Queridos lectores, los seres humanos tenemos una relación bastante extraña con las profecías: primero las inventamos para advertirnos y después dedicamos una cantidad considerable de energía para encontrar las señales y conseguir que se cumplan.
La tragedia griega comprendió muy bien el mecanismo. El presagio no era únicamente una noticia desagradable sobre el futuro; era una maquinaria.
Edipo, por ejemplo, trató de escapar de aquello que le había sido anunciado y, mientras más se alejaba de las acciones vaticinadas para él, más perniciosamente iba ocupando el lugar que la tragedia le había reservado.
En toda tragedia, los personajes creen que están tomando decisiones, sin embargo, su destino pareciera haber marcado previamente con tinta indeleble el sitio exacto donde inevitablemente caerán en la desgracia.
Lo inquietante es que la humanidad moderna, que presume de haber cambiado oráculos por algoritmos, tampoco parece haberse librado de la tragedia.
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Mirando Metrópolis
Llevamos más de un siglo mirando Metrópolis, donde se nos advierte sobre una sociedad vertical en la que unos viven arriba, y otros mantienen funcionando el mundo desde abajo.
Uno supondría que una distopía sirve para evitar cierto futuro. Nosotros, en cambio, solemos verla, admirar la fotografía y preguntarnos después dónde se consiguen los planos.
José Luis Cuerda señaló esta vocación en Así en el cielo como en la tierra. En su película nos cuenta cómo Dios considera que el primer intento por salvar a la humanidad no funcionó demasiado bien y pretende mandar a otro hijo a salvar el mundo, Jesús se opone y termina convenciendo a su padre que es mejor idea organizar el Apocalipsis, basándose en el libro del poeta Juan. Así comienzan los ensayos para el fin del mundo, pues si ya está escrito, habrá que montarlo.
Y esa película de José Luis Cuerda, es una ficción, pero pareciera estar basada en cada momento en que la humanidad se empecina por hacer un montaje de los peores vaticinios para nuestra especie.
El 17 de octubre, Francia reunió a cientos de miles de personas en protestas que habían comenzado semanas antes alrededor de problemas concretos: condiciones educativas, deterioro de los servicios públicos, costo de vida.
La inmensa mayoría se manifestó pacíficamente. Al mismo tiempo, grupos minoritarios saquearon, incendiaron vehículos, atacaron edificios públicos y protagonizaron enfrentamientos. Ardió el histórico Ayuntamiento de Limoges, inaugurado en 1883.
¿Se convirtió en un guijarro en mi bota?
De manera abrupta esto se convierte en un guijarro en mi bota, pues durante años me he dedicado a difundir el concepto de paz y al activismo pacifista.
Lo difícil es tratar de concertar con la mayoría de las personas ¿qué es la paz?, cuando nuestra humanidad no conoce más allá de una palabra que sólo se considera un antónimo de guerra.
Y en un mundo que está perdiendo la ética, hablar de que la paz es un pacto de respeto con responsabilidad, compromiso, comprensión, entre muchísimas situaciones más, la gente prefiere mirar hacia otro lado e incendiarlo todo.
Entonces, es imposible dejar de preguntarse: ¿Qué sucede cuando las manifestaciones violentas de una protesta terminan hablando más fuerte que aquello que se quería decir?
México conoce bien ese mecanismo. Este 2 de octubre unas ocho mil personas volvieron a marchar para recordar la matanza de Tlatelolco. La mayor parte del contingente recorrió pacíficamente las calles; un grupo reducido produjo destrozos, hubo fuego, enfrentamientos y personas heridas.
Miles caminaron sin romper nada, pero bastó una llamarada de algunos cuantos maliciosos, para juzgar a toda una multitud de violenta
¿Cómo debe ser la protesta?.
No estoy diciendo que la protesta deba ser dócil, simpática ni convenientemente silenciosa para no alterar la sobremesa de nadie.
Mucho menos que una causa desaparezca porque alguno de sus participantes cometa un acto violento. Sería absurdo. También sería absurdo fingir que destruir aquello que pertenece a la misma sociedad que reclama, no modifica el significado político de una acción.
Durante el Cervantino la visita del embajador de Israel provocó una protesta: una bandera palestina apareció en la Alhóndiga de Granaditas y otra en las escalinatas de la Universidad de Guanajuato.
Hubo consignas, incomodidad, posiciones enfrentadas y una intervención política dentro del espacio cultural. No hizo falta incendiar la Alhóndiga para que todo el mundo entendiera el mensaje.
Unas semanas antes, en Argentina, otra multitud había escogido incluso una palabra mucho menos diplomática para nombrarse: La Marcha de la Bronca.
