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La risa del Titanic…

Rizando el Rizo / Columna de Boris Berenzon Gorn

Boris Berenzon Gorn Por Boris Berenzon Gorn
19 de mayo de 2026
En Opinión, Rizando el Rizo
Slavoj Žižek. El 11 de septiembre de 2001, tragedia simbólica que fracturó el imaginario occidental.

El 11 de septiembre de 2001, tragedia simbólica que fracturó el imaginario occidental. AMEXI/Foto: Boris Berenzon

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Boris Berenzon Gorn
Boris Berenzon Gorn
“Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo…”
— Boris Berenzon Gorn

 E n medio de esa feria luminosa apareció hace años un filósofo esloveno despeinado, nervioso, excesivo, capaz de citar a Hegel, a Hitchcock, a Marx, a Lacan y a un chiste vulgar balcánico en la misma respiración: Slavoj Žižek. Su libro Primero como tragedia, después como farsa no fue solamente una interpretación de la crisis financiera de 2008. Fue una radiografía cultural del siglo XXI. Una autopsia feroz de un sistema que parece sobrevivir incluso a sus propias ruinas.

La frase del título proviene de Karl Marx, quien corregía a Georg Wilhelm Friedrich Hegel recordando que la historia ocurre dos veces: primero como tragedia y luego como farsa. Žižek toma esa sentencia y la arroja sobre nuestro tiempo como quien lanza ácido sobre una fotografía familiar demasiado perfecta. El 11 de septiembre de 2001 fue la tragedia simbólica que fracturó el imaginario occidental. La crisis financiera de 2008 apareció después como la farsa obscena donde los grandes sacerdotes del libre mercado corrieron desesperados hacia el Estado para pedir rescates multimillonarios.

La escena rozaba el esperpento. Durante décadas se repitió que el Estado era torpe, pesado, una reliquia paternalista incapaz de competir con la eficiencia luminosa del mercado. Llegó el colapso financiero y los bancos comenzaron a tocar la puerta gubernamental con la desesperación emocional de aristócratas arruinados en bata de seda. El neoliberalismo descubrió entonces una verdad conmovedora: el libre mercado ama la libertad siempre y cuando alguien pague la cuenta cuando todo explota.

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Slavoj Žižek. Administrando el cinismo.
Slavoj Žižek. Ideología contemporánea: administrando el cinismo. AMEXI/Foto: Boris Berenzon

Žižek vio allí algo decisivo. La ideología contemporánea ya no funciona ocultando la realidad. Funciona administrando el cinismo. Ese es uno de los núcleos más perturbadores de su pensamiento. Antes la ideología necesitaba creyentes apasionados. Hoy basta con sujetos que continúen participando, aunque sepan perfectamente que algo es absurdo. El ciudadano contemporáneo sospecha que muchos discursos políticos son coreografías vacías, entiende que la publicidad fabrica necesidades artificiales, reconoce que las redes sociales manipulan emociones, intuye que los influencers sonríen como empleados afectivos de una gigantesca fábrica digital. Igual sigue deslizando el dedo sobre la pantalla como un monje medieval rezando frente a un altar luminoso.

Ahí aparece la herencia lacaniana de Slavoj Žižek. La ideología no opera únicamente en el nivel racional; opera en el deseo. El sujeto no sólo cree: también goza. El capitalismo contemporáneo comprendió que el placer puede transformarse en mecanismo de obediencia mucho más eficaz que el miedo. Ya no hace falta imponer disciplina brutal cuando millones de personas se autoexplotan creyéndose emprendedores de sí mismos.

El viejo obrero industrial terminaba exhausto por culpa del patrón. El sujeto digital termina exhausto intentando optimizarse permanentemente. Mejora el cuerpo, la productividad, el sueño, la espiritualidad, la dieta, la presencia en redes, la inteligencia emocional, el rendimiento sexual, la cantidad de pasos diarios y hasta la fotografía del desayuno artesanal tomada desde arriba para Instagram. El capitalismo tardío logró una hazaña extraordinaria: convertir la neurosis en estilo de vida aspiracional.

Cada época inventa su forma elegante de servidumbre. Roma tenía gladiadores. El siglo XIX tenía fábricas. Nosotros tenemos tutoriales motivacionales de treinta segundos narrados por hombres que sonríen demasiado. Nunca hubo tanta retórica sobre autenticidad y jamás existieron tantas personas actuando para una audiencia invisible. El desayuno se fotografía antes de comerse. El viaje existe después de subirse a redes sociales. La indignación política dura menos que una historia efímera. El narcisismo encontró infraestructura tecnológica.

