
Hay una escena que se repite todos los días en México y que quizá, por cotidiana, hemos dejado de mirar con atención. Un gobierno habla durante horas desde el poder. Marca la conversación pública. Decide qué importa y qué no importa. Señala enemigos. Produce explicaciones simples para problemas complejos. Divide el país entre buenos y malos. Y, al mismo tiempo, en ese discurso permanente, existe algo que durante años la democracia tradicional dejó de ofrecer: pertenencia, reconocimiento, sentido.
Ése es uno de los signos más importantes de nuestro tiempo
Durante años creímos que la democracia mexicana avanzaba porque había elecciones, organismos autónomos, alternancia política y nuevos equilibrios institucionales. Pensamos que bastaba con perfeccionar las reglas. Que el país se volvería democrático casi por inercia. Pero mientras las instituciones crecían, otra cosa comenzaba a vaciarse lentamente: la confianza pública, el sentido colectivo y la relación emocional entre ciudadanía y democracia.
Quizá por eso el deterioro actual no comenzó realmente con las redes sociales, ni con la inteligencia artificial, ni siquiera con el obradorismo. Todo eso aceleró un proceso previo. Lo que ya existía era un enorme cansancio social frente a una democracia que para millones de personas dejó de significar bienestar, justicia o representación real.
Los signos estaban ahí desde hace tiempo, aunque no quisimos leerlos
La democracia de la transición prometió modernidad, crecimiento, apertura y ciudadanía. Pero también convivió con corrupción, desigualdad obscena, violencia, privilegios intactos y una clase política cada vez más distante del país real. Mucha gente comenzó a sentir que la democracia servía para cambiar gobiernos, pero no para cambiar la vida.
Al perder capacidad de transformar la experiencia cotidiana, la democracia perdió también capacidad de emocionar.
El vacío que dejan las instituciones
Ese vacío fue llenado poco a poco por otra forma de hacer política. Una más emocional, más simple, más confrontativa y mucho más eficaz para producir identidad colectiva.
El populismo entendió algo que las democracias liberales olvidaron: las personas no viven solamente de procedimientos institucionales. También necesitan relatos. Necesitan símbolos. Necesitan sentir que forman parte de algo más grande que ellas mismas.
Buena parte de la vieja política hablaba en lenguaje técnico y administrativo. El nuevo discurso oficial habla en términos morales. Ya no se trata sólo de gobernar, sino de interpretar el país. Explicar quién tenía la culpa de todo. Decirle a la gente quién es el pueblo verdadero y quiénes sus enemigos.
La conferencia mañanera se convirtió así en mucho más que un ejercicio de comunicación gubernamental. Es una fábrica cotidiana de realidades alternas. Un espacio donde el poder no informa: construye sentido.
Otra de las claves para entender lo que vivimos
El problema de fondo no es únicamente que exista propaganda, manipulación o desinformación. Eso siempre ha existido. El problema es que las instituciones democráticas dejaron de producir narrativas capaces de competir emocionalmente con los nuevos discursos autoritarios.
Durante décadas, la democracia fue presentada casi exclusivamente como una cuestión técnica: organismos electorales, cifras económicas, reformas legales, indicadores. Todo eso importa, desde luego. Pero el poder contemporáneo ya no se disputa solamente en el terreno de las leyes. También se disputa en el terreno de las emociones, de los símbolos y de la manera en que las sociedades entienden la realidad.
La democracia se volvió fría y burocrática, el populismo se volvió emocionalmente inteligible.
Los nuevos administradores de la verdad
En Estados Unidos, Europa y América Latina, muchos analistas culpan a las redes sociales de haber destruido la verdad pública. Y es cierto que las plataformas digitales aceleraron la polarización, multiplicaron la desinformación y transformaron radicalmente el ecosistema mediático. Pero atribuirles toda la culpa resulta demasiado cómodo.
Las redes no inventaron el resentimiento social, ni el nacionalismo, ni la propaganda política. Lo que hicieron fue amplificar dinámicas que ya estaban presentes en sociedades profundamente fracturadas.
México, un caso ejemplar
El actual régimen entendió perfectamente cómo usar las plataformas digitales, pero sobre todo entendió algo más importante: cómo convertir el enojo social en legitimidad política. Cómo transformar agravios históricos en identidad colectiva. Cómo presentar cualquier crítica como un ataque al pueblo mismo. Eso explica por qué el deterioro democrático puede avanzar incluso con altos niveles de aprobación popular.
Los nuevos autoritarismos no se presentan como dictaduras. Se presentan como reivindicación moral. Como justicia histórica. Como voz auténtica de los olvidados. Ésa es una de las transformaciones políticas más importantes del siglo XXI.