Ya hablamos de ella en mi columna en septiembre. Había organizaciones, partidos políticos, jubilados, trabajadores, estudiantes, artistas y un programa político explícito. Había bronca de sobra. Pero aquello me dejó una pregunta que no terminó con la manifestación: ¿Qué hacemos con la bronca?
…me regresó el alma al cuerpo
Y con gran lucidez Jorge Durietz, me regresó el alma al cuerpo. Como artistas creemos mágicamente en aquello que nos da de comer, se llama arte y sabemos cuán poderosa como sanadora es, así que mientras sucede el ensayo del fin del mundo, quiero charlar sobre lo que platicamos aquella tarde de septiembre poco antes de que en su país la Marcha de la bronca tomara el nombre de una canción en la que participó en su dueto con Miguel Cantilo “Pedro y Pablo”.
Jorge es el Pablo de Pedro y Pablo. La precisión importa porque durante más de medio siglo el nombre del dúo argentino, terminó convirtiéndose casi en una sola criatura musical y, sin embargo, sus dos integrantes no miraban exactamente hacia el mismo lado.
Miguel Cantilo tenía, según Durietz, una facilidad extraordinaria para observar lo que sucedía en la calle y convertirlo en letras. Era quien escribía con mayor naturalidad sobre conflictos sociales y políticos. Jorge se reconoce distinto: “más para adentro”, más romántico.
La historia podría terminar allí: el revolucionario y el romántico. Uno escribe la bronca y el otro lo acompaña. Sólo que musicalmente no ocurrió así.
¿Quién construía los arreglos vocales y de guitarra?
Durietz era quien construía buena parte de los arreglos vocales y de guitarra, hacía las líneas de primera guitarra y diseñaba esas armonías que terminaron convirtiéndose en una de las identidades sonoras de Pedro y Pablo.
Miguel podía llegar con la canción, los acordes, una voz y su guitarra; Jorge empezaba a buscar qué otra voz podía vivir allí y qué podía hacer una segunda guitarra sin limitarse a duplicar la primera.
Antes de Pedro y Pablo estuvieron Los Cronopios, grupo integrado por Guillermo Cerviño, Miguel Cantilo y Durietz, tres guitarras y tres voces, obsesionados con los Beatles. Jorge me contó que en el Cuarteto de Liverpool encontraron a sus maestros, porque pertenecieron a una generación que fue aprendiendo la música prácticamente al mismo tiempo que aparecían aquellos discos.
No estudiaban una obra cerrada, esperaban el siguiente álbum y luego se dedicaban a averiguar qué demonios habían hecho esos cuatro ingleses.
En otra conversación, Durietz recordó que tocaba la guitarra desde niño, primero canciones folklóricas; después llegaron los Beatles, la bossa nova, el jazz, las bandas sonoras. Mencionó Moon River entre aquellas melodías capaces de hacerlo llorar.
Quizá por eso convenga escuchar aquí la canción Cuatro acuerdos. En su texto habla de los cuatro acuerdos toltecas, cuatro principios fundamentales para crecer y para estar mejor.
https://www.youtube.com/watch?v=DS7fmzL1OE4&list=RDDS7fmzL1OE4&start_radio=1
¿Cómo fue en los años setenta?
Después hablamos de los años setenta, de gobiernos militares, represión, guerrillas, jóvenes convencidos de que la transformación de una sociedad injusta, requería enfrentar al poder con las armas. Jorge entendía los ideales, pero no compartía el método, entonces dijo:
“Yo no me creía con derecho a matar a nadie para cambiar la realidad.” Un rato después encontró una manera todavía más sencilla de decirlo: “Yo creo que soy más de las artes, de las letras, de la guitarra, que del fusil.”
Podía cantar contra el autoritarismo sin que eso significara que tuviera que creer que el fusil era una evolución natural de la bronca.
Pareciera que para que una protesta sea considerada como verdaderamente intensa, tendría que dejar alguna marca visible, un vidrio roto, una pared quemada, un enfrentamiento. Como si la bronca necesitara mostrar credenciales con fotografía de inconformidad.
Durietz propone algo menos espectacular y, por ello, bastante más difícil: conservar la bronca sin permitir que ésta decida por uno.
No es lo mismo ausencia de violencia que ausencia de conflicto, o pensar que el pacifismo significa docilidad forzosamente. Una de las mejores armas filosas que tiene el ser humano es la comunicación, una pluma o una canción pueden ser tan demoledoras, como incómodas, sin necesidad de causar un daño físico, entregan su mensaje directo al intelecto y al interlocutor deseado, sin abrir fuego.
