
Durante décadas, Cuba ocupó un lugar excepcional en el imaginario político de América Latina. Para generaciones enteras de militantes, intelectuales, periodistas y activistas de izquierda, la isla representó mucho más que un país. Fue la encarnación de una promesa histórica. La demostración de que era posible desafiar la hegemonía estadounidense, resistir las presiones del capitalismo global y construir un proyecto político alternativo. Cuba se convirtió en un símbolo.
Sin embargo, mientras el símbolo permanecía intacto en buena parte de la conversación política latinoamericana, la realidad cubana comenzó a recorrer un camino distinto. Los años trajeron estancamiento económico, deterioro de los servicios públicos, escasez crónica de bienes básicos, restricciones persistentes a las libertades civiles, migración masiva y una creciente inconformidad social. La distancia entre la imagen de la revolución y la experiencia cotidiana de millones de cubanos se fue ampliando hasta convertirse en una de las contradicciones más evidentes de la política contemporánea latinoamericana.
Esa contradicción apenas aparece en una parte importante de la cobertura mediática mexicana sobre la isla.
Una investigación reciente realizada por Gobierno y Análisis Político A.C. (GAPAC) ofrece elementos para entender por qué. El estudio analizó centenares de contenidos publicados por medios estatales, privados y digitales identificados con el ecosistema político de la izquierda mexicana. Sus hallazgos muestran una notable coincidencia narrativa: la crisis cubana es explicada principalmente a través del embargo estadounidense, las sanciones económicas y las dificultades derivadas de la presión externa, mientras temas como la represión política, la falta de libertades, los presos de conciencia o la responsabilidad interna del régimen aparecen de manera marginal o simplemente desaparecen del encuadre.
El valor de la investigación no radica únicamente en documentar una determinada línea editorial. Su importancia es mayor porque permite observar cómo opera, todavía hoy, uno de los mitos políticos más persistentes del continente. Lo que el estudio revela es la existencia de una narrativa que continúa defendiendo una imagen idealizada de Cuba incluso cuando la realidad de los propios cubanos la desmiente todos los días.
La persistencia del símbolo
Los símbolos políticos rara vez desaparecen cuando los hechos comienzan a contradecirlos. Con frecuencia ocurre exactamente lo contrario: cuanto mayor es la evidencia que los desafía, más intensos se vuelven los esfuerzos por preservarlos. Cuba constituye uno de los ejemplos más claros de este fenómeno.
Durante más de seis décadas, la revolución cubana ocupó un lugar privilegiado dentro de la cultura política de la izquierda latinoamericana. No sólo representó un proyecto de gobierno. También funcionó como una referencia moral, una identidad compartida y una fuente de legitimidad ideológica. Criticarla significaba, para muchos sectores, acercarse al discurso de sus adversarios políticos. Defenderla, en cambio, era una forma de reafirmar una tradición histórica y una posición frente al mundo.
Esa carga simbólica ayuda a explicar por qué buena parte de la conversación mediática analizada por GAPAC parece concentrarse en los factores externos que afectan a la isla y evita examinar con el mismo rigor los problemas derivados del propio funcionamiento del régimen. El embargo existe y sus efectos son reales. Nadie puede analizar seriamente la situación cubana ignorando ese hecho. Pero tampoco puede comprenderse la crisis actual sin considerar el peso de un sistema político incapaz de generar prosperidad económica, garantizar libertades fundamentales o responder eficazmente a las demandas de una sociedad cada vez más empobrecida e inconforme.
Sin embargo, reconocer esa responsabilidad interna supone algo más que introducir un dato adicional en la conversación. Implica aceptar que uno de los símbolos más importantes de la izquierda latinoamericana atraviesa una crisis que no puede explicarse únicamente desde el exterior. Y es precisamente ahí donde la narrativa muestra sus límites.
Los cubanos que desaparecen del relato
Toda construcción narrativa implica una selección. Ningún medio puede contarlo todo. El problema aparece cuando las ausencias dejan de ser ocasionales y se convierten en un patrón.
Lo que la investigación documenta es justamente eso. Mientras el embargo, la solidaridad internacional y la ayuda humanitaria ocupan una posición central en la cobertura, otros elementos fundamentales para comprender la realidad cubana no reciben la menor atención. La represión política, la existencia de presos de conciencia, las restricciones a la libertad de expresión, el control estatal sobre amplios ámbitos de la vida social o las causas internas del deterioro económico quedan sistemáticamente relegados.
La consecuencia de esa selección es profunda porque modifica el sujeto mismo de la historia. Poco a poco, los cubanos reales desaparecen detrás de la representación simbólica de la Cuba revolucionaria.
