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Memento Mori. Enseres para pintar, fotografiar y peinar a la muerte

Un guijarro en mi bota (Sucesos, eventos, hechos, casos, cosas) / Por Iris Bringas

Iris Bringas Por Iris Bringas
15 de marzo de 2026
En Un guijarro en mi bota
Muerte. Morir con estilo. AMEXI / Imagen diseñada por Iris Bringas, generada con IA

Morir con estilo. AMEXI / Imagen diseñada por Iris Bringas, generada con IA

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Memento Mori

Enseres para pintar, fotografiar y peinar a la muerte

Iris Bringas

Queridos amigos, una cosa lleva a otra y buscando una paleta de color, encontré un color que me trajo hasta aquí y cómo desde épocas inmemoriales, el estilo se lleva en la vida y en la muerte, así que ustedes perdonarán mi mórbida necedad de sacar este guijarro de mi bota de manera cuasi gótica.

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Así que para irnos poniendo a tono pondré por aquí una canción de Tom Petty And The Heartbreakers, “Mary Jane′s Last Dance” de 1993. Cuando vi este video en MTV a mis tiernos 14 años, supe que mi vida jamás volvería a ser la misma…

Reclinen su asiento que hoy toca clase de latín, colorimetría y estilo.

Existe un color en la historia, cuyo nombre parece menos una decisión estética que una mala noticia dicha con educación monástica, me refiero a que el nombre del color suena más a sentencia fúnebre que a nombre bonito para un pigmento: “Caput mortuum”. Dicho sin terciopelo, significa “cabeza de muerto”.

Es un marrón rojizo, es un terracota oscuro, es un color que tiende entre el rojo y el violeta. No es un rojo de fiesta. No es el rojo insolente del carmín, ni el de la rosa recién cortada, ni el del vestido que entra a un salón sabiendo que será recordado. Es un rojo más profundo, más terroso, más cansado; un rojo con algo de vino viejo, de sangre seca, de arcilla removida, de herida que ya no arde pero tampoco se olvida. Tiene el temperamento de las cosas que han sobrevivido al incendio. Y acaso por eso me obsesiona, porque es un color que parece saber demasiado. Siempre imaginé a “La joven modelo” del cuento de Poe “El retrato oval” con esta coloración, un color vibrante de ausencia.

En alquimia, “caput mortuum” era el residuo final de una operación química, lo que quedaba cuando ya se había sublimado, reducido y agotado la materia; el sobrante, el sedimento; el cadáver del experimento. La  Enciclopedia Británica (por cierto la más antigua todavía en edición, aunque ya no se edite en papel), resume el “memento mori” como una práctica simbólica y meditativa que recuerda la mortalidad y el carácter transitorio de los placeres terrenales; las palabras que conforman este color; “caput mortuum”, aunque proviene de otro campo, conversa con la misma familia de ideas, se refieren ambas ideas a lo que queda cuando la transformación terminó. El residuo sedoso de lo que perdura para evitar el olvido.

Y ahí está la primera gran ironía, ese residuo, lo vencido, lo que parecía perdido, terminó convirtiéndose en uno de los tonos más sofisticados de la pintura occidental. Me conmueve esa paradoja, porque los humanos somos exactamente eso, una especie empeñada en embellecer sus devastaciones.

Durante siglos, Europa desarrolló un gusto serio, sistemático y hasta elegante por recordar que todo termina. A eso se le llamó “memento mori”, en español “recuerda que morirás”. No era un berrinche oscuro ni un accesorio gótico para gente deprimida; era una disciplina de lucidez. “La vanitas” barroca (estilo pictórico de época), sobre todo la holandesa del siglo XVII, puso ese recordatorio sobre una mesa; literalmente las pinturas donde podíamos apreciar cráneos, flores cortadas, relojes de arena, velas agotadas, copas, instrumentos musicales, pompas de jabón; “la vanitas” lleva un mensaje sobre la fugacidad de la vida, la muerte, lo efímero.

Para ejemplificar recomiendo buscar la pintura “Allegory of Vanity” o “Vanitas”, del pintor español Antonio de Pereda (siglo XVII). Y en general recomiendo la siguiente página para admirar este estilo pictórico. https://sobrehistoria.com/vanitas-arte/

Lee: Sonidos que febrero silenció

El Metropolitan Museum describe estas naturalezas muertas como imágenes donde el cráneo, las flores cortadas o el humo evocan la brevedad de la vida; La enciclopedia “Britannica” añade que “la vanitas” simboliza la inevitabilidad de la muerte y la transitoriedad de los logros y placeres mundanos.

