A la memoria de mis abuelos Salomón y Sonia, Fenia y Salomón
Hay memorias que no aceptan el reposo. No se dejan convertir en pasado concluido ni en pieza de museo. El Holocausto pertenece a esa clase de recuerdos que permanecen abiertos, no porque el tiempo se haya detenido, sino porque su advertencia sigue latiendo. No es un acontecimiento encerrado en la cronología del siglo XX: es una herida que adquirió forma histórica, pero cuya enseñanza —si somos honestos— aún no termina de ser aprendida.
El Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto no está dirigido únicamente a quienes ya no están. Es, ante todo, una interpelación a quienes seguimos aquí. No se trata de un rito para tranquilizar la conciencia histórica, sino de una exigencia moral dirigida al presente. En la perspectiva de los derechos humanos —y con esa sobriedad que sólo admite lo esencial— la ONU lo ha formulado como una tarea diaria: defender nuestra humanidad compartida, cada día. Esa frase tiene algo de mandato y algo de fragilidad: recuerda que lo humano no es un patrimonio garantizado, sino una decisión que se renueva o se pierde.
Recordar el Holocausto implica comprender algo incómodo: el mal no llega con estruendo. No siempre se anuncia con uniformes ni con discursos incendiarios. Se instala gradualmente. Se normaliza. Empieza con palabras que degradan, con bromas que clasifican, con leyes que separan, con silencios que justifican. Primo Levi —sobreviviente y testigo— insistió, con una claridad sin ornamentos, en que el horror fue precedido por una pedagogía de la renuncia: renunciar a sentir, renunciar a pensar, renunciar a llamar “prójimo” a quien el poder decide convertir en “otro”. Dicho de otro modo: antes de la maquinaria hubo consentimiento moral, y antes del crimen hubo un lenguaje que preparó su posibilidad.
La memoria, por eso, no consuela: incomoda. Nos impide refugiarnos en la ficción de que aquello fue obra de seres monstruosos, ajenos a nuestra condición. Hannah Arendt advirtió que uno de los peligros más oscuros del mundo moderno es que lo inhumano se vuelva trámite: la banalidad del mal como rutina, como obediencia que se presenta a sí misma como “normalidad”. El Holocausto no fue sólo un crimen contra el pueblo judío; fue una fractura radical en la idea misma de civilización, una evidencia de que la cultura, la técnica y la organización social no inmunizan contra la barbarie si la conciencia se adormece.
De ahí que la memoria que se limita al homenaje se vuelva insuficiente. Toda conmemoración que no se traduzca en vigilancia ética corre el riesgo de convertirse en escenografía moral: un acto que se mira a sí mismo y se declara satisfecho. Recordar, en serio, es asumir responsabilidad. Significa reconocer que los mecanismos que hicieron posible aquella catástrofe —la deshumanización, el fanatismo identitario, la obediencia sin juicio, la indiferencia administrada— siguen existiendo. No se repiten idénticos; se transforman. Pero su lógica persiste.
La historia enseña que los regímenes de exclusión no comienzan con la muerte extrema, sino con la legitimación de la desigualdad moral. Con la idea de que algunos cuerpos valen menos. Con la ilusión de que la dignidad puede graduarse. Por eso la memoria no es contemplación del pasado: es advertencia sobre el presente. Y aquí conviene decirlo sin rodeos: “Holocausto: jamás lo olvidemos” no puede ser una frase de temporada. Debe funcionar como una alarma interior.
En México, esa conciencia quedó subrayada de forma elocuente durante la conmemoración del Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto en el Senado. Legisladores y familiares de Gilberto Bosques recordaron que este día no debe reducirse a un recuerdo solemne, sino asumirse como una memoria activa para impedir que el odio y la violencia se repitan. No como metáfora histórica, sino como realidad contemporánea: en Palestina, en otros conflictos que se expanden o se silencian, y en el trato cotidiano que reciben las personas migrantes en múltiples fronteras del mundo.
Gilberto Bosques Tistler lo expresó con una precisión ética que no admite evasivas: el régimen nazi no inició con el exterminio como primera escena, sino con la exclusión; con un fanatismo que soñó con superioridades étnicas y con el despojo de la tierra ajena. La violencia final fue la conclusión de una cadena: primero se degradó al otro en el lenguaje, después se le debilitó en la ley, finalmente se le anuló en la vida. Por eso la memoria —insistió— no es sólo recuerdo: es advertencia permanente y responsabilidad activa.
Esa responsabilidad se vuelve aún más urgente —lo señaló el nieto de Gilberto Bosques Saldívar— cuando hoy reaparecen discursos que deshumanizan al otro. Y esa frase, leída con atención, describe con exactitud la textura moral de nuestro tiempo: vivimos en una época que fabrica enemigos con facilidad, que vuelve sospechosa la diferencia, que traduce la complejidad humana en etiquetas rápidas. La deshumanización, hoy, puede vestirse de ideología o de burocracia, pero también de saturación: el exceso de imágenes y opiniones puede terminar por vaciar la capacidad de sentir.
No podemos ignorar que este proceso se manifiesta en conflictos actuales, en guerras que se vuelven paisaje mediático y en el trato cotidiano a las personas migrantes. Cuando el sufrimiento ajeno se relativiza según su origen, cuando la compasión se administra selectivamente, la memoria del Holocausto comienza a debilitarse no en los discursos, sino en las prácticas: en lo que dejamos pasar, en lo que justificamos, en lo que normalizamos.