¿Es la misma bronca?
Cuando le pregunté si la bronca seguía siendo la misma, respondió que sí. “La injusticia, el abuso, la desigualdad, las relaciones de poder siguen produciendo bronca porque la emoción no pertenece a una coyuntura electoral concreta, sino a una condición humana con demandas no satisfechas que producen frustración tan humana como la mezquindad.”
Después, de manera bromista remató: “a esta edad prefiero que no me dé demasiada bronca porque podría darme un infarto.”
Tras el chascarrillo, añadió: “para que se baje el sentimiento de bronca tiene que aumentar lo contrario, que es la satisfacción, felicidad y la capacidad de vivir un poco mejor.”
Después titubeó y retomó la pregunta de manera frontal. Habló de la Argentina actual, reconoció problemas distintos, contradicciones, errores anteriores y presentes, y varias veces admitió no saber exactamente qué mecanismo podría resolverlos.
Es momento para escuchar esta canción llamada La milonga de la duda.
https://www.youtube.com/watch?v=6G8EgWBh3yE&list=RD6G8EgWBh3yE&start_radio=1
Ya mi canto no sabe bien, si agradar o atacar a quien, / porque el miedo y el odio son lo que achican el corazón, / con el hambre que hay por aquí y la riqueza que sobra allí, / ya no siento más el autor que pueda usar la palabra amor. / Ahí va el cantor, ahí va el cantor, / el que denuncia la herida que su pesar con gran dolor le sangra con su poesía, / aunque la escriba con ilusión de que la cosa ya va a ir mejor…
¿Dónde se presenta Durietz?
Revolucionario, pacifista y muy activo, Durietz se presenta en diversos foros culturales en solitario con sus canciones que él marca como románticas, sin embargo, muchas de ellas contienen también el cuestionamiento social y el ánima de quien propone mirar por el camino de la paz, el que reconoce que la bronca seguirá, pero una buena forma de sacar aquello que nace dentro como insatisfacción, tristeza o frustración; puede transformarse a través de la práctica de las artes.
En 1976 apareció su disco Melimelum, que elaboró junto al multinstrumentista y arreglista, Daniel Russo (que acaba de fallecer el 5 de marzo de este año), el flautista Fernando González, el guitarrista Eduardo Figueroa, y el baterista Nicky Mitchell, firmado actualmente por Sony Entertainment Argentina, sin embargo, originalmente apareció lanzado por CBS. Dejo por aquí una de las piezas que integra este disco.
https://www.youtube.com/watch?v=776sNI76DoE&list=RD776sNI76DoE&start_radio=1
Más tarde, en 1987, formó Celofán y grabó Envuelto para regalo, un disco de pop. Dejo por aquí la canción “Sin interferencias”. Del cual se puede encontrar aún en YouTube el álbum completo.
Saco a colación esta canción, porque tras una larga charla telefónica Durietz me contó sobre lo mucho que se ha logrado con las nuevas tecnologías para bien de la comunicación humana, me dijo que si esta charla la hubiéramos tenido entre los años ochenta o noventa, nos habría salido en un ojo de la cara, refiriéndose a lo caro que habría salido hacer esta llamada, la cual se dio sin interferencia alguna y de manera muy cómoda y amable.
https://www.youtube.com/watch?v=4BgpZ0cW-XM&list=RD4BgpZ0cW-XM&start_radio=1
¿Quién llegó en el 2022?
En 2002 llegó Jinete de a motor, más cercano al folklore. Y durante la pandemia produjo Cuarendombe, rodeándose a distancia de una cantidad casi absurda de músicos: Hugo Fattoruso, Daniel Maza, Nito Mestre, Raúl Porchetto, Ana Prada y muchos otros.
Es importante redescubrir lo actual que hacen los cantores que siguen desarrollando obra y que son creadores incansables.
Sacar a Jorge Durietz del mapa mental de Pedro y Pablo, permite conocer mucho más allá del museo imaginario de 1970, el universo Jorge Durietz tiene un sello auténtico, íntimo y lleno de color.
Durante el 2020, se mantuvo más activo que nunca, haciendo grabaciones donde compartía con otros grandes del rock argentino o con su compañero de toda la vida Miguel Cantilo.
Dejo esta canción que habla de olvidarse de la guerra, que formó parte de uno de los discos de Pedro y Pablo en 1981. La cantaron juntos en 2020, uno en España y el otro en Argentina, compartiendo a la distancia, “Ganas Amor y Tiempo”.
https://www.youtube.com/watch?v=-eu7z0Bo43Y
La tecnología constituyó otro de los grandes asuntos de nuestra conversación. La Marcha de la Bronca fue grabada cuando entrar a CBS, significaba acceder a una infraestructura que pocos músicos podían siquiera imaginar. Durietz recuerda aquella experiencia con la sensación de estar participando en el gran mundo de la industria discográfica.
Ahora señala su teléfono. En ese “aparato diabólico”, como lo llamó, lleva estudios de grabación, edición de video, canales, efectos y herramientas que en su juventud habrían parecido ciencia ficción. Yo le sugerí que quizá la tecnología había dificultado la distribución de música, me corrigió, según Jorge, distribuirla nunca había sido tan fácil. El problema es otro: lo que superabunda pierde valor.
Antes había que encontrar el disco, comprarlo, pedirlo prestado, esperar que la radio pusiera una canción. Hoy, en unos segundos, accedemos a una cantidad de música que ninguna vida humana alcanzaría a escuchar. Tenemos toda la música y quizá por eso escuchamos menos.
Comentó: “a veces uno necesita dejar de escuchar porque hay tanto sonido alrededor, que es como si un pintor necesitara volver a encontrar una superficie limpia para poder apreciar algo.”
Demasiado ruido y desaparece la melodía. Quizá eso también sirve para las protestas, a mayor ruido, se diluye y desaparece la causa.
Al final de nuestra conversación le pregunté por Ray Bradbury.
Jorge recordó Calidoscopio, incluido en El hombre ilustrado: después de la destrucción de una nave, varios astronautas quedan separados en el espacio y sólo conservan las voces de los demás por la radio mientras se alejan inexorablemente.
Me dijo: “Siento que, como especie y como sociedad, nos estamos alejando de la vida misma, haciéndonos progresivamente menos naturales, más artificiales; perdiéndonos de aquello que somos.”
Volví entonces, inevitablemente, a Edipo.
Las tragedias funcionan porque conocemos el presagio y observamos al personaje caminar hacia él. Nosotros tenemos una ventaja que Edipo no tuvo, no estamos dentro de una obra de Sófocles. Metropolis no era un proyecto ejecutivo y el apocalipsis de José Luis Cuerda era una comedia. Y ninguna profecía del desastre tiene por qué convertirse en un libreto para ensayar el fin del mundo. No sé si una guitarra pueda impedirlo, tampoco sé si una canción puede detener una guerra, reparar una economía o convencer a alguien de no incendiar el edificio que mañana tendrá que pagar con sus propios impuestos. Pero creo firmemente en aquello que nos une como artistas, el arte es un contrapeso suficientemente potente para poder generar consciencia. Lo que hacemos es poner belleza en el mundo, sin importar si la belleza soluciona los problemas, sabemos que la belleza que brindamos es una propuesta de paz y es la mejor bandera humana, la misma que nos permite seguir creando, cantando y permitiendo que la luz retoñe de nuestras cabezas aun en las situaciones más complejas.
Pero hay una pregunta que quizá deberíamos hacer con mayor frecuencia:
¿Por qué le exigimos al pacifismo demostrar que sí funciona, mientras llevamos miles de años comprobando, con notable perseverancia, todo lo que la violencia sabe destruir y que no nos beneficia como humanidad?
Jorge Durietz eligió una guitarra desde los veinte años.
Y, por lo que pude escuchar, no piensa cambiarla por un fusil ni volviendo a nacer. El amor también es condición humana y mientras brote de nuestras mentes para llenar de colores un mundo que nos pintan oscuro, siempre habrá esperanza en que la humanidad tenga solución.
Y hasta aquí mi guijarro queridos lectores, quise profundizar sobre el ensayo del fin del mundo, porque nada nos es ajeno y lo que sucede en nuestro país como en el mundo entero, es una vuelta más a diversos ciclos que siempre traerán consigo situaciones difíciles, pero de las que innegablemente siempre germinará belleza y eso es arte. Para muestra, dejo por aquí esta canción de Jorge Durietz que me ha robado el corazón y que escuché en su momento durante la pandemia y me pareció hermosa, ahora con la distancia de los años y la charla que tuvimos la siento mucho más cercana y personal.
Los dejo disfrutando CUARENDOMBE, canción de Jorge Durietz cantada por varios artistas desde sus hogares en el confinamiento. Participa mi querido amigo Nito Mestre con quien acabo de visitar la Basílica de Guadalupe ayer.
El arte nos une, la música es parte de la religión, Jorge dijo, claro, todo aquello que nos une es religión.
Nos leemos en mi siguiente entrega.
https://www.youtube.com/watch?v=80qa39Lb4oc&list=RD80qa39Lb4oc&start_radio=1
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