Dicho con menos catecismo y más calle, “la vanitas” venía a decirte que sí, que el laúd suena precioso, que el vino alegra, que la rosa seduce, que la joya deslumbra, que la juventud se cree eterna… pero todo eso va en camino a pudrirse, hermoso mensaje para decorar la sala… Y, sin embargo, qué razón tenían. Porque el “memento mori” no vino a cancelar la vida, vino a darle urgencia. Si todo se acaba, entonces sí importa cómo se ama, cómo se mira, cómo se canta, cómo se toca a alguien, cómo se deja una mesa después de la fiesta y cómo se aprende a mirar los restos. Quizá por eso el “caput mortuum” me parece no sólo un color, sino una filosofía. El tono del después, el color de lo que queda cuando la combustión emocional, química o amorosa ya pasó y todavía hay algo latiendo en el fondo del recipiente.

Parte de la leyenda de ese color roza además una zona deliciosa, ¡mmmh! y un poco espantosa de la historia europea, “la vieja mumia”. Durante siglos circuló en boticas un remedio elaborado con restos de momias pulverizadas; se recomendaba para una cantidad exagerada de dolencias, desde hemorragias hasta dolores de cabeza.

Una tradición antigua que ha cambiado pero desde otra óptica se sigue practicando, la tradición de convertir al muerto en sustancia utilitaria, primero médica y luego cromática en el caso del color que desató este guijarro. Pero no deja de ser una escena muy humana; fracasar en la cura, pero triunfar en la decoración. Y así podemos pensar cómo médicos antiguos jugaron con injertos, hasta lograr verdadera tecnología médica y cosmética, como la cirugía plástica.

Imaginemos una escena: Un europeo del Medioevo entra a la botica, le duele el cuerpo, el alma o la fortuna, y sale con polvo de momia. Después, otro hombre, abre una caja de pigmentos y toma un rojo pardo para pintar una mejilla, una túnica, la sombra de un santo, la fatiga de un rey. El primero quería sobrevivir. El segundo, inmortalizar. Entre ambos, el muerto seguía trabajando.

Y como me ando poniendo en modo “memento mori”, se me antoja escuchar a Mecano, con la canción “No es serio este cementerio”, de José María Cano, lanzada en 1986 en el disco “Entre el cielo y el suelo”.

Color como conciencia

Los grandes pintores entendieron muy pronto el poder de esos tonos graves. Rembrandt supo que la carne no se pinta como fruta fresca, sino como materia vulnerable, ya tocada por el tiempo. Velázquez hizo respirar la piel desde la sombra. Y mucho después Francis Bacon (Dublín, 28 de octubre de 1909-Madrid, 28 de abril de 1992), pintor británico de estilo figurativo idiosincrásico que convertiría esa misma familia cromática en una carnicería metafísica, donde el cuerpo parece discutir con su propia desaparición. El rojo no como ornamento, sino como conciencia. Porque el arte sabe algo que el maquillaje no siempre admite: La carne hermosa ya trae dentro la noticia de su ruina.

Ahora bien, si el barroco puso a la muerte sobre la mesa, en la Inglaterra victoriana decidieron bordarle un estuche. Ahí el duelo no era un sentimiento privado solamente. Era también un lenguaje material, un repertorio de gestos, normas, objetos y textiles. La ropa, el luto, la etiqueta, las cartas, los retratos, los broches, las reliquias: todo estaba dispuesto para que la ausencia no quedara sin forma. Y entre esas formas una de las más fascinantes —y hoy una de las más injustamente simplificadas— fue la joyería hecha con cabello humano. Por si tienen la curiosidad del estilo, les dejo esta página para que puedan ver un poco más.

https://www.galantiqua.com/joyeria-funebre-la-moda-del-duelo/

Antiguo guardapelo victoriano con un mechón del fallecido, fotografía tomada de la página galantiqua.com
Antiguo guardapelo victoriano con un mechón del fallecido. AMEXI/ Foto: galantiqua.com

Sí, están leyendo bien, de cabello humano. El que pudiera darnos ternura si aparece en un cepillo de tu bebé, asco si sale en la coladera y espanto si alguien decide enmarcarlo. Pero el cabello tiene una ventaja incomparable para el duelo; sobrevive. Es una de las partes del cuerpo que más resiste la desaparición, por eso, en la cultura victoriana, podía trenzarse en anillos, broches, medallones o coronas conmemorativas. No era extravagancia gratuita; era una forma de portar la memoria, de tocarla, de llevarla al pecho sin necesidad de invocar al espíritu con una mesa giratoria. En la actualidad hay personas que convierten las cenizas de sus seres queridos en diamante o las vierten dentro de joyería acrílica con naturaleza muerta y lo portan al cuello.

