Hay historias que no necesitan monstruos para inquietar: basta una ventana, un cuerpo inmóvil y una mente que comienza a fracturarse. “Casa 12”, el nuevo thriller psicológico del director oaxaqueño Carlos Poblano, se instala en ese terreno incómodo donde la realidad se distorsiona lentamente hasta volverse irreconocible.
La película sigue a Pablo, un diseñador de audio obligado al encierro tras una lesión. Desde ese confinamiento, lo cotidiano —la vida de sus vecinos— se transforma en obsesión. Lo que inicia como curiosidad deriva en deseo, vigilancia y, finalmente, en una peligrosa confusión entre lo visto y lo imaginado.
El deseo como detonante
En el centro de esta espiral se encuentra Renata, interpretada por Helena Puig, un personaje atrapado en una relación violenta que encarna la tensión emocional de la historia. Su presencia no solo detona la obsesión del protagonista, sino que revela las grietas de una dinámica marcada por el control y la dependencia.
El relato se sostiene sobre esa mirada: la del observador que cree entender lo que ve, pero que en realidad proyecta sus propias carencias.
LEER: “1974”: José Esteban Pavlovich convierte la memoria en un territorio vivo en el FICG
Un encierro que traspasa la pantalla
El rodaje, realizado en locaciones aisladas a las afueras de Oaxaca, no solo sirvió como escenario, sino como extensión emocional del filme. La convivencia del equipo en un mismo espacio generó una atmósfera cercana a la propia narrativa: claustrofóbica, intensa, casi asfixiante.
Ese encierro se traduce en pantalla como una experiencia sensorial donde el espectador comparte la incomodidad del protagonista.
La apuesta por el thriller psicológico
Lejos de los códigos tradicionales del género, “Casa 12” apuesta por la sugestión antes que por el impacto inmediato. Su fuerza radica en la construcción de una tensión sostenida que desemboca en un giro final que, según sus creadores, redefine toda la historia.
No se trata solo de lo que ocurre, sino de cómo se percibe.
Oaxaca como escenario y símbolo
El estreno en el Teatro Macedonio Alcalá no es un gesto menor. Es también una declaración de origen: una película que nace desde lo local para dialogar con una audiencia más amplia, reivindicando el valor del cine independiente hecho desde las regiones.
Más allá del suspenso, “Casa 12” plantea una pregunta incómoda: ¿qué tan confiable es nuestra propia percepción? En un mundo donde observar parece un acto cotidiano, la película recuerda que mirar también implica intervenir.






