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Instrucciones para sobrevivir como José Agustín

Manjarock en AMEXI / por Manjarrez

Manjarrez Por Manjarrez
22 de agosto de 2026
En Cultura, Manjarock en Amexi
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José Aguatín
José Agustín. AMEXI/ Imagen: Manjarrez

Instrucciones para sobrevivir como José Agustín

Porque en México, durante buena parte del siglo XX, escribir podía ser una actividad respetable. Uno podía sentarse frente a una máquina de escribir, ponerse cara de intelectual, fumar con gravedad y decir cosas como “la condición humana”. Pero entonces apareció José Agustín, todavía muy joven, y decidió que la literatura también podía hablar como hablaban los chavos en la calle.

Y aquello, para una cultura acostumbrada a que los escritores parecieran ministros de la República, fue casi un acto terrorista.

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22 de agosto de 2026

José Agustín nació en Acapulco el 19 de agosto de 1944. Le tocó crecer en un país que se estaba modernizando a trompicones: televisión, rock and roll, nuevas modas, rebeldía juvenil, cine, revistas, viajes, drogas, sexo, Beatles, Rolling Stones y una juventud que comenzaba a sospechar que quizá sus padres no tenían todas las respuestas.

El muchacho observó todo aquello y tuvo una idea bastante peligrosa:

escribirlo.

Y no escribirlo como si estuviera redactando un informe para la Secretaría de Educación Pública.

Escribirlo desde adentro.

A los diecinueve años apareció La tumba.

El libro tenía algo que para muchos adultos resultaba francamente desagradable: jóvenes que hablaban como jóvenes, jóvenes que bebían, se aburrían, tenían deseos sexuales, se peleaban, se enamoraban, se burlaban de la solemnidad y, sobre todo, no parecían interesados en convertirse inmediatamente en ciudadanos respetables.

José Agustín había conseguido algo que parece sencillo pero es dificilísimo:

escuchar cómo hablaba una generación.

La tumba fue publicada en 1964 y se convirtió en uno de los textos fundamentales de la llamada literatura de la Onda. Pero lo interesante es que José Agustín nunca fue simplemente “el escritor de los jóvenes”.

Era un escritor que entendía que los jóvenes podían ser profundamente ridículos, contradictorios, románticos, pretenciosos, desesperados y geniales todo al mismo tiempo.

Es decir: seres humanos.

La novela tenía además una historia detrás de la historia.

José Agustín llevó el manuscrito al taller literario de Juan José Arreola, quien funcionó como una especie de padrino literario. Arreola era uno de esos hombres capaces de detectar talento casi como otros detectan humedad en las paredes.

José Agustín llegó con su manuscrito y Arreola encontró allí una voz distinta.

No perfecta.

No domesticada.

Pero viva.

Y eso era mucho más importante.

Arreola ayudó a encaminar aquella primera novela y, de alguna manera, el muchacho que había entrado al taller salió de ahí con algo más peligroso que un libro:

la certeza de que podía escribir.

 

Si La tumba había sido una bofetada, De perfil fue el momento en que José Agustín descubrió que podía convertir el desconcierto juvenil en una forma literaria.

Publicada en 1966, la novela se metió todavía más profundamente en la vida cotidiana de los jóvenes.

No había héroes de mármol.

Había muchachos.

Muchachos que podían pasar horas hablando de nada, pensando en sexo, música, fiestas, alcohol, amigos, aburrimiento, padres, escuela y ese terrible problema de tener diecisiete años y descubrir que nadie te ha explicado para qué demonios sirve la vida.

La literatura mexicana comenzó a reconocer algo que los adolescentes ya sabían:

la vida podía ser una fiesta, pero nadie había explicado quién pagaba la cuenta.

La Onda

José Agustín quedó asociado con Gustavo Sainz y Parménides García Saldaña a aquella generación conocida como los escritores de la Onda.

Y aquí aparece una ironía maravillosa.

La literatura mexicana tenía sus grandes escritores, sus enormes patriarcas, sus ceremonias, sus premios, sus entrevistas y sus fotografías solemnes.

Y de pronto llegaron unos jóvenes hablando de rock.

Como si la literatura hubiera decidido ponerse unos pantalones de mezclilla.