Žižek comprendió antes que muchos intelectuales que el capitalismo posee una capacidad camaleónica extraordinaria: puede absorber incluso las críticas dirigidas contra él. La rebeldía se volvió mercancía. La revolución terminó convertida en estética publicitaria. Las grandes corporaciones hablan hoy el idioma de la diversidad, la sustentabilidad, el bienestar emocional y la empatía organizacional mientras continúan reproduciendo formas brutales de desigualdad planetaria.

El sistema descubrió algo fascinante: la culpa también vende

El consumidor contemporáneo puede comprar café orgánico para sentirse moralmente correcto mientras trabajadores invisibles sostienen cadenas gigantescas de explotación. Puede usar camisetas con consignas revolucionarias producidas en maquilas miserables. Puede indignarse frente al cambio climático desde un teléfono ensamblado con minerales extraídos bajo condiciones inhumanas. El capitalismo no elimina contradicciones; las convierte en experiencias de consumo emocional.

Por eso Slavoj Žižek resulta tan incómodo. Su filosofía se parece a un payaso que entra en una cena elegante y señala aquello que todos intentaban ignorar. Su escritura mezcla teoría marxista, psicoanálisis lacaniano, cultura popular, cine hollywoodense, humor vulgar y referencias filosóficas extremas. La polémica forma parte de su estrategia intelectual. Žižek piensa a martillazos irónicos porque entiende que el humor puede revelar zonas que el discurso solemne jamás alcanza.

Su crítica adquiere hoy una potencia inquietante. Basta mirar el paisaje contemporáneo. Gobiernos convertidos en plataformas de entretenimiento emocional. Líderes políticos comportándose como influencers. Ciudadanos que creen desafiar al sistema reproduciendo exactamente los comportamientos que el algoritmo recompensa. Multimillonarios hablando el lenguaje de la rebeldía mientras concentran poder planetario. Revolucionarios digitales patrocinados por marcas deportivas.

Vivimos en una era donde la política adoptó estructura de reality show. El debate público se organiza alrededor del escándalo permanente. La velocidad informativa destruye cualquier posibilidad de reflexión larga. La memoria histórica dura menos que una tendencia en TikTok. El presente se volvió una sucesión frenética de estímulos diseñados para impedir el pensamiento complejo.

Slavoj Žižek: el capitalismo no es una ley natural.
Slavoj Žižek: el capitalismo no es una ley natural. AMEXI/Foto: Boris Berenzon

México conoce demasiado bien esa teatralidad contemporánea. Aquí convivimos diariamente con una combinación extraña de tragedia estructural y humor feroz. El mexicano ríe durante el desastre porque entendió hace mucho tiempo que la ironía puede ser un mecanismo cultural de supervivencia. Tal vez por eso Žižek encuentra eco en sociedades donde el absurdo forma parte de la vida cotidiana. En América Latina sabemos que la realidad supera constantemente a la sátira.

Basta observar nuestras contradicciones nacionales. Hablamos de modernidad digital mientras millones viven en precariedad brutal. Consumimos discursos de innovación en ciudades atravesadas por desigualdades históricas gigantescas. Celebramos la hiperconectividad mientras aumenta la soledad emocional. Nos indignamos contra la manipulación mediática desde plataformas construidas precisamente para manipular atención.

La genialidad incómoda de Slavoj Žižek consiste en insistir en algo aparentemente simple: el capitalismo no es una ley natural. Es una construcción histórica. Esa afirmación parece obvia, aunque resulta profundamente subversiva en una época que presenta el presente económico como si fuera una condición meteorológica inevitable. El discurso dominante repite constantemente que no existen alternativas reales. Žižek combate justamente esa resignación imaginativa.

Su provocación no consiste en proponer nostalgias soviéticas simplonas ni romanticismos revolucionarios de cafetería universitaria. Lo que intenta recuperar es algo más profundo: la capacidad de imaginar colectivamente el futuro. Nuestra época posee tecnología futurista y una imaginación política agotada. Podemos producir inteligencia artificial capaz de imitar voces humanas, aunque parecemos incapaces de imaginar sistemas sociales menos desiguales.

Esa es quizá la tragedia más silenciosa del presente.

La gente ya no espera transformar el mundo; apenas espera sobrevivir emocionalmente a la semana.

