La película «La bola» (2026), presentada en la Selección Oficial del Festival Internacional de Cine de Guanajuato, es una obra que exige mirarse con detenimiento. Dirigida por Alfonso Coronel y producida por Gabriela Ivette Sandoval, la cinta es un auténtico acto de resurrección de nuestra memoria histórica. Gracias a la inteligencia artificial, se rescataron invaluables grabaciones de la Filmoteca de la UNAM, devolviendo el pulso, el movimiento y el color a los fantasmas de nuestra historia.
Con la voz serena pero contundente de Yalitza Aparicio como hilo conductor, el filme nos transporta a un país que sigue latiendo en nuestras fracturas del presente. Junto a ella, un tejido de voces expertas —que incluye a historiadores, sociólogos e investigadores de la talla de Salvador Rueda, Felipe Ávila, Lorenzo Meyer, Gabriela Cano y Margarita Montaño— va mucho más allá de la enumeración de datos fríos. Ellos son quienes dan voz a las imágenes mudas, interpretan los silencios y traducen el dolor de un pueblograbado primero por accidente y, finalmente, por una necesidad brutal de documentar su realidad.
El espejismo del progreso y los mirones incómodos
Para comprender la magnitud de la obra, debemos situarnos a principios del siglo XX. La sociedad mexicana estaba partida en dos, gobernada por una gerontocracia que envejeció en el poder. Esta élite estaba convencida de vivir en una extensión de Europa y se obsesionó con replicar sus lujos, ignorando por completo a la inmensa población indígena y campesina.
Cuando el cinematógrafo llegó a México, pioneros como Salvador Toscano, Enrique Rosas, los hermanos Alva y Jesús H. Abitia fueron contratados casi en exclusiva por las clases altas. Su objetivo a manivela era claro: filmar la ilusión de la modernidad.
La irrupción del México profundo
Desde un principio, a toda esta inmensa población marginada, la élite la denominaba con asco «la bola» o «la chusma». Y es precisamente aquí donde el documental asesta su primer gran golpe visual: demuestra cómo la realidad terminó por desbordar los encuadres.
Mientras los ricos posaban y las cámaras buscaban las mejores vistas de los desfiles, el México profundo irrumpía sin pedir permiso. La lente comenzó a registrar a los mirones y curiosos que se acercaban asombrados. De pronto, se metían a la toma los niños descalzos, escabulléndose entre la multitud, junto a hombres campesinos de rostros duros y mujeres envueltas en sus rebozos. En los registros rescatados, se observa claramente cómo los asistentes de los cineastas, escandalizados por la intromisión, agarraban a estos niños y a los mirones, los jalaban y los sacaban a empujones violentos para esquivar sus cuerpos y evitar que la pobreza manchara la mentira del progreso.
Los historiadores reivindican este término despectivo y le devuelven su peso político. «La bola son todos», señalan, describiéndola como un contagio colectivo donde, por un momento, los sin poder se empoderaron para adueñarse del escenario.

Memoria prehispánica, catarsis popular y el rugido de la tierra
La narrativa entrelaza magistralmente la tensión sociopolítica, otorgándole una profunda dignidad y un peso político innegable a nuestra cosmovisión prehispánica. Coronel subraya cómo el pueblo leyó su propia realidad a través de esta memoria viva frente al paso del cometa Halley. Para el imaginario indígena, esto no era un simple evento astronómico, era un tetzahuitl, un mensaje de los dioses; una espiga de fuego que anunciaba el inminente colapso del viejo mundo.
Ese colapso se hizo inminente. El documental contrapone de forma brillante las dos caras de la época. Por un lado, la fría celebración de la burguesía durante el Centenario de la Independencia, donde la clase rica vestía sus mejores galas e inauguraba el manicomio de La Castañeda para aislar a los indeseables. Frente a esa ilusión de control, presenciamos la genuina catarsis popular tras la renuncia del dictador Porfirio Díaz. En medio del furor, un cineasta de la época incitó a la multitud a hacer bulla, celebrar frente a la cámara y levantar sus sombreros.
Pero la llegada a la capital en junio de 1911 trajo consigo un fenómeno abrumador: un poderoso terremoto. La película enlaza poéticamente este sismo con los temblores de 1957, 1985 y 2017, invocando la convicción del Quinto Sol. Para el pueblo, aquel sismo significó que hasta la tierra misma temblaba de furia y emoción para sacudirse el yugo de la tiranía.
La guerra, las mujeres reales y el peso del imperialismo
A medida que el conflicto avanza, el documental se transforma en un crudo ensayo sobre la violencia de Estado y el intervencionismo extranjero. Madero fue traicionado en la Decena Trágica por Victoriano Huerta, en un sangriento golpe de Estado orquestado directamente desde la embajada de Estados Unidos. La película evidencia cómo la injerencia estadounidense asfixió el primer intento democrático de México para proteger sus intereses económicos, operando de la mano con el conservadurismo local.
Ante la traición, la nación se incendió. El proyecto zapatista de «Tierra y Libertad» evidenció que los campesinos reclamaban un derecho histórico innegociable sobre las tierras que les habían sido arrebatadas.
Las cámaras salieron a los campos de batalla para documentar el horror. De manera indispensable, la cinta confronta a la industria cinematográfica posterior, la cual se encargó de inventar la figura sumisa de «La Adelita». La película destruye este constructo y nos muestra en pantalla a las verdaderas mujeres de la Revolución: estrategas que sostenían la infraestructura de los ejércitos mediante labores de cuidado, curaban a los heridos y tomaban las armas por pura convicción.
Al final, cuando las traiciones consumen el movimiento, la cámara se convierte en un testigo forense: registra el cadáver de Emiliano Zapata, el automóvil de Francisco Villa perforado a balazos, el asesinato de Venustiano Carranza y la exhibición del brazo amputado de Álvaro Obregón.

La genealogía del conservadurismo y la voz de los marginados
A modo de conclusión, «La bola» nos obliga a confrontar el doloroso saldo del movimiento armado. Tras la pérdida de más de un millón de vidas, el documental traza una línea directa entre el pasado y nuestro presente, explicando con lucidez cómo se reconfiguró la oposición conservadora de hoy.
El paralelismo es innegable. Quienes hoy, desde la derecha, se escudan en la «defensa de las instituciones», muchas veces lo hacen para proteger los mismos privilegios económicos que detonaron el estallido social hace más de un siglo. Observan a las clases trabajadoras y a las luchas sociales con el mismo asco y clasismo con el que aquellos asistentes de cámara sacaban a empujones a los mirones y a los niños descalzos para que no arruinaran su video perfecto.
Alfonso Coronel nos entrega una obra monumental que lanza una advertencia feroz: por más que las élites conservadoras intenten maquillar la realidad y sacar a los pobres de la foto, la verdad no se puede domesticar; la historia de este país siempre encontrará grietas para salir a la luz porque, aunque el clasismo intente borrarlos del encuadre, la bola no se quedará callada.
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