La Onda fue más que una moda literaria. Fue una manera de entender la cultura juvenil de los años sesenta y setenta.

Rock, lenguaje coloquial, contracultura, sexualidad, drogas, rebeldía, cine, viajes, televisión.

Todo aquello que la cultura oficial prefería mantener fuera de la sala entró por la ventana.

Y José Agustín fue uno de los que abrió esa ventana.

José Agustín no se quedó encerrado en la novela.

Escribió cuentos, ensayos, crónicas, guiones, autobiografía, libros sobre rock y textos donde mezclaba literatura y cultura popular.

Porque para él la cultura no estaba dividida en compartimentos.

Podía hablar de literatura y después hablar de rock.

Podía pasar de un escritor clásico a los Rolling Stones sin miramientos.

Y eso, en México, siempre ha sido una forma bastante elegante de provocar a los guardianes del buen gusto.

 

En 1973 apareció Se está haciendo tarde (final en laguna).

Aquí José Agustín llevó a sus personajes a Acapulco, ese paraíso mexicano donde el sol brilla con tanta intensidad que uno puede tardar varias horas en descubrir que está tomando malas decisiones.

La novela mezclaba viaje, drogas, sexualidad, desencanto y búsqueda espiritual.

Acapulco funcionaba como escenario perfecto.

Porque Acapulco prometía felicidad.

Y José Agustín sabía que la felicidad, cuando se anuncia demasiado, suele venir con una factura escondida.

Después vendrían nuevas novelas y nuevas exploraciones.

El rey se acerca a su templo continuó ese viaje por los territorios de la juventud, la libertad, el deseo y la identidad.

Pero José Agustín ya no era simplemente aquel muchacho que había escrito La tumba.

El tiempo comenzaba a hacer su trabajo.

El escritor crecía mientras sus personajes también envejecían.

Y eso es una de las cosas más interesantes de su obra: la Onda no permaneció eternamente joven.

Los muchachos se hicieron adultos.

Algunos se casaron.

Otros se divorciaron.

Otros siguieron tomando.

Otros se volvieron funcionarios.

Y alguno seguramente terminó diciendo:

En mis tiempos había mejor música.

Que es la frase que anuncia oficialmente que la juventud ha terminado.

 

En Ciudades desiertas, José Agustín volvió a jugar con México y Estados Unidos, con las diferencias culturales, las relaciones de pareja, el choque entre dos mundos y esa eterna fascinación mexicana por irse al Norte para descubrir que el Norte tampoco tiene idea de qué hacer con uno.

La novela mostró otra faceta de José Agustín: su capacidad para utilizar el humor como bisturí.

No necesitaba sermonear.

Le bastaba observar.

Y cuando un escritor observa bien, la sociedad termina confesándose sola.

 

Más adelante llegó Cerca del fuego, una novela mucho más compleja y oscura, donde aparecían la memoria, la identidad, la conciencia y esa pregunta que eventualmente nos alcanza a todos:

¿qué demonios hacemos aquí?

Claro que José Agustín no formulaba la pregunta con solemnidad filosófica.

La formulaba como quien está sentado en una mesa después de varias horas de conversación y de pronto descubre que todos están hablando de otra cosa para no hablar de lo verdaderamente importante.

Y estaba el rock.

Porque sería imposible contar la vida de José Agustín sin contar su relación con la música.

Escribió sobre rock mexicano, rock internacional y cultura juvenil. Libros como La nueva música clásica, El hotel de los corazones solitarios y otros textos sobre música muestran al escritor tratando al rock no como entretenimiento para adolescentes sino como fenómeno cultural.

Para José Agustín, el rock podía decir cosas que la literatura tradicional todavía no sabía decir.

Un riff podía explicar una época.

Una canción podía contar una generación.

Una banda podía convertirse en documento histórico.

Y una guitarra eléctrica podía hacer más daño a ciertas ideas conservadoras que veinte discursos universitarios.

La historia de México fué vista a nivel banqueta

José Agustín también escribió sobre México.

Y aquí apareció otra de sus grandes virtudes: podía desmontar la historia oficial sin necesidad de disfrazarse de historiador solemne.

En sus libros sobre la historia mexicana, particularmente en Tragicomedia mexicana, hizo algo muy suyo:

miró la política mexicana como quien mira una película absurda en la que todos los personajes hablan en serio mientras el público se pregunta por qué nadie se ríe.

Presidentes, crisis, movimientos sociales, cultura popular, televisión, rock, corrupción, modas y tragedias nacionales.

Todo entraba.

México aparecía como lo que siempre ha sido:

una mezcla extraña de tragedia griega, comedia de carpa y sobremesa familiar.

La televisión, el cine y la cultura popular

José Agustín nunca tuvo miedo de contaminar la literatura con la cultura popular.

Y esa fue precisamente una de sus grandes aportaciones.

Para él, un escritor podía leer a los clásicos y también ver televisión.

Podía hablar de Cervantes y después hablar de rock.

Podía interesarse por el cine, por las historietas, por la cultura urbana.

Porque la cultura real nunca respeta las divisiones académicas.

La vida tampoco.

Y entonces llegó la vejez

El problema de ser escritor de una generación rebelde es que tarde o temprano la generación rebelde cumple sesenta años.

Y entonces ocurre algo terrible:

los antiguos rebeldes empiezan a quejarse de los jóvenes.

José Agustín, sin embargo, mantuvo hasta donde pudo esa curiosidad por las nuevas generaciones.

El escritor que había comenzado escribiendo sobre jóvenes terminó convertido en una especie de testigo de varias juventudes.

La de los sesenta.

La de los setenta.

La de los ochenta.

La de los noventa.

Y después aquellas generaciones digitales que probablemente le habrían parecido una mezcla de ciencia ficción, supermercado y apocalipsis.

 

En 2009, José Agustín sufrió un accidente que afectó seriamente su salud.

Pero incluso después de aquello, continuó siendo una figura querida por lectores y admiradores.

Su obra ya no necesitaba defenderse.

Había sobrevivido a las modas.

Y eso es lo verdaderamente difícil.

Porque muchos escritores pertenecen a una época.

José Agustín consiguió pertenecer a varias.

 

José Agustín murió el 16 de enero de 2024, en Cuautla, Morelos.

Tenía 79 años.

Murió después de una vida dedicada a hacer algo que parece sencillo, pero que en realidad es bastante complicado:

decir la verdad sin ponerse demasiado solemne.

Y quizá por eso su muerte tuvo algo de injusticia.

Porque José Agustín había pasado décadas escribiendo sobre muchachos que querían vivir rápido, amar rápido, escuchar música fuerte y escapar de las autoridades.

Y al final, como nos ocurre a todos, tuvo que negociar con la única autoridad que nunca acepta sobornos:

el tiempo.

Pero ahí quedaron los libros.

La tumba.

De perfil.

Se está haciendo tarde (final en laguna).

El rey se acerca a su templo.

Ciudades desiertas.

Cerca del fuego.

Dos horas de sol.

Tragicomedia mexicana.

Y todos esos textos sobre música, literatura, cine, México y la cultura que se estaba inventando mientras los adultos discutían sobre cómo debía comportarse la juventud.

José Agustín nunca pidió permiso.

Ese fue quizá su mayor talento.

Entró a la literatura como quien entra a una fiesta sin invitación.

Se quedó.

Bebió.

Conoció gente.

Se enamoró.

Se peleó.

Escribió.

Y cuando finalmente tuvo que salir, dejó la puerta abierta.

Por ahí todavía entra el ruido.

Un amplificador encendido.

El eco de Hervest Moon flotando en el aire.

Una máquina de escribir.

Una carcajada.

Y un muchacho preguntando:

“Oye, ¿y quién dijo que la literatura tenía que ser aburrida?”

La respuesta, después de José Agustín, ya no importa.

Porque la literatura mexicana llevaba décadas intentando comportarse como una señora respetable.

Y entonces llegó aquel chamaco de La tumba y le rompió un vaso en la cabeza.

Por fortuna.

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El contenido de este artículo refleja exclusivamente la opinión y responsabilidad de su autor. Las ideas, afirmaciones y conclusiones aquí expresadas no representan la postura oficial ni la línea editorial de la agencia AMEXI, que mantiene independencia y neutralidad en sus publicaciones.
Etiquetas: culturaJosé AgustínLa OndaLa timbaliteraturaNovelaPortada 1rock
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