
El 7 de marzo, durante la VII Sesión Ordinaria del Consejo Nacional de Morena, su presidenta nacional, Luisa María Alcalde Luján, anunció la construcción de una red nacional de activistas digitales integrada por más de cien creadores de contenido. El anuncio se produjo en un contexto de respaldo político a la presidenta Claudia Sheinbaum y en medio de un discurso que insistió en la existencia de un “cerco informativo” contra el movimiento. La propuesta fue presentada como una forma de fortalecer la defensa del proyecto político de la llamada Cuarta Transformación en redes sociales. Más allá de las reacciones inmediatas en redes o de las críticas habituales entre simpatizantes y opositores, el anuncio merece ser analizado con cuidado porque revela una forma específica de entender la disputa política contemporánea: la producción organizada de narrativa en el espacio digital.
La narrativa como estructura política
La declaración de Alcalde introduce un elemento que durante años se mantuvo en un terreno ambiguo dentro de la comunicación política del movimiento. Desde su origen, el obradorismo insistió en que su presencia en redes sociales era fundamentalmente resultado de la participación espontánea de simpatizantes. La idea central consistía en que ciudadanos comunes respondían de manera directa a lo que consideraban campañas de desinformación provenientes de medios tradicionales o de adversarios políticos. La legitimidad de esa presencia digital descansaba en la noción de participación voluntaria y en la convicción de que la conversación pública podía equilibrarse con la intervención directa de los usuarios.
La creación formal de una red de activistas digitales modifica ese planteamiento. En lugar de una dinámica orgánica, se plantea una estructura organizada que reúne a creadores de contenido con una función política explícita. El paso es relevante porque supone reconocer que la disputa narrativa en redes sociales requiere coordinación, estrategia y producción sistemática de contenidos. No se trata únicamente de responder a críticas o de difundir mensajes institucionales; se trata de intervenir de manera permanente en la conversación pública digital.
Este cambio refleja una transformación más amplia en la política contemporánea. Las plataformas digitales se han convertido en espacios centrales para la formación de percepciones sobre gobiernos, partidos y actores públicos. En ese entorno, la capacidad de producir y distribuir contenido de manera constante adquiere un valor estratégico. La creación de una red organizada implica aceptar que la narrativa política ya no depende exclusivamente de conferencias, comunicados o campañas electorales, sino de la circulación continua de mensajes en plataformas que funcionan bajo lógicas algorítmicas.
La militancia digital como aparato ideológico
El anuncio también plantea una cuestión sobre el papel de la militancia en la comunicación política. Tradicionalmente, la militancia partidista se relacionaba con actividades territoriales: organización local, movilización electoral o trabajo comunitario. La expansión de las redes sociales ha introducido una dimensión distinta. Parte de la actividad política se traslada a espacios digitales donde la participación se expresa mediante la producción, difusión y amplificación de contenidos.
Cuando un partido decide organizar de manera formal a creadores de contenido, la militancia digital adquiere un carácter institucional. Ya no se trata únicamente de simpatizantes que opinan en redes sociales, sino de propagandista a sueldo y con respaldo político y financiero que participan en la construcción sistemática de la narrativa del partido. Esa estructura cumple una función ideológica en la medida en que contribuye a definir los marcos interpretativos con los que se discuten los asuntos públicos.
La existencia de una red de activistas digitales no implica necesariamente prácticas ilegales ni constituye por sí misma una irregularidad. Los partidos políticos tienen derecho a difundir sus posiciones y a promover su proyecto político en distintos espacios. Sin embargo, la institucionalización de esa militancia digital modifica la relación entre partido, información y debate público. La producción narrativa deja de ser un fenómeno disperso para convertirse en una actividad organizada, ideológica y políticamente centralizada.
En ese contexto, la pregunta relevante no se limita a la existencia de la red, sino a su funcionamiento. No se conocen públicamente los nombres de los creadores que integran esta estructura ni las condiciones bajo las cuales participan.
Tampoco se ha explicado si existe algún tipo de capacitación, coordinación editorial o lineamientos específicos para la producción de contenidos. La ausencia de información no implica necesariamente irregularidades, pero sí plantea interrogantes sobre la forma en que se articula esta nueva estructura comunicacional.
