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París y la Pantera Rosa

Circuló por las redes una serie de imágenes extraordinariamente convincentes: la Pantera Rosa frente a los cañones de agua

Boris Berenzon Gorn Por Boris Berenzon Gorn
20 de octubre de 2026
En Opinión, Rizando el Rizo
París y la Pantera Rosa. Opinión, columna Rizando el Rizo de Boris Berenzon Gorn. AMEXI/FOTO/Especial

París y la Pantera Rosa. Opinión, columna Rizando el Rizo de Boris Berenzon Gorn. AMEXI/FOTO/Especial

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David Harvey comprendió algo que suele escapársenos cuando miramos París desde fuera: una ciudad no es solamente un espacio donde ocurren los acontecimientos; a veces es la forma material que adopta una época para poder reconocerse.

En París, capital de la modernidad, Harvey reconstruyó la ciudad del Segundo Imperio como un laboratorio donde arquitectura, dinero, poder, consumo, desigualdad y revuelta se mezclaron hasta producir algo más que una metrópoli: una determinada idea de la modernidad.

Los grandes bulevares de Haussmann no fueron únicamente una operación urbanística. Fueron también una manera de organizar la circulación, la mirada, la mercancía y, llegado el momento, la protesta.

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Por eso conviene mirar a París estos días con algo más que la curiosidad que producen las imágenes de barricadas, escaparates rotos, humo y policías. París vuelve a ser termómetro. Y los termómetros no enferman: registran la fiebre.

París vuelve a ser termómetro. Y los termómetros no enferman: registran la fiebre
París vuelve a ser termómetro. Y los termómetros no enferman: registran la fiebre. AMEXI/FOTO/ Especial
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¿Cómo comienza lo que sucede en Francia?

Lo que está sucediendo en Francia comenzó de una manera casi prosaica. Estudiantes de secundaria salieron a protestar por algo que parece pequeño hasta que se mira de cerca: profesores que faltan, aulas saturadas, edificios deteriorados, condiciones escolares que hacen que la promesa republicana de una educación pública igualitaria empiece a parecer una pieza de museo.

El Gobierno anunció posteriormente el despliegue de más de tres mil profesores sustitutos y otras medidas de emergencia.

Pero una protesta rara vez permanece dentro de las fronteras de aquello que la originó. La escuela condujo al salario; el salario al precio de la energía; la energía al costo de vivir; el costo de vivir a los servicios públicos; los servicios públicos a una pregunta más incómoda:

¿qué queda del pacto social cuando una parte creciente de la población siente que paga cada vez más por recibir cada vez menos? Ahí aparece la verdadera cuestión parisina.

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¿Los franceses están enfadados?

No se trata simplemente de que los franceses estén enfadados. Francia tiene una larga y casi refinada tradición de enfadarse en público. Desde las barricadas de 1848 hasta la Comuna de 1871, desde Mayo del 68 hasta los chalecos amarillos, la protesta forma parte de la gramática política francesa.

En otros países, la calle puede ser el lugar donde fracasa la política. En Francia, con frecuencia, la calle es uno de los lugares donde la política comienza.

Harvey vio que la modernización de París produjo simultáneamente esplendor y fractura. La ciudad de los bulevares, los cafés, los grandes almacenes y el espectáculo moderno era también la ciudad de las diferencias sociales, de la especulación y de los conflictos de clase.

La modernidad parisina llevaba dentro una contradicción que todavía no hemos resuelto: cuanto más brillante es la ciudad, más visibles pueden hacerse quienes quedan fuera de su brillo. Eso explica algo de las imágenes actuales.

París vuelve a mostrarse como escenario, pero también como símbolo. Las fotografías de escaparates destrozados, policías, manifestantes, fuego y edificios públicos dañados tienen una potencia que excede al acontecimiento. La ciudad vuelve a ser una escenografía política mundial.

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¿Cuándo aparece la Pantera Rosa?

Y entonces aparece la Pantera Rosa. Aquí comienza una historia todavía más contemporánea. Durante estos días circuló por las redes una serie de imágenes extraordinariamente convincentes: la Pantera Rosa frente a los cañones de agua, corriendo ante la policía, participando en la protesta. Era una imagen perfecta. Demasiado perfecta.

La verificación posterior demostró que esas fotografías no eran reales: fueron creadas o manipuladas mediante inteligencia artificial a partir de imágenes tomadas en otros lugares y otros momentos. La Pantera Rosa, entonces, no estuvo en París. Y, sin embargo, estuvo.

Aquí sería demasiado fácil despacharla como una mentira más de internet. El problema es bastante más profundo. Una sociedad no vive solamente de hechos; vive también de imágenes, ficciones, símbolos y relatos.

Que la Pantera Rosa no haya estado físicamente frente a los CRS no impide que haya entrado en el imaginario de la protesta. Su inexistencia material no cancela su existencia cultural. Tal vez ahí reside la imagen más exacta de nuestra época.

Lee: ¡A celebrar el cumpleaños 60 de la Pantera Rosa!

¿Cómo muestran a la Pantera Rosa?

Una criatura rosa, silenciosa, elegante, absurdamente ajena a la solemnidad revolucionaria, corriendo entre manifestantes y policías. Es una imagen cómica y al mismo tiempo inquietante.

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¿Cómo muestran a la Pantera Rosa? Una criatura rosa, silenciosa, elegante, absurdamente ajena a la solemnidad revolucionaria, corriendo entre manifestantes y policías. AMEXI/FOTO/Especial

La protesta política tradicional tenía banderas, consignas, líderes, mártires. La protesta contemporánea tiene también memes, personajes, montajes, videos verticales y criaturas imposibles.

