El capítulo 0 de la novela La ceja del tigre, de Miguel Iriarte, puede leerse, por sí solo, como un cuento infantil. A partir de sus 26 líneas, el desarrollo de los 104 capítulos de la obra son una urdimbre recurrente del adulto que permite al niño que lo habita llenarse de valor para sanar las heridas que le aquejan. Dejando claro, que además de ser una catarsis, la literatura también nos podría ofrecer un discreto consuelo.
Cuando tenía solo 5 años el narrador afirma, en la primera línea, después de medirse un disfraz de tigre, que fue “brevemente tigre”. No pudo serlo más porque “murió mamá y se jodió el proyecto de aquel tigre”. Inicio y desenlace de un cuento infantil clásico que no se va por las ramas y deja al lector frente a la fatalidad. A una orfandad que se opondrá a las bienaventuranzas de las que se supone debería disfrutar una criatura de esa edad.
Los relatos recogidos por los hermanos Greem y Perroult, en sus versiones originales, no son nada edulcorados como aparecen hoy día. Las brujas, ogros y demonios que enfrentan los protagonistas son metáforas de las adversidades a superar. Vale la pena advertir que a Caperucita no la salva nadie. En el relato original de Charles Perroult, ella y su abuela, son devoradas por el lobo. No aparece ningún redentor ni nadie por el estilo. Esa era la esencia del cuento clásico infantil: sin moralejas, ni señales que libren a los personajes del infortunio.
En esta primera página, van de la mano la vida y la muerte. El goce y la falta. Encarnadas en un niño frente a un espejo, quien con su pequeño disfraz de tigre, expresaba su mayor deseo tras un fuerte grito: ¡Mulalá! Invocando a Jorge Mulalá, el tigre más renombrado de Sincé, Sucre. Aunque parezca una respuesta fácil, no lo es tanto. Un niño no aspira a ser alguien como tal, no. Un niño quiere parecerse al personaje inverosímil más connotado de su aldea. Y su deseo se conectó con aquel paisano suyo que cuando iba de tigre: “… era suficiente para temerle y para estar siempre preparados con la mejor carrera que pudieran permitirnos los zapatos y el alma.”
La alegre vocinglería de los personajes presentes en esta novela, conforman un fresco poético de Sincé, pueblo arquetípico del Caribe colombiano. Cada personaje es un cuento aparte, podría decirse. Viene hacia el lector a enseñarle, soto voce, su singular temperamento y la manera que ocupa un lugar en el mundo. Cada sitio también esconde una esencia, se convierte en el escenario adecuado sin el cual las diferentes atmósferas del relato no tendrían sentido.
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Es de anotar, que la novela está hecha de metáforas y remembranzas que al leerlas parecen escritas desde otra orilla. Una forma, inédita y esencial de la narración, recuperada por el autor, que nos dice un poco más de lo que somos. Por dicha condición, con sus sombras y sus luces, los personajes son descaradamente humanos. Sin esconder el tigre que alguna vez cada uno de ellos fue o quiso ser.