La fotografía “post mortem”, además, vino a reforzar esa lógica del recuerdo material. Mi abuela guardaba las fotografías de sus hermanas muertas en los albores del siglo XX, Marciana y María (6 y 9 años) que murieron por “cursos” según decía la bisabuela Flor, que hubiera cumplido años el día de ayer, 14 de Marzo. Eso de que murieron por “cursos” se refiere a la epidemia de cólera post revolución y previo a la Guerra Cristera, aunque dicen que María murió por susto, pero también le dieron “cursos”. Cuando alguien enfermaba del estómago y tenía diarrea, según la usanza antigua, decían que estaban con cursos o cursientas, disculpen queridos lectores mi recuerdo, pero como decía Poe: “el pasado, un guijarro en mi zapato”.

El Getty Research Institute, organismo cultural y de investigación en arte muy reconocido de Estados Unidos, explica que a mediados del siglo XIX se volvió común usar el nuevo medio fotográfico para crear un “memento mori”, es decir, un recuerdo de la persona muerta. Leído fuera del sensacionalismo contemporáneo, el retrato “post mortem” victoriano no era un capricho macabro, sino una resistencia al olvido; para muchas familias, era la última —o incluso la única— imagen posible del ser querido. No me parece raro, me parece devastadoramente lógico. Incluso a principios de los años noventa, un colectivo de arte mexicano llamado SEMEFO (acrónimo que proviene de Servicio Médico Forense), denunciaba con arte conductas sociales y políticas, con el fin de impactar, generar una impresión en la mente del espectador, integrado por Teresa Margolles, Arturo Angulo Gallardo, Juan Luis García Zavaleta y Carlos López Orozco. El grupo estuvo conformado por artistas provenientes de distintas disciplinas: artes visuales, música, teatro, filosofía e incluso miembros involucrados en trabajos de necropsias.

Según la página https://archivochurubusco.encrym.edu.mx/n3letras2.html, “ese mismo año el grupo de performance comenzó a frecuentar un sanatorio abandonado llamado La Foresta, e hicieron del lugar un sitio ideal para ensayar su música. En ese lugar realizaron sus primeras experimentaciones y extrajeron material de trabajo, desde expedientes de los pacientes del psiquiátrico, hasta vestuario empleado en el manicomio. La intención era proporcionar elementos que les permitieran expresar singularmente sus deseos artísticos y cuyo resultado fuera grabado en video”.

Pero volviendo a la joyería victoriana con cabello, podemos recordar el brazalete asociado a Emily Brontë, tejido con cabello de sus hermanas muertas, Charlotte y Anne, y la forma en que esa joyería memorial volvió a encender la imaginación contemporánea durante la gira promocional de “Wuthering Heights” 2026 (“Cumbres Borrascosas“) a finales de enero. El dato no es menor: convierte el duelo en diseño, y la memoria en una forma visible de textura. Emily Brontë publicó “Cumbres Borrascosas” en 1847, y desde entonces la novela no ha dejado de ser una máquina de producir interpretaciones, escándalo, fascinación y fantasmas. “Britannica” recuerda que la obra ha conocido numerosas adaptaciones, entre ellas la célebre película de William Wyler de 1939; “Abismos de pasión” (1954, México), dirigida por Luis Buñuel; “Hurlevent” (1985, Francia), de Jacques Rivette; “Wuthering Heights” (1992), dirigida por Peter Kosminsky; “Wuthering Heights” (2011), dirigida por Andrea Arnold, y la versión de 2026 dirigida por Emerald Fennell; además, el influjo de la novela llegó a la música popular con “Wuthering Heights”, el debut de Kate Bush en 1978, inspirada directamente en los personajes de Emily Brontë, por cierto dejo por aquí la liga a esa canción.

Pero reducir “Cumbres Borrascosas” a “una gran historia de amor” sería como llamar “clima variado” a un huracán. Heathcliff y Catherine no se aman con esa moderación higiénica que tanto tranquiliza a los terapeutas de Instagram. Lo suyo no es una relación, es una perturbación atmosférica. Un vínculo sin urbanidad, una obsesión que no distingue del todo entre deseo, posesión, furia, hambre de fusión y vocación de catástrofe. Emily Brontë entendió algo tremendo; hay “amores” que no buscan salvarse, sino incendiarse juntos. Y por eso la novela conversa tan bien con el “memento mori”; algo que insiste, lo que no se resigna a obedecer la frontera entre vida y muerte. El páramo no es un escenario, es un estado del alma cuando el deseo ya se mezcló con la intemperie.

Tal vez por eso la nueva adaptación cinematográfica encontró un eco tan fértil en la moda. La película oficial de Warner Bros., escrita y dirigida por Emerald Fennell, tuvo su estreno en salas el 13 de febrero de 2026, con premiere mundial a finales de enero. Durante la promoción, Margot Robbie y su diseñador Andrew Mukamal, empujaron el llamado “method dressing”, hacia una zona abiertamente gótica y romántica en Londres, pues Margot apareció con un look que evocaba las trenzas de cabello de la joyería memorial victoriana; Vogue UK, señaló incluso la referencia explícita a una réplica del brazalete ligado a Emily Brontë.

