A Iñaki Berenzon, mi maestro del futbol en sus primeros 30 años.
El futbol nació mucho antes de inventarse a sí mismo. Antes de los estatutos y las asociaciones, antes de los contratos millonarios y los estadios de cristal, ya estaba el gesto primitivo de arrojar y perseguir algo redondo; el ímpetu de medir fuerzas y destrezas a través del juego; la necesidad comunitaria de convertir el movimiento en celebración.
El futbol moderno surgió en la Inglaterra industrial del siglo XIX, pero fue adoptado, recreado y resignificado por culturas muy distintas, hasta convertirse en una lengua franca planetaria. Lo esencial siempre fue lo mismo: la posibilidad de construir comunidad a partir de una emoción compartida. Y acaso por eso, 2026 tendrá al futbol como uno de sus grandes temas: no solo como espectáculo deportivo, sino como un espejo sensible donde el mundo proyecta sus tensiones, sus sueños y sus maneras de imaginar el porvenir.
Con el tiempo, sin embargo, el futbol dejó de ser solo un juego. Se volvió un territorio simbólico donde los pueblos se miran a sí mismos, donde las naciones ensayan relatos de identidad, prestigio y pertenencia. La política comprendió pronto que el balón moviliza cuerpos y emociones con una potencia que pocas instituciones poseen. Así, gobiernos, empresas, organismos internacionales y bloques regionales descubrieron que, en el césped, también se disputa el imaginario del poder. Cada selección encarna un relato; cada torneo es una puesta en escena global donde lo deportivo convive con lo económico, lo diplomático y lo mediático.
En la geopolítica actual, el Mundial funciona como un modelo ampliado del mundo. No es solamente un torneo: es una coreografía en la que Estados, corporaciones y audiencias globales negocian visibilidad, liderazgo y seducción política, cultural y económica. Las rivalidades futbolísticas suelen ir acompañadas de tensiones comerciales, energéticas o ideológicas.
Los estadios son vitrinas, pero también foros diplomáticos. Mientras el público vive el drama del marcador, en las gradas y en los palcos se tejen acuerdos, se ensayan alianzas y se proyecta el prestigio internacional.
El conflicto que atraviesa hoy Venezuela se inscribe en ese mismo tablero. Las posiciones encontradas entre gobiernos europeos, Estados Unidos y varios países latinoamericanos muestran que, más allá de la cancha, existe una disputa por definir la legitimidad política, el modelo económico y la autoridad moral en la región.
El marco del T-MEC, como eje de reconfiguración continental, añade otra capa de tensión: nuevas jerarquías productivas, rutas comerciales reordenadas y expectativas geopolíticas que no siempre dialogan con la realidad social. En este escenario, los grandes acontecimientos deportivos —como el Mundial— funcionan como una superficie donde esas tensiones se hacen visibles: declaraciones diplomáticas, gestos simbólicos, patrocinios, alineamientos y silencios revelan, a veces, más que los comunicados oficiales.
Por eso, cuando la pelota rueda, no solo corre detrás de ella un equipo: corre una idea de nación, una economía, una narrativa sobre el futuro. El futbol afirma ser neutral, pero su neutralidad está llena de signos. Aun así, conserva algo milagroso: la capacidad de reunir a millones de personas alrededor de una misma emoción, incluso en medio de la incertidumbre global. Tal vez esa sea su paradoja más luminosa: mientras revela las grietas del mundo, también nos recuerda que seguimos necesitando rituales compartidos para reconocernos en lo común.
Hoy el futbol es pasión y ocio, negocio y espectáculo; pero también ritual, metáfora y territorio simbólico donde se condensan tensiones económicas, disputas políticas, aspiraciones colectivas y memorias compartidas. La cancha funciona como escenario donde la sociedad se representa a sí misma. En ella conviven —a veces en armonía y a veces en fricción— la épica de lo colectivo, la crudeza del mercado y la irreductible necesidad humana de pertenecer a algo.
El futbol como ritual antropológico
La antropología ha aprendido a mirar el futbol no como simple entretenimiento, sino como un “hecho social total”: un acontecimiento que involucra identidades, creencias, afectos, jerarquías y símbolos. El partido es un ritual. Tiene su tiempo sagrado, su estructura codificada, sus gestos reiterados que se convierten en memoria corporal. El público canta, repite frases, cumple promesas; invoca la suerte como si fuese una deidad discreta.
