
Primero llegó el silencio.
No fue un silencio normal.
Fue un silencio profundo, negro, inmenso, como si alguien hubiera desconectado de golpe todos los amplificadores del universo.
Jimi estaba en Londres.
La noche había terminado.
A su alrededor quedaban una habitación, una mujer dormida, se podían ver sus enormes pechos y sus nalgas latir en riffs eróticos de la noche anterior. También había algunas cosas abandonadas sobre una mesa: dos lineas de polvo blanco, una atropellada por el caos, y una Jeringa con un liquido viscoso y el rumor lejano de la ciudad.
Él estaba descalzo, desnudo, solo traía puesta una bata con dibujos psicodélicos.
Tomó la jeringa y se dejó caer en el sillón en una limpia estocada directa al brazo, una erección apareció, el sillón se hizo enorme al acto.
Su percepción comenzó a deformarse.
El techo parecía alejarse.
Las paredes respiraban.
Los colores se derramaban unos sobre otros como pintura fresca.
Y entonces escuchó una guitarra.
Una sola nota quedó suspendida en su pupila dilatada.
La…
La nota se quedó suspendida en el aire.
Después apareció otra.
La…sol…mi.
Jimi quiso abrir los ojos.
Y de repente ya no estaba en Londres.
Estaba en Seattle.
Era un niño.
Tenía una guitarra entre las manos.
La miró.
Era pequeña, imperfecta, pero para él parecía contener un universo entero.
¿Qué hay ahí dentro? se preguntó.
Y la guitarra respondió.
Todo.
La infancia.
La calle.
Su madre.
Su padre.
Los primeros sonidos.
Los primeros blues.
Todo apareció frente a él como fotografías flotando en el aire.
Una fotografía se convirtió en otra.
Seattle.
Nueva York.
Los escenarios pequeños.
Los músicos.
Las noches.
La guitarra.
Siempre la guitarra.
Jimi extendió la mano y tocó una de aquellas imágenes.
Entonces el mundo explotó en colores.
Rojo.
Una guitarra ardiendo.
Azul.
Una multitud.
Purpura.
Londres.
Y allí estaba él otra vez, joven, con el cabello enorme, la mirada intensa y una guitarra entre las manos.
El escenario.
La multitud.
Jimi tocaba y parecía que la guitarra estaba descubriendo por primera vez que podía gritar.
Entre los espectadores aparecieron rostros conocidos.
Los Beatles.
Eric Clapton.
Todos convertidos en figuras de una película que se proyectaba dentro de su cabeza.
Jimi sonrió.
Recordó aquellas noches en que la música parecía no tener límites.
Recordó cuando las guitarras hablaban entre ellas.
Cuando un músico podía subir al escenario sin saber exactamente qué iba a suceder.
Cuando el sonido nacía en ese mismo instante.
Después apareció Woodstock.
La multitud se convirtió en un océano humano.
Jimi estaba en el escenario.
Su guitarra comenzó a cantar.
Y aquella guitarra ya no era una guitarra.
Era un avión.
Una sirena.
Una bomba.
Un grito.
Una estrella cayendo.
El himno estadounidense se deshizo entre sus dedos y volvió a construirse como una tormenta eléctrica.
Jimi miró hacia arriba.
El cielo estaba lleno de colores.
Pero entonces los colores comenzaron a apagarse.
Uno por uno.
Rojo.
Azul.
Verde.
Incluso el purpura.
Hasta quedar solamente el negro.
Jimi regresó a Londres.
La habitación.
La noche.
La mujer.
El silencio.
Intentó aferrarse a algo.
A una palabra.
A una canción.
A una guitarra.
Pero la memoria comenzó a correr más rápido.
Vio todos sus escenarios al mismo tiempo.
Miles de luces.
Miles de rostros.
Miles de manos levantadas.
Y comprendió algo extraño:
Toda su vida cabía dentro de una sola canción.
La guitarra volvió a sonar.
Esta vez muy lejos.
Jimi caminó hacia ella.
Cada paso lo llevaba a un recuerdo.
Un niño.
Un joven.
Un músico desconocido.
Londres.
Los Beatles.
Clapton.
Eric Burdon.
Woodstock.
Los discos.
Las mujeres.
Los amigos.
Las noches.
La fama.
La soledad.
Todo giraba alrededor de él como un gigantesco carrusel psicodélico.
Entonces escuchó una voz.
Jimi…
Se volvió.
Pero no había nadie.
Solamente la guitarra.
La tomó.
La conectó a un amplificador imaginario.
Y tocó.
Una última nota.
La nota comenzó a crecer.
Se hizo enorme.
Atravesó la habitación.
Atravesó Londres.
Atravesó el océano.
Atravesó los años.
Y llegó hasta Seattle.
Hasta aquel niño que algún día había descubierto que seis cuerdas podían convertirse en un universo.
Entonces Jimi comprendió que la nota no estaba terminando.
Estaba alejándose.
Su cuerpo quedó atrás.
La música siguió.
La mañana llegó a Londres.
La noticia comenzó a viajar.
Un teléfono.
Una llamada.
Otra.
Después los periódicos.
Jimi Hendrix había muerto.
Los amigos recibieron la noticia con incredulidad.
Era demasiado pronto.
Demasiado absurdo.
Demasiado silencioso para alguien que había hecho tanto ruido.
Algunos lloraron.
Otros simplemente quedaron callados.
Porque no había palabras suficientes.
Y mientras el mundo comenzaba a despedirse de Jimi Hendrix, en algún lugar de aquella dimensión imposible de los recuerdos, una guitarra seguía sonando.
No había escenario.
No había público.
No había aplausos.
Solamente Jimi.
Y seis cuerdas.
Tocando una canción que nadie había escuchado jamás.
Era 1970, y Hendrix atravesaba un periodo de agotamiento físico y emocional. Había alcanzado una fama enorme, pero también sufría las presiones de las giras, los problemas profesionales y el consumo de sustancias. El 17 de septiembre pasó la noche con Monika Dannemann en el hotel Samarkand, en Londres. Al día siguiente, Dannemann declaró que Hendrix había tomado unas pastillas para dormir y que ambos se acostaron.
Durante la mañana del 18 de septiembre de 1970, Dannemann llamó a una ambulancia. Hendrix fue trasladado al hospital St Mary Abbots, donde los médicos intentaron reanimarlo. Sin embargo, ya había fallecido. Tenía veintisiete años.
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