La pérdida de un hijo es una herida devastadora que nos atraviesa a todos por igual, sin importar a qué nos dediquemos ni los pecados que llevemos en la espalda. Bajo esta premisa, Las lágrimas de Bael se consagró con el premio a mejor largometraje mexicano de ficción en la 29ª edición del Festival Internacional de Cine de Guanajuato. Escrita y dirigida por Hugo Villaseñor Alcázar, la cinta utiliza el formato del falso documental para diseccionar la vida del Capitán Gato, un narcomenudista interpretado por Alberto Trujillo, cuya existencia se desmorona ante esta tragedia.
La obra acierta desde sus primeros minutos al introducirnos a la historia mediante nostálgicos videos caseros. En ellos observamos a Mario, el hijo del protagonista, como un joven noble en los instantes previos a declarársele a la chica que le gusta. La narrativa visual fluye desde ese tierno cortejo inicial hasta la consolidación de su noviazgo, para luego romperse de forma abrupta: durante una cita en un parque, el rugido de una motocicleta interrumpe la escena y el muchacho es acribillado.
El origen del abandono y la violencia
A través de testimonios a cámara, el guion hila con destreza el origen del protagonista, exponiendo un reflejo crudo del abandono social. Desde su infancia deambulaba por las calles, lo que motivó a doña Catita —una mujer con un pasado delictivo— a bautizarlo con el apodo de Gato. Frente a la lente, él confiesa que creció en un hogar fracturado, siendo testigo constante de las golpizas que su padre le propinaba a su madre, interpretada por Regina Flores Ribot.
Atrapado en ese entorno y seducido por el dinero fácil, comenzó a vender drogas desde muy joven. Con el tiempo formó una familia con Lorena, pero, lejos de construir un refugio, replicó en su propia casa la violencia doméstica con la que había crecido. A pesar de ser un individuo consumido por la agresión, su primogénito siempre representó su único destello de pureza, al grado de considerarlo el regalo más hermoso que le dio Dios.
La muerte del muchacho expone las consecuencias fatales del honor criminal y las disputas territoriales. Tiempo atrás, el protagonista había golpeado brutalmente a un sujeto que invadió su zona de venta; en represalia, el hermano del agredido, conocido como el Mosca y personificado por Said Sandoval, cobró venganza asesinando a Mario. Esta cadena de acciones sirve como una aguda crítica a cómo el sistema y las familias disfuncionales empujan a las personas a un abismo del que es imposible salir ileso.

Lejos del estereotipo del narcotraficante
Uno de los mayores aciertos de la cinta es dinamitar el estereotipo que las series de televisión suelen explotar. Lejos de la imagen glorificada del narcotraficante forrado de dinero, rodeado de lujos y mujeres hermosas, la película nos encierra en la miseria absoluta. La realidad del personaje transcurre en un departamento asfixiante de paredes azules, donde la mugre, la ropa tirada y el zumbido de las moscas conviven con sus dos perros.
El espacio es también su punto de operación, donde reparte cocaína mientras observa con inquietante normalidad cómo sus clientes consumen frente a él. Para anestesiar su dolor, el protagonista se rodea de trabajadoras sexuales y se pierde entre el humo del cigarro y el alcohol de las madrugadas, aunque el remordimiento siempre lo alcanza, haciéndolo despertar por las noches quebrado en llanto. Todo este descenso es acompañado magistralmente por la banda sonora. Más allá de la inmersiva música original de Belafonte Sensacional, la cinta utiliza temas como «Noches de mar» —compuesta por Pablo Mondragón e interpretada por Paola Cantú— para generar un choque devastador. Escuchar esta cumbia de fondo mientras él se hunde en sus vacíos existenciales frente al altar de veladoras donde la Santa Muerte y San Judas Tadeo custodian la fotografía de Mario, convierte el momento en un retrato asfixiante de su ruina emocional.
La propuesta visual y la cuarta pared
Para proteger su identidad durante el rodaje, el narcomenudista se oculta tras una máscara de látex y ropa militar. Su comportamiento es un péndulo de emociones impredecibles; un segundo puede estar relajado y, al siguiente, desconectarse de la realidad para apuntar su arma directamente a la cámara. Es aquí donde confronta frontalmente a los documentalistas, sentenciando que la sociedad solo se acerca a los marginados impulsada por el morbo o para usarlos de mal ejemplo.
La propuesta visual destaca por la dirección de fotografía a cargo de Alejandro Santiago, quien logra planos muy cerrados a los ojos del protagonista a través de los orificios de la careta, capturando una mirada inundada de tristeza. Mientras relata sus memorias, la edición de David Buitrón Fernández entrelaza hábilmente estos encuadres con los videos de Mario de niño, creando una colisión visual poética y dolorosa.

El peso asfixiante de un luto no procesado
Pese a su densa coraza, el filme nos muestra que el Capitán Gato mantiene destellos de humanidad cuando visita a su madre para llevarle regalos, en el cariño mutuo que comparte con la señora Catita, y a través del relato de Erika, una artista drag que recuerda con gratitud cómo él la defendió de un cliente agresivo en su juventud.
Su duelo se manifiesta en actos de devoción silenciosa, como llevar flores a la tumba, o en el abrumador recorrido hacia el parque donde ocurrió el crimen. En ese lugar, recordando las tardes en que llevaba a jugar a su hijo cuando era niño, el hombre reflexiona amargamente sobre cómo aquel espacio, igual que su propia vida, se fue a la mierda tras el asesinato. Superado por el recuerdo, se arranca la máscara, da la espalda al equipo de grabación y camina a la distancia para llorar en soledad, un acto de vulnerabilidad que desarma al espectador.
Las lágrimas de Bael expone el peso asfixiante de un luto no procesado, demostrando que en el inframundo urbano la retribución violenta jamás logra resucitar a los inocentes. Al final de la cacería, no hay alivio ni justicia, únicamente un hombre vaciado por dentro, condenado a deambular eternamente entre sus propios fantasmas.
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