Foto tomada de la red Margot Robbie en el estreno de Cumbres Borrascosas
Foto tomada de la red de Margot Robbie en el estreno de Cumbres Borrascosas

Y ahí ocurrió algo muy interesante, la alfombra roja dejó de ser puro escaparate y se convirtió en una especie de “vanitas” contemporánea. Memoria como adorno. Duelo como diseño. En ese sentido, sí; la película viene al caso y conviene verla, no sólo por el morbo cultural de revisar qué hizo Emerald Fennell, con semejante volcán literario, sino porque su campaña pública entendió que el gótico no es un filtro oscuro, sino una conversación con la persistencia de los muertos. Y si vamos a hablar de persistencia, entonces conviene admitir que los humanos no sólo tenemos una relación solemne con la muerte, también tenemos una relación jocosa, insolente y hasta erótica con ella. En francés le llaman la “petite mort”. Aquí podríamos decirle sin tantísimo encaje, la muerte chiquita. La expresión se usa para nombrar el instante posterior al orgasmo, ese segundo en el que el yo parece desaparecer, el cuerpo queda suspendido y el mundo se contrae hasta volverse respiración, temblor y silencio. Me fascina que el lenguaje haya elegido una metáfora mortuoria para el placer extremo, en todo clímax hay algo de extinción, una pérdida breve del control; una miniatura de abismo. Un apagón luminoso. Y aprovecho para dejar esta canción de Café Tacvba, “La Muerte Chiquita”

No sólo se muere uno cuando se muere, también se muere un poco al terminar una canción que nos sostenía, al salir del teatro sin luz en el escenario, al decir adiós en una estación, al cerrar la puerta después de una visita esperada, al terminar una fiesta buena, al oír el último compás de un bolero, al ver cómo alguien se aleja sin girarse. Hay pequeñas muertes que no son tragedia, pero sí pérdida. Y por eso merecen lenguaje.

México, en esto, ha sido infinitamente más astuto que la solemnidad europea. Europa medita sobre la muerte, México conversa con la muerte. Donde Europa pone el cráneo sobre una mesa con reloj y vela, nosotros le ponemos sombrero, pluma, rebozo y versos burlones. José Guadalupe Posada Aguilar convirtió a la muerte en personaje social. “La Catrina” no es sólo un emblema funerario; es una bofetada a la vanidad de los vivos. El Día de Muertos, además, hace una operación cultural todavía más refinada, no niega la pérdida, pero se niega a entregarle todo el escenario, le comparte el pan, la flor, la memoria, la cocina y la risa.

Por eso me gusta pensar el “caput mortuum” también en clave mexicana. No sólo como el color del residuo alquímico, sino como el rojo de todo lo que quedó después de que la vida hizo de las suyas. El tono del amor que ardió y dejó ceniza fértil, el color del objeto heredado, del cuarto intacto, del vestido que ya no se pone nadie, del papelito guardado en una cartera, del mechón en un sobre, de la voz en una grabación que uno no borra porque borrarla sería colaborar con el olvido.

Porque no nos hagamos los finos; a los humanos nos encanta embellecer nuestra catástrofe, le ponemos amatistas al duelo, le ponemos francés al orgasmo, le ponemos oro al relicario, le ponemos marcos a los muertos. Le ponemos playlist al abandono. Le ponemos perfume a la carta de despedida. Le ponemos columnas a lo que todavía no acabamos de entender. Somos una especie brillantemente ridícula en el arte de convertir la pérdida en estilo.

Por eso pienso en ciertas canciones mientras escribo todo esto. “Wuthering Heights” de Kate Bush, por supuesto, porque convierte el fantasma en melodía de umbral. “Death Letter” de Son House, porque el blues sabe que el duelo es una noticia corporal. “Ain’t No Grave” en la voz de Johnny Cash, porque hasta llegar a la tumba puede sonar a desafío. “Higgs Boson Blues” de Nick Cave, porque escribe como si cada balada llevara tierra húmeda en los bolsillos. No son acompañamiento ornamental; son la banda sonora natural de una humanidad que sigue negociando con la finitud a través del arte.

“Memento mori”, recuerda que morirás; “muerte chiquita”, recuerda que incluso el placer tiene forma de desaparición breve; “caput mortuum”, recuerda que del resto puede salir belleza.

Al final, quizás el arte exista para eso, para pintar, fotografiar y peinar a la muerte antes de que entre a escena. Y aún así la muerte seguirá enfrentando una dificultad muy humana, muy irritante y muy hermosa; nunca logra quedarse con la última palabra.

Y me despido, querido lector, con esta canción, nos leemos en otro “Distante instante”. Los dejo con esta canción de Rockdrigo González.

Etiquetas: colorMaquillajememento morimuertemuerte chiquitaPortada 1recuerdo
Iris Bringas

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