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Bowie a casi una década

Manjarrock en AMEXI / Por Manjarrez

Manjarrez Por Manjarrez
11 de enero de 2026
En Espectáculos, Manjarock en Amexi, Opinión
David Bowie identidad. AMEXI Dibujo Manjarrez

David Bowie. /AMEXI /Dibujo: Manjarrez.

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 A 

David Bowie no había que buscarlo en el espejo sino en los pasillos, esos donde uno cambia de cara para no llegar nunca al final. Como esa forma que toma el aire cuando se cansa de ser invisible.

Bowie aparecía y desaparecía como los gatos o como las buenas ideas: Ziggy cuando el mundo pedía un extraterrestre, el Delgado Duque cuando la noche necesitaba un aristócrata con ojeras, un Bowie berlinés cuando el silencio empezó a sonar mejor que la guitarra. Nadie sabía dónde terminaba uno y empezaba el otro, y a él le parecía de mala educación explicarlo.

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A veces se sentaba en un café imaginario —París, Berlín o una habitación que no daba a ninguna parte— y escribía canciones como quien deja migas para regresar, aunque nunca volvía por el mismo camino. Cada verso era una puerta falsa, cada acorde un salto de casilla. Si caías, no era culpa del juego sino de tus zapatos.

Uno lo miraba cambiar de piel con esa atención distraída que tienen los que entienden sin entender. “No se estaba disfrazando”, “se estaba buscando en plural”.

Una noche, cuando el público creyó haberlo atrapado por fin —esa canción, ese peinado, esa época—, Bowie ya estaba en otra parte, afinando una voz que todavía no tenía nombre. Se fue sin despedirse, como hacen los personajes que no quieren convertirse en estatua.

Y tal vez por eso sigue ahí, saltando casillas, sonando distinto cada vez que alguien cree reconocerlo. Porque Bowie, como Rayuela, no se lee en orden: se vive a trompicones, se escucha con dudas, se recuerda mal. Y en ese error precioso, cambia otra vez.

En Berlín el invierno no empezaba nunca: ya estaba ahí, instalado en los huesos, pagando renta. Bowie alquilaba habitaciones como quien alquila identidades por temporadas cortas. Iggy roncaba en la pieza de al lado, un ronquido animal, casi político, como si el muro pasara por su garganta.

La ciudad no preguntaba nombres. Preguntaba dosis.

Bowie caminaba de noche para no encontrarse consigo mismo. Kreuzberg era un lugar donde el piso estaba lleno de agujeros invisibles por donde se iba la gente que no supo cambiar a tiempo.

A veces Iggy aparecía en la cocina con los ojos abiertos, pero sin nadie adentro. “Hoy no me rompí”, decía, que en Berlín era una forma de decir buenos días. Bowie asentía y ponía café como quien pone un disco: con fe supersticiosa.

La música empezó a adelgazar. Se le cayeron las palabras sobrantes, los trajes imposibles, los extraterrestres simpáticos. Quedó el hueso del sonido, una nota sostenida que parecía venir de otra habitación, tal vez de otro cuerpo. Bowie la seguía como un perro sediento seguía los charcos.

Había tardes en que el muro se colaba por la ventana. No el muro político, sino el otro, el interno, ese que separa al que fuiste del que todavía no aprendiste a ser. Bowie escribía de espaldas al espejo para no tentarse. Sabía que mirarse demasiado era una recaída elegante.

En el departamento todo era compartido: platos, silencio, miedo. Iggy se caía y se levantaba como un experimento fallido que insiste. Bowie observaba y tomaba nota mental, no para salvarlo sino para entender hasta dónde se puede estar roto sin dejar de funcionar.

Las canciones salían raras, como escritas por alguien que escuchaba desde abajo del agua. Nadie iba a bailarlas bien. Perfecto. No eran para moverse sino para quedarse quieto, que es más difícil.

Una madrugada Bowie entendió que ya no necesitaba huir: había llegado al centro del laberinto y era habitable. Berlín no lo curó, pero le enseñó a respirar sin aplausos. Que es otra forma de arte.

Cuando se fue, dejó la habitación limpia. Iggy durmiendo. Un sonido largo flotando en el aire, esperando a que alguien lo escuchara mal.

Porque ahí estaba la clave: en equivocarse de Bowie. En no reconocerlo. En oír ese disco frío y sentir que algo, sin explicación, se acomoda un poco.

Nueva York ya no gritaba. O Bowie había aprendido a escuchar por debajo. Vivía alto, no por soberbia sino por distancia: desde ahí la ciudad parecía un mecanismo delicado, un reloj con insomnio. No salía mucho. Caminaba lo justo para comprobar que seguía siendo real.

El cuerpo empezó a hablar en clave. No decía “dolor”, decía “orden”. No decía “final”, decía “tiempo exacto”. Bowie entendió sin dramatizar, como quien reconoce una melodía que ya estaba escrita y sólo faltaba tocarla bien.

En el departamento no había espejos traicioneros. Había cuadernos. Dibujos. Fragmentos. Canciones que no querían gustar sino quedar. Escribía como Cortázar habría escrito al final: sin saltar, pero mirando el vacío entre las frases.

Nueva York era otro tipo de mujer, una que ya no se perdía, sino que observaba. Le enseñó a quedarse. A no cambiar de piel sino de densidad. El camaleón aprendió a volverse piedra luminosa: quieta, pero imposible de ignorar.

A veces Bowie pensaba en Berlín como en una fiebre necesaria, y en Londres como en una infancia demasiado brillante. Nueva York era el punto medio: el lugar donde nadie te pide que expliques quién sos. Perfecto para morir un poco todos los días sin que se note.

Las canciones finales salieron con precisión quirúrgica. No había exceso. Cada sonido sabía para qué estaba ahí y cuándo irse. Bowie dejó marcas como quien deja pistas falsas: símbolos, gestos mínimos, una venda, una estrella negra. No para ser entendido, sino para ser seguido por los que saben leer sin manual.

El día que terminó de grabar, sonrió. No fue felicidad: fue cierre sin ruido.

Después se fue sin irse. Nueva York siguió funcionando. Los discos empezaron a decir cosas nuevas. Bowie no volvió a cambiar: se quedó en todas las versiones a la vez, quieto por primera vez, moviéndose en los demás.

Porque hay artistas que mueren.
Y otros que aprenden a no estar.


Lee también: “El vuelo final de Mildred”

Etiquetas: BerlínBlackstarcamaleón del rockcolumna de autorculturaDavid Bowiemúsicamutación artísticaNueva YorkPortada 1ustZiggy Stard
Manjarrez

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