Los estadios son templos profanos. Ahí la identidad se grita para que exista. La camiseta funciona como una segunda piel simbólica: cubre el cuerpo, pero revela la pertenencia. Las derrotas se recuerdan como duelos íntimos; las victorias se narran como mitologías fundacionales que la memoria vuelve a contar para resistir la incertidumbre del mundo. Nada de esto es banal. A través del futbol, las sociedades negocian su manera de estar juntas.
El barrio: cuna y refugio del juego
El barrio es el corazón del futbol. En él, el deporte se vuelve práctica cotidiana, lenguaje familiar, ritual de proximidad. La cascarita en la calle, el balón gastado, la portería improvisada, los equipos armados con vecinos y primos: ahí el futbol no está mediado por la industria ni por el glamour. Es vida simple que se comparte. El apodo sustituye al nombre; la habilidad construye reputación; el abrazo ante el gol borra diferencias.
Esa experiencia barrial guarda algo profundamente igualitario: en el juego, los cuerpos dialogan antes que los discursos. No importa de dónde se venga; importa estar ahí. Desde esa matriz afectiva y comunitaria se alimenta el Mundial.
El Mundial 2026: laboratorio cultural y político
En 2026, México, Estados Unidos y Canadá compartirán la sede de la Copa Mundial de la FIFA. Durante un mes, los calendarios afectivos del planeta se ordenarán alrededor de un balón. Pero este Mundial no será solamente un torneo deportivo: será también una maquinaria cultural, económica y política de enormes proporciones.
Coincidirá con un escenario cultural vibrante: la Ciudad de México reconocida como Capital Cultural Mundial, una fuerte revalorización del patrimonio vivo —textiles, artesanías, identidades indígenas— y una creciente fusión entre tecnología y creatividad. Lo digital no reemplaza lo ritual: lo expande y lo amplifica. Aficionados documentan, narran, archivan, reinterpretan. La memoria ya no es solamente colectiva: es también audiovisual, inmediata, reproducible.
Este Mundial funcionará como catalizador cultural y vitrina simbólica. Los tres países buscarán proyectar identidad, modernidad, diversidad, hospitalidad, seguridad. El torneo será, también, un ejercicio de diplomacia cultural y de posicionamiento geopolítico.
Glamour y barrio: la dualidad del futbol contemporáneo
El futbol se ha envuelto, cada vez más, en un aura de glamour. Los estadios son catedrales tecnológicas; los boletos VIP superan las posibilidades de la mayoría; los patrocinios construyen una narrativa de exclusividad; las cámaras televisivas multiplican la imagen hasta convertirla en mercancía. En este registro, el Mundial convive estéticamente con otros espectáculos globales —como la Fórmula 1— donde el lujo y el estatus producen una puesta en escena de éxito global.
Es el futbol de los palcos corporativos y las experiencias “premium”. Un juego de espejos donde la imagen se refleja en sí misma y se ofrece al consumo. Pero al mismo tiempo existe, con la misma fuerza, otro Mundial: el que sucede en las calles.
Es el Mundial de las plazas públicas, de las pantallas compartidas, de las salas que se vuelven altares domésticos, de los bares llenos, de la colonia que escucha un gol como si fuese sirena de puerto. El niño que porta una camiseta falsa —pero verdadera para él— forma parte de esta fiesta popular. Aquí el futbol no es mercancía: es celebración comunitaria. El barrio inventa su propia fiesta, su propia narrativa, su propia política de alegría. Esa dualidad no es una contradicción accidental: es constitutiva del futbol contemporáneo.
La FIFA y la maquinaria del espectáculo
En el centro de la estructura global del futbol se encuentra la FIFA, organismo que administra calendarios, sedes, reglamentos y licencias. Bajo su órbita, el Mundial se ha convertido en una gigantesca maquinaria político-económica que involucra a gobiernos, corporaciones, medios y ciudades. La selección de sedes redefine prioridades presupuestales, decisiones urbanas, políticas de seguridad, estrategias culturales y proyectos de infraestructura. Nada en este nivel es inocente. El futbol se vuelve política económica transnacional.
Los costos del espectáculo no son neutros. Existen presiones sobre barrios cercanos, procesos de gentrificación, endeudamientos, expectativas de derrama económica, turismo acelerado, renta de imagen. Hay ganadores visibles y perdedores silenciosos. El Mundial entusiasma, sí; pero también obliga a preguntar: ¿quién paga la fiesta?, ¿quién la disfruta?, ¿quién la capitaliza?, ¿quién queda afuera? No se trata de negar el Mundial; sino de mirarlo con lucidez.
