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Faltacidad (Opinión)

La historia de la felicidad es, en buena medida, la historia de una utopía. Y toda utopía revela más sobre nuestros deseos que sobre nuestras posibilidades

Boris Berenzon Gorn Por Boris Berenzon Gorn
23 de junio de 2026
En Opinión, Rizando el Rizo
La faltacidad responde con una elegancia desarmante. Aceptando que una vida feliz no es aquella donde nada duele. Es aquella donde el dolor no logra impedir la alegría.

La faltacidad responde con una elegancia desarmante. Aceptando que una vida feliz no es aquella donde nada duele. Es aquella donde el dolor no logra impedir la alegría. AMEXI/FOTO/ Archivo de Boris Berenzon Gorn, colaborador

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“No hay paraísos para el deseo. Allí donde todo estuviera cumplido, también habría desaparecido aquello que nos impulsa a vivir.”

 

Boris Berenzon Gorn
Boris Berenzon Gorn. Colaborador Amexi

Durante siglos la humanidad ha perseguido una palabra que parece sencilla y, sin embargo, se desvanece cada vez que creemos haberla alcanzado: felicidad.

La hemos buscado en los dioses, en la razón, en la riqueza, en la política, en el amor, en la ciencia, en el progreso, en la revolución, en el consumo y, más recientemente, en los algoritmos.

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Hemos construido filosofías, religiones, sistemas económicos y proyectos políticos alrededor de la promesa de una vida feliz. Pocas ideas han movilizado tantos esfuerzos. Pocas han producido tantas decepciones.

La historia de la felicidad es, en buena medida, la historia de una utopía. Y toda utopía revela más sobre nuestros deseos que sobre nuestras posibilidades. Los griegos fueron quizá los primeros en pensarla de manera sistemática.

Para Aristóteles, la eudaimonía no era un estado de placer permanente ni una emoción pasajera. Era una forma de plenitud asociada a la virtud, al desarrollo de las capacidades humanas y a la búsqueda de una vida buena.

La felicidad no consistía en sentirse bien, sino en vivir bien. Los estoicos desconfiaron de las emociones cambiantes y buscaron la serenidad interior. Epicuro propuso una felicidad basada en el equilibrio de los deseos y en la ausencia de sufrimiento innecesario. La pregunta por la felicidad comenzaba a confundirse con la pregunta por el sentido mismo de la existencia.

Lee: ¿Condiciones adversas de trabajo aumentan infelicidad en jóvenes?

La modernidad volvió a cambiar las reglas del juego

La Edad Media desplazó el horizonte. La felicidad perfecta dejó de pertenecer al mundo terrenal y fue trasladada al reino de la salvación. La vida humana se convirtió en una espera. El paraíso ya no estaba aquí. La modernidad volvió a cambiar las reglas del juego. La Ilustración transformó la felicidad en un proyecto político.

Por primera vez los gobiernos comenzaron a preguntarse si las instituciones, la economía, la educación y las leyes podían contribuir al bienestar colectivo. La felicidad dejó de ser exclusivamente un asunto espiritual o moral para convertirse en una aspiración social.

Pero el verdadero giro llegó mucho después. La felicidad dejó de ser una posibilidad para convertirse en una obligación. Y quizá ahí comenzó una de las grandes neurosis de nuestro tiempo.

Nunca hubo tantas fotografías de personas felices. Nunca existieron tantas industrias dedicadas al bienestar. Nunca se publicaron tantos manuales de autoayuda. Nunca se vendieron tantas fórmulas para alcanzar el éxito emocional. Nunca hubo tantos expertos explicándonos cómo sonreír, cómo pensar positivamente, cómo mejorar nuestra autoestima, cómo gestionar nuestras emociones o cómo optimizar nuestra vida. Y, sin embargo, nunca pareció existir una sensación tan extendida de insuficiencia. La paradoja merece atención.

¿Pornografía de la felicidad?

Vivimos rodeados por una auténtica pornografía de la felicidad. No pornográfica por sexual, sino porque exhibe una satisfacción absoluta, permanente y sin conflictos. La publicidad muestra cuerpos perfectos. Las redes sociales muestran vidas perfectas.

Los discursos empresariales muestran carreras perfectas. Los algoritmos muestran existencias perfectamente editadas. Todo parece luminoso. Todo parece exitoso. Todo parece pleno.

Lo único que desaparece es la condición humana. La tristeza se vuelve sospechosa. La melancolía parece una enfermedad. La incertidumbre se considera un defecto. La fragilidad resulta incómoda. La consecuencia es devastadora: millones de personas no sólo sufren por sus pérdidas o sus frustraciones. También sufren por no sentirse tan felices como creen que deberían sentirse.

La felicidad ha dejado de ser una experiencia para convertirse en una exigencia. Y pocas exigencias resultan tan crueles como aquella que nos obliga a ser felices todo el tiempo. Es en este punto donde las reflexiones del psicoanalista argentino Gabriel Rolón adquieren una relevancia extraordinaria.

¿Quién es Gabriel Rolón?

Nacido en Buenos Aires en 1961, Rolón se ha convertido en una de las voces más influyentes del psicoanálisis contemporáneo en lengua española. Formado en la Universidad de Buenos Aires, ha logrado algo poco frecuente: trasladar las preguntas de Freud y Lacan desde el consultorio hasta la conversación pública.

Sus libros han alcanzado millones de lectores porque hablan de aquello que todos compartimos: el amor, la pérdida, la muerte, la culpa, la soledad, el deseo y la búsqueda de sentido.

Entre sus obras más importantes destacan Historias de diván, Palabras cruzadas, Encuentros, Los padecientes, El lado B del amor, Cara a cara, La voz ausente, El duelo, La muerte, La soledad y La felicidad. Más allá de la ilusión. A lo largo de todos estos libros aparece una convicción fundamental: la vida humana no puede comprenderse eliminando el dolor, sino aprendiendo a convivir con él.

¿Qué es Faltacidad?

Su aporte más provocador quizá sea una palabra. Una palabra que parece un error lingüístico y que, sin embargo, contiene una profunda intuición filosófica y psicoanalítica:

Faltacidad. Rolón sostiene que la felicidad perfecta no existe. No porque la vida sea necesariamente miserable. No porque el sufrimiento sea un destino. Sino porque la condición humana está estructurada alrededor de una falta.

Siempre falta algo. Falta la persona que murió. Falta el amor que no pudo ser. Falta el proyecto inconcluso. Falta el tiempo. Falta la juventud. Falta aquello que jamás alcanzaremos. Incluso en los momentos más luminosos algo permanece ausente. Y precisamente allí reside la clave.

La felicidad no consiste en eliminar la falta. Consiste en aprender a vivir con ella. La idea dialoga profundamente con Freud y, sobre todo, con Lacan. El psicoanálisis sostiene que el deseo humano nace de una carencia estructural. Deseamos porque algo nos falta. Ningún objeto, ningún amor, ningún éxito ni ningún reconocimiento consigue colmar definitivamente ese vacío.

Cuando obtenemos aquello que anhelábamos, el deseo encuentra un nuevo horizonte. Y vuelve a comenzar. Por eso la satisfacción absoluta resulta imposible. No porque seamos ingratos. Porque somos humanos. El deseo vive de aquello que todavía no posee.

La gran fantasía contemporánea consiste en creer que existe algún lugar donde finalmente todo estará resuelto. La publicidad promete ese lugar. La política promete ese lugar. La tecnología promete ese lugar. El mercado promete ese lugar. La autoayuda promete ese lugar. Pero ese lugar no existe. Es una versión moderna del paraíso. Y los paraísos tienen una característica común: siempre están en otra parte.

Desde una perspectiva histórica, la felicidad absoluta pertenece a la misma familia intelectual que las grandes utopías. Desde Tomás Moro hasta los proyectos revolucionarios del siglo XX, la humanidad imaginó sociedades donde desaparecerían la injusticia, la desigualdad, la violencia y el sufrimiento.

Los seres humanos seguían siendo seres humanos

Sin embargo, cada vez que intentó materializar la perfección descubrió algo incómodo. Los seres humanos seguían siendo seres humanos. Seguían amando mal. Seguían sintiendo miedo. Seguían equivocándose. Seguían deseando lo imposible. Seguían enfrentando pérdidas. Seguían siendo incompletos.

La felicidad absoluta terminó pareciéndose demasiado a una ficción política. Y quizá la ficción más persistente de todas. Porque el imposible de los imposibles no es la inmortalidad. Es la completud.

Nada revela mejor nuestra época que la obsesión por eliminar toda forma de falta. Consumimos para llenar vacíos. Acumulamos experiencias para vencer el aburrimiento. Registramos cada instante para combatir el olvido. Multiplicamos vínculos para escapar de la soledad. Convertimos el bienestar en una mercancía. Medimos nuestras emociones. Cuantificamos nuestra satisfacción. Evaluamos nuestra felicidad como si fuera un indicador financiero. Y cuanto más intentamos completarnos, más conscientes parecemos volvernos de nuestras carencias.

Quizá porque la falta no es un accidente. Es una condición. Y acaso también una oportunidad. Porque aquello que nos falta es, muchas veces, aquello que nos mueve. La ausencia produce dolor. Pero también produce deseo.

Profundidad de la faltacidad

La herida duele. Pero también abre preguntas. La pérdida entristece. Pero también permite valorar lo vivido. La falta hiere. Pero también impulsa. Una vida donde nada faltara sería también una vida donde nada quedara por imaginar. Nada por construir. Nada por amar. Nada por esperar. Nada por escribir. Nada por recordar. Nada por soñar.

Por eso la faltacidad posee una profundidad que va mucho más allá de una fórmula psicológica. Constituye una crítica cultural a una época obsesionada con la plenitud. Una resistencia frente al mandato contemporáneo de la felicidad obligatoria.

Una defensa de la fragilidad humana en tiempos que celebran la perfección artificial. La pregunta entonces deja de ser cómo alcanzar la felicidad completa. La pregunta verdaderamente importante es otra.

¿Cómo construir una vida digna de ser vivida aun sabiendo que siempre faltará algo? ¿Cómo amar sin garantías? ¿Cómo celebrar sin negar la muerte? ¿Cómo desear sin exigir completud? ¿Cómo aceptar nuestras heridas sin convertirlas en nuestra identidad?

¿Qué es una vida feliz?

La faltacidad responde con una elegancia desarmante. Aceptando que una vida feliz no es aquella donde nada duele. Es aquella donde el dolor no logra impedir la alegría.

Quizá la felicidad no sea un estado. Quizá sea un instante. Una conversación que permanece. Un abrazo inesperado. Una amistad que resiste el tiempo. Un libro que nos transforma. Una canción que regresa. La mirada de un hijo. La memoria de quienes amamos. Un atardecer cualquiera.

Momentos breves en los que la vida, atravesada por la muerte, la pérdida y el paso inexorable del tiempo, parece reconciliarse por un instante con nosotros. Entonces comprendemos algo que la filosofía sospechó, que la historia confirmó y que el psicoanálisis no deja de recordarnos.

No somos felices porque hemos eliminado nuestras faltas. Somos felices porque, a pesar de ellas, seguimos deseando. Y mientras exista deseo, mientras exista la posibilidad de amar, imaginar, crear y recordar, la vida conservará algo de su misterio. Y también de su belleza.

 

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