La adolescencia es por naturaleza una etapa de pulsiones desbordadas y un constante choque contra la autoridad. En el mundo exterior, esta figura de poder suele llevar el rostro de los padres o maestros, pero resulta necesario cuestionarnos qué pasa cuando la rebeldía estalla contra los muros de concreto de una celda donde la ley viste uniforme de guardia.
Dirigido, escrito y producido por Fernando Rebeil (basado en la obra de Gilberto Landeros Santini) y reciente ganador del premio a Mejor Cortometraje Mexicano de Ficción en la edición 29 del Festival Internacional de Cine Guanajuato (GIFF), Parió la cochi es un cortometraje de 15 minutos grabado en blanco y negro que borra la línea entre el documental y la ficción. Al filmarse íntegramente dentro del Instituto de Tratamiento de Aplicación de Medidas para Adolescentes (ITAMA) en Hermosillo, Sonora, logra un impacto profundo al permitir que su elenco —conformado por Juan Carlos, Brandon Aroon, José Obed, Rodolfo Ulises y Luis Alberto, un grupo de jóvenes exinternos— represente su propio cautiverio.
La trayectoria de Fernando Rebeil
Fernando Rebeil es actor, guionista, director y productor mexicano. Su trayectoria y trabajo previo destacan de la siguiente manera:
- Su cortometraje El pulso de la tierra (2018) compitió en el Festival Internacional de Cine de Morelia (FICMorelia) y en el GIFF, y obtuvo el premio a Mejor Director de Cortometraje en Black Canvas, así como el de Mejor Cortometraje Mexicano en el Festival del Puerto.
- Produjo los cortometrajes Loving South (2017), ganador del premio a Mejor Cortometraje Mexicano en el GIFF, y Una mano bajo la nieve (2022), ganador del premio a Mejor Cortometraje Mexicano en Morelia.
- Siendo Parió la cochi su más reciente cortometraje como guionista, director y productor, actualmente desarrolla Mucha mierda, su ópera prima.
Como parte de su participación oficial en esta vigésima novena edición del festival, la cinta compartió su cruda narrativa a través de un par de exhibiciones. Las proyecciones comenzaron el pasado 26 de julio en el Teatro Cervantes de la ciudad de Guanajuato, para luego trasladar la reflexión el 31 de julio al Auditorio Miguel Malo del Centro Cultural Ignacio Ramírez «El Nigromante» en San Miguel de Allende.

La rutina y el grito de asfixia
La historia arranca en el corazón del encierro. Dentro de un cuarto del ITAMA, un grupo de jóvenes reclusos intenta sobrellevar la rutina previa a las ansiadas visitas familiares.
El contraste es doloroso: la vitalidad desbordante propia de su edad choca de frente contra las cuatro paredes. Mientras uno limpia sus tenis con un cuidado casi obsesivo, otro se recuesta en su litera haciendo manualidades y los otros dos se asoman por la ventana. Esa energía sin escapatoria comienza a envenenar el aire y termina asfixiándolos.
De pronto, la frágil tranquilidad se quiebra. Uno de ellos, consumido por la desesperación, estalla. Con un marcado acento regio, grita a los cuatro vientos que está harto de esa vida. En medio de su catarsis, lanza una amenaza cruda pero reveladora: jura que, en cuanto pise la calle, volverá a delinquir para llenarse de dinero y recuperar la autonomía que el sistema le arrebató.
El avistamiento, la pérdida de poder y la ilusión de control en Parió la cochi
Este arranque destructivo enciende las alarmas en sus compañeros. Aterrados por la posibilidad de que el escándalo provoque un castigo y les cancelen las visitas, le exigen a gritos que se calle. La tensión escala a empujones y confrontaciones físicas, pero el arranque de rabia se desmorona rápidamente, traicionado por la inmadurez emocional de su edad.
