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El carnaval de las etiquetas y la nueva religión de la psique (Opinión)

Las palabras abandonaron silenciosamente los consultorios para instalarse en las redes sociales

Boris Berenzon Gorn Por Boris Berenzon Gorn
30 de junio de 2026
En Opinión, Rizando el Rizo
El carnaval de las etiquetas y la nueva religión de la psique (Opinión). Rizando el Rizo, Boris Berenzon Gorn

El carnaval de las etiquetas y la nueva religión de la psique (Opinión). Rizando el Rizo, Boris Berenzon Gorn. AMEXI/FOTO/ Especial

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“Hay épocas que inventan enfermedades. La nuestra parece haber inventado diagnósticos para todo.”

A la memoria de Marcelo Pasternac

 

Boris Berenzon Gorn
Boris Berenzon Gorn. Colaborador Amexi

La enfermedad de diagnosticarlo todo. Hubo un tiempo en que las personas eran simplemente extravagantes. Existían los tímidos, los vanidosos, los hipocondríacos, los melancólicos, los neuróticos, los gruñones y los insoportables. Eran personajes de la literatura, de las sobremesas familiares y de la vida cotidiana. Nadie necesitaba convertir cada rasgo del carácter en una categoría clínica.

Hoy, en cambio, parece que hemos declarado insuficiente a la condición humana. Todo debe tener un nombre técnico. Toda emoción reclama un diagnóstico. Toda contradicción exige una explicación psicológica. Hemos pasado de interpretar la realidad a clasificarla.

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Nunca una época habló tanto de salud mental. Y quizá nunca otra había confundido con tanta facilidad el conocimiento científico con el vocabulario de moda. Las palabras abandonaron silenciosamente los consultorios para instalarse en las redes sociales, los podcasts, los programas de televisión y las conversaciones de café.

De pronto, cualquiera puede diagnosticar un trastorno de personalidad, identificar un trauma infantil, detectar un caso de narcisismo o descubrir una relación tóxica antes de que llegue el segundo café. Vivimos rodeados de terapeutas espontáneos y psiquiatras honorarios, graduados no en universidades sino en algoritmos.

El fenómeno no deja de ser paradójico. Mientras la psiquiatría, la psicología y el psicoanálisis han alcanzado niveles de conocimiento nunca antes vistos sobre el cerebro, las emociones y el sufrimiento psíquico, la cultura popular ha reducido buena parte de ese saber a un puñado de etiquetas listas para consumirse en cuarenta segundos. La precisión clínica ha sido sustituida por la rapidez del diagnóstico. El matiz ha cedido ante el eslogan. La complejidad de la experiencia humana parece resumirse en un catálogo de palabras repetidas hasta el cansancio.

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Novela ligera y profundamente divertida

Pocas obras han retratado esta transformación con tanta inteligencia como Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos, del escritor español Rodrigo Muñoz Avia. Bajo la apariencia de una novela ligera y profundamente divertida, el autor construye una de las sátiras más agudas sobre la obsesión contemporánea por psicologizar la vida.

Su humor nunca ridiculiza la salud mental; ridiculiza algo mucho más inquietante: nuestra irresistible necesidad de convertir cualquier emoción, cualquier manía y cualquier desacuerdo en un expediente clínico.

La novela pertenece a esa tradición de la gran sátira que comprende que la risa puede ser una forma de pensamiento. Como en las mejores páginas de Molière, el humor no pretende humillar a las personas sino desmontar las obsesiones de una época.

Muñoz Avia convierte el consultorio en escenario literario para exhibir una sociedad fascinada por el diagnóstico. Sus personajes parecen vivir menos preocupados por comprenderse que por encontrar el nombre técnico de aquello que sienten. La ironía consiste en que, cuanto más se diagnostican, menos parecen conocerse.

El lector ríe porque reconoce la escena. Todos hemos asistido a esa conversación donde alguien diagnostica a su expareja con absoluta seguridad, otro descubre un trastorno de personalidad en su jefe, una amiga identifica un trauma infantil después de ver tres videos de TikTok y alguien más concluye que el vecino es un psicópata porque nunca saluda en el elevador.

