Hay gente que utiliza la música para cambiar el mundo. Y hay gente que la utiliza para entrar a un mitin. Neil Young pertenece al primer grupo; Donald Trump parece no haber entendido la diferencia.
A sus 80 años, Neil Young sigue teniendo algo que muchos rockeros han pierdido con el tiempo: los dientes afilados. No los de la dentadura, sino los de la rebeldía.

El músico canadiense acaba de volver a llevar a Donald Trump a los tribunales. Esta vez reclama 10 millones de dólares a Trump 47 Committee por utilizar, sin su autorización, Rockin’ in the Free World en un mitin celebrado en Youngstown, Ohio, el pasado 12 de octubre.
Lo interesante es que no se trata de un malentendido musical. Es una historia que viene de lejos.
En 2015, cuando Trump anunció su candidatura presidencial en la Torre Trump, hizo sonar precisamente esa canción. Young protestó inmediatamente: él apoyaba a Bernie Sanders y no había autorizado el uso de su música. Desde entonces, el asunto se convirtió en una especie de serenata judicial.
En 2020 volvió a demandar a la campaña republicana por utilizar Rockin’ in the Free World y Devil’s Sidewalk. La disputa terminó en un acuerdo que, según la nueva demanda, incluía el compromiso de no volver a utilizar la canción sin permiso.
Pero parece que en el universo Trump hasta los acuerdos tienen fecha de caducidad.
Lo verdaderamente irónico es la canción. Rockin’ in the Free World, publicada en 1989, no es precisamente un himno de celebración patriótica para acompañar la entrada triunfal de un candidato. Es una canción de protesta, una radiografía bastante incómoda de Estados Unidos: pobreza, drogadicción, abandono social y promesas políticas que se desmoronan en las calles. Su estribillo tiene esa ironía feroz de quien ve un país presumiendo libertad mientras deja a muchos ciudadanos fuera de ella.
Y Neil Young no es precisamente un artista que haya descubierto la conciencia social ayer por la mañana. En 1985, junto con Willie Nelson y John Mellencamp, impulsó Farm Aid, el concierto benéfico para ayudar a los agricultores estadounidenses en crisis.
Mientras otros rockeros llenaban estadios para alimentar sus egos, él ayudaba a organizar conciertos para que los agricultores no perdieran sus tierras.
También tiene una larga historia de independencia artística: desde sus experimentos eléctricos con Crazy Horse hasta sus enfrentamientos con la industria discográfica. Young siempre ha preferido incomodar antes que quedar bien.
Ahora vuelve a recordarle a Trump algo elemental: una canción no es un mueble que uno alquila para decorar sus discursos. Y mucho menos cuando su contenido cuestiona precisamente aquello que el discurso pretende representar.
Hay algo deliciosamente absurdo en imaginar a Trump entrando al escenario entre guitarras distorsionadas, mientras suena una canción que denuncia la desigualdad y el abandono de los más vulnerables.
Es como inaugurar un refugio para indigentes con champaña y una alfombra roja.
La nueva demanda pide 10 millones de dólares y una prohibición de seguir utilizando sus canciones en actos políticos. No es una demanda contra el rock and roll; es una demanda para que el rock and roll no termine trabajando gratis para aquello que lleva décadas criticando.
A los 80 años, Neil Young sigue siendo ese viejo incómodo que conecta una guitarra, sube el volumen y recuerda que la rebeldía no es una pose de juventud: es una forma de no jubilar las convicciones.
Y si Trump necesita una canción para entrar a sus mítines, que contrate una banda de covers.
Porque Rockin’ in the Free World no significa “Rockeando en el mundo de Trump”. Significa una crítica feroz, disfrazada de himno rockero. Neil Young utiliza la ironía para mostrar las contradicciones de un país que presume ser libre mientras convive con la pobreza, las adicciones, la indiferencia política y el abandono de sus ciudadanos.
Neil Young pone la guitarra. Trump pone el mitin. Y la canción, como suele suceder con las buenas canciones, termina diciendo algo que el candidato probablemente preferiría no escuchar.
Lee: Trump y Jinping negociarán soluciones
El contenido de este artículo refleja exclusivamente la opinión y responsabilidad de su autor. Las ideas, afirmaciones y conclusiones aquí expresadas no representan la postura oficial ni la línea editorial de la agencia AMEXI, que mantiene independencia y neutralidad en sus publicaciones.



