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El duelo silencioso: violencia, guerra y la instrucción del acostumbramiento (Opinión)

Cuando un país deja de llorar en voz alta, no se vuelve fuerte: se vuelve frágil. Y entonces el dolor ya no es sólo una herida: es un hábito.

Boris Berenzon Gorn Por Boris Berenzon Gorn
27 de enero de 2026
En Opinión, Rizando el Rizo
El duelo silencioso: violencia, guerra y la instrucción del acostumbramiento. Opinión, Rizando el Rizo, Boris Berenzon Gorn. AMEXI/ FOTO/ Escultura Mujer Raíces - Imagen gratis en Pixabay

El duelo silencioso: violencia, guerra y la instrucción del acostumbramiento. Opinión, Rizando el Rizo, Boris Berenzon Gorn. AMEXI/ FOTO/ Escultura Mujer Raíces - Imagen gratis en Pixabay

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Hay dolores que no hacen ruido porque ya aprendieron a vivir con nosotros.

 

Hay épocas históricas en las que el duelo irrumpe como un acontecimiento —un golpe, una fecha, un nombre propio— y otras en las que el duelo se disuelve en la atmósfera, como un gas sin olor que anestesia sin anunciarse.

Nuestra época pertenece a esta segunda categoría. El aumento sostenido de la violencia y la sombra persistente —cada vez menos metafórica— de la guerra no producen únicamente muertos, desplazados o fronteras en disputa: producen una forma histórica de sensibilidad, una pedagogía afectiva que enseña a seguir viviendo sin tiempo para llorar.

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El duelo ya no llega como interrupción, sino como continuidad. No se presenta como excepción, sino como paisaje. Y cuando el dolor se vuelve paisaje, ocurre algo inquietante: deja de convocar palabras. El duelo se vuelve silencioso no porque no exista, sino porque ya no encuentra lugar donde decirse.

  1. Del duelo como trabajo al duelo como clima

Freud pensó el duelo como un trabajo psíquico exigente: una tarea lenta, desgastante, en la que el sujeto debe aceptar —contra toda resistencia del deseo— que aquello que amaba ya no está.

El duelo, para Freud, no es sentimentalismo: es una confrontación con la realidad. Pero Freud pensaba aún en un mundo donde la pérdida era identificable, donde el objeto perdido tenía contornos relativamente claros.

Nuestra situación es otra. Vivimos en sociedades donde la pérdida se multiplica, se acumula, se normaliza. No hay un objeto perdido: hay series. No hay un duelo: hay oleadas. La violencia produce ausencias en cadena y la guerra —incluso cuando no estalla formalmente— instala la expectativa permanente de una catástrofe posible.

En este contexto, el “trabajo de duelo” se vuelve casi impracticable. No porque las personas sean frívolas o insensibles, sino porque el tiempo psíquico necesario para elaborar una pérdida es sistemáticamente cancelado por la siguiente. El resultado no es la superación, sino la suspensión: un duelo que no se procesa ni se niega, sino que queda flotando, como una herida que no sangra porque ya se acostumbró a doler.

  1. Allouch y la herejía de no cerrar

El psicoanalista  francés Jean Allouch introdujo una incomodidad radical en este escenario. Frente a una cultura que exige “cerrar ciclos”, “sanar rápido” y “volver a la normalidad”, Allouch recuerda algo elemental y subversivo: no todo duelo debe cerrarse. Hay pérdidas que no se sustituyen. Hay ausencias que no se compensan. Hay muertos —personas, casas, países, lenguas— que no “se superan” sin traicionar algo del vínculo que los hacía significativos.

Llamar “erótica” al duelo no es estetizar el dolor, sino reconocer que el deseo no obedece a calendarios administrativos. El duelo, en esta clave, no es limpieza emocional, sino transformación del lazo. Lo perdido no desaparece: cambia de estatuto. Se vuelve memoria activa, insistencia, a veces incluso conflicto interno.

Esta perspectiva resulta crucial en contextos de violencia estructural y guerra latente, donde el sistema empuja a convertir el dolor en residuo. Allouch nos recuerda que acelerar el duelo no es neutral: es una operación política que favorece el olvido, la desresponsabilización y la repetición.