Desaparecen quienes pasan hasta más de 18 horas diarias enfrentando apagones. Desaparecen quienes han abandonado el país porque no hay ninguna perspectiva de futuro. Desaparecen quienes enfrentan sanciones hasta de cárcel por disentir públicamente del gobierno. Desaparecen quienes identifican la falta de libertades como uno de los principales problemas nacionales. En su lugar aparece una Cuba abstracta, convertida en escenario de una disputa geopolítica donde las personas concretas terminan subordinadas a las necesidades de ese relato.
Notoriamente, los medios de izquierda y oficiales mexicanos sostienen una narrativa que afirma defender al pueblo cubano hablando casi nunca de los cubanos.
¿Quién habla realmente en nombre de Cuba?
Quizás el contraste más revelador del estudio aparece cuando se confronta la narrativa predominante en estos medios con las opiniones expresadas por ciudadanos cubanos. La encuesta citada por GAPAC, realizada por el medio independiente elTOQUE, muestra niveles extraordinariamente altos de inconformidad con el sistema político vigente y un amplio respaldo a cambios estructurales profundos. La falta de libertades figura entre las principales preocupaciones identificadas por los propios encuestados.
Estos datos obligan a preguntarse si una parte tan significativa de la sociedad cubana manifiesta su descontento con el régimen, ¿por qué buena parte de la conversación mediática mexicana sigue concentrándose exclusivamente en factores externos? Esta pregunta conduce inevitablemente a otra: ¿quién está hablando realmente en nombre de los cubanos?
Porque mientras millones de ellos expresan frustración, cansancio, hartazgo y deseo de cambio, numerosos comunicadores, intelectuales y medios mexicanos continúan defendiendo una imagen del régimen que completamente ajena de la experiencia cotidiana de quienes viven en la isla.
Se trata de una situación peculiar. Quienes justifican el sistema cubano suelen hacerlo desde países donde gozan de libertades políticas, pluralismo informativo y derechos civiles que difícilmente aceptarían perder. Sin embargo, esas mismas libertades desaparecen con frecuencia de su evaluación sobre la realidad cubana.
La utilidad política del silencio
Sería un error interpretar esta dinámica como una simple cuestión periodística. No es únicamente una diferencia de enfoque editorial. Se trata de una deliberada operación política con consecuencias concretas.
Al presentar la crisis de manera sistemática como resultado de factores externos, la responsabilidad de la dictadura se diluye. Al desaparecer del relato las libertades restringidas, también desaparece parte de la presión pública para exigir cambios. Al sustituir a las víctimas concretas por símbolos abstractos, el sufrimiento humano delas personas que viven en Cuba deja de ocupar el centro de la conversación.
Por eso la preservación del mito revolucionario no constituye un ejercicio inocente de nostalgia ideológica. Funciona como un mecanismo de protección simbólica para la dictadura más longeva del continente.
La investigación de GAPAC resulta valiosa precisamente porque permite observar ese proceso con datos concretos. Lo que emerge de sus hallazgos es una estructura narrativa que no sólo interpreta la realidad cubana. También contribuye a mantener vigente una representación política que favorece la supervivencia del régimen en el terreno de las ideas.
Cuba sin cubanos
La discusión de fondo no gira alrededor del derecho de los medios a sostener determinadas posiciones ideológicas. Ese derecho forma parte de cualquier sociedad democrática. La cuestión relevante es otra: qué ocurre cuando la fidelidad a un símbolo termina siendo más importante que la atención a las personas reales que viven bajo sus consecuencias.
La investigación de GAPAC muestra cómo una parte importante de la izquierda mediática mexicana continúa defendiendo una imagen de Cuba construida durante décadas de militancia, afinidad ideológica y compromiso simbólico con la revolución. El problema es que esa imagen exige cada vez más silencios para mantenerse en pie.
Estos medios han dejado de mirar a los cubanos para mirar únicamente el mito que construyeron alrededor de Cuba. No se trata solamente de ocultar información o de privilegiar ciertos temas sobre otros. Se trata de convertir una realidad humana compleja y dolorosa en una reliquia ideológica que debe ser protegida de cualquier evidencia incómoda.
Los signos están ahí: una cobertura que privilegia sistemáticamente las causas externas de la crisis; una solidaridad que rara vez interroga el destino político de aquello que defiende. Son los signos de una operación ideológica que no busca comprender toda la realidad de la gente en la isla, sino preservar una versión políticamente conveniente de una revolución decadente y fracasada.
Los sentidos hablan de la persistencia de un mito político que ha llegado a ser más importante que las personas reales que sufren sus consecuencias.
La isla imaginada sigue siendo defendida desde lejos. La isla real, en cambio, continúa esperando que alguien decida mirar de frente lo que ocurre dentro de ella. Ese es uno de los signos políticos y culturales de nuestro tiempo. Y su sentido resulta cada vez más evidente: cuando una causa termina valiendo más que las personas que dice defender, la solidaridad deja de ser un acto de acompañamiento y se convierte en una forma de complicidad.
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