiles, no más fuertes; sociedades más polarizadas, no más estables; violencias que se heredaron, no que se resolvieron. Recuerda que el orden impuesto suele durar menos que las heridas que provoca. Recuerda, sobre todo, que la legitimidad no se decreta ni se impone: se construye, o no existe.
La ironía final es cruel, pero precisa: cuando los valores necesitan un garrote para imponerse, quizá el problema no sea el mundo, sino los valores tal como se están usando. Porque una civilización que solo sabe defenderse golpeando ha dejado de creer en su propia capacidad de persuadir, de convencer, de ofrecer un horizonte compartido. Ha sustituido el ejemplo por la amenaza, el diálogo por la presión, la política por la gestión del miedo.
El garrote puede imponer silencio. Nunca construirá legitimidad. Puede ganar tiempo, pero siempre pierde futuro. Todo lo demás es pedagogía del miedo con vocabulario elegante, una retórica que disfraza la impotencia de firmeza y el agotamiento de liderazgo.
Y la historia —que suele tener más paciencia que los imperios— termina pasando factura cuando la fuerza se disfraza de virtud. No castiga de inmediato, no responde con estruendo; simplemente deja de creer. Y cuando el mundo deja de creer en una civilización, ningún garrote, por ilustrado que sea, logra sostenerla.
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