Economía, Estado y territorio
México, Estados Unidos y Canadá llegarán a 2026 con estrategias distintas: Estados Unidos potenciará el Mundial como industria del entretenimiento. Canadá lo asumirá como vitrina multicultural. México intentará usarlo como plataforma para proyectar su identidad cultural, su creatividad, su riqueza patrimonial y su hospitalidad.
Pero en paralelo existirán tensiones: recortes presupuestales, desigualdades sociales, retos urbanos, debates sobre el uso del espacio público, presiones sobre barrios cercanos a los estadios y transformaciones aceleradas del entorno.
El Mundial, así, no solamente se juega en la cancha: también en la política pública y en la economía real.
Cultura viva: entre tradición e innovación
El 2026 cultural será también el año de la fusión entre tradición y tecnología. En México se intensificará el reconocimiento del patrimonio vivo —textiles, música, lenguas indígenas, oficios artesanales— no como piezas de museo, sino como presente activo. El Mundial no debería convertir lo indígena en folclor para turistas, sino reconocerlo como elemento esencial de la identidad contemporánea.
La Ciudad de México, como Capital Cultural Mundial, pondrá especial énfasis en la accesibilidad cultural, la diversidad y la creatividad ciudadana. El futbol será una caja de resonancia para plantear preguntas más profundas: ¿qué país queremos mostrar? ¿qué país queremos ser después del torneo?
Política, símbolos e imaginarios
El futbol ha sido siempre terreno fértil para la política simbólica. Las selecciones funcionan como narraciones de nación. El gol libera tensiones, crea identidades, alimenta mitologías. El Mundial es una gigantesca puesta en escena de diplomacia, orgullo nacional, poder blando, propaganda y también —a veces— esperanza. El balón permite a los países contar una historia de sí mismos.
Esa historia puede incluir inclusión o exclusión; reconocimiento o estereotipo; modernidad o simulación. El futbol no determina: revela.
El futbol como casa afectiva
Pero para entender el corazón del fenómeno hay que volver a lo íntimo. El futbol es también una casa emocional que compartimos con quienes amamos. Muchos nos asumimos villamelones —como me ocurre— porque el juego se volvió puente afectivo con nuestros hijos, hijas, amigos, padres, compañeros. El partido no es solo noventa minutos: es conversación, comida compartida, ritual doméstico, microcomunidad.
En ese plano, el futbol enseña sin discurso: enseña a perder, a esperar, a resistir, a volver a empezar. Enseña la fragilidad del éxito y la dignidad de la caída. Enseña que la justicia no siempre llega, pero el juego continúa. Y en esa pedagogía silenciosa reside su potencia cultural.
¿Qué hay detrás del Mundial?
Detrás del Mundial está la humanidad con todas sus contradicciones: las corporaciones que buscan maximizar beneficios, las ciudades que se transforman, los artistas que crean nuevas imágenes, los barrios que resisten, los migrantes que encuentran identidad en una camiseta, los pueblos originarios que reclaman ser parte del relato, los críticos que denuncian los excesos, los economistas que celebran las cifras, los ciudadanos que temen el encarecimiento de la vida, El negocio y el ocio y los niños que descubren una vocación entre porterías improvisadas. Todo eso es —al mismo tiempo— el Mundial. ¿Una metáfora del mundo? El futbol no es inocente, pero tampoco es banal. Es una gigantesca metáfora del mundo contemporáneo desgatado.
En él se cruzan el mercado y el barrio, la diplomacia y la fiesta, el glamour y la precariedad, la industria y el rito, lo global y lo local, lo digital y lo tradicional. El futbol revela quiénes somos, cómo nos organizamos, qué nos entusiasma y qué nos duele.
En 2026, cuando el mundo vuelva a girar alrededor de una pelota, veremos desplegarse —en los estadios y en las calles— algo más que un torneo: veremos a las culturas del continente imaginarse a sí mismas. Y quizá, en medio de la euforia, la contradicción y el negocio, descubramos una verdad sencilla y persistente: el futbol importa porque, por un instante, nos permite sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos. Y eso —en tiempos de soledades y polarizaciones— no es poca cosa.
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