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“Te falta barrio…” III y última parte

La ciudad sin vecinos

Boris Berenzon Gorn Por Boris Berenzon Gorn
22 de julio de 2026
En Opinión, Rizando el Rizo
“Te falta barrio...” III y última parte. La ciudad sin vecinos. Tercera parte serial de Rizando el Rizo, de Boris Berenzon Gorn.

“Te falta barrio...” III y última parte. La ciudad sin vecinos. Tercera parte serial de Rizando el Rizo, de Boris Berenzon Gorn. AMEXI/FOTO/ https://www.pexels.com/es-es/foto/vista-aerea-de-la-ciudad-de-mexico-con-montanas-distantes-32462377/

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Hoy en Amexi se publica la tercera y última parte del serial de nuestro colaborador Boris Berenzon Gorn,  sobre lo qué es el Barrio y que demuestra que quien no extrañe al vecino, a su colonia y a su comunidad solidaria, pues, “Le falta barrio”.

 

Boris Berenzon Gorn
Boris Berenzon Gorn. Colaborador Amexi

Hay pérdidas que hacen ruido. Un edificio que se derrumba, un árbol centenario que cae, una estación de tren que desaparece o un mercado demolido para construir un estacionamiento. Son pérdidas visibles. Las fotografían los periódicos. Las lamentan los historiadores. A veces hasta provocan discursos oficiales.

Pero existen otras pérdidas mucho más discretas. No producen escombros ni ceremonias. Nadie organiza homenajes para ellas porque ocurren lentamente, casi con elegancia, hasta que un día descubrimos que ya no sabemos cuándo comenzaron.

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Una de esas pérdidas se llama vecino. No barrio. Vecino. Son dos cosas distintas. El barrio puede seguir existiendo en los mapas. Incluso puede verse mejor que nunca. Las calles están pavimentadas, las fachadas restauradas, las banquetas uniformes, las luminarias funcionan y las cámaras de seguridad observan cada movimiento con la paciencia de un santo digital.

Sin embargo, basta preguntar quién vive dos puertas más allá para descubrir el verdadero estado de salud de una comunidad. Durante siglos, el vecino fue una figura indispensable. Antes de la policía llegaba el vecino. Antes de la ambulancia aparecía el vecino.

Antes del seguro, del administrador del edificio, del grupo de WhatsApp y del botón de pánico estaba esa persona cuya puerta podía tocarse a cualquier hora sin necesidad de pedir cita.

 

Confundimos privacidad con aislamiento. Y comodidad con indiferencia. AMEXI/FOTO/ https://www.pexels.com/es-es/foto/ciudad-gente-punto-de-referencia-calle-6942525/
Confundimos privacidad con aislamiento. Y comodidad con indiferencia. AMEXI/FOTO/ https://www.pexels.com/es-es/foto/ciudad-gente-punto-de-referencia-calle-6942525/

¿Existe la casa perfecta?

La modernidad decidió que aquello era una molestia. Comenzó a vendernos un sueño extraordinariamente seductor: la autonomía absoluta. La casa perfecta era aquella donde nadie interrumpía. El edificio perfecto era aquel donde nadie saludaba. La colonia ideal era aquella donde cada quien resolvía sus problemas sin involucrar a los demás.

Confundimos privacidad con aislamiento. Y comodidad con indiferencia. Hoy podemos vivir veinte años en un edificio sin conocer el nombre de quien comparte el mismo descanso. Sabemos perfectamente la contraseña del wifi. Ignoramos quién podría cuidarnos si enfermamos. Nunca habíamos estado tan protegidos por cerraduras inteligentes y, al mismo tiempo, tan desprotegidos frente a la soledad.

¿Qué significa comunidad?

Es curioso. Las plataformas digitales hablan obsesivamente de comunidades. Comunidad de usuarios. Comunidad de seguidores. Comunidad de creadores. Comunidad de consumidores.

La palabra nunca había circulado tanto. Y quizá nunca había significado tan poco. Porque una comunidad no aparece cuando alguien acepta los términos y condiciones de una aplicación.

Una comunidad comienza cuando el bienestar de otro deja de resultarnos indiferente. Eso no puede descargarse. Debe aprenderse. Durante siglos, el barrio fue precisamente la escuela donde la humanidad ensayó esa forma elemental de civilización. Allí se aprendía algo que hoy parece revolucionario: vivir entre personas distintas.

No elegir siempre a nuestros semejantes. Convivir con quien piensa diferente, escucha otra música, cocina con otros aromas, vota por otro partido, celebra otras fiestas o tiene un carácter imposible. La democracia comenzó mucho antes de los parlamentos.

Comenzó cuando fue necesario ponerse de acuerdo para reparar una calle, organizar una fiesta patronal, limpiar una acequia o decidir dónde plantar un árbol. La convivencia siempre ha sido un ejercicio infinitamente más complejo que la tolerancia. La tolerancia puede practicarse a distancia.

La convivencia siempre ha sido un ejercicio infinitamente más complejo que la tolerancia. La tolerancia puede practicarse a distancia. AMEXI/FOTO/ https://www.pexels.com/es-es/foto/imagenes-aereas-del-palacio-de-bellas-artes-12148435/
La convivencia siempre ha sido un ejercicio infinitamente más complejo que la tolerancia. La tolerancia puede practicarse a distancia. AMEXI/FOTO/ https://www.pexels.com/es-es/foto/imagenes-aereas-del-palacio-de-bellas-artes-12148435/

Internet rompe con la lógica de la reconociliación

La convivencia obliga a compartir la banqueta. Por eso el barrio nunca fue un lugar cómodo. Era un espacio de negociación permanente. Había discusiones. Envidias. Celos. Rumores. Conflictos. Pero también existía algo que nuestras sociedades parecen haber olvidado: la obligación de reconciliarse. No porque todos fueran buenos. Sino porque inevitablemente volverían a encontrarse al día siguiente. Internet rompió esa lógica.

Ahora es posible insultar durante horas a un desconocido sin volver a verlo jamás. La distancia digital eliminó una vieja maestra de la civilización: la responsabilidad del encuentro.

Quizá por eso nuestras conversaciones públicas se parecen cada vez menos a una plaza y cada vez más a un estadio vacío donde millones de personas gritan convencidas de que nadie escuchará las consecuencias de sus palabras.

Mientras tanto, las ciudades continúan creciendo. Se construyen desarrollos inmobiliarios con nombres bucólicos. «Bosques del Lago.» «Residencial Toscana.» «Parque Central.» Resulta admirable la capacidad del mercado para vender naturaleza donde antes hubo un humedal y comunidad donde nunca existió una conversación.

La arquitectura puede fabricar edificios. No produce vecinos. Los vecinos aparecen lentamente. Con el tiempo. Con las derrotas compartidas. Con las pequeñas ayudas. Con la confianza. Con la repetición. Con esa maravillosa costumbre de reconocer el rostro de alguien antes de conocer su nombre.

La pandemia descubre una verdad incómoda

Sin embargo, algo comienza a cambiar. Después de la pandemia muchas personas descubrieron una verdad incómoda. La autosuficiencia era una ilusión. Quienes sobrevivieron mejor no fueron necesariamente los más ricos. Fueron quienes todavía conservaban una red de apoyo.

Una señora que hacía compras. Un muchacho que llevaba medicinas. El tendero que seguía fiando. La médica del barrio. El maestro jubilado. La cocinera. El mecánico. Las ciudades redescubrieron una palabra antigua. Interdependencia. Aquello que siempre supieron los barrios.

Tal vez la gran discusión urbana del siglo XXI no sea cuántos edificios inteligentes construiremos. La verdadera pregunta será mucho más sencilla. ¿Cómo volveremos a fabricar vecinos?

No bastará con plantar árboles. Ni pintar murales. Ni instalar ciclovías. Ni colocar internet gratuito. Todo eso es necesario. Pero ninguna política pública puede decretar la confianza.

La confianza sólo aparece cuando una sociedad decide volver a mirarse a los ojos. Quizá el futuro de las ciudades no dependa tanto de la inteligencia artificial como de recuperar una inteligencia mucho más antigua. La capacidad de esperar. De escuchar. De conversar. De cuidar. De reconocer.

En otras palabras. La capacidad de hacer barrio. Porque un barrio nunca fue únicamente un conjunto de calles. Fue una manera de comprender que nadie se salva solo. Y quizá esa sea la lección más importante de nuestro tiempo.

Un barrio nunca fue únicamente un conjunto de calles. Fue una manera de comprender que nadie se salva solo. AMEXI/FOTO/ Especial
Un barrio nunca fue únicamente un conjunto de calles. Fue una manera de comprender que nadie se salva solo. AMEXI/FOTO/Especial

¿Se encontrarán los vecinos…?

Mientras seguimos preguntando qué clase de ciudades heredarán nuestros hijos, olvidamos formular una pregunta mucho más decisiva. ¿Encontrarán todavía vecinos? Porque cuando desaparece el vecino no desaparece únicamente una persona. Desaparece una forma de humanidad. Y esa pérdida no la compensará jamás ningún algoritmo, ninguna aplicación, ninguna pantalla ni ninguna ciudad inteligente.

Las civilizaciones suelen desaparecer cuando olvidan construir aquello que las mantiene unidas. Las nuestras corren el riesgo de desaparecer precisamente cuando han conseguido comunicarse con todo el planeta. Porque una cosa es estar conectados. Y otra, infinitamente más difícil, es volver a encontrarnos.

Tal vez el futuro no necesite más ciudades inteligentes. Tal vez necesite barrios suficientemente humanos para recordarnos que la tecnología puede acelerar la vida, pero sólo la convivencia consigue darle sentido.

Y acaso, dentro de algunos años, cuando alguien vuelva a decirnos con una sonrisa «te falta barrio«, comprendamos que no estaba hablando de una colonia, de una calle ni de una esquina. Estaba hablando de la última frontera de la civilización.

 

 

 

Etiquetas: ComunidadPortada 1Rizando el RizoTe falta barriotercera y última partevecino
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