
Llegué a Oaxaca buscando a Francisco Toledo, pero me dijeron que estaba muerto.
Aquí todos están muertos, me contestó una mujer sentada junto a unas iguanas.
Pero Toledo todavía anda peleando.
Entonces lo vi.
Caminaba por las calles con los pies llenos de tierra y los ojos puestos en las montañas.
Detrás de él venían los animales de sus cuadros: monos con deseos humanos, insectos enamorados, esqueletos que se tocaban sin vergüenza.
Toledo pintaba el cuerpo como si fuera una verdad antigua. No había pecado en sus animales ni pudor en sus amantes. El deseo también era parte de la tierra.
Un día llegaron los hombres de las grandes empresas con sus anuncios brillantes y sus palabras limpias.
Aquí construiremos, dijeron.
Y el pueblo comenzó a quedarse callado.
Pero Toledo no.
Se enfrentó a quienes querían convertir Oaxaca en otra ciudad de vitrinas y hamburguesas. Protestó contra los proyectos que amenazaban la vida de los pueblos y defendió su tierra con dibujos, carteles, papalotes y rabia.
Dicen que los hombres importantes no lo querían. Que el dinero habla fuerte cuando alguien se interpone en su camino.
Pero Toledo tenía otra voz.
La voz de los zapotecas, de los mercados, de los animales, de los muertos.
Y por eso, cuando murió, nadie pudo enterrarlo completamente.
Porque todavía, algunas noches, Oaxaca amanece llena de papalotes.
Y alguien jura haber visto a un hombre pequeño caminando entre las sombras, seguido por un ejército de iguanas.
Es Toledo, dicen.
Y nadie se atreve a contradecirlos.