La política en el ecosistema digital
La decisión anunciada por la dirigencia de Morena debe entenderse también en relación con la evolución del ecosistema informativo. Durante décadas, la formación de la opinión pública dependía en gran medida de medios tradicionales. La expansión de plataformas digitales modificó ese escenario al permitir que actores individuales o colectivos produjeran contenidos con capacidad de alcance masivo. Esa transformación ha generado un entorno donde múltiples narrativas compiten de manera simultánea.
Los partidos políticos han tenido que adaptarse a esa realidad. La creación de redes de comunicación digital, la colaboración con creadores de contenido o la construcción de estrategias específicas para plataformas sociales forman parte de esa adaptación. En ese sentido, la decisión anunciada por Alcalde no constituye una innovación absoluta dentro de la política contemporánea. Diferentes partidos y gobiernos en diversos países han desarrollado estrategias similares para intervenir en la conversación digital.
Lo que resulta relevante en el caso mexicano es la forma en que esta estrategia se presenta dentro del discurso político del propio movimiento. Durante años, el obradorismo criticó con dureza lo que describía como estructuras de propaganda digital vinculadas a gobiernos anteriores o a actores empresariales. En ese contexto, la organización de una red propia de activistas digitales introduce un cambio significativo en la narrativa política del partido.
Este cambio no necesariamente implica una contradicción absoluta, pero sí modifica el marco de interpretación desde el cual se había construido el discurso sobre la comunicación política. El argumento de que las redes sociales funcionaban como un espacio donde la ciudadanía respondía espontáneamente a las narrativas dominantes ya no les funciona, por eso ahora se ve desplazado por una estructura organizada que reconoce la necesidad de producir contenidos de manera sistemática.
Control de la narrativa y poder político
La creación de esta red también puede interpretarse como un reconocimiento del papel que juega la narrativa en el ejercicio del poder. Los gobiernos no solo toman decisiones administrativas o legislativas; también participan en la construcción de relatos que explican y justifican esas decisiones ante la sociedad. En la política contemporánea, la disputa por esos relatos se desarrolla en gran medida en el entorno digital.
Organizar a creadores de contenido implica asumir que la narrativa política requiere una estructura capaz de producir mensajes de manera constante. Esa estructura funciona como un mecanismo para reforzar interpretaciones específicas de los acontecimientos públicos y para responder a críticas o cuestionamientos provenientes de distintos actores.
En ese sentido, la militancia digital organizada se convierte en un componente del aparato ideológico del poder. Su función no se limita a difundir información institucional, sino que participa en la construcción de marcos interpretativos que influyen en la forma en que se discuten los asuntos públicos. Esa función puede ejercerse mediante la explicación de políticas públicas, la defensa de decisiones gubernamentales o la crítica a actores opositores.
El punto central no es la existencia de esa dinámica, que forma parte de la política contemporánea, sino la manera en que se articula con el debate público. La intervención organizada de actores partidistas en redes sociales puede contribuir a enriquecer la discusión política si se basa en argumentos y datos verificables. Sin embargo, también puede contribuir a la polarización si se orienta exclusivamente a la confrontación o a la descalificación. Y ya sabemos cuál es el tipo de narrativa oficialista.
Transparencia y debate público
La discusión sobre la red de activistas digitales anunciada por Morena debería centrarse en la necesidad de transparencia y en la calidad del debate público. Si los partidos políticos consideran que la producción organizada de narrativa digital es una herramienta legítima de acción política, resulta razonable que expliquen cómo funcionan esas estructuras y cuáles son sus objetivos.
La transparencia en este terreno no sólo implica dar a conocer la existencia de una red de creadores, sino también explicar los criterios bajo los cuales se organiza su actividad. La ciudadanía tiene interés en comprender de qué manera los partidos participan en la conversación pública digital, especialmente cuando esas intervenciones pueden influir en la formación de opiniones sobre asuntos de interés colectivo.
El anuncio realizado por la dirigencia de Morena abre una discusión. La política digital continuará expandiéndose y los partidos seguirán explorando formas de intervenir en ese espacio. En ese proceso, la línea que separa información, propaganda y militancia digital seguirá siendo objeto de debate.
La construcción de una red de activistas digitales muestra que la narrativa se ha convertido en un terreno central de la política contemporánea. En ese escenario, los partidos no solo compiten por votos o por posiciones institucionales; también compiten por la capacidad de influir en la manera en que la sociedad interpreta los acontecimientos públicos.
La organización de estructuras dedicadas a esa tarea refleja una transformación profunda en la relación entre comunicación y poder político. No necesariamente para empoderar a la ciudadanía.






