Por Aarón Cruz Soto
La deportación no termina cuando una persona cruza la frontera de regreso a México. Para quienes construyeron una vida en Estados Unidos, la expulsión puede significar también perder la convivencia cotidiana con sus hijos, alejarse de sus seres queridos y comenzar de nuevo en un país que, aunque propio, ya no necesariamente representa el hogar que dejaron.
Esa fractura es el centro de ‘Entre tierras’, documental dirigido por Atzin Ortiz González y producido por D-Raíz Producciones. En su ópera prima, el realizador acompaña las experiencias de Ana Laura López, Gustavo Lavariega y Jesús Ortiz, tres migrantes mexicanos deportados que deben reconstruir su vida mientras lidian con la distancia de sus familias.
“La película nació en el 2018 cuando en el debate presidencial de ese año se habló de la historia de Ana Laura, uno de los candidatos. Ahí yo me interesé un poco por saber quién era ella y pues a través de las redes sociales averigüé cuál era su colectivo, qué actividades hacían y dije: creo que aquí hay una historia poderosa que contar… Conforme fui conociéndolos y conociendo a la gente con la que entablaban relación en el colectivo, me fui dando la idea de que la película no necesariamente tenía que ser sobre las labores del colectivo, sino sobre cómo la migración, la deportación y la separación familiar atraviesan desde una perspectiva humana la vida de muchas familias”, relata el director.
La confianza detrás de la cámara
Contar una historia de deportación supone abrir espacios de la vida que suelen permanecer en privado. Para Gustavo Lavariega y Jesús Ortiz, la posibilidad de compartir sus experiencias dependió, en buena medida, de la relación que construyeron con el cineasta y de la confianza que surgió durante el proceso de filmación.
“Fue fácil después que conocimos a Atzin, fue como integrarlo a él de una manera parte del colectivo Deportados Unidos en la Lucha. Se convirtió en nuestro ángel, en nuestro amigo, no lo vemos como otra cosa más que un amigo y fue fácil sentirse en confianza con él y expresar lo que sentíamos en ese momento”, expresó Lavariega.
Para Jesús Ortiz, esa cercanía fue determinante para que el documental no se sintiera como una extracción de experiencias dolorosas con fines cinematográficos. El protagonista destaca que el director explicó su intención sin imponer una relación distante ni tratar sus vivencias como material ajeno: “ Nos dio la confianza de poner nuestra historia, o en lo personal mi historia, en sus manos y que se pudiera compartir. La verdad nunca se sintió como ‘vengo por sus historias y hasta la vista’… Creo que de eso creció un bonito documental, más humano, a que solo llegara un director y nos dijera ‘quiero tu historia, hasta luego’. En la parte humana que ha llevado Atzin está lo bonito e importante de su trabajo”, señala.
Dos tierras, una frontera emocional
El título del documental alude tanto a la división territorial como a la vida que las familias deben sostener entre dos países. Aunque la película no aborda su tema desde un discurso abiertamente partidista, Ortiz González reconoce que la migración está atravesada por decisiones políticas y que sus consecuencias no pueden separarse de esa realidad.
“Más allá de que no hablo abiertamente desde lo político en la película, la migración es un tema per se político y creo que el título hace alusión a este tema de la frontera, de cómo la frontera nos divide, pero también lo habla desde un lugar humano, porque al final son familias que terminan viviendo y construyendo su vida a distancia entre dos tierras, entre dos mundos”, explica.