III. México: ritual, muerte y resistencia simbólica

México ofrece un contrapunto cultural decisivo. Prácticas como las asociadas a la llamada “muerte niña” muestran que el duelo no siempre se organiza desde la negación ni desde la solemnidad absoluta.

En esos rituales, la comunidad crea una gramática donde el dolor convive con la imagen, la devoción y la fiesta. No se elimina la pérdida; se la inscribe.

Esto importa hoy no por nostalgia, sino por contraste. La violencia contemporánea destruye no sólo cuerpos, sino rituales. La desaparición forzada, la migración violenta, la muerte sin cuerpo, la guerra mediatizada, rompen los marcos simbólicos que permitían elaborar la ausencia. El duelo queda sin escena.

Cuando no hay rito, el dolor se privatiza. Cuando se privatiza, se vuelve más frágil. Y cuando se vuelve frágil, puede ser administrado por el miedo, la estadística o el espectáculo.

  1. Migrar: el duelo que camina

Hay un duelo que rara vez se reconoce como tal: el de la migración. Migrar no es sólo moverse; es perder sin funeral. Se deja una casa, pero también una versión de uno mismo que sólo podía existir allí. Se deja un país, pero también un conjunto de signos que hacían el mundo legible: el acento, la comida, los gestos, los silencios compartidos.

En contextos de violencia, el duelo migratorio se vuelve más agudo. El tránsito se llena de amenazas y el futuro se construye sobre una pérdida no resuelta. El migrante vive en una temporalidad escindida: está aquí, pero algo esencial quedó allá. El duelo no termina porque el retorno no siempre es posible y el arraigo nuevo no siempre llega.

Este duelo no reconocido produce una forma de cansancio moral que atraviesa generaciones. Hijos que heredan ausencias que no vivieron. Familias que aprenden a vivir con mapas incompletos.

  1. Nuestra modernidad: acostumbrarse como forma de administración

La modernidad tardía ha perfeccionado una enseñanza siniestra: dar lección a acostumbrarse. Acostumbrarse al dolor, a la violencia, al duelo. No como cinismo explícito, sino como técnica de supervivencia. El problema es que la adaptación, cuando se vuelve norma, produce una ética empobrecida: lo intolerable deja de ser intolerable.

Aquí el silencio y el olvido no son fallas individuales, sino efectos estructurales. El duelo silencioso es funcional a un orden donde la indignación resulta costosa y la memoria, incómoda. La guerra, incluso en su forma espectral, refuerza este régimen: convierte la muerte en dato, el sufrimiento en daño colateral, la compasión en estorbo.

  1. El duelo silencioso

El duelo silencioso se parece a una ciudad que sigue funcionando tras un sismo menor: no hay derrumbe visible, pero algo quedó torcido. Las puertas ya no cierran igual. Los relojes avanzan, pero el tiempo interior se quedó atrás.

VII. Decálogo mínimo de salidas posibles

  1. Devolver al duelo su dimensión pública, sin convertirlo en espectáculo.
  2. Nombrar a los ausentes: el nombre es la primera forma de justicia simbólica.
  3. Crear rituales contemporáneos, no para negar el dolor, sino para compartirlo.
  4. Resistir el mandato de “cerrar” rápido: hay duelos que requieren duración.
  5. Cuidar el lenguaje: no aceptar eufemismos que anestesian la violencia.
  6. Reconocer el duelo migratorio como experiencia legítima y estructural.
  7. Fortalecer comunidades como infraestructuras afectivas, no como consignas.
  8. Archivar la memoria desde abajo: testimonios, relatos, huellas.
  9. Pensar el duelo como problema político, no sólo terapéutico.
  10. Sostener la incomodidad: un duelo que incomoda es un duelo vivo.

La violencia quiere que el duelo sea privado.

La guerra quiere que sea irrelevante. Una sociedad que aún aspire a llamarse democrática debería insistir en lo contrario: hacer del duelo una forma de lucidez colectiva. Porque cuando un país deja de llorar en voz alta, no se vuelve fuerte: se vuelve frágil. Y entonces el dolor ya no es sólo una herida: es un hábito.

Lee: Episcopado Mexicano condena violencia en Salamanca e incendio en Catedral de Puebla
Etiquetas: Boris Berenzon Gornduelo silenciosoGuerraopinionPortada 1violencia
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