A esta fragilidad se suma un síntoma inquietante —y profundamente contemporáneo—: la estetización del horror. En el marco de esta conmemoración circularon en redes sociales imágenes generadas por inteligencia artificial que pretendían “representar” el genocidio. Historiadores y ciudadanos advirtieron el peligro: esas representaciones falsas pueden suavizar la violencia, distorsionar los hechos y difundir desinformación, cuando existen fotografías reales que documentan el horror con una crudeza irrefutable. No es un detalle anecdótico: revela una crisis de la memoria histórica. Cuando el pasado se vuelve “contenido”, corre el riesgo de convertirse en consumo; cuando el horror se vuelve simulacro, la conciencia se debilita.
Walter Benjamin advirtió que todo documento de cultura es también un documento de barbarie. Convertir el Holocausto en imagen pulida no sólo falsea la historia: la desarma moralmente. Le quita su aspereza, su capacidad de interrumpir la comodidad. Y una memoria que ya no incomoda es una memoria que empieza a fallar.
Qué no debemos olvidar
- No debemos olvidar que el Holocausto fue posible porque la exclusión se volvió aceptable.
- No debemos olvidar que el odio comenzó como discurso: como chiste, como estereotipo, como sospecha repetida.
- No debemos olvidar que el silencio y la indiferencia fueron aliados del crimen.
- No debemos olvidar que la dignidad humana no admite excepciones ni jerarquías ni permisos.
Y, con la misma seriedad, no debemos olvidar que también existieron gestos luminosos. Hubo quienes eligieron la responsabilidad cuando todo empujaba al miedo; hubo quienes entendieron que la legalidad no equivale necesariamente a la justicia; hubo quienes desobedecieron la inercia moral de la época. Esos actos prueban que la historia no es fatalidad: es decisión.
La herencia de los nietos de migrantes
Aquí la memoria adquiere un tono íntimo y generacional. A quienes somos nietos de migrantes nos atraviesa una conciencia particular de la fragilidad de la pertenencia. Venimos de historias de maletas cerradas con prisa, de idiomas que se mezclan, de documentos insuficientes, de fronteras cruzadas con incertidumbre. Nuestra genealogía nos enseña algo que ningún tratado logra transmitir con igual intensidad: que la estabilidad no está garantizada, que la identidad puede volverse sospecha, que el “extranjero” es una condición que depende del poder de quien nombra.
Somos herederos de la intemperie, pero también de la reconstrucción. Nuestros abuelos no sólo escaparon: volvieron a empezar. Nos legaron la experiencia del desarraigo y, al mismo tiempo, la ética de la hospitalidad. Sabemos que detrás de cada migrante hay un mundo interrumpido. Sabemos que la dignidad no depende de un pasaporte. Sabemos, además, que el odio rara vez se declara odio desde el principio: suele presentarse como “sentido común”, como “seguridad”, como “orden”, como “tradición”. Por eso —porque lo sabemos por transmisión familiar y por conciencia histórica— nuestra relación con la memoria del Holocausto no es abstracta. No es sólo historia universal: es historia que roza la biografía.
Ser nietos de migrantes, en este contexto, no es un dato sentimental: es una responsabilidad política y ética. Porque si una lección central del siglo XX es que la pertenencia puede ser retirada, entonces defender hoy la humanidad del otro es defender la posibilidad de la humanidad para todos. La memoria no nos concede superioridad moral; nos impone coherencia. No se trata de hablar por los otros, sino de impedir que el mundo vuelva a reducirlos a cifra o amenaza.
Memoria, conciencia y porvenir
La memoria auténtica no mira sólo hacia atrás. Vigila el presente y orienta el futuro. Nos recuerda que la civilización no es un estado adquirido, sino una tarea diaria. Que la barbarie no desaparece: se contiene. Que la humanidad compartida no es un lema: es un trabajo.
Por eso, si la ONU nos recuerda que debemos defender nuestra humanidad compartida cada día, el “cada día” es la palabra decisiva: significa que la memoria debe traducirse en prácticas. En un rechazo activo al lenguaje que deshumaniza. En una pedagogía cotidiana que enseñe a reconocer al otro como irreductible. En el cuidado de la verdad histórica frente a su banalización tecnológica. En la defensa de los derechos humanos —sin selectividad— como forma mínima de civilidad.
Que este recuerdo, tan triste para la humanidad, no nos empuje a la desesperanza, sino a la responsabilidad. Ser guardianes de la memoria no significa vivir anclados en el duelo, sino impedir que el duelo se vuelva inútil. Defender la paz y los derechos humanos no es una postura abstracta: es una disciplina.
¿Qué podemos hacer, concretamente, los nietos de los migrantes?
- Cuidar el lenguaje: desmontar el chiste que humilla, la etiqueta que degrada, la consigna que simplifica vidas. El odio empieza casi siempre como una forma de hablar.
- Defender la verdad histórica: no permitir que el genocidio se convierta en estética, ni en simulacro, ni en mercancía emocional. Frente a la desinformación, sostener el rigor: leer, enseñar, documentar.
- Practicar una hospitalidad activa: no como caridad, sino como justicia. El extranjero no es “problema”; es una vida con derechos.
- Ejercer la memoria como ciudadanía: vigilar instituciones, denunciar discriminación, exigir políticas que protejan a los vulnerables.
- Transmitir: contar, una y otra vez, sin grandilocuencia, pero sin cansancio, que la dignidad no tiene pasaporte.
Entonces el “jamás lo olvidemos” deja de ser frase solemne y se vuelve forma de vivir. Y quizá ahí, en esa transformación íntima, la memoria cumple su tarea más alta: no la de recordar para llorar, sino la de recordar para impedir. Para reconocer a tiempo las señales. Para responder antes de que sea tarde.
Porque la memoria verdadera no descansa. Nos acompaña. Nos incomoda. Y nos pregunta —cada día— con una claridad que no admite evasivas: ¿qué estás haciendo, hoy, para defender nuestra humanidad compartida?
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