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Centenario de Fidel: su pasión por el cine

Por Susana Cato (*)

Redacción Amexi Por Redacción Amexi
9 de agosto de 2026
En Cultura
Centenario de Fidel: su pasión por el cine

CF_Escuela Int. de cine y televisión. Feat de cine. Fidel Castro. AMEXI/Foto: Centro Fidel Castro Ruz

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Del 10 al 30 de este mes se celebrará en el Palacio de Convenciones de La Habana, Cuba, el I Coloquio Internacional Fidel: legado y futuro, organizado por el Centro Fidel Castro Ruz – a cien años del nacimiento del líder de la Revolución- en conjunto con otras instituciones académicas y culturales de ese país. Con ocasión de ese hecho, este texto, inédito, fue entregado por la autora para su publicación en AMEXI.   

El tambaleante avión se acercaba a la isla y yo soñaba, confirmando desde la ventanilla, que Cuba era, como la describe el poeta Nicolás Guillén, un “largo lagarto verde”, esa tarde besado por el oscilante mar turquesa cubierto con el goloso cielo Caribe.

Recordé entonces los lejanos viajes a Puerto Rico que hacíamos cada verano y Navidad con mi madre boricua, en especial aquella ocasión cuando mi hermana Jazmín tenía ocho años, yo seis, los gemelos Lalo y Joaquín cinco, y Juan Carlos, el bebé que viajaba en brazos.

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Eran los 60, una época en la que había un miedo social, lanzado y repetido como siempre por los medios de comunicación, asustando a los turistas con la peor pesadilla: si el diablo, que por algo es rojo, hacía de las suyas, sus aviones podían de pronto cambiar de rumbo y ser secuestrados a dos países comunistas, rojos también: Libia y Cuba.

Mientras el aeroplano encendía motores y todos los pasajeros normales a nuestro alrededor se persignaban y encomendaban sus almas al Dios capitalista, mi madre, sin dejar de lucir su porte elegante, se acercó a nosotros para decirnos en voz muy baja:

– Pongan changuitos para que sí nos secuestren a Cuba y podamos conocer a Fidel.

Yo hacía siempre, hipnotizada por su belleza y su poder, todo lo que mi madre dijera. Torcí entonces los dedos índice y medio, encaramado uno sobre el otro, en forma de “changuitos” todo el camino, y pasé el viaje con los ojos hacia la ventana implorando un secuestro a Cuba, mientras mi mami nos describía a Fidel en los cañaverales con los trabajadores y otras historias que ella, aparte de caribeña, egresada de Filosofía en la Universidad Iberoamericana, entendía muy bien.

Entonces llegamos a esa otra isla muy amada, Puerto Rico, “la que, al cantar, el gran Gautier llamó la perla de los mares”.

Yo con los dedos adoloridos, olvidaba al instante el asunto de nuestro deseado secuestro, pues era besada, arrullada y consentida por su naturaleza y por los benditos personajes que repetían: “¡Ay bendito!”

Pero ahora tenía 27 años e iba -al fin- por voluntad propia a Cuba.

Aunque mi destino era un taller de guion en la Escuela Internacional de Cine de los Tres Mundos, en San Antonio de los Baños -un lugar muy cercano a la Habana-, no sólo llevaba en el avión los dedos bien retorcidos para ver a Fidel, sino un regalo para él, porque estaba segura de que lo iba a encontrar. Mi madre lo había dicho, incrustado en mi memoria de niña y, por lo tanto, lo había convertido en certeza.

El regalo iba dentro de una bolsa de satín rojo: era un “milagrito”, como se llama en México a esas figuritas de cobre que se prenden en las faldas de raso de los santos en las iglesias y que tienen la forma de lo que el que se las pone invoca: un hombre, una mujer, un ojo sano, una pierna que se pueda arrodillar.

CF_Escuela Int. de cine y televisión. Feat de cine. Fidel Castro. AMEXI/Foto: Centro Fidel Castro Ruz.

Algunas, como el corazón tamaño grande (casi del tamaño de uno de verdad) que yo llevaba para Fidel, suelen tener un listoncito rojo para colgarse más orondas en la tela del santo vestido.

***

Esa noche de diciembre de 1987 se celebraba, nada más ni nada menos que en el Palacio de la Revolución, una fiesta del 9º. Festival de Cine de La Habana.