La cultura contemporánea está llena de síntomas de ese agotamiento histórico. El auge de discursos motivacionales obsesionados con la felicidad individual. El crecimiento exponencial de industrias terapéuticas. La medicalización de la tristeza. El miedo permanente al fracaso. La ansiedad convertida en atmósfera colectiva. El sujeto contemporáneo vive agotado intentando gestionar una vida transformada en empresa personal.

Slavoj Žižek conecta esa angustia con el vacío ideológico del capitalismo tardío. El sistema ofrece libertad infinita de elección mientras destruye condiciones materiales para ejercerla plenamente. El individuo contemporáneo puede elegir entre miles de plataformas digitales, decenas de identidades estéticas y cantidades industriales de entretenimiento instantáneo. Lo que rara vez puede elegir son condiciones dignas de vivienda, estabilidad laboral o tiempo auténticamente libre.

La paradoja es brutal: jamás hubo tantas opciones superficiales y tan poca capacidad colectiva para modificar estructuras profundas.

Por eso el filósofo esloveno insiste tanto en el concepto lacaniano de “lo real”. Lo real aparece como aquello traumático que el sistema simbólico no logra domesticar completamente. El cambio climático funciona hoy como una forma contemporánea de ese retorno de lo real. También las pandemias, las migraciones masivas, el agotamiento emocional colectivo y las violencias sociales que irrumpen en medio de sociedades obsesionadas con el espectáculo.

La realidad insiste incluso cuando la cultura intenta maquillarla

Las redes sociales constituyen quizá el laboratorio perfecto de esta lógica contemporánea. Prometieron democratizar la comunicación. Terminaron construyendo enormes fábricas de ansiedad colectiva. La conversación pública se transformó en un mercado emocional donde el enojo circula mejor que los argumentos y donde la indignación produce más interacción que la inteligencia.

Žižek diría probablemente que habitamos una civilización donde el sujeto cree expresarse libremente mientras reproduce compulsivamente estructuras invisibles de poder. El algoritmo opera hoy como una versión digital del inconsciente ideológico: organiza deseos, emociones y comportamientos sin necesidad de coerción visible. Nunca hubo tanta sensación de libertad individual y jamás existieron mecanismos tan sofisticados de administración afectiva.

La ironía adquiere aquí un papel decisivo. Slavoj Žižek utiliza el humor como instrumento filosófico porque sabe que la risa puede romper temporalmente el hechizo ideológico. Reír implica tomar distancia. Implica percibir el absurdo oculto bajo aquello que parecía normal. El humor funciona como una fisura diminuta dentro del discurso dominante.

Quizá por eso nuestra época produce tantas comedias oscuras y tan pocas utopías convincentes.

La cultura contemporánea parece intuir que algo profundo se está desmoronando. El planeta arde. La desigualdad aumenta. El trabajo pierde estabilidad. La inteligencia artificial modifica aceleradamente la experiencia humana. La conversación pública se tribaliza. La democracia liberal atraviesa crisis severas. El individuo vive saturado de información y hambriento de sentido.

Aun así, seguimos comportándonos como pasajeros elegantes del Titanic digital: tomamos fotografías del salón mientras el agua entra lentamente por debajo de la puerta.

Slavoj Žižek entendió que la verdadera catástrofe no consiste únicamente en el colapso económico o político. La verdadera catástrofe aparece cuando una sociedad pierde la capacidad de imaginar algo distinto al orden que la destruye. Ahí la farsa deja de ser simple repetición cómica y se convierte en prisión mental colectiva.

Tal vez por eso sigue siendo un autor tan incómodo. Obliga a formular preguntas que el espectáculo contemporáneo preferiría mantener enterradas. ¿Por qué seguimos defendiendo sistemas que producen sufrimiento masivo? ¿Y por qué el consumo funciona como compensación emocional frente a vidas cada vez más fragmentadas? ¿Por qué el sujeto contemporáneo parece más agotado cuantas más tecnologías posee para facilitarle la existencia? ¿En qué momento la libertad se pareció tanto a una obligación permanente de mostrarse feliz?

Detrás de cada chiste de Žižek aparece una sospecha feroz: el capitalismo contemporáneo no triunfó porque resolviera las contradicciones humanas. Triunfó porque logró convertir incluso el fracaso en espectáculo administrable.

La tragedia del siglo XXI quizá consiste en eso: vivir dentro de un sistema que puede sobrevivir incluso a la evidencia permanente de sus propias ruinas.

La farsa aparece después, cuando seguimos aplaudiendo.


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Etiquetas: capitalismo contemporáneocrisis culturalcultura digitalfilosofía políticaMarxneoliberalismoPortada 1Redes socialesSlavoj Žižek
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