Una vez que las aguas se calman, la dinámica de poder del cuarto sufre un nuevo giro. A través de la ventana, los jóvenes observan a un chico nuevo, mucho menor que ellos, caminando hacia las instalaciones. Los veteranos de la celda no ven a un compañero en desgracia; ven una oportunidad. Inmediatamente, comienzan a planear cómo lo convertirán en su mandadero personal, aferrándose a una falsa sensación de control.
Sin embargo, esa ilusión de autoridad se hace pedazos cuando los guardias irrumpen violentamente en el cuarto para ingresar al nuevo integrante e imponer el orden. A base de gritos, fuerza e intimidación, los celadores someten al grupo, obligándolos a agacharse y clavar la mirada en el suelo, recordándoles su absoluta falta de poder frente al sistema. Movido por la misma rebeldía que lo asfixiaba minutos antes, el joven regio levanta el rostro. La respuesta es un golpe seco por parte del guardia, acompañado de una amenaza directa: que ni se le ocurra tocar al recién llegado.

La cadena de abusos
En cuanto los guardias se retiran y cierran la pesada puerta, el instinto de supervivencia más primitivo se apodera del cuarto. Humillados y despojados de su dignidad, los veteranos necesitan desesperadamente ejercer poder sobre el eslabón más débil para desquitar su propia frustración. Acorralan al chico nuevo, le arrebatan los tenis, le lanzan una libreta y comienzan a dictarle una larga lista de exigencias.
Aterrorizado, el chico intenta defenderse marcando una distancia crucial: asegura que, aunque su hermano sí es un delincuente, él no lo es; él solo era un estudiante aplicado. Sus palabras desatan las burlas de todos los presentes. En ese cuarto, curtido por el cinismo del encierro, asumen que todos cometieron un delito y proyectan su propia culpa sobre él para justificar el maltrato.
La tragedia de la inocencia
Forzado a hablar bajo la intimidación constante, el adolescente finalmente relata cómo terminó en ese infierno. Confiesa que acudió a una fiesta con su hermano —quien sí está metido en la delincuencia— y que, en algún momento, un amigo de este le pidió guardar un paquete. Él no sabía que el envoltorio escondía droga. De pronto, se desató una pelea en el lugar. Para cuando llegó la policía, el verdadero culpable había huido y a él lo encontraron con la evidencia en las manos.
Lo más desolador de su relato es la barrera de incredulidad a la que se enfrentó: ni la policía ni su propia madre le creyeron. Aquí, el corto nos confronta directamente con el abismo de nuestras instituciones y el contraste de sus realidades. Por un lado, vemos al joven que, corrompido por la maquinaria punitiva, anhela salir solo para perfeccionar el daño. Por el otro, al inocente que paga con su juventud el precio de una justicia que encarcela primero e investiga después, castigándolo simplemente por estar en el lugar equivocado.
El cine como única trinchera y la verdadera victoria de Parió la cochi
El golpe maestro de la obra, sin embargo, ocurre cuando las cámaras se apagan. Todos estos jóvenes, que una vez habitaron esas literas de metal y compartieron esa misma desesperanza, hoy están en libertad. Y, a diferencia de las estadísticas que condenan a la reincidencia, ellos eligieron un camino distinto. Se acercaron a su profesor y director para construir esta pieza audiovisual, demostrando que la reinserción social no se logra con discursos punitivos ni encierros prolongados. Para materializar esta visión, el proyecto contó con el respaldo de un destacado equipo técnico: la edición de Paulina del Paso, la música de Carlos Iturralde, el diseño sonoro a cargo de José Miguel Enríquez y el doble trabajo de Hermann Neudert en la dirección de fotografía y crew.
Parió la cochi nos demuestra que el arte no es solo un lujo para quienes observan desde fuera; es, para muchos, el único salvavidas capaz de romper el ciclo de la violencia. La verdadera victoria de estos jóvenes no fue solo salir de esa celda, sino haberla convertido en cine.
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