Los regímenes iliberales contemporáneos ya no necesitan cancelar elecciones para debilitar la democracia. Les basta con erosionar lentamente la confianza en todo aquello que limita el poder: prensa crítica, órganos autónomos, jueces, universidades, especialistas, organizaciones civiles, estadísticas incómodas o cualquier espacio independiente de producción de verdad pública.
No destruyen necesariamente las instituciones de un solo golpe. Las desgastan. Las desacreditan. Las vuelven sospechosas ante la ciudadanía. Y así, el poder político comienza a ocupar también el lugar de árbitro de la realidad.
Los hechos y los sentidos
La crisis no consiste solamente en que existan mentiras o noticias falsas. La verdadera crisis aparece cuando las sociedades dejan de compartir una idea común de realidad. Ése es uno de los grandes signos de nuestro tiempo. Los hechos siguen existiendo, pero cada grupo los interpreta dentro de universos emocionales distintos. La política ya no organiza únicamente preferencias ideológicas; organiza percepciones completas de la realidad.
Por eso hoy vemos discusiones públicas donde ya no importa demostrar algo, sino reafirmar pertenencias. La verdad se vuelve tribal. Los datos dejan de convencer. Las emociones pesan más que la evidencia.
En ese contexto, la democracia enfrenta un problema enorme: necesita ciudadanos capaces de convivir con la complejidad, con el desacuerdo y con la pluralidad. Pero los nuevos discursos autoritarios ofrecen algo mucho más sencillo y emocionalmente seductor: certezas rápidas, enemigos claros y explicaciones absolutas. Ahí reside buena parte de su fuerza.
Sin embargo, sería un error responder a esto despreciando la técnica, la ciencia o el conocimiento especializado. De hecho, ocurre exactamente lo contrario. En una época atravesada por inteligencia artificial, manipulación algorítmica y propaganda digital industrializada, necesitaremos instituciones mucho más sólidas, más preparadas técnicamente y más comprometidas con la verdad factual. Necesitaremos periodismo serio, datos verificables, sistemas de transparencia robustos y capacidades públicas más sofisticadas.
Imaginar otra democracia
Tal vez necesitamos comenzar una discusión más importante hacia adelante. Porque si algún día México logra salir de este ciclo de concentración política, deterioro institucional y polarización permanente, difícilmente volverá a la democracia que conocimos. Entre otras cosas porque esa democracia ya venía profundamente desgastada desde antes.
No basta con hablar de restaurar instituciones o regresar al pasado. Mucha gente dejó de sentirse representada mucho antes de la llegada del actual régimen. El problema no empezó únicamente con el populismo; el populismo fue también síntoma del vacío previo.
Por eso quizá la tarea histórica de las próximas décadas no sea reconstruir la vieja democracia mexicana, sino imaginar una nueva. Una democracia capaz de defender los hechos sin renunciar a las emociones. Capaz de sostener instituciones fuertes sin volverse distante. Capaz de hablarle a las personas no sólo como votantes o consumidores, sino como ciudadanos que necesitan dignidad, reconocimiento y horizonte colectivo. Porque una democracia emocionalmente vacía termina siendo reemplazada por relatos más simples y más autoritarios.
Durante demasiado tiempo dejamos que los discursos antidemocráticos monopolizaran el lenguaje de la identidad, la comunidad y la esperanza. Mientras tanto, la democracia quedó atrapada en un lenguaje técnico que muchas veces parecía incapaz de explicar la vida cotidiana de las personas.
Y sin embargo, la democracia sigue teniendo algo que ningún autoritarismo puede ofrecer plenamente: la posibilidad de convivir sin exterminar al adversario. La posibilidad de corregirse. La posibilidad de disentir sin convertir al otro en enemigo absoluto.
Eso también necesita ser narrado. Porque las democracias no sobreviven únicamente gracias a sus leyes. Sobreviven cuando las sociedades sienten que vale la pena defenderlas.
El futuro todavía no está escrito
Quizá por eso el momento actual sea tan peligroso y al mismo tiempo tan decisivo. Estamos viendo el agotamiento de un modelo político y comunicacional que ya no logra sostener consensos básicos de realidad compartida. Las instituciones se debilitan. Los discursos se radicalizan. La conversación pública se fragmenta.
Pero en medio de esa inestabilidad también aparece una oportunidad histórica: la de volver a pensar qué tipo de democracia necesita realmente este país. No una democracia ornamental, útil sólo para legitimar élites o administrar inercias. Tampoco una democracia reducida al espectáculo emocional permanente. Sino una democracia capaz de combinar verdad, técnica, pluralidad, cercanía social y sentido colectivo.
Tal vez ése sea el desafío central de nuestro tiempo. Volver a imaginar la democracia antes de que el autoritarismo termine de imaginar el país por nosotros.
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