Nadie ha estudiado psiquiatría. Nadie ha leído psicopatología. Pero todos hablan con la convicción de un tribunal clínico. Muñoz Avia exagera apenas un poco. Lo suficiente para descubrir que la exageración ya se parece demasiado a la realidad.

Catálogo infinito de diagnóstios

Durante siglos las personas eran distraídas, temperamentales, melancólicas, orgullosas, tímidas, arrogantes, hipocondríacas o simplemente insoportables. Hoy esas palabras parecen insuficientes. Todo exige una categoría más sofisticada. Ya nadie tiene un mal carácter: presenta rasgos de personalidad.

Nadie atraviesa una tristeza: cursa un episodio. Nadie está nervioso antes de una conferencia: experimenta ansiedad. Nadie es presumido: es narcisista. Nadie es controlador: ejerce violencia emocional. Nadie es desordenado: tiene un trastorno. Nadie decepciona: manipula. La condición humana parece haber sido reemplazada por un catálogo infinito de diagnósticos.

Lo curioso es que nunca habíamos hablado tanto de salud mental y, sin embargo, pocas veces habíamos entendido tan poco la diferencia entre una enfermedad clínica y una emoción perfectamente humana.

La tristeza perdió prestigio. El duelo se volvió sospechoso. La incertidumbre necesita tratamiento. El aburrimiento requiere intervención. La frustración parece una anomalía. Hasta la adolescencia —esa antigua combinación de caos, descubrimiento y contradicción— comienza a describirse como una sucesión interminable de síndromes.

Cada época fabrica su propio vocabulario

La historia de las palabras también es una historia de la cultura. Cada época fabrica su propio vocabulario para comprender el mundo. La nuestra ha decidido hablar el idioma de la psicología. Conceptos que durante décadas pertenecieron a la psiquiatría clínica hoy aparecen en conversaciones de pareja, columnas de opinión, programas de televisión y videos de un minuto.

Nunca fue tan sencillo convertirse en especialista. Basta consumir unos cuantos contenidos en redes sociales para aprender que la pareja es tóxica, la madre es manipuladora, el hermano tiene problemas de apego, el compañero de trabajo presenta rasgos psicopáticos y el perro probablemente arrastra conflictos emocionales.

¿Consultorio portátil?

Asistimos a la democratización del diagnóstico. Cada teléfono inteligente incorpora ahora un consultorio portátil. Cada usuario posee una licenciatura honorífica en interpretación psicológica. Cada comentario viene acompañado de una sentencia definitiva.

La palabra «narcisista» merece un capítulo aparte. Pocas expresiones han sufrido una vulgarización tan acelerada. Durante décadas designó una compleja estructura de personalidad cuidadosamente estudiada por la psiquiatría, el psicoanálisis y la psicología clínica.

Hoy basta con que alguien publique demasiadas fotografías de sus vacaciones, responda tarde un mensaje o disfrute hablar de sí mismo para recibir el diagnóstico inmediato de las redes sociales.

Algo semejante ocurrió con el trastorno obsesivo compulsivo. Lo que constituye una enfermedad profundamente incapacitante terminó convertido en una simpática manera de describir a quien acomoda los libros por colores o alinea los cubiertos antes de cenar.

La ansiedad dejó de ser únicamente un diagnóstico para convertirse en una identidad. El trauma pasó de nombrar experiencias devastadoras a incluir cualquier decepción cotidiana. El gaslighting terminó describiendo cualquier desacuerdo sentimental. El burnout parece aplicarse tanto al cirujano que lleva cuarenta horas de guardia como al estudiante que respondió cinco correos electrónicos.

Las palabras comenzaron a perder precisión al mismo ritmo en que ganaban popularidad. Y cuando las palabras se desgastan, también se desgasta nuestra capacidad para comprender el sufrimiento verdadero.

Cuando las palabras se desgastan, también se desgasta nuestra capacidad para comprender el sufrimiento verdadero. AMEXI/FOTO/ Especial
Cuando las palabras se desgastan, también se desgasta nuestra capacidad para comprender el sufrimiento verdadero. AMEXI/FOTO/ Especial

¿Qué se advierte en La enfermedad y sus metáforas?

La escritora estadounidense Susan Sontag había advertido algo semejante hace casi medio siglo en La enfermedad y sus metáforas. Su reflexión era profundamente sencilla: las enfermedades nunca son únicamente enfermedades; también son construcciones culturales cargadas de metáforas, prejuicios y significados morales.

La tuberculosis fue durante el siglo XIX una enfermedad romántica. El cáncer se convirtió durante décadas en un símbolo del silencio y de la culpa. Más tarde, en El sida y sus metáforas, Sontag mostró cómo el lenguaje podía terminar castigando a quienes realmente padecían una enfermedad.

Su advertencia conserva hoy una sorprendente actualidad. Pero nuestra época ha dado un paso más. Ya no sólo convertimos las enfermedades en metáforas. También convertimos las metáforas en enfermedades.

Cuando el leguaje pierde precisión, también pierde humanidad

El lenguaje psiquiátrico ha abandonado la prudencia del consultorio para instalarse definitivamente en la conversación cotidiana. Lo que antes exigía años de formación, entrevistas clínicas, observación y prudencia profesional hoy se resuelve en un video de cuarenta segundos o en una publicación viral.

El resultado no es una sociedad mejor informada. Es una sociedad convencida de que puede diagnosticarlo todo sin comprender casi nada. Es justamente ahí donde la ironía de Rodrigo Muñoz Avia adquiere toda su fuerza.

Mientras Susan Sontag denunciaba el peligro de utilizar las enfermedades como metáforas culturales, Muñoz Avia retrata el momento en que esas metáforas regresan convertidas en caricatura social.

Ambos, desde registros completamente distintos —el ensayo y la novela humorística— llegan a una conclusión semejante: cuando el lenguaje pierde precisión, también pierde humanidad. Éste es quizá el aspecto más serio del problema.

La banalización del lenguaje médico termina afectando precisamente a quienes más necesitan que ese lenguaje conserve su rigor. Cuando toda tristeza recibe el nombre de depresión, quienes viven una depresión clínica encuentran más difícil explicar su experiencia.

Cuando cualquier rareza se convierte en un trastorno, los verdaderos trastornos desaparecen entre metáforas. Cuando todos parecemos víctimas de algún diagnóstico improvisado, las enfermedades reales pierden visibilidad. Paradójicamente el exceso de sensibilidad termina produciendo indiferencia.

Palabras que fueron insultos hoy ¿cómo regresan?

No deja de ser curioso que palabras como «loco», «histérico», «bipolar», «psicópata», «obsesivo», «depresivo» o «narcisista» hayan recorrido un camino tan extraño. Durante siglos fueron insultos. Después se transformaron en categorías clínicas cuidadosamente definidas. Más tarde la medicina y la psicología intentaron devolverles precisión y dignidad.

Hoy regresan convertidas en etiquetas de consumo cotidiano, en memes, en bromas y en diagnósticos instantáneos. Oscilan constantemente entre el rigor científico, la metáfora cultural y el insulto.

Las palabras entran y salen del consultorio con una facilidad extraordinaria. El problema ya no es únicamente lingüístico. Es profundamente ético
Las palabras entran y salen del consultorio con una facilidad extraordinaria. El problema ya no es únicamente lingüístico. Es profundamente ético. AMEXI/FOTO/ Especial

Las palabras entran y salen del consultorio con una facilidad extraordinaria. El problema ya no es únicamente lingüístico. Es profundamente ético. Porque cuando el lenguaje pierde precisión, también pierde compasión.

Rodrigo Muñoz Avia comprende perfectamente este mecanismo. Su novela no escribe contra la salud mental. Escribe contra su caricatura. Nos recuerda que las enfermedades psíquicas son demasiado importantes como para convertirlas en expresiones de moda.

El humor funciona aquí como una forma de higiene intelectual. Nos obliga a sospechar de nuestra necesidad compulsiva de interpretar absolutamente todo. Porque también existe una obsesión contemporánea por encontrar explicaciones para cualquier experiencia humana.

Siempre habrá una etiqueta

Si alguien disfruta la soledad, tiene un problema. Si habla demasiado, también. Si habla poco, quizá más. Si trabaja mucho, es adicto al trabajo. Si trabaja poco, necesita terapia. Si ama intensamente, depende emocionalmente. Si se protege, evita el compromiso. Si recuerda el pasado, no ha sanado. Si olvida demasiado rápido, reprime. No importa lo que haga. Siempre habrá una etiqueta disponible. Vivimos en una época fascinada por el diagnóstico porque desconfía profundamente del misterio.

La paradoja resulta casi cómica. Nunca hubo tantos terapeutas improvisados, tantos gurús de la autoestima, tantos especialistas en vínculos sanos y tantos expertos en inteligencia emocional.

Y, sin embargo, nunca pareció tan difícil aceptar que vivir implica sufrir, equivocarse, amar mal, arrepentirse, enojarse, aburrirse y volver a empezar. Nuestra época parece haber confundido el bienestar con la obligación de sentirse bien todo el tiempo. Y cuando eso no ocurre, inventa una etiqueta.

Lee: Advierten crisis silenciosa de salud mental en México

Sin embargo, la condición humana nunca fue tan ordenada. Amar produce felicidad y miedo. La pérdida genera tristeza. Fracasar duele. Esperar desespera. Envejecer desconcierta. Tener hijos agota. No tenerlos también.

Nada de eso constituye necesariamente una enfermedad. Forma parte del antiguo oficio de vivir. Quizá la gran ironía de nuestro tiempo sea ésta: mientras disponemos del mayor conocimiento científico sobre la mente humana de toda la historia, también vivimos el momento de mayor vulgarización de ese mismo conocimiento.

La medicina produce conocimiento. Las redes producen diagnósticos. La ciencia cultiva la duda. Internet reparte certezas. Y entre ambas existe una distancia que conviene no olvidar. Tal vez el mayor síntoma de nuestra época no sea la ansiedad, el narcisismo ni el burnout. Tal vez sea otro mucho más silencioso: la incapacidad de aceptar que la vida no siempre necesita una explicación clínica.

Advertencia para nuestro tiempo

Susan Sontag nos enseñó que las enfermedades no deben convertirse en metáforas. Rodrigo Muñoz Avia nos recuerda, entre carcajadas, que tampoco las metáforas deberían terminar convirtiéndose en enfermedades.

Entre ambos se dibuja una advertencia para nuestro tiempo: las palabras pueden aliviar, pero también pueden enfermar cuando se utilizan sin rigor. Recuperar el significado de las palabras quizá sea una de las tareas intelectuales más urgentes de nuestra época. Porque no toda tristeza es depresión. No toda excentricidad constituye un trastorno. No toda persona desagradable es un narcisista. No toda discusión es violencia psicológica. No toda diferencia es un trauma. Y no toda rareza necesita un diagnóstico.

Hay veces en que una persona simplemente está cansada. O enamorada. O confundida. O de mal humor. O atravesando una pérdida. O disfrutando el silencio. O siendo, con todas sus contradicciones, maravillosamente humana. Y quizá la mejor noticia que alguien pueda recibir no sea un nuevo diagnóstico. Sino el permiso de volver a ser, sencillamente, un ser humano.

  • El contenido de este artículo refleja exclusivamente la opinión y responsabilidad de su autor. Las ideas, afirmaciones y conclusiones aquí expresadas no representan la postura oficial ni la línea editorial de la agencia AMEXI, que mantiene independencia y neutralidad en sus publicaciones.
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