La política ha entrado definitivamente en la era de la ficción instantánea. Y eso modifica nuestra relación con la verdad. Durante siglos la fotografía tuvo la pretensión de decirnos: “esto ocurrió”. Hoy una imagen puede decir exactamente lo contrario: “esto podría haber ocurrido”.

¿Cuál es la diferencia?

La diferencia parece pequeña, pero es gigantesca. La inteligencia artificial (IA) no necesita falsificar toda la realidad para transformarla. Le basta con fabricar una imagen suficientemente buena para que la imaginación complete el resto.

La Pantera Rosa funciona, por eso, como un pequeño tratado de semiótica política. No importa solamente si existe. Importa qué significa que podamos imaginarla allí.

Es casi una criatura salida de la tradición surrealista: el absurdo irrumpiendo en medio de la violencia, el humor infiltrándose en la solemnidad del poder. Pero también es un síntoma de la época.

En una sociedad saturada de imágenes verdaderas, falsas, recicladas, editadas y generadas, la pregunta ya no consiste únicamente en saber qué sucedió. Hay que preguntar quién produjo la imagen, para qué, quién la difundió y qué deseo satisface en quien decide creerla.

La Pantera Rosa nos recuerda algo incómodo: no siempre creemos las imágenes porque sean verdaderas; muchas veces creemos que son verdaderas porque expresan algo que ya queríamos pensar.

Y París es particularmente sensible a estas operaciones del imaginario porque lleva dos siglos siendo una ciudad que el mundo entero utiliza para representarse a sí mismo.

¿De qué es escenario París?

París fue la ciudad de Baudelaire y de las barricadas, de los cafés y de la policía, de la bohemia y del capital, de la Comuna y del consumo. Fue escenario de revoluciones y escaparate de mercancías.

Harvey entendió que esas cosas no eran contradictorias: formaban parte de la misma modernidad. Por eso sería un error reducir lo que ocurre hoy a una simple repetición de los chalecos amarillos. Hay una genealogía, sí, pero también una mutación.

El malestar contemporáneo ya no procede de una sola clase ni tiene un solo lenguaje. Estudiantes, trabajadores, agricultores, empleados públicos y ciudadanos preocupados por el costo de la vida pueden coincidir durante unas horas en una misma calle sin compartir necesariamente el mismo proyecto político.

Esa heterogeneidad es su fuerza y también su fragilidad. Las cifras son elocuentes. En septiembre, la inflación francesa alcanzó 3.1% interanual, con un aumento particularmente fuerte de los precios de la energía, que crecieron 21.3% respecto al mismo mes del año anterior.

Pero una sociedad no sale a la calle porque una cifra sea alta. Sale cuando la cifra adquiere una experiencia cotidiana: cuando llenar el tanque, pagar la luz, comprar comida, mantener una vivienda o imaginar el futuro empieza a convertirse en una sucesión de pequeñas renuncias.

La estadística registra el malestar. La calle lo dramatiza. Y París dramatiza todo. Ese es su privilegio y su condena.

¿Qué pasa cuando París protesta?

Cuando París protesta, el mundo mira. Cuando París arde, el mundo interpreta. Cuando París inventa una imagen, el mundo la convierte en símbolo. Por eso quizá la Pantera Rosa sea más importante de lo que parece. No porque haya estado allí —no estuvo—, sino porque alguien necesitó colocarla allí.

Una sociedad que fabrica una Pantera Rosa enfrentando a la policía está diciendo, sin proponérselo quizá, que incluso el conflicto político necesita hoy una criatura de ficción para ser visto, compartido y recordado.

La imagen falsa termina revelando una verdad. No sobre la protesta, sino sobre nosotros. Vivimos en una época en la que la realidad ya no compite solamente con la mentira. Compite con imágenes más atractivas que ella misma.

La fotografía real de un joven enfrentándose a un policía puede conmovernos. Pero una Pantera Rosa bajo el chorro de un cañón de agua puede convertirse en icono mundial. Ese es el nuevo problema cultural.

¿Estamos dejando de creer en la realidad?

No estamos dejando de creer en la realidad. Estamos aprendiendo a vivir en una realidad donde lo imaginario puede adquirir, durante unas horas, la misma potencia política que lo verdadero.

París vuelve a ser, por eso, un termómetro. Pero esta vez el mercurio está hecho también de píxeles.

La ciudad de Harvey, la ciudad de Haussmann, Baudelaire, la Comuna, Mayo del 68 y los chalecos amarillos vuelve a recordarnos que las ciudades no son decorados. Son organismos políticos.

En sus calles se encuentran el precio del pan, el miedo al descenso social, la esperanza de los jóvenes, la frustración de los trabajadores, la arrogancia del poder, la memoria histórica y el deseo de ser escuchado.

Y entre todos ellos, absurdamente rosa, aparece un personaje que nunca estuvo allí. Quizá no importa. Quizá precisamente importa porque no estuvo.

Porque la Pantera Rosa pertenece al lugar donde hoy se decide buena parte de nuestra experiencia política: ese territorio extraño en el que la realidad y la imaginación se mezclan hasta que ya no sabemos cuál de las dos llegó primero.

París no solamente está protestando. París está volviendo a preguntarnos qué significa vivir juntos. Y esta vez, entre las barricadas y las pantallas, la pregunta lleva una cola rosa.

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Etiquetas: ManifestacionesopinionPantera RosaParisPortada 1Rizando el Rizo
Boris Berenzon Gorn

Boris Berenzon Gorn

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