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México, país de generaciones

Rizando el rizo / Boris Berenzon Gorn

Boris Berenzon Gorn Por Boris Berenzon Gorn
22 de septiembre de 2026
En Opinión, Rizando el Rizo
México, país de generaciones

Revista Deslinde (Número 2-3). AMEXI/Foto: Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM

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Boris Berenzon Gorn
Boris Berenzon Gorn

Del 68 a la generación de la intemperie. Hay revistas que envejecen y otras que, extrañamente, esperan. El número doble 2-3 de Deslinde. Revista de la Facultad de Filosofía y Letras, correspondiente a septiembre-diciembre de 1968 y enero-abril de 1969, pertenece a las segundas. Su tema central, “Dialéctica de generaciones”, parece escrito desde un México que estaba descubriendo, dolorosamente, que una generación no es simplemente un conjunto de personas nacidas durante los mismos años. Es una forma de experimentar el tiempo.

Basta mirar su índice: Leopoldo Zea escribe sobre la dialéctica generacional, Wilberto Cantón sobre la querella de las generaciones en el teatro, Tomás Segovia sobre generaciones poéticas, José Antonio Matesanz se pregunta por el joven historiador ante las generaciones. No era casualidad. Mientras aquellas páginas se imprimían, México acababa de atravesar 1968. El país tenía una población extraordinariamente joven: el grupo de cinco a 29 años representaba alrededor del 55 por ciento de los habitantes. Y aquella juventud no era únicamente una categoría demográfica: comenzaba a convertirse en sujeto histórico.

Quizá por eso convenga recuperar hoy la pregunta de Deslinde, pero invertirla. En lugar de preguntar qué caracteriza a cada generación, podríamos preguntar: ¿de qué enfermedad, deseo, miedo o esperanza social es síntoma cada generación mexicana? Una generación es, en cierto modo, el lugar donde la historia deja cicatrices.

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La generación del 68 fue el síntoma de una modernización que había avanzado más rápidamente en las universidades, las ciudades y las expectativas que en las instituciones políticas. Jóvenes con mayor escolarización, conectados con transformaciones culturales internacionales, encontraron enfrente un régimen cuya cultura de autoridad conservaba rasgos verticales. El conflicto estudiantil condensó precisamente ese desfase entre cambio social y estructura política. Su palabra decisiva fue quizá libertad, pero debajo de ella había otra exigencia: ser escuchados.

El 68 descubrió algo inquietante: los padres podían haber construido el mundo sin tener ya autoridad suficiente para explicarles a los hijos cómo vivir dentro de él.

Después apareció otra generación, menos épica y acaso más contradictoria: la que creció entre los 70 y los 80. Recibió la resaca del 68, la violencia política, las crisis económicas, la devaluación, el terremoto de 1985 y la lenta erosión de las certezas institucionales. Si la anterior había preguntado “¿por qué obedecer?”, ésta comenzó a preguntarse “¿en quién confiar?”. Su síntoma fue la desconfianza. Descubrió que el Estado podía ser poderoso y, simultáneamente, insuficiente; que la sociedad podía organizarse desde abajo y que la ciudadanía no tenía necesariamente que esperar permiso.

La siguiente generación llegó a la adultez bajo otra promesa: globalización, apertura, democracia electoral, tratados comerciales, computadoras personales, televisión planetaria y la expectativa de que estudiar garantizaría movilidad. Fue educada para un futuro que comenzó a desaparecer antes de que pudiera alcanzarlo. Su palabra fue competencia. Había que prepararse, especializarse, hablar idiomas, acumular diplomas. El antiguo mandato de obedecer fue sustituido por otro quizá más sofisticado: rendir.

Y entonces llegaron los llamados millennial, hijos de Internet y, al mismo tiempo, de la precarización. Nunca una generación mexicana tuvo acceso tan inmediato a tanta información; pocas habían experimentado con tanta claridad la distancia entre preparación y estabilidad. Casa, empleo duradero, jubilación y ascenso social dejaron de ser estaciones previsibles de la biografía. El éxito comenzó a exhibirse en pantallas precisamente cuando se volvía más difícil alcanzarlo. Su síntoma social podría llamarse ansiedad: no sólo querer llegar, sino sentir permanentemente que se llega tarde.

La generación Z llevó esta contradicción todavía más lejos. No entró a Internet: nació dentro de él. Su memoria está externalizada en dispositivos; su identidad se construye también frente a miradas invisibles; la aprobación adquirió métricas. Es quizá la primera generación que puede saber casi instantáneamente qué ocurre al otro lado del planeta y, al mismo tiempo, experimentar una profunda incertidumbre sobre lo que ocurrirá con su propia vida dentro de cinco años. Su síntoma es la intemperie.

Pero sería demasiado cómodo convertir estas diferencias en caricaturas. Los jóvenes del 68 no fueron todos revolucionarios, como los jóvenes actuales no son todos frágiles, narcisistas ni distraídos. Las etiquetas generacionales sirven sólo mientras recordemos que México contiene muchos tiempos simultáneos. Un joven de una comunidad rural, una estudiante universitaria de la Ciudad de México, un migrante, una trabajadora de una maquiladora y un creador digital pueden tener veinte años y no pertenecer enteramente al mismo mundo. Ahí está el problema más interesante: las generaciones no sustituyen a las clases sociales, las desigualdades regionales, el género ni las diferencias culturales; las atraviesan.

Por eso la portada verde de Deslinde resulta tan provocadora casi seis décadas después. En 1968 la “querella de las generaciones” parecía enfrentar fundamentalmente a jóvenes contra adultos. Hoy la frontera se ha vuelto más compleja. Ya no discutimos solamente quién tiene autoridad, sino quién tendrá futuro.

Cada generación mexicana ha recibido una promesa y ha descubierto su fisura. A unos les prometieron estabilidad; a otros, democracia; a otros, movilidad; a los siguientes, globalización; a los más jóvenes, conectividad ilimitada. Y cada promesa produjo también su reverso: autoritarismo, desencanto, precariedad, ansiedad, soledad.

Quizá por eso una sociedad debería desconfiar cuando comienza a quejarse demasiado de sus jóvenes. Con frecuencia, cuando una época dice que sus muchachos están perdidos, lo que verdaderamente está confesando es que ella misma ya no sabe hacia dónde va.

Una generación no es el problema que una sociedad tendrá mañana. Es el síntoma que esa sociedad produce hoy.

Y allí reside la vigencia inesperada de aquel Deslinde. La dialéctica generacional no consiste en que los hijos destruyan el mundo de los padres para después convertirse inevitablemente en ellos. Es algo más incómodo: cada generación recibe las preguntas que la anterior no pudo resolver y agrega las suyas.

Los jóvenes de 1968 preguntaron quién tenía derecho a hablar. Los de los 80, en quién se podía confiar. Los del cambio de siglo, cómo pertenecer al mundo. Los millennials, por qué el esfuerzo dejó de garantizar futuro. Los más jóvenes preguntan algo todavía más elemental: ¿habrá un mundo reconocible en el cual construir una vida?

Tal vez ésa sea la verdadera dialéctica de las generaciones: no una guerra entre edades, sino una conversación inconclusa entre muertos, adultos y quienes apenas llegan. Porque las generaciones pasan. Las preguntas se heredan.

Lee: Cooperativas enfrentan retos digitales y de conexión con nuevas generaciones


El contenido de este artículo refleja exclusivamente la opinión y responsabilidad de su autor. Las ideas, afirmaciones y conclusiones aquí expresadas no representan la postura oficial ni la línea editorial de la agencia AMEXI, que mantiene independencia y neutralidad en sus publicaciones.


 

Etiquetas: 1968dialécticaGeneración ZgeneracionesMilenialsPortada 1revista Deslinde
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