CF_Festival de cine latinoamericano Apertura. Fidel Castro. AMEXI/Foto: Centro Fidel Castro Ruz

Maestros y estudiantes de la Escuela de San Antonio de los Baños también fuimos invitados. Entramos a un gran salón donde los candelabros iluminaban largas mesas llenas de piñas con camarones y flores tropicales, botellas de buen ron y frondosos antojitos, pues era aún la época en que la URSS existía y apoyaba, con China, a la isla, aunque nadie imaginaba entonces que apenas un año después la URSS cambiaría a quién sabe qué.

Nos habían dicho que esa noche iba a ir Fidel, así que llevé en mi pequeña cartera de mano la bolsita de satín con el regalo especial.

Sin embargo, como en cualquier asunto revolucionario, la cosa no era fácil, caballero. El Comandante cubano departía en un espacio cerrado con invitados especiales, cineastas de todo el mundo.

Nosotros estábamos afuera.

***

Fidel amaba el cine como un profundo retrato del ser y la sociedad. La primera institución de su gobierno, en 1959, fue el Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográfica de Cuba (ICAIC). En 1986 creó con Gabriel García Márquez y el cineasta argentino Fernando Birri, la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano y la Escuela Internacional de Cine y Televisión de Tres Mundos, en San Antonio de los Baños.

Al inaugurar la escuela dijo: “Esta es una lucha de liberación… Para liberarnos quizá de uno de los mecanismos más infernales con que cuentan los opresores (…), una cultura enlatada (…), el monopolio de los medios masivos de comunicación”.

De su pasión por el séptimo arte existe una amplísima investigación del Centro Fidel Castro Ruz, ubicado en la Habana. Cito:

“En la década de los 60´s los compañeros de su escolta prepararon una pequeña salita donde, al concluir la jornada de trabajo a altas horas de la noche, Fidel los invitaba a ver un filme. (…)

“Veía Fidel todo género cinematográfico”, según confirman las bitácoras: clásicos estadunidenses, neorrealismo italiano, cine bélico. Elia Kasan, Cantinflas, Alfred Hitchcock, Luis Buñuel y Coppola. Cine argentino, brasileño, chileno, boliviano, colombiano, mexicano, puertorriqueño, español, francés, inglés, belga, soviético, rumano, húngaro, yugoslavo, checoslovaco, de la República Democrática Alemana y la República Federal de Alemania, búlgaro, sueco, noruego, holandés, chino, japonés, vietnamita. Vio, según las actas, todo el cine cubano, industria que nació con la Revolución”.

En 2002 otorgó a la actriz mexicana María Rojo (creadora del coloquio Los que no somos Hollywood) la Orden Félix Varela de Primer Grado, la más alta distinción cultural de Cuba.

Sigo citando:

“A Oliver Stone dio la oportunidad de una larga entrevista devenida en el filme Comandante. También compartió con Steven Spielberg. Harry Belafonte, Danny Glover, Jack Nicholson, Jack Lemon, Leonardo di Caprio, Kevin Kostner, Robert Redford, Woody Harrelson, Ed Asner y Sean Penn lo visitaron. Gerard Depardieu, Pierre Richard o Gina Lolobrígida.

“Algunos pidieron el anonimato ante las posibles presiones del gobierno de los Estados Unidos.”

***

Esa noche en el Palacio de la Revolución fui directo a la entrada del salón donde departían los grandes. No sé en realidad si la discreta puerta era de entrada o de salida, custodiada por un guardia. Un joven moreno serio, alto y delgado, vestido de verde, con guantes blancos.

Yo llegué, le expliqué, le enseñé mi corazoncito (de latón), le pedí que comprendiera y me dejara entrar. Por supuesto dijo no. Yo respondí que no me movería hasta ver a Fidel. Él no se inmutó. Yo tampoco. Allí me quedaría hasta que me abriera. Mis amigos Carlos Puig (entonces periodista de Canal 11 que iba a cubrir el Festival de Cine) y Rosario Manzanos (compañera de la Escuela de Cine), con un mojito en la mano, me decían que mejor fuera con ellos a la fiesta, que jamás me iban a permitir entrar. Yo no me dejaba convencer, y ellos, compadecidos, terminaban dándome su vaso ensalivado y yendo a bailar y a buscar otro. Así pasaron horas en que bebí las generosas limosnas de mis amigos junto al guardia. Rosario insistía “¡Ya vente!”. Yo respondía “No”, mientras tomaba su vaso y ella se alejaba gritando: “¡Ni que fuera Menudo!”  (un grupo musical puertorriqueño muy conocido entonces).

Yo miraba al guardia. El inmutable guardia. En una de esas, ya medio borracha, fingí recordar algo: “¡Oiga -le dije-, qué bruta soy! ¡Allí está mi papá!” Y le di el nombre de un director al que había visto entrar. El guardia entró y volvió con lo que menos me esperaba: “Dice que no tiene hijas”. Yo bebí otro trago: “¡No le dije que era su hija, sino su sobrina… ande, entre, pregúntele si no tiene sobrinas!” Y estaba a punto de llorar cuando el oficial, harto o conmovido, abrió la puerta, se quitó del paso y me señaló el camino con el brazo extendido: “Pasa, chica”.

Entré despacio, incrédula, anonadada. Lo primero que vi fue a Fidel, cerca, preguntando a voz viva: “¿Y dónde están los chilenos?”. Yo me le enfrenté: “¡Qué chilenos ni qué nada! Primero los mexicanos”. Se detuvo y me miró. Por fin.

“¿Tú ere mexicana?”. “Sí, Fidel”. Vi su traje beige e imaginé el pecho lleno de medallas. “Y te traje la única medalla que reconoce el pueblo mexicano”, dije mientras sacaba el milagrito de cobre en forma de corazón, con su cinta roja con un alfiler. El extendió la mano, lo sintió caer en su palma abierta, sonrió y dijo: “Tú pónmelo”.

Obedecí al supremo comandante. En el instante en que, temblando, clavé la punta del alfiler en el uniforme de Fidel sentí llegar a cuatro guardias en una coreografía inmediata, dos de cada lado.

El comandante parecía contento pues el corazón era, efectivamente, la más lucidora medalla. Me abrazó tomándome del hombro y durante toda la fiesta no me volvió a hablar, pero no me soltó. Lo escuché conversando con inaudito conocimiento de cine de arte, con personajes en todos los idiomas y con todo el mundo. Era verdad. Había visto las películas de cualquier director (a) que se le acercaba y comentara detalles, fotografía, historias: fuera cine alemán, italiano, chileno o senegalés. Era un interlocutor a veces platicador, a veces inquisitivo, que a todos -ya de por sí deslumbrados con la cubana odisea- deslumbraba ahora con su inteligencia, con su carisma, con su voz musical, pero sobre todo por su voraz conocimiento de buen cine de todo el mundo. (Inaudito en cualquier gobernante del mundo y de la historia).

CF_Fundación del nuevo cine Latinoamericano. Fidel Castro. AMEXI/Foto: Centro Fidel Castro Ruz

Pasado un rato, los estudiantes de la Escuela y los invitados que permanecían afuera comenzaron a gritar: “¡Fidel, amigo, el pueblo está contigo!” El comandante hizo una seña para que se abrieran las ventanas del salón y se colocó en el balcón del mezzanine que daba a la sala grande. Sin soltarme, se acercó a la baranda y pude ver a mis amigos con la mandíbula caída, pasmados. Saludó con la mano y la mayoría respondió a gritos, pero Rosario, Carlos y otros, helados, parecían sólo verme a mí. Abrazando de la cintura a Fidel, con su enorme corazón de lata brillando en el pecho.

***

Al día siguiente, con el sol sobre La Habana, yo caminaba sin más cuando del otro lado de la acera, un joven moreno vestido de blanco, alto y delgado, comenzó a gritar mi nombre: ¡Susana!

Desconcertada caminé lentamente hacia él, tratando de reconocerlos Estaba con una mujer y dos pequeños niños. Cuando me tuvo enfrente me preguntó, asombrado:

– ¿Ya no te acuerdas de mí?

– No…, respondí, buscándolo en mi memoria.

– Soy el guardia que anoche te dejó entrar a ver a Fidel, remató.

Y yo reaccioné, lo abracé y los besé a todos, a su linda mujer, a él, a sus chiquitos, hasta que me despedí diciéndole

– Nunca, lo prometo, te olvidaré. Gracias.


(*) Susana Cato es escritora, guionista y periodista mexicana. Autora de los libros Ellas, las mujeres del 68, Amas de casa/cuentos irredentos, Morir de amor y otros relatos zombis; y De Película, biografía de María Rojo, entre otros. Coguionista de El espejo de dos lunas, con Gabriel García Márquez. Fue crítica de cine de la revista Proceso.


Lee: Ellas, las mujeres del 68

Etiquetas: CentenarioCentro Fidel Castro RuzcineFidel CastroPortada 1
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