«Kobe» (2026), la ópera prima del director Vicente Monarque (egresado de la ENAC), quien también produce la cinta junto a Tania Álvarez, es una obra fascinante de poco más de una hora que desafía la narrativa lineal. Presentada en el Festival Internacional de Cine de Guanajuato, la historia sigue los pasos de Ana (Alejandrina Hergón), una patinadora artística cuya pasión queda suspendida por una lesión en el brazo. Aunque el médico le asegura que la inflamación cederá, el miedo a perder su sueño la consume en una profunda frustración, un sentimiento que se agudiza cada vez que intenta apoyar a su amiga Larissa en sus entrenamientos.
A la par de esta crisis, Ana sostiene la frágil estabilidad de su entorno. Trabaja en la panadería de su tía —un espacio que aprecia porque su madre, ya fallecida, también laboraba ahí—, pero se ve obligada a ocultar su dolor físico para que no la manden a descansar. Necesita el dinero para sostener los gastos del hogar y lidiar con su padre alcohólico. Al sentir que las cosas se salen de control, la joven recurre a un conjuro emocional: aprieta los ojos con fuerza y repite la frase «Si esto es un sueño, tengo que despertar». Sin embargo, ella misma reconoce que esta evasión ha dejado de funcionarle.
El color de la melancolía y la presencia de Kobe
Es en este pico de vulnerabilidad cuando la presencia de Kobe (David Calderón) cobra verdadera fuerza. Aunque interactúan en un supermercado desde el principio de la cinta, es a partir de su segundo encuentro cuando él comienza a aparecer cada vez más en su vida. En un principio, Ana sospecha que es un acosador, pero él asegura ser un amigo de la infancia. Visualmente, la película refuerza esta extraña familiaridad gracias al notable trabajo en la dirección de fotografía de Pablo Fernández y la dirección de arte de Ana Victoria Méndez. Juntos construyen una cuidada e intencional paleta de colores donde ella viste tonos cafés claros y amarillos, buscando retener la calidez, frente a los azules y grises de Kobe, que introducen una atmósfera fría.
Vicente Monarque deja la identidad de Kobe a la libre interpretación, pero (a mi parecer) no es humano, sino un ente que encarna la depresión. En lugar de aplastarla con una tristeza inmediata, la envuelve en un falso y reconfortante abrazo. Mientras tanto, Ana siente que las miradas de ambos se asemejan como un poético reflejo del alma, un detalle cargado de simbolismo dado que la protagonista tiene un ojo azul y otro café.

La caída en el bucle y el aislamiento
La caída en este abismo emocional se agudiza tras un momento clave: Ana se queda dormida en el auto de Kobe. Al despertar, él le pregunta sobre su sueño, y ella le confiesa un recuerdo nostálgico donde solía comer paletas con su madre. Aprovechando el momento, Kobe le pide que lo acompañe, prometiéndole que le tiene una sorpresa, pero Ana se niega inicialmente porque tiene el compromiso de ir con Larissa. Es entonces cuando él da en el blanco al señalar que ella siempre vive preocupada por los demás y jamás por sí misma.
Sus palabras logran manipularla y, al llegar al destino de la sorpresa, Ana descubre que él la ha llevado a la paletería de su infancia. Al probar la paleta, la añoranza la supera, se quiebra por completo y rompe en llanto. A partir de ese instante, se rinde ante la melancolía y le abre las puertas de su hogar a Kobe, permitiendo que se instale en su vida y convirtiendo su compañía en un refugio íntimo.
La distorsión del tiempo y la ruptura de los vínculos
Al día siguiente, Kobe desaparece misteriosamente. En su lugar, su tía y Larissa llegan a la casa sumamente preocupadas porque han pasado semanas desde la última vez que la vieron; una distorsión temporal que Ana no percibe con la misma claridad. Al ser cuestionada, la protagonista se molesta casi involuntariamente y repite el argumento que le plantó Kobe, reprochándoles haber vivido siempre en función de ellas y explotando de forma hiriente. Esta reacción rompe sus lazos afectivos, encapsulándola aún más en la narrativa repetitiva del bucle, del mismo modo en que opera la depresión al aislar a quien la padece.
A través de esta espiral, Ana desentierra heridas de la infancia. Resalta especialmente el recuerdo de su madre dibujando una casa; cuando Ana le preguntó dónde estaba su cuarto, su madre le aclaró fríamente que ahí no había un espacio para ella. Todo este dolor, distorsionado por el tiempo, aterriza en la pregunta más constante de la cinta: «¿Un recuerdo hermoso puede perder lo que lo vuelve hermoso?».

La música y la decisión de salvarse a una misma
La atmósfera de la película y este doloroso descenso emocional se sostienen de forma impecable gracias al diseño sonoro y musical de Adrianna Maldonado y Daniel Cobos. Ellos logran que la banda sonora transite de manera fluida entre la energía del reguetón, la nostalgia de las piezas de piano y el ritmo de la salsa. Sin embargo, la verdadera joya musical llega rumbo al clímax, cuando la depresión amenaza con arrebatarle lo único que la conecta con su verdadera identidad.
Justo en esa encrucijada entre dejarse consumir o intentar romper el bucle, suena magistralmente «Lo malo de ser bueno» del Cuarteto de Nos. La letra encapsula a la perfección la asfixia existencial de Ana y sus constantes contradicciones. Versos como «La verdad es que no hay una verdad» retratan con precisión el laberinto mental y la ambigüedad en la que se encuentra atrapada tras haber vaciado su propia vida para sostener la de los demás. La canción plantea de manera brillante que priorizarse a una misma a menudo se juzga erróneamente, dejando al espectador con una reflexión poderosa sobre el enorme desgaste del autosacrificio y lo difícil que resulta tomar la decisión de salvarse